Martín Schorr 06.08.2016.
Los gobiernos del kirchnerismo y de Cambiemos representan dos estrategias de inserción en el mundo, correspondientes con dos alianzas sociales diferentes, ambas dentro de un marco de continuidades tan importantes como las divergencias. Disputas al interior de las clases dominantes, que buscan en el pasado modelos de referencia para lidiar con el marco de una crisis mundial que abre escenarios inciertos a nivel global.
Macri y dependencia económica
Al Dorso (06.08.2016)
A propósito del bicentenario de la independencia nacional. breve ensayo sobre la dependencia de la economía argentina
Francisco J. Cantamutto y Martín Schorr*
Resumen
Los gobiernos del kirchnerismo y de Cambiemos representan dos estrategias de inserción en el mundo, correspondientes con dos alianzas sociales diferentes, ambas dentro de un marco de continuidades tan importantes como las divergencias. Disputas al interior de las clases dominantes, que buscan en el pasado modelos de referencia para lidiar con el marco de una crisis mundial que abre escenarios inciertos a nivel global. En este contexto se renuevan los debates para renovar la promesa de la Independencia, que indefectiblemente nos obligan a pensar las diversas formas de la dependencia de la historia reciente como trabas a superar. Este ensayo indaga en particular la idea de la dependencia económica, que sintetiza el vínculo de un país políticamente declarado independiente con el mercado mundial. Se presentan sus dimensiones centrales, para identificar el carácter social de los procesos económicos de la dependencia.
Palabras clave: Independencia, Dependencia económica, Restricción externa, Desarrollo
Consideraciones introductorias
Entre sus varias acepciones, la Real Academia Española define al sustantivo independencia como la “libertad, especialmente la de un Estado que no es tributario ni depende de otro”. A partir de esta definición es evidente que la Argentina no es ni ha sido un país independiente, sino más bien todo lo contrario. Por eso, antes que reflexionar sobre la independencia nacional, resulta más atinado hacerlo sobre los factores que concurren a explicar la matriz dependiente de la economía.
Este año se celebran dos siglos de la declaración de la Independencia en el Congreso de Tucumán; y como en aquellos años, los debates en torno a qué rumbo darle a la nación están candentes. Definiciones básicas sobre cuáles son los objetivos deseables, cómo construir los caminos para llegar, quiénes serán los protagonistas de ese proceso, quiénes compañeros de ruta y quiénes olvidados en el trajín: son todas definiciones y decisiones en disputa, ninguna dada a la experiencia sin más y asociadas a elaboraciones políticas y conceptuales (Mazzeo, 2016).
Entre la conocida declaración de fidelidad al rey depuesto de la Revolución de Mayo centrada en el puerto de Buenos Aires y el Congreso de Tucumán, aparecieron con virulencia ya los debates en torno a cuál sería la mejor trayectoria para lograr la añorada Independencia. La asociación estratégica con la potencia emergente (Gran Bretaña), el tipo de producción a desarrollar, la definición misma del territorio del nuevo país, entre no pocas disputas que se cobraron vidas. Y estas contiendas continuaron en las décadas siguientes, porque el carácter definitorio de algunas declaraciones las dispone la historia y no la sola voluntad de los declarantes. Las peleas entre liderazgos y proyectos de país, no siempre adaptables a los modelos escolares ni a la escolástica simplificadora, mezclaban ansias de poder y negocio con formas de la naciente nación argentina.
Con luces y sombras, en el transcurso del siglo XIX se consolidó un Estado nacional que, por la razón y la fuerza, logró unificar lenguaje, moneda, códigos legislativos, pesos y medidas, fronteras y el monopolio (legítimo) de la violencia (Oszlak, 1997). El esfuerzo, explícito desde la llamada Generación del ´80, por crear una tradición común, símbolos y próceres muestra que las lecturas que hacemos sobre el pasado están también sesgadas por el futuro que imaginamos. El Centenario fue festejado en el apogeo final del proyecto agro-exportador, promoviendo la idea de una Argentina próspera, a la altura de las potencias mundiales, que contrastaba con las fuertes exclusiones internas, que aún se debatían por determinar quiénes serían considerados ciudadanos con derecho a opinar sobre el rumbo del país. La Ley de residencia y la Sáenz Peña, la Semana Trágica y la primera experiencia populista de la mano de Yrigoyen muestran tensiones que explotarían en el primer golpe de Estado de la Argentina moderna, con Uriburu y Justo a la cabeza. La idea misma del “Granero del Mundo” como experiencia exitosa se daba contra una realidad social y política muy distante, en un mundo en crisis tras la Primera Guerra Mundial y agravado sobremanera a raíz del crack de 1929.
Es relevante marcar la confluencia de tres factores que, a la postre, requerirían de un nuevo esquema político-económico para ordenar el futuro del país: a) los conflictos sociales internos, en particular con las clases populares; b) el contexto mundial de crisis y redefinición del capitalismo a escala internacional y, estrechamente asociado, el cambio de potencia hegemónica; y c) las disputas al interior de la clase dominante. Las opciones en juego no eran del todo evidentes, y desde distintos sectores comenzaron a ensayarse reflexiones sobre la necesidad de superar la independencia política y consolidarla a partir de la independencia económica. ¿Cuál sería el nuevo rumbo, cómo se llevaría adelante, con quiénes? La evidencia del agotamiento de la expansión agro-exportadora se iba acumulando sin una única y clara alternativa, mucho menos una que satisficiera intereses y necesidades de todas las clases sociales.
La etapa comúnmente denominada como de industrialización no tuvo un inicio anunciado con declaraciones sino que decantó por la superposición de fenómenos diversos pero confluyentes (Arceo, 2003, Burachik, 2016, Dorfman, 1983). Esto es relevante porque el debate historiográfico y político se vería renovado para determinar el punto de inflexión, buscando el parteaguas de la nueva etapa caracterizada, según la óptica del observador, de desvío al fracaso, al éxito o a las nuevas contradicciones y tensiones. Hasta el día de hoy la dirigencia política apela a este crudo debate, de vital actualidad: la apelación “patriótica” de la Mesa de Enlace durante el álgido 2008 llamaba a recuperar el lugar perdido del “Granero del Mundo”, corrigiendo un desvío populista de siete u ocho décadas. El kirchnerismo, de su parte, se promovió a sí mismo como el garante de una cierta reindustrialización, cuyo prefijo asume la recuperación de una tarea iniciada antes. Y ambas apelaciones funcionan en distintos estamentos de la sociedad, buscando en sus raíces la promesa de un futuro mejor que el presente.
Las décadas de la industrialización están ligadas a múltiples nuevas tensiones económicas, sociales y políticas. Éstas incluyen, pero no se agotan en la urbanización, el rol dinámico del mercado interno, la asalarización de la población trabajadora, la complejización de la estructura de clases, la consolidación del capital extranjero como actor cada vez más protagónico (ahora de base predominantemente industrial), la emergencia del segundo populismo moderno (que al igual que el primero dejaría una marca de identidad política persistente hasta nuestros días). La etapa abarca también la totalidad de los golpes cívico-militares que modificaron la vida del país, llevando a una espiral de violencia política que negaba la representación democrática de toda la sociedad argentina: de las clases populares por la vía de la proscripción, de las clases dominantes por la imposibilidad de crear un partido moderno que gane elecciones sin hacer concesiones.
Esta etapa alumbró el debate de ideas quizás más propiamente latinoamericano sobre las alternativas de desarrollo en el marco de un mundo capitalista. Los aportes de Prebisch (1949) con su esquema “centro-periferia” dieron inicio al pensamiento estructuralista latinoamericano que acabó desplegándose en gobiernos, academias y organismos internacionales (CEPAL), logrando impulsar políticas concretas en nuestro país. Debates marxistas sobre el carácter de las formaciones económico-sociales latinoamericanas se cruzaron con esas ideas para originar la tradición dependentista, en sus diferentes versiones (Marini, 1973). La caracterización de nuestra realidad, sus potencialidades y limitaciones ganaron nuevas dimensiones con estos análisis, que quebraron ilusiones simplificadoras sobre la industrialización como forma misma de esta nueva independencia (Osorio, 2016). Las limitaciones tecnológicas y de escala de mercado se vincularon a agentes sociales cuyos comportamientos reales distaban de los esperados, repitiendo sesgos de la etapa de desarrollo previa.
Estos debates fueron cortados de cuajo por la fuerza con la ola de golpes de Estado en la década de 1970, que dieron inicio en el cono sur latinoamericano a lo que luego el mundo conocería como neoliberalismo (Harvey, 2005). Una nueva fase que se constituyó con cortes más fuertes, que las más de las veces confunde tendencias mundiales y particularidades nacionales. Su imposición por diversos medios fue lentamente modelando una nueva cultura que avalara sus preceptos de individualismo y consumismo como epítome de la civilización. Esta ofensiva de la clase dominante global tuvo aliados locales definidos (y decisivos en más de un sentido), pero se encontró con resistencias sociales por doquier, y nuestra región tuvo la particularidad de ingresar al siglo XXI con gobiernos que recuperaban esas experiencias en el discurso.
En el caso argentino, el kirchnerismo se constituyó apelando a esa memoria histórica sobre la experiencia previa al golpe, enarbolando la necesidad de crear en el país un “capitalismo en serio” de la mano de una burguesía nacional que tomara en sus manos la tarea del desarrollo. El capital industrial supo hacer las concesiones necesarias para que el nuevo populismo pudiera promover durante más de una década la idea de que la patria se construía integrando mediante el consumo que fomentase la reindustrialización. Empleo, consumo, industria se mezclaron con el crédito para conciliar este proyecto social con una gran parte del legado neoliberal nunca puesto en cuestión. Este nuevo desarrollismo conquistó el consenso (consciente) de una parte de la sociedad, que se consideró reparada en términos históricos respecto de los años inmediatos previos. Pero también incrementó las tensiones al interior de las clases dominantes, otra vez en disputa por definir proyectos de país, socios y adversarios.
El azar histórico quiso que el Bicentenario repitiera el escenario de parteaguas (Musacchio, 2016). El cambio de gobierno entre el kirchnerismo y Cambiemos representa dos estrategias de inserción en el mundo, correspondientes con dos alianzas sociales diferentes, ambas dentro de un marco de continuidades tan importantes como las divergencias. Disputas al interior de las clases dominantes, que buscan en el pasado modelos de referencia para lidiar con el marco de una crisis mundial que abre escenarios inciertos a nivel global. En este contexto se renuevan los debates para renovar la promesa de la Independencia, que indefectiblemente nos obligan a pensar las diversas formas de la dependencia de la historia reciente como trabas a superar[1].
La dependencia
El proceso independentista libró a los territorios de los virreinatos del vínculo colonial con España, dando paulatina forma a los actuales países –por entonces, sólo proyectos. Y aunque aún hubo que librar batallas armadas y resistir intentos de invasión por parte de potencias, en la medida en que los países conquistaron cierta autonomía política, las cadenas de sujeción cambiaron de forma. La idea de la dependencia económica sintetiza este nuevo vínculo de un país políticamente declarado independiente con el mercado mundial. Más específicamente, y desde nuestra perspectiva teórica, en lo que sigue presentaremos de modo esquemático las que, a nuestro entender, constituyen las principales restricciones estructurales para que la economía argentina rompa con su cuadro histórico de dependencia.
Antes de abocarnos a ello, conviene explicitar algunas de las principales dimensiones características de una situación de dependencia económica.
La primera se vincula con la noción de dependencia tecnológica. Ésta surge de la incapacidad que ha tenido la Argentina para acceder a niveles crecientes de autonomía y de integración y diversificación del tejido productivo por la vía del desarrollo nacional de industrias de alto contenido tecnológico. Se trata de ámbitos manufactureros que, como lo demuestra la copiosa evidencia disponible, no casualmente han sido (y siguen siendo) centrales para el desarrollo de la mayoría de los países que lideran la fase actual del capitalismo a escala mundial (Arceo, 2011, Fajnzylber, 1983).
La dependencia tecnológica se expresa en la baja capacidad del país de generar mejoras tecnológicas, no por falta “de ideas”, sino por la desarticulación del sistema de producción. Éste se encuentra condicionado por el control directo o indirecto, a través de las llamadas cadenas globales de valor, de capitales de países centrales y algunos de la “nueva periferia”, que dificultan la adopción y adaptación de nuevas tecnologías al espacio nacional. Por consecuencia, la economía produce con un severo retraso de productividad a nivel sistémico, lo que no quita la elevada eficiencia de algunas ramas específicas, al tiempo que obliga a los capitales que acumulan en el país a buscar otras formas de competir en el mercado global. La superexplotación de la fuerza de trabajo (pago a la fuerza de trabajo por debajo de su valor), la tendencia extractivista sobre los recursos naturales y el aprovechamiento de ámbitos de acumulación privilegiados por las políticas públicas son tres mecanismos compensadores clave para nuestra economía (Castellani, 2009, Costantino, 2013, Féliz, 2012).
La segunda dimensión pasa por lo que podríamos llamar la dependencia conceptual. Pese a los vaivenes que ha experimentado el ciclo económico, político e ideológico en el país, el cuadro de dependencia económica se asocia a la larga hegemonía del postulado de las ventajas comparativas. Según el mismo, lo mejor que le puede suceder a nuestro país es afianzar un perfil de especialización y de inserción internacional asentado en aquellos rubros en los que somos genuinamente competitivos; esto es, en sectores asociados básicamente al procesamiento de recursos naturales y unos pocos commodities fabriles. Y que, amplia apertura comercial mediante, nos aboquemos a importar gran parte de los bienes industriales que sostienen la demanda productiva y la de los consumidores. Por lo general, en estos planteos, ampliamente difundidos en ámbitos ortodoxos, pero también recuperados por acción u omisión en no pocos espacios heterodoxos, se suelen omitir los límites marcados que este tipo de perfil le impone a la generación de empleo, a la capacidad de sostener en el tiempo una ecuación distributiva relativamente equitativa, a la reducción de la dependencia tecnológica y, con ello, la difusión de aprendizajes y progreso técnico y, en suma, al propio desarrollo económico nacional.
Esta dimensión conceptual de la dependencia involucra también la idea del lugar que se ocupa en el mundo y qué agentes tienen capacidades de maximizar las potencialidades del mismo. Así, por ejemplo, la preocupación por tentar al capital extranjero por invertir en el país, reforzando especializaciones no ligadas a las necesidades o los intereses nacionales, excede largamente a la ortodoxia conservadora. En un mismo sentido se puede considerar la aceptación de recetas, modelos, tribunales y espacios de coordinación orientados por voluntades que nada tienen que ver con la cooperación entre países.
Es importante resaltar que este nivel de la dependencia también afecta a aquellas teorías desarrollistas que pretenden eludir los aspectos históricos de los procesos de desarrollo y proponen, no sin cierto formalismo, repetir el camino de los países que ven como modelos a seguir (dos Santos, 1970). Así, una parte de la escuela estructuralista se ha negado a tomar en consideración las contradicciones que toma la industrialización tardía en un capitalismo mundial integrado, atribuyendo todo problema a la insuficiencia del proceso y no a tensiones internas que, en definitiva, dotan a cada experiencia de singularidad histórica.
Finalmente, un tercer plano sería el de la dependencia de divisas, que alude al hecho de que, por razones específicas que varían a lo largo de distintas coyunturas históricas (aunque muchas veces se repiten), es habitual que en su funcionamiento efectivo la economía argentina requiera un volumen de divisas que no se logra generar de manera endógena, de allí las recurrentes crisis externas que ha afrontado el país. En el mercado mundial, la moneda argentina no funge ni como medio de cambio ni como reserva de valor, lo que, en una economía plenamente integrada a ese espacio, fomenta constantes flujos de conversión a monedas “fuertes”.
Se trata de una cuestión relevante por múltiples aspectos, particularmente porque el actor económico que “pone” las divisas para sostener la dinámica del modelo de acumulación local, asume y detenta una centralidad estructural decisiva o, en otras palabras, cuenta con un poder de veto ostensible y determinante sobre el accionar estatal, que generalmente hace pesar a su favor y que se puede manifestar de maneras diversas: corridas cambiarias, subas de precios, reticencia inversora, obtención de diversos tipos de prebendas, “colonización” de ciertos espacios de la gestión pública, etc.
La caracterización histórica de este nivel de la dependencia fue la famosa restricción externa al crecimiento que, bajo el esquema del ciclo tipo stop and go (Braun y Joy, 1968, Diamand, 1973), suponía un estrangulamiento generado por el carácter fuertemente procíclico de las importaciones. La necesidad de insumos, bienes intermedios y de capital que la economía nacional no produce fomentan este comportamiento de las compras al exterior, sin demasiado control sobre la capacidad de oferta. A este rasgo “clásico” de la restricción externa, la etapa neoliberal le agregó, por intensidad y magnitud, otras fuentes de inestabilidad de poco control interno: la remisión de utilidades y dividendos, así como otros flujos vinculados con la operatoria del capital extranjero predominante en el plano estructural, los pagos de deuda e intereses y, ligado a todo lo anterior, la rapaz fuga de capitales (retiro de recursos del circuito de valorización nacional, en forma de moneda extranjera). Más allá de la capacidad de pago interna, estos flujos de recursos representan una salida permanente que sólo en coyunturas mundiales específicas son compensadas, y solo por un tiempo, por flujos de entrada. El carácter básicamente exógeno del rumbo de estos elementos introduce un cuadro de inestabilidad ostensible.
Si bien se trata de tres dimensiones complementarias de la dependencia económica, en lo que sigue nos focalizaremos puntualmente en la última y le daremos relevancia a dos cuestiones. Por un lado, a la enunciación de los carriles más relevantes por los cuales suelen salir divisas desde la Argentina hacia el “resto del mundo”. Por otro lado, al señalamiento de los principales mecanismos a través de los cuales ingresan divisas al país, las que pueden o no compensar los flujos salientes, dando lugar a escenarios de restricción externa manifiesta o a la postergación de tal desenlace crítico.
En nuestra aproximación analítica, esto es importante no sólo para entender la trayectoria de la balanza de pagos en algún período específico, sino esencialmente para aproximarnos al carácter social de los procesos económicos, con la debida identificación de los actores que sacan/ingresan divisas al país (muchas veces un mismo actor aparece en “los dos lados del mostrador”, lo cual amplifica sobremanera su poder económico). Y, en ese marco, del mapa de ganadores y perdedores que, en términos de clases sociales y fracciones de clase, resulta de la articulación de una amplia gama de variables, entre las que sobresalen el contexto internacional y, en el nivel interno, la naturaleza de las políticas públicas (acciones y omisiones estatales en diversos frentes), las estrategias desplegadas por los diferentes actores económicos, el conflicto de intereses, las bases sociales de sustentación de los distintos planteos económicos y, en definitiva, el propio desenvolvimiento del modelo de acumulación.
Distintos cursos de la dependencia de divisas
Es evidente que las discusiones sobre dependencia involucran elementos políticos, culturales e incluso militares; sin embargo, aquí nos enfocaremos sobre los aspectos económicos y, más específicamente, sobre el tercero de los ejes aludidos (la dependencia de divisas), en gran medida porque aparece como una forma visible que involucra a las otras dos dimensiones económicas. La economía argentina forma parte de una unidad mundial de acumulación de capital, en la que se inserta como espacio subordinado. Al no funcionar como nodo central de la acumulación, los flujos de salida de capitales son diversos. Esto provoca una desvalorización sistemática de la moneda local, que se hace evidente como salida de divisas por los carriles más variados. Desde nuestro enfoque, en el caso argentino sobresalen cinco factores estructurales[2].
- Control de la estructura productiva
La incorporación del espacio argentino al mercado internacional, lo mismo que el de toda la región, se hizo en tanto abastecedor de materias primas para los países centrales. El capital extranjero controló desde el inicio los núcleos dinámicos de la acumulación vinculados a estas exportaciones, fomentando el desarrollo de capitales locales en la producción, el comercio y el financiamiento de este negocio. Estos mismos agentes fueron los que dieron inicio a principios del siglo XX a la incipiente industrialización. Sin perjuicio de lo que un análisis más pormenorizado permitiría agregar, vale entonces señalar que: a) el capital local se desarrolló como apéndice del capital extranjero, compartiendo vínculos de negocios, y b) el capital industrial surge asociado al agropecuario y comercial, y no en contradicción (como se estiliza en los procesos históricos de los países centrales). Se ha señalado el peso central de estos factores en la conformación ideológica de la burguesía local, que difícilmente adoptaría en adelante ribetes nacionales cuando estos se pusieran en entredicho con los vínculos externos (Cardoso, 1976, Peña, 1973).
Durante la etapa agro-exportadora, la salida de recursos reunía los pagos de deuda (aquella por la cual el presidente Avellaneda prometiera que “millones de argentinos economizarían sobre su hambre y su sed”) y las remisiones de utilidades de las empresas extranjeras (incluyendo las garantizadas por ley y las obtenidas mediante fraudes). La balanza comercial suponía la exportación de materias primas para la compra de casi todos los bienes de consumo manufacturados, aspecto que analizamos en el siguiente inciso. En el período que va del inicio de la Gran Guerra al término de la II Guerra Mundial, los capitales europeos se retrajeron hacia los países centrales, desvinculando relativamente sus intereses en la región. Este cambio de origen exógeno permitió la expansión de capitales locales y estadounidenses así como de posiciones productivas del propio Estado, que ocuparon en parte el lugar abandonado por los capitales externos. Durante estas décadas se desplegó la fase “fácil” de la industrialización, que avanzó centralmente por bienes de consumo masivo a instancias de un mercado interno altamente protegido y el usufructo de tecnologías conocidas.
El pasaje a la fase “difícil” de la industrialización coincidió en el tiempo con el final de la reconstrucción de posguerra, que renovó el interés del capital extranjero (sobre todo el de origen norteamericano) por colocaciones en la región. No sin duros debates con las tendencias políticas nacionalistas, el denominado desarrollismo acabó por incorporar como “socio” en las ramas dinámicas a las empresas multinacionales, pretendidos vehículos de tecnología y capital. Estas inversiones se centraron en la producción y el abastecimiento de los mercados locales, reinvirtiendo parte de sus utilidades. En el transcurso del decenio de 1960 y en los años iniciales del de 1970 la industria fue el principal destino de importantes flujos de inversión, que ingresaron a Brasil y México en particular, y solo en menor medida a Argentina. Toda la etapa permitió el desarrollo de una diversidad de compañías nacionales, en particular en sectores vinculados a las empresas estatales, pero sin llegar a erosionar de modo decisivo el predominio económico y la centralidad estructural del capital extranjero.
Con la avanzada del neoliberalismo desde mediados de la década de 1970 aparecerían nuevos cambios. Conforme la reestructuración global del capital, guiada por la deslocalización territorial, la fragmentación productiva y la creciente financiarización de los excedentes, la región en general y Argentina muy en particular verían modificado su lugar en el circuito de valorización. En un proceso de largo aliento y no exento de contradicciones, la estructura productiva del país incorporó nuevos sesgos: a) el privilegio de actividades altamente competitivas, ligadas a la extracción de materias primas o su procesamiento básico (lo cual incluye no pocas industrias de transformación), b) la expansión del capital en nichos de mercado protegidos por la políticas públicas (centralmente obra pública, algunas ramas industriales promovidas explícitamente y servicios públicos), y c) la centralidad de la actividad financiera (no restringida al capital bancario).
Esto ha renovado los desbalances de la estructura productiva, que ya no opone agro con industria, sino actividades ligadas a las ventajas comparativas, las finanzas y aquellas protegidas respecto de las demás. En el primer conjunto la regla ha sido un triple proceso de creciente concentración económica, así como de centralización y extranjerización de la propiedad. En el espacio productivo, este núcleo dinámico de capitales reguladores obtiene tasas de ganancia superiores a la media, usando tecnologías de proceso avanzadas y demandando fuerza de trabajo calificada. Al estar plenamente integrado al circuito global del capital, esta cúpula empresaria no sólo controla la casi totalidad de las exportaciones y aprovecha los mercados internacionales de crédito, sino que remite utilidades al exterior. De acuerdo a las estimaciones de Gaggero y Schorr (2016), en la actualidad las 200 empresas más grandes del país explican alrededor del 20% del PBI y algo más del 60% de las exportaciones totales. Dentro de ese universo de firmas líderes, un total de 137 pertenece a capitales extranjeros (sea mediante el control accionario total o mayoritario, o bien en asociación con actores locales).
El notable predominio que ejerce el capital extranjero en nuestra economía responde a diversas cuestiones, entre las que se destacan: la vigencia de una Ley de Inversiones Extranjeras sumamente permisiva sancionada durante la última dictadura militar y ampliada en el menemismo, la suscripción en la década de 1990 de numerosos Tratados Bilaterales de Inversión con cláusulas leoninas en contra del país (la gran mayoría de los mismos todavía está en curso), la aceptación de tribunales de claro sesgo desfavorable para la resolución de conflictos (como el CIADI del Banco Mundial), y también la debilidad manifiesta de buena parte del empresariado nacional.
Esto incorpora un elemento crítico sobre la balanza de pagos en la medida en que las empresas extranjeras suelen ser grandes “consumidoras” de divisas por distintas razones: remisión de utilidades y dividendos, pagos de honorarios, regalías e intereses, establecimiento de precios de transferencia por diferentes medios, etc. Ello, generalmente en el marco del control oligopólico que estos capitales ejercen en una multiplicidad de sectores, las ganancias extraordinarias que logran internalizar por distintas vías y su relativamente baja propensión a la reinversión en escenarios donde la intervención estatal suele apuntalar todos estos elementos.
A través de diversas formas de terciarización y abastecimiento, este núcleo se vincula con el resto de la economía, conformado por empresas de menor escala y capacidad competitiva, principal demandante de fuerza de trabajo. Por lo tanto, esta cúpula tiene un fuerte poder estructural sobre el conjunto de la economía, reafirmando el carácter dependiente de la totalidad del espacio nacional.
- Balanza comercial en la industria
La integración de la economía argentina al mercado mundial como abastecedor de materias primas agropecuarias y comprador de bienes industriales fue la llave del análisis estructuralista, que abrió la puerta a debates que excedieron esa escuela, dando origen, por caso, a la teoría del intercambio desigual. Se pueden englobar en dos frecuentes explicaciones, no contradictorias entre sí: por un lado, el desigual desarrollo tecnológico (por entonces, más ágil en las producciones industriales) que eleva la brecha de productividades entre los países; y por el otro, el carácter oligopólico o monopólico del comercio mundial, especialmente en las ramas de punta, que permite establecer mejores precios para ciertos bienes, apropiándose de excedentes (Caputo, 1982). El corolario es el mismo: un creciente esfuerzo por parte de la economía exportadora de bienes primarios, que nunca llega a compensar las salidas de recursos para comprar bienes cada vez más caros, provoca la sistemática reaparición de déficit comerciales. La formalización de este corolario ha sido la famosa tesis del deterioro tendencial de los términos de intercambio, cuya validez de largo plazo parece estar comprobada más allá de la manifestación de contra-tendencias ocasionales (Erten y Ocampo, 2012).
Sin embargo, a partir de la etapa de industrialización, el impacto de este tipo de intercambio se modificaría, pues las importaciones dejarían de ser exclusivamente de bienes de consumo final (parcialmente reemplazados por producción local) para incluir bienes intermedios y de capital. Esto significa que cuando las exportaciones no son suficientes para pagar por las compras, el desbalance comercial produce una paralización de la economía, impedida de adquirir bienes requeridos para producir. De manera sistemática, la industria argentina registró abultados desequilibrios comerciales, con las consiguientes implicancias negativas sobre la balanza de pagos. En el transcurso de la sustitución de importaciones, los denodados esfuerzos realizados sentaron las bases para dinamizar a muchas actividades fabriles y lograr una cierta diversificación sectorial, pero no para revertir la dependencia de divisas y la tecnológica, toda vez que, por diferentes razones, resultó muy complejo avanzar en la integración del entramado productivo a instancias del desarrollo sustitutivo de muchos insumos intermedios de uso difundido y, fundamentalmente, de maquinarias y equipos. Se trató de un período en el que el sector agropecuario y los grandes terratenientes perderían predominio económico, pero preservarían su centralidad estructural en calidad de abastecedores de divisas.
Esta lógica, que fue analizada en la literatura económica con las coordenadas del enfoque stop and go, no se vio alterada en sustancia por el incremento del componente industrial en las exportaciones, pues básicamente se trata de manufacturas básicas de bienes primarios. La integración global de las cadenas de valor refuerza este rasgo de la industria local. En ese marco, desde la dictadura militar de 1976-1983 el cuadro externo desfavorable se agrava sobremanera ante el despliegue de un proceso de desindustrialización y de reestructuración sectorial profundamente regresivo y de largo alcance que, con sus más y sus menos, perdura hasta nuestros días. Entre sus manifestaciones más salientes, este proceso va a implicar un vuelco de la estructura industrial local hacia el procesamiento de recursos naturales (reprimarización) y un desmantelamiento de numerosas ramas industriales, sobre todo las que presentan mayores potencialidades en lo atinente a la generación, la difusión y el uso de tecnologías.
Todo ello, a raíz de la implementación de políticas económicas cuyo sustrato conceptual encuentra sus raíces en planteos centrales de la teoría de las ventajas comparativas y que tuvieron un neto sesgo anti-industrial y desembocaron en el desplazamiento de producción nacional por bienes importados (por ejemplo, el shock aperturista de Martínez de Hoz y el aplicado en el decenio de 1990, la “tablita”, el propio plan de convertibilidad, algunas regulaciones para rubros manufactureros específicos, etc.). Como consecuencia de todo esto, a la par que se simplificó el entramado fabril, se potenció notablemente la dependencia tecnológica y tuvo lugar un proceso acelerado de concentración y centralización del capital, se registraron déficit comerciales sumamente pronunciados, con la excepción de unas pocas industrias procesadoras de materias primas y controladas por grandes corporaciones extranjeras y un puñado de grupos económicos locales.
Durante los gobiernos del kirchnerismo, pese a los escenarios y los planteos aparentemente proclives a la reindustrialización, buena parte de los sesgos heredados (reprimarización, dependencia tecnológica, concentración y extranjerización, etc.) se profundizaron y, salvo en unos pocos años, se manifestaron desequilibrios comerciales abultados. En efecto, la industria registró déficit comercial en casi la totalidad de sus ramas, con excepción de alimentos y bebidas y, en algunos años, acero, aluminio y cuero con poco o nulo procesamiento (Castells y Schorr, 2015). Uno de los principales elementos para dar cuenta del afianzamiento de estos rasgos del sector manufacturero pasa por el peculiar “fomento industrial” que se instrumentó que, entre otras cosas, trajo aparejado el desplazamiento de producción nacional por importaciones, “sustitución inversa” que se verificó en numerosos rubros fabriles como, entre otros, el automotriz, el de bienes de capital, la electrónica de consumo y los proveedores del sector energético.
Es en ese marco que se manifiesta una “paradoja” interesante: si bien durante los gobiernos kirchneristas la industria fue catalogada como la “locomotora del crecimiento” y el sector dinamizador y ordenador de un “modelo de crecimiento con inclusión social”, en los hechos la no reversión de la dependencia sectorial de divisas terminó fortaleciendo la centralidad estructural y el poder de veto de los grandes proveedores de divisas en la Argentina, cuyo ciclo de acumulación y reproducción ampliada del capital en la esfera productiva gira alrededor de actividades con un bajo o nulo grado de industrialización.
- Sector energético
En el derrotero de la dependencia de la economía argentina, a comienzos del decenio de 2010 irrumpe con fuerza un factor que erosiona de manera considerable los saldos externos. Nos referimos al déficit comercial del sector energético.
En la explicación de este elemento “nuevo” confluyen principalmente dos tendencias que se generaron al calor de las reformas neoliberales de los años 1990 (desguace y venta de YPF, “desregulación” del mercado hidrocarburífero, privatizaciones en el segmento del gas natural y la energía eléctrica, etc.), y que, lejos de corregirse, se reforzaron bajo los gobiernos del kirchnerismo. Por un lado, la marcada dependencia que presenta la matriz energética nacional respecto de los combustibles fósiles. Por otro, la estrategia desplegada por el oligopolio petrolero –y convalidada por muchas acciones y omisiones estatales– de jerarquizar la sobreexplotación y la subexploración.
El desarrollo para la exportación del mercado de hidrocarburos a partir de su privatización no se condice con los recursos disponibles del país. En un contexto como el de la última década, donde se combinaron crecimiento de la economía y falta de inversiones en el rubro energético, el resultado fue la aparición del déficit comercial por esta actividad. Esto es relevante toda vez que la energía tiene un peso particularmente clave en la estructura productiva: tal como describimos que ocurrió con otros bienes a partir de la industrialización (insumos intermedios y bienes de capital), la dependencia externa de abastecimiento de energía provoca la posibilidad de paralizaciones de la actividad por su causa. Para tener una dimensión de este nuevo dato estructural de la dependencia externa, basta con señalar que entre 2013 y 2015 el nivel de actividad prácticamente no se expandió en la Argentina y el déficit comercial acumulado del sector energético se aproximó a los 17 mil millones de dólares.
- Deuda externa
La deuda externa ha estado atada a nuestro país desde los momentos iniciales de su formación como Estado-nación. El famoso empréstito de la Baring Brothers, pactado por Rivadavia, del cual no llegó al país ni la tercera parte y se pagó más de 10 veces al cabo de un siglo, es expresivo del tipo de relación que involucró para Argentina ingresar al mercado mundial en una posición subordinada. La retracción de capitales global asociada a la etapa de industrialización en el país, así como la vigencia en el plano internacional de un régimen monetario-financiero que restringía los movimientos de capitales para evitar shocks especulativos y sostener el crecimiento estable, implicó una disminución del peso de este factor de la dependencia económica. Fue a partir de la década de 1970 que, en línea con las transformaciones globales, el mecanismo fue rehabilitado para nuestro país, especialmente con la política aperturista de la última dictadura militar que desreguló el mercado de capitales y facilitó la toma de deuda por parte de privados y del propio Estado en el marco del despliegue de un proceso acuciante de desindustrialización y la creciente financiarización de la economía doméstica.
Además de sostener un ciclo de especulación financiera sin precedentes, una parte de la deuda pública contratada esos años se destinó a financiar el terrorismo de Estado, lo que permite asociar en origen la deuda con un problema de derechos humanos vulnerados. Accesoriamente, la dictadura estatizó la deuda privada de un centenar de grandes empresas antes de entregar el gobierno, estatizando los costos del gigantesco negocio especulativo montado por el equipo económico golpista. La mayor parte de la deuda pagada, canjeada y renovada desde entonces tiene este origen espurio, repudiada por ilegal, ilegítima y usurera, lo que permite calificarla en el derecho internacional como deuda odiosa (Olmos Gaona, 2011).
De manera estructural, en el transcurso del largo período de auge del neoliberalismo el endeudamiento externo se asoció o, más atinadamente, resultó plenamente funcional a la internacionalización financiera que llevaron a cabo las fracciones predominantes del capital. De allí el crecimiento exponencial que experimentaron la deuda externa y la fuga de capitales locales al exterior: en 2001 el stock de estas variables se aproximó, en cada caso, a los 140 mil millones de dólares (a mediados del decenio de 1970 comprometían, respectivamente, algo más de 7 mil millones de dólares y cerca de 4 mil millones). En referencia a estas cuestiones, caben tres comentarios.
El primero es que al calor de los ciclos de endeudamiento externo se produce el ingreso al seno del poder económico local de los acreedores externos que, al menos hasta el final de la convertibilidad, pasarían a ocupar un lugar prominente en la definición de la política económica y en la captación del excedente generado socialmente. El segundo es que el predominio de “lo financiero” como uno de los ejes más salientes del modelo de acumulación vigente entre 1976 y 2001 no implica que los grandes ganadores fueran exclusivamente los bancos. Tal como Lenin (1974) explicara respecto de su definición de “lo financiero”, también resultaron ampliamente beneficiadas numerosas grandes empresas y grupos económicos que, aun basando su acumulación en actividades productivas, pudieron apropiarse por distintos medios de una proporción considerable del excedente y, en lugar de reinvertir esos recursos en la esfera de la producción, los canalizaron hacia diversas modalidades de especulación financiera y/o a la fuga de capitales. Este accionar fue convalidado e impulsado por la propia intervención estatal y, fundamentalmente, por el “combustible” que brindó la deuda externa (en especial, la contraída por el sector público). El tercer comentario es que la deuda jugó a partir de ese momento el rol de disociar las fases de crisis dentro del ciclo, al permitir dilatar ajustes en la balanza de pagos cuando existen capitales disponibles. El costo de esto ha sido un peso creciente de los pagos de deuda en las finanzas públicas y en las cuentas externas.
El kirchnerismo priorizó una estrategia diferente en este tema, referida oficialmente como de “desendeudamiento”, y que alude básicamente a la declinación del peso de la deuda pública en el PBI[3]. Dicho proceso se debió, en lo sustantivo, a la confluencia de dos factores: por un lado, el pago “al contado” de intereses y vencimientos de capital tomando deuda con el propio Estado y con reservas internacionales; por el otro, la expansión del nivel de actividad. El stock de deuda pública, sin embargo, se incrementó en términos absolutos, aunque asociado a un cambio relevante en términos de acreedores (la deuda entre organismos estatales supera la mitad de la deuda pública total) y en la moneda de denominación (aproximadamente la mitad está en pesos, frente a menos del 10% antes del canje de 2005). Según las cifras oficiales, hasta 2013 se pagó un monto total equivalente a 192 mil millones de dólares, un 125% del valor de la deuda a 2003, lo que explica la denominación usada por la entonces presidenta Cristina Fernández de que Argentina era “pagadora serial”. En el ínterin, y replicando por acción u omisión lo sucedido en gobiernos anteriores, se revalidaron tribunales externos, acreedores espurios y deuda ilegal, evitando atender los reclamos de auditoría de la deuda, a pesar de los fuertes elementos para considerar el pedido, entre los referidos por el fallo del juez federal Ballesteros y la consulta popular llevada a cabo por la CTA en 2003.
El reconocimiento de la deuda con el Club de París, el CIADI y Repsol por la expropiación de sus acciones en YPF, así como la suscripción de acuerdos financieros con China, produjeron sucesivos incrementos desde 2014. Ello, con el propósito fundamental de retornar a los mercados financieros de capitales con vistas a la obtención de financiamiento externo para afrontar un cuadro de restricción externa desatada.
Este fue el designio que Macri tomó como mandato, acordando velozmente, con la anuencia de la mayoría del Congreso, con los “fondos buitres” que litigaron en las cortes de Nueva York por poco más de 11 mil millones de dólares. A la par de un ajuste profundamente regresivo, dicha estrategia se inscribe en el intento (hasta el momento exitoso) de restablecer las bases para un nuevo y virulento ciclo de endeudamiento externo funcional a los intereses del capital extranjero predominante y de los sectores domésticos que motorizan la fuga de capitales, la financiación de importaciones que muchas veces desplazan producción nacional y, por ende, afianzan la dependencia tecnológica y la reprimarización, y un nuevo auge de la especulación financiera[4]. En ese marco, el “re-endeudamiento” ha vuelto a posicionar a “lo financiero” como uno de los ejes del modelo de acumulación y está posibilitando el “regreso triunfal” de los acreedores externos y el capital financiero al núcleo duro de los sectores dominantes de la Argentina.
- Fuga de capitales
Como se discutió, los anteriores cuatro factores de la dependencia de divisas se caracterizan por implicar un flujo de entrada de bienes o servicios de algún tipo. Sin embargo, resulta insuficiente para caracterizar la forma que adquiere la dependencia económica de Argentina. Entre 1976 y 2001, sobre todo durante la dictadura militar y la convertibilidad, el gran empresariado argentino y las clases altas remitieron cuantiosos recursos fuera del territorio nacional, principalmente a través de la compra de activos en el exterior, tanto físicos (por ejemplo, vía inversiones inmobiliarias y en empresas), como financieros (divisas, títulos, acciones, etc.), aunque las evidencias disponibles indican que esta última fue la modalidad privilegiada. Estas adquisiciones no están guiadas necesariamente por la lógica maximizar la rentabilidad, pues en no pocos casos, se trata de colocaciones de escaso rendimiento. Se trata del retiro de recursos bajo formas que funcionen como reserva de valor en el mercado mundial (función que el peso argentino no cumple)[5].
Bajo los gobiernos kirchneristas la fuga de capitales por parte de estos grupos continuó siendo sumamente dinámica, en particular en algunas coyunturas económicas y/o políticas puntuales. Esa línea de continuidad en lo que hace a la “formación de activos externos” por parte del sector privado no debería hacer perder de vista la existencia de algunas modificaciones en ese proceso de internacionalización.
En el marco de la hegemonía neoliberal la fuga de capitales estuvo básicamente relacionada con el despliegue por parte del capital local más concentrado de estrategias de valorización financiera, así como con la salida al exterior de buena parte de los recursos generados por la venta de empresas y grupos nacionales al capital extranjero. Se ha mostrado la asociación casi perfecta que se manifiesta entre la constitución de estos activos y el crecimiento de la deuda externa, lo que echa por tierra la idea de que esta última se contrajo para solventar una insuficiencia de ahorro nacional: financia la fuga (Basualdo, 2006). En la fase más reciente, si bien algunos de estos elementos se mantuvieron (como la remesa de recursos generados por la desnacionalización de algunas empresas oligopólicas), lo que parece haber primado es el envío al exterior de las abultadas ganancias internalizadas por este segmento del poder económico en un escenario de fuerte crecimiento durante varios años y relativa reticencia inversora (Gaggero, Schorr y Wainer, 2014).
El “financiamiento” de la dependencia de divisas y el carácter social de los procesos económicos
En una economía con tanta “sangría estructural” de divisas, y en ausencia de una estrategia nacional de desarrollo que ataque decididamente los nodos centrales de la dependencia económica, resulta inevitable garantizar flujos de recursos externos que ingresen al país y permitan compensar en mayor o menor grado los recursos salientes. En otras palabras, las vías a través de las cuales ingresan divisas al país serán decisivas para morigerar o postergar la inevitable ocurrencia de episodios de restricción externa que, por lo general, suelen ser “solucionados” con políticas de ajuste con un claro (y procurado) perjuicio sobre el campo popular. La identificación de los canales escogidos para “financiar” la dependencia arroja interesantes elementos de juicio para aproximarse al referido carácter social de los procesos económicos. De modo excesivamente sintético, la experiencia de nuestro país permite identificar al menos cinco mecanismos (no excluyentes entre sí) por los cuales pueden ingresar (o ahorrarse) divisas:
- Endeudamiento externo: se trata de un instrumento tan “seductor” como complejo ya que si bien entran recursos a la economía local, en el “minuto siguiente” hay que afrontar los pagos del capital y los intereses adeudados, con el riesgo serio de caer en recurrentes crisis de deuda ante retracciones externas de capitales. Este riesgo se ve incrementado por el hecho de que los créditos externos no se suelen utilizar para apalancar estrategias de desarrollo que generen cambios en la estructura productiva tendientes, entre muchas otras cosas, a mejorar la competitividad de industrias generadoras o ahorradoras de divisas;
- Fomento de inversiones extranjeras: con un problema similar que la deuda en “t+1”, en la medida en que el capital foráneo remite cuantiosos recursos al exterior por múltiples vías (que en el mediano y largo plazo superan las entradas originales). Habría que adicionar el hecho de que su ingreso ha tendido sistemáticamente a potenciar el cuadro de dependencia tecnológica y el tipo de especialización e inserción internacional prevaleciente;
- Repatriación de capitales nacionales colocados en el exterior: mediante “blanqueos” de distinta naturaleza, en diferentes momentos de la historia reciente se apostó a este objetivo con escasísimos resultados efectivos y muy altos y variados costos para la sociedad (como evitar la investigación de esos fondos o propiciar la tributación por debajo de lo que paga cualquier ciudadano);
- Superávit de balanza comercial: puede generarse merced al despliegue de un proceso virtuoso de sustitución de importaciones y/o de un crecimiento pronunciado de las exportaciones. En este último aspecto, será importante contemplar en base a qué tipo de bienes (y de actores) se sostiene la inserción exportadora: desde el punto de vista del desarrollo del país, no es lo mismo exportar soja y derivados, minerales y commodities industriales, que productos sofisticados en materia tecnológica y con efectos multiplicadores en el plano interno, por caso en términos de creación de empleo, encadenamientos productivos, innovaciones e inversiones; y
- Ajuste de la economía: una forma de ahorrar recursos es evitar el acceso de los mismos para el conjunto de la sociedad, restringiéndolos sólo a un puñado de actores poderosos. La vía principal ha sido la reducción del poder adquisitivo de los salarios y la consiguiente redistribución regresiva del ingreso en procura de “planchar” el nivel de la demanda interna y, por ese medio, los requerimientos de importaciones.
Desde el punto de vista del carácter social de los procesos económicos, no es lo mismo que el modelo de acumulación se expanda a partir de “dólares financieros”, que de “dólares comerciales” o de “dólares por inversiones extranjeras”. Es evidente que en un caso el esquema económico escogido y la correlación de fuerzas tenderá a favorecer a los acreedores externos y el capital financiero, en el otro a los grandes exportadores y/o a sectores de la burguesía industrial que sustituyen importaciones, y en el último al capital extranjero. Sin duda, una caracterización objetiva del carácter de un modelo de acumulación en una etapa histórica determinada no puede obviar la elucidación de cuál/es es/son el/los instrumento/s y el/los actor/es privilegiado/s para “financiar” la dependencia económica en términos de divisas.
En esa clave interpretativa, y de manera esquemática, una lectura de la trayectoria de la economía argentina en las últimas décadas indica que: en la dictadura militar de 1976-1983 se privilegió el “financiamiento” vía endeudamiento externo hasta el estallido de la crisis financiera desatada a comienzos de los años 1980; en el transcurso del primer gobierno de la recuperación de la democracia la centralidad la asumieron los grandes exportadores (sobre todo de commodities industriales) y el ajuste recesivo; bajo la convertibilidad se priorizó la deuda, las inversiones extranjeras y, desde mediados de la década de 1990, el ajuste de la economía; durante buena parte de las administraciones del kirchnerismo el eje del “financiamiento” pasó por los grandes exportadores (en especial de materias primas y algunos derivados manufacturados); y en lo que va del gobierno de Macri todo parece indicar que el epicentro se ha desplazado nuevamente hacia el endeudamiento externo y el ajuste recesivo.
De esto se sigue que a pesar de las indudables líneas de continuidad existentes, principalmente referidas a la profundización de la dependencia económica de la Argentina, cada una de las etapas aludidas tiene su especificidad histórica en términos de la dinámica del modelo de acumulación, la correlación de fuerzas entre las distintas clases sociales y fracciones de clase y la composición del bloque de poder. La captación de tal singularidad reviste importancia desde un punto de vista analítico, pero obviamente también en clave política.
Palabras finales
Las consideraciones que anteceden aluden al carácter dependiente de la economía argentina. Es indudable que para transitar el “camino a la independencia” se necesita reflexionar y problematizar socialmente la naturaleza de los factores estructurales que lo bloquean. Aquí esbozamos apenas algunos, que a nuestro criterio aparecen como los más importantes desde el ángulo de la economía, cada uno de los cuales amerita un tratamiento detallado. Sin duda, ese tránsito involucra un desafío harto complejo desde el punto de vista técnico, pero aún más en términos políticos en la medida en que los grupos sociales más favorecidos con la dependencia económica de nuestro país seguramente harán jugar todos los elementos a su alcance para preservar y multiplicar su poderío económico y, con eso, el cuadro de dependencia. De allí que resulte imperiosa la construcción de una amplia fuerza social en pos de una genuina independencia económica nacional. Negar los aspectos de continuidad de la dependencia no permitirán nunca resolverlos: se trata de analizarlos y, sobre todo, de cambiarlos.
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* Investigador de la Sociedad de Economía Crítica de Argentina y Uruguay (SEC); Investigador del CONICET y docente en la UBA y el IDAES (UNSAM).
[1] También el azar quiso que este año se cumpla el centenario de la primera edición del libro de Lenin Imperialismo, fase superior del capitalismo. Se trata de una obra fundacional en tanto sentó las bases para pensar más tarde la idea de la dependencia, como reverso de la relación imperialista (dos Santos, 1970).
[2] Existen numerosos trabajos que abordan algunos o la totalidad de estos factores estructurales. Entre otros textos disponibles remitimos a Abeles, Lavarello y Montagú (2013), Schorr y Wainer (2014) y Treacy (2015). Para una perspectiva de largo plazo de la cuestión se sugiere revisar Ferrer (2004).
[3] La reducción del monto adeudado tras el canje de deuda realizado en 2005 (reabierto en 2010 y 2013) obedece a un esfuerzo de contabilidad creativa más que a un fenómeno real. Si bien se incluyó un recorte sobre el monto de capital, se reconocieron (y capitalizaron) los intereses caídos, se agregó un premio por crecimiento del PBI, y se omitió consignar previsiones de pago por los títulos que no ingresaron al canje (holdouts), lo que resultó en un monto de deuda equivalente o superior al canjeado (Cantamutto y Ozarow, 2016).
[4] Una parte de la deuda contraída desde la asunción del gobierno de Cambiemos ha contribuido a financiar gastos corrientes del Estado; ello, en un cuadro de déficit fiscal agravado por las fenomenales transferencias de ingresos a distintas fracciones del poder económico que se motorizaron en los primeros meses de la nueva gestión.
[5] Gaggero, Gaggero y Rúa (2015) discuten con mayor precisión el problema de la fuga, incorporando en el análisis los recursos fugados por la vía de la sobrefacturación de importaciones y la subfacturación de exportaciones, entre otras prácticas en el límite de lo legal. Si bien no toda fuga es ilegal, un monto no despreciable se encuentra en una zona de dudosa calidad jurídica. Estas dudas se incrementan cuando los recursos se colocan en zonas de secrecía financiera (paraísos). Macri se vio involucrado en un escándalo asociado a estas prácticas apenas asumió como presidente, cuando estalló a nivel mundial el escándalo de los llamados “papeles de Panamá”.