Deuda externa y dictaduras militares

Alejandro Olmos Gaona.
Antecedentes históricos de la deuda externa argentina.
Parte III: La deuda en el Golpe de 1955 y la dictadura cívico-militar de 1976/83. Comienzo de la nueva deuda.

 

LA DEUDA EXTERNA ARGENTINA. ANTECEDENTES HISTÓRICOS

PARTE III: DEUDAS Y DICTADURAS CÍVICO MILITARES

 

Cuando se produjo el golpe de 1955, las nuevas autoridades le encargaron al Dr. Raúl Prebisch, celebrado economista que fuera funcionario del Banco Central durante la presidencia de Justo, que redactara un informe sobre la situación argentina. Las conclusiones de éste fueron dramáticas, pero producto no solo del desconocimiento de lo que realmente ocurría sino de una imposición de las autoridades dictatoriales para justificar buena parte del proceso en el que se habían involucrado. Al poco tiempo de conocerse dicho informe, Arturo Jauretche, en páginas luminosas, desnudó una a una las falencias del informe y puso en descubierto su inconsistencia. Pero ya la situación era irreversible y las influencias extranjeras volvían a hacerse presente en la Argentina. Así se decidió la incorporación del país al Fondo Monetario Internacional. En ese momento, y a través de convenios bilaterales de carácter comercial firmados con distintos países, existían créditos a pagar con materias primas, tal como se había acordado oportunamente. Esas obligaciones fueron convertidas en deuda financiera y los acreedores constituyeron ese grupo informal que pasaría a denominarse Club de Paris, que a partir de ese momento sería un acreedor permanente de la Argentina, estableciendo pautas uniformes en todas las tratativas para que se negociara con el grupo, no pudiendo el país hacerlo individualmente con cada uno de sus integrantes.

Además de la implacable persecución de todo aquello relacionado con el peronismo, hubo un claro retroceso, al volverse a la vieja Constitución de 1853, anulando la importante reforma efectuada en 1949. Con la presidencia de Frondizi comenzó la explotación intensiva de los recursos petroleros, a través de contratos que en su momento fueron impugnados y declarados nulos por los graves vicios de procedimiento. En ese momento, el endeudamiento externo no era demasiado significativo y su crecimiento obedecía en general a las reales necesidades de financiamiento.

En 1961 la deuda era de 11.606.139.000 de pesos moneda nacional y al finalizar la década había crecido ocho veces, llegando a los 80.000.000.000. En este período, el capital extranjero de origen estadounidense pudo empezar a instalarse en la Argentina, ante las facilidades otorgadas por el nuevo gobierno. Durante la administración del Dr. Illia, se efectuó una política con cierto orden y se anularon los contratos petroleros de la gestión anterior. Aunque puede decirse que la libertad política es plena, la marginación de las masas populares sigue siendo una evidencia. Sin embargo, la clara vocación democrática del

Presidente Illia fue mostrando la posibilidad de empezar a construir un país distinto. Al orden económico logrado se sumó una importante reducción del endeudamiento externo, y no se cayó en nuevas y onerosas renegociaciones. Se intentó aplicar una ley de medicamentos que limitara los negocios de las multinacionales mostrando cierta transparencia en el ejercicio del poder. No puede decirse que haya habido modificaciones sustanciales, y el poder militar al acecho limitó muchas posibilidades del presidente que tuvo que negociar para evitar mayores confrontaciones. Ello que no fue obstáculo para la injustificable intervención militar del General Juan Carlos Onganía, que comenzó un proceso económico diseñado por Adalbert Krieguer Vasena siguiendo un derrotero que condicionaría las decisiones soberanas del país, que no atinaba a salir de los círculos manejados invariablemente por los mercados financieros. Durante ese proceso militar, se produjo el negociado de Aluar, mediante el cual se entregó la producción de aluminio a un conjunto de aventureros que hicieron un gran negocio a expensas de los recursos del

Estado; y como sucede siempre en la Argentina, encontraron la posibilidad de tener representantes que siguieron ocupando cargos en los sucesivos gobiernos, y tuvieron en consecuencia una impunidad total para los cargos que desarrollaban. José Gelbard, que intervino abiertamente en este tema, fue ministro de economía del primer gobierno peronista en 1973.

Después de la breve presidencia del Gral. Levingston, y durante la gestión del Gral. Alejandro Lanusse, el poder militar entendió que no podía seguir manejado la administración del Estado y era necesario volver a entregar el poder a los civiles. Después de las fallidas negociaciones con Perón, se llamó a elecciones, siendo elegido el Dr. Héctor Campora, quien gobernó unos pocos meses, hasta que fue consagrado nuevamente Perón en septiembre de 1973, con un llamado a la unidad para comenzar una etapa alejada de los enfrentamientos pasados. Su clara debilidad física y las luchas de poder dentro del peronismo entre los sectores de derecha, las formaciones armadas y grupos de la juventud, llevó a que se produjeran nuevos enfrentamientos, asesinatos como el de Rucci por montoneros y de gran cantidad de militantes de izquierda por parte de las AAA. Los intentos de Perón para poner freno al desborde fueron en vano y muchos proyectos que tenía no se pudieron ejecutar. Una de sus ideas fue el dictado de una nueva reforma constitucional que tomara muchas de las ideas de la vieja norma del 49, y poder encarar un proyecto de país más ordenado que se plasmó en el Plan Trienal 1973-76. Su muerte en 1974 provocó que los enfrentamientos se acentuaran, hasta producirse el golpe militar que daría lugar a una dictadura como la Argentina no había conocido.

La debilidad de Perón fue tan clara que los ministros que integraron su gabinete, en muchos casos le hicieron firmar decretos y promulgar leyes que no tenían que ver con ideas que había sustentado desde siempre. Un ejemplo de ello lo constituye la sanción de la ley 20.548, en cuyo artículo 7º se determinó que “El Poder Ejecutivo queda asimismo facultado para prestar la garantía de la Nación, con carácter accesorio o principal, a obligaciones que con las finalidades y bajo los requisitos mencionados asuman entidades públicas o privadas, así como para someter eventuales controversias con personas extranjeras a jueces de otras jurisdicciones, tribunales arbitrales con dirimente imparcialmente designado o a la Corte Internacional de Justicia de La Haya”, siendo esta norma el primer antecedente de sometimiento a otras jurisdicciones que sancionara el Congreso de la Nación.

Con María Estela Martínez de Perón comienza una gestión presidencial signada por conflictos entre los sindicatos y el poder que ejercía el superministro José López Rega, que después de imponer a Celestino Rodrigo –subordinado suyo– como Ministro de Economía, debió irse ante el fracaso de la política económica y las presiones cada vez mayores de las fuerzas armadas.

Al caos político y las crecientes dificultades económicas se sumó el enfrentamiento con las organizaciones guerrilleras a las que se había decidido exterminar, con lo que el gobierno perdió el rumbo, dejando de ejercer el poder real, lo que permitió el golpe del 24 de marzo que se iba anunciando desde el mes de enero.

LA DICTADURA CÍVICO-MILITAR

Al producirse el golpe militar el 24 de marzo de 1976, el Dr. José Alfredo Martínez de Hoz, integrante del Consejo Asesor del Chase Manhattan Bank, prominente directivo de Acindar y de la Italo, elaboró un proyecto económico sometido a la Junta Militar. Ese plan contaba entre las primeras medidas de gobierno, la modificación del art. I del Código de Procedimientos en lo Civil y Comercial, estableciendo la improrrogabilidad de la competencia jurisdiccional de la Argentina a favor de jueces extranjeros, es decir que en cualquier convenio o contrato que firmara el país, se declinaba la competencia de nuestros tribunales. Martínez de Hoz, según sus expresiones, y las obras que publicara con posterioridad a su paso por la función pública, pretendía hacer un país moderno, con una economía productiva y altamente competitiva, con empresas sanas, proyectos realizables, a través del marco de orden y tranquilidad que iban a asegurar las fuerzas armadas, con lo que se llevaría a la Argentina a ocupar el lugar que tuvo –según él– a principios de siglo. La realidad de lo que ocurriera daría un mentís a ese discurso falaz con el que se intentó convencer a una ciudadanía que prefirió mirar para un costado y unaclase media que se dedicó a la especulación producida por la plata dulce, mientras las clases populares se empobrecían cada vez más.

En todo ese proceso histórico, donde está la génesis de nuestro endeudamiento actual, se cae en el error de ir solamente a los efectos cuantitativos, a los esquemas numéricos, a los déficits del presupuesto, y a las alternativas de la cuenta de regulación monetaria, y no se va al origen de cómo se construyó esa deuda. Las reservas del Banco Central eran exiguas cuando cayó Isabel Perón, y la deuda ascendía alrededor de los 8000 millones de dólares, pero después tales reservas empezaron a crecer, como una forma de demostrar la solidez del sistema y la posibilidad de afrontar cualquier contingencia. Ese crecimiento se operó a través de los malabarismos financieros y de los falaces asientos contables, donde se endeudaban las empresas públicas con créditos en dólares que no recibían, pues el dinero iba a engrosar las arcas del Banco Central para sostener una política monetaria que giraba en torno a una tabla de actualización del dólar. En muchos casos, se consiguieron préstamos a una tasa del 8% anual, y ese mismo dinero recibido de un banco extranjero era represtado a ese mismo banco a una tasa inferior. Contablemente había algunos esquemas que aparentemente funcionaban, pero el endeudamiento crecía cada vez más.

En lo que hace a las empresas públicas, también se utilizaron procedimientos de ficción para endeudarlas, y así poder liquidarlas en el futuro, justificando su ineficiencia. Para lograr tal propósito, el Secretario de Programación Económica durante la gestión de Martínez de Hoz, Dr. Guillermo Walter Klein, fijaba cada tres meses los cupos de endeudamiento que debían afrontar las empresas, con prescindencia de sus reales necesidades financieras. Así se endeudaron la Comisión Nacional de Energía Atómica, Agua y Energía, YPF, Aerolíneas Argentinas, y una larga lista de empresas públicas, con matices verdaderamente escandalosos. Pero debemos consignar que era un endeudamiento nominal, porque los dólares iban a parar al Banco Central en todos los casos. Las empresas eran prestatarias del crédito externo, pero no eran usuarias ni usufructuarias de dicho crédito. Hubo casos como el de Agua y Energía que fue obligada a cancelar un préstamo que tenía con el Banco de la Nación, con dinero proveniente de un préstamo sindicado que le otorgara el Lloyds Bank, por 120 millones de dólares. Es decir que en vez de estar obligada la empresa con un banco nacional, se la endeudaba con un banco extranjero.

Un caso paradigmático es el de YPF, que siempre fue una empresa simbólica construida sin un centavo de capital extranjero. EI general Mosconi hizo con la extracción del petróleo una de las empresas más importantes del mundo, que tuvo que pelear en la década del 20 y principios de la del 30 con la Standard Oil, lo que llevó a Mosconi a escribir su libro “YPF contra la Standart Oil”, publicación casi inhallable y que pocos conocen. Apelando a esas ficciones tan caras a cierta dirigencia política, Mosconi tiene un monumento, es homenajeado de vez en cuando, pero se ha desconocido su proyecto de política petrolera, su concepto de que los hidrocarburos son un recurso estratégico de la Nación, y en consecuencia deben ser manejados por el Estado.

Todavía hay mucho que analizar de la sangrienta dictadura, y en la gran mayoría de las publicaciones que abundan, solo se ha enfatizado la sistemática metodología criminal que se implementó para evitar cualquier cuestionamiento al gobierno de facto y poder así estructurar una política que fuera funcional a los capitales extranjeros cuyos negocios crecieron exponencialmente. Distinta es la manera en que fue tratada la economía del régimen, que solo se la analizó respecto a sus variaciones estadísticas, sin tomar en cuenta aspectos fundamentales que están relacionados con el estado de derecho, al haberse quebrantado el orden jurídico y convertido al Poder Ejecutivo en un agente de negocios privados para beneficiar al capital trasnacional, en desmedro de la industria de nuestro país.

En lo que hace al endeudamiento externo, la casi totalidad de los autores (Basualdo, Frenkel, Damill, Rapoport, Kulfas, Cortes Conde, etc.) estudiaron los costos económicos del mismo, la incidencia en el deterioro de la economía, la significativa transferencia de divisas que significó, pero en ningún caso tocaron los aspectos jurídicos de las contrataciones, los actos ilegales y los ilícitos en que incurrieran los más altos funcionarios del Estado encargados de la gestión. Pareciera que a los economistas en general los aspectos que hacen a la juridicidad no les resultan significativos y de tal manera los ignoran como si fuera algo carente de alguna importancia.

LA DEUDA DE LA DICTADURA Y LA CAUSA OLMOS

Para no entrar en disquisiciones teóricas sobre la deuda, y dada la naturaleza de estos trabajos de divulgación, corresponde ir a las evidencias que surgen de la única investigación que hicieran nuestro tribunales con motivo de la denuncia que efectuara Alejandro Olmos contra José Alfredo Martínez de Hoz, ante el Juzgado en lo Criminal y Correccional Federal Nº 2, por los delitos previstos y penados por los arts. 173, inc. 7 y 248 del Código Penal. Fundó esta denuncia en el hecho de que el plan económico concebido y ejecutado por el ministro de Economía de la Nación, en el período 1976-1981, se realizó con miras a producir un desmesurado e irregular endeudamiento externo; que el ingreso de divisas se produjo con el objeto de negociar con las tasas de interés, produciendo quiebras y cierres de empresas, y enormes dificultades en la capacidad exportadora, de producción y crecimiento del país.

A las actuaciones obrantes en la causa se agregó un informe pericial suscripto por los peritos Sabatino Forino y Alberto Tandurella, en el que se había determinado:

a) Que con fondos del Tesoro Nacional, se cancelaron obligaciones externas de varias empresas privadas en distintas monedas.

b) Que ni el Banco de la Nación Argentina ni el Banco Nacional de Desarrollo, como entidades financieras que tomaron a su cargo los aspectos operativos, iniciaron actuaciones para el recupero de las sumas pagadas por el Estado ni se acogieron al beneficio de la excusión.

c) Que la Dirección General de Asuntos Jurídicos no inició las acciones judiciales correspondientes para obtener el recupero de las sumas que afrontara el Estado, respecto a empresas como Acindar S.A., Autopistas Urbanas S.A., Covimet S.A., Parques Interama S.A., Aluar S.A., Papel Prensa S.A., Induclor S.A., entre otras.

d) Que existieron avales otorgados en contratos en los que se debían establecer garantías reales sin haberse efectuado los correspondientes estudios técnicos y financieros, y sin haberse extremado los debidos recaudos antes del otorgamiento del aval.

En esta causa –además de una importante cantidad de testimonios prestados por funcionarios públicos de la dictadura y la declaración indagatoria tomada a Martínez de Hoz, único procesado en ella–, se realizaron varias pericias donde se analizaron exhaustivamente las particularidades del endeudamiento.

En el informe final suscripto por los Dres. Fernando M. Curat y Alfredo A. Peralta, del cuerpo de peritos contadores de la Justicia Nacional, y Dres. William Leslie Chapman, Alberto Tandurella y José A. Gomáriz, quedó definitivamente establecido que:

1.- El acrecentamiento de la deuda externa del país pública y privada, entre los años 1976 y 1982, fue excesivo y perjudicial. Carece de justificación económica, financiera y administrativa, y se desconoce el destino de los fondos ingresados.

2.- Existe responsabilidad del ministro Martínez de Hoz y de sus sucesores hasta el 31 de diciembre de 1982, por las operaciones que determinaron el endeudamiento público y por haber promovido el endeudamiento del sector privado. Fueron partícipes de esa responsabilidad, el ex presidente del Banco Central Dr. Adolfo Diz y sus sucesores.

3.- Las consecuencias actuales y futuras del crecimiento de la deuda externa del país son extremadamente perniciosas, los servicios de la deuda no podrán pagarse y las responsabilidades, aunque puedan hacerse ahora efectivas, han dañado el prestigio del país, su vida política, institucional, el orden jurídico, el sistema y la estructura económica, la paz social y la tradición histórica de la República. La trasgresión al artículo 67 incisos 3 y 6 de la Constitución Nacional importa suma gravedad.

Pueden considerarse probadas, en cuanto dependen de los resultados del examen pericial, las denuncias que obran en la causa, en relación con lo que ha sido objeto de estudio.

Finalmente, y después de dieciocho años de morosos trámites y la incorporación de miles de documentos, el Juez Jorge Ballestero dictó un fallo el 13 de julio de 2000, en el que expresó que en la caso de la deuda externa «ha quedado evidenciado en el trasuntar de la causa la manifiesta arbitrariedad con la que se conducían los máximos responsables políticos y económicos de la Nación en aquellos períodos analizados. Así también se comportaron directivos y gerentes de determinadas empresas y organismos públicos y privados; no se tuvo reparos en incumplir la Carta Orgánica del Banco Central de la República Argentina; se facilitó y promulgó la modificación de instrumentos legales a fin de prorrogar a favor de jueces extranjeros la jurisdicción de los tribunales nacionales; inexistentes resultaban los registros contables de la deuda externa; las empresas públicas, con el objeto de sostener una política económica, eran obligadas a endeudarse para obtener divisas que quedaban en el Banco Central, para luego ser volcadas al mercado de cambios; se ha advertido también la falta de control sobre la deuda contraída con avales del Estado.

“Todo ello se advirtió en no menos de cuatrocientas setenta y siete oportunidades, número mínimo de hechos que surge de sumar cuatrocientos veintitrés préstamos externos concertados por YPF, treinta y cuatro operaciones concertadas en forma irregular al inicio de la gestión y veinte operaciones avaladas por el Tesoro Nacional que no fueron satisfechas a su vencimiento.

“A ellos deben agregarse los préstamos tomados a través del resto de las empresas del Estado y sus organismos, así como el endeudamiento del sector privado que se hizo público a través del régimen de seguro de cambio.

“Empresas de significativa importancia y bancos privados endeudados con el exterior, socializando costos, comprometieron todavía más los fondos públicos con el servicio de la deuda externa a través de la instrumentación del régimen de seguro de cambio.

“La existencia de un vínculo explícito entre la deuda externa, la entrada de capital externo de corto plazo y altas tasas de interés en el mercado interno y el sacrificio correspondiente al presupuesto nacional desde el año 1976 no podían pasar desapercibidos a las autoridades del Fondo

Monetario Internacional que supervisaban las negociaciones económicas. “Así pues, deseo recalcar la importancia que pudieran llegar a tener cada una de las actuaciones que se sustanciaron en el desarrollo de este sumario, las que sin lugar a dudas, resultarán piedra fundamental del análisis que se efectúe para verificar la legitimidad de cada uno de los créditos que originaron la deuda externa argentina.

“Es por estas razones que remitiré copia de la presente resolución al Honorable Congreso de la Nación, para que a través de las comisiones respectivas, adopte las medidas que estime conducentes para la mejor

solución en la negociación de la deuda externa de la Nación que, reitero, ha resultado groseramente incrementada a partir del año 1976 mediante la instrumentación de una política económica vulgar y agraviante que puso de rodillas al país a través de los diversos métodos utilizados, que ya fueran explicados a lo largo de esta resolución, y que tendían, entre otras cosas, a beneficiar y sostener empresas y negocios privados –nacionales y extranjeros– en desmedro de sociedades y empresas del Estado que, a través de una política dirigida, se fueron empobreciendo día a día, todo lo cual, inclusive se vio reflejado en los valores obtenidos al momento de iniciarse la privatización de las mismas.

“En efecto, debe recordarse que el país fue puesto desde el año 1976 bajo la voluntad de acreedores externos y en aquellas negociaciones participaron activamente funcionarios del Fondo Monetario Internacional.” Aunque los términos transcriptos son más que elocuentes, creo oportuno hacer algunas referencias a cómo se llevó adelante el proceso y las razones de su terminación.

En primer lugar, es necesario decir que, de acuerdo con las constancias de la causa, la sentencia debió haber tenido una conclusión más severa dada la magnitud de las pruebas acumuladas. Sin embargo, las indudables presiones a que están sometidos los magistrados federales y cierto culto reverencial por el poder político obraron como factor limitante en el desarrollo de sus consideraciones y, sobre todo, en su resultado, que no es, en definitiva, más que un pronunciamiento superficial y de compromiso, no obstante la clara definición explícita en éste de algunos aspectos que tuvo la economía implementada por la dictadura militar. Era obvio que, ante el cúmulo de ilícitos demostrados, algo “debía” decirse, ya que no se podían negar las evidencias.

El juez Ballestero optó por no arriesgarse más allá de lo que era prudente y propuso una suerte de híbrido que indica cómo fue la instrumentación de la deuda, generalizando conductas de personas que no nombra, sin señalar responsables concretos y manifestando una serie de vaguedades impropias de una decisión judicial. Así y todo, con las limitaciones apuntadas, es un antecedente importante más por lo que sugiere que por lo que resuelve.

Una sentencia es la resolución final de un litigio, la expresión de razonabilidad derivada de un análisis de hechos controvertidos, el reconocimiento del derecho de un litigante, o la conclusión de la investigación de una denuncia. En este caso, la llamada “sentencia” dictada por el juez Ballestero es una simple recopilación de antecedentes, documentos, pericias, testimonios de funcionarios y la declaración indagatoria de Martínez de Hoz, que si bien fue procesado, luego fue sobreseído por prescripción de la acción penal. Un exhaustivo examen de esta sentencia muestra que no existe un análisis, ni siquiera superficial sobre los hechos denunciados, las pruebas aportadas y las minuciosas puntualizaciones efectuadas por los peritos. Los ilícitos denunciados por los contadores oficiales no fueron investigados nunca y, en realidad, tampoco se tomó en cuenta la gravedad de la denuncia presentada en el Tribunal.

También resulta evidente que aún teniendo una gran cantidad de falencias, la resolución del juez, constituye un verdadero hito dentro de la jurisprudencia, porque es la primera vez en el mundo entero que la deuda externa se somete a una investigación judicial, mediante la cual se muestran los mecanismos fraudulentos que se emplearon para constituirla, y constituye una herramienta de significativa trascendencia para enfrentar la cuestión no con planteos teóricos, sino con acciones contundentes, que sirvan para impedir la continuación de ese fraude. Como claramente señalaba Patricia Adams, una especialista en deudas odiosas, “el Fallo de la Corte Federal de la Argentina sobre la ilegitimidad de las deudas contraídas durante el periodo dictatorial es

importante. Las implicaciones de ese fallo se extienden más allá de las fronteras argentinas y envía un mensaje claro a los ciudadanos de todos los países altamente endeudados que los acreedores internacionales fueron responsables de asegurar que ese dinero prestado fuera usado para los intereses y necesidades del Estado. Si los acreedores no ejercitan este cometido, sus reclamos a la ciudadanía carecen de legitimidad. En este aspecto, el fallo judicial argentino ha servido de precedente importante para la resolución de la crisis global de la deuda”.

En homenaje a la verdad, es justo hacer mención a las enormes dificultades que tuvieron los magistrados intervinientes en la causa, Dres. Anzoátegui, Dibur, del Castillo, Weschler y ahora Ballestero, para obtener información fidedigna a través de los 18 años del proceso. Se les negaron las actas secretas del Banco Central, y fue necesario un expreso pronunciamiento judicial y una intimación para acceder a algunas de ellas; los oficios no se respondían, o se pedían plazos que luego debían prorrogarse, y se debía recurrir a nuevas intimaciones al Banco Central y al Ministerio de Economía para que remitieran los documentos que se les solicitaban. Además, nunca existió personal aparte, del que normalmente se desempeña en el Juzgado, para llevar adelante un trámite tan complejo.

¿Cuál es la importancia de un procedimiento judicial, y la enorme diferencia que existe con las acciones que se realizaran en otras partes a través de coloquios, reuniones, foros, tribunales populares y otras expresiones legítimas para considerar el tema? Es una pregunta que debe hacerse, para establecer la real valoración de este fallo.

Una sentencia judicial sienta un valioso precedente para enfrentar a los acreedores, que no pueden exigir aquello que –se ha comprobado– carece de legitimidad, y obliga a un gobierno a proceder de acuerdo con lo dictaminado por la magistratura judicial. Por supuesto, puede no hacerlo ante las presiones que ejerzan los bancos y los organismos multilaterales de crédito, y en rigor el fallo fue desconocido tácitamente, porque el mismo se refiere al periodo de la dictadura militar, aunque es en esa época donde se constituye la deuda que se ha seguido refinanciando, sin embargo no puede dejar de reconocerse que esa deuda es la misma que se siguió refinanciando a través de las distintas épocas. Cuando se dio intervención a la Fiscalía Nacional de Investigaciones Administrativas, ésta tampoco hizo nada, con excepción del trabajo efectuado por el fiscal Dr. Ricardo Molinas, que fue interrumpido cuando se lo removió del cargo.

La importante cantidad de denuncias acumuladas en la causa terminaron en la nada. Aún cuando las conductas investigadas tipificaban la comisión de diversos delitos de acción pública, el juez Ballestero se limitó a enunciarlos, sin abrir juicio en ningún momento sobre la naturaleza de éstos, hasta su decisión final donde concluyó que el país fue puesto de rodillas ante los acreedores. No debe extrañar la conducta del juez Ballestero, coincidente con la de muchos otros magistrados, muy preocupados en investigar delitos menores y olvidarse de los grandes fraudes que afectan al país entero. Sus propias palabras, en un reciente film documental sobre la deuda, son reveladoras de su particular criterio para juzgar las conductas lesivas al Estado. En ese film manifestó que nunca le pareció importante la causa y que sólo en el último tiempo se había dedicado a examinarla. 

¿Cuáles fueron los resultados económicos de la gestión dictatorial? Una deuda que había trepado de 7.800 millones de dólares a casi 45.000 que solo fueron utilizados en la especulación y operaciones de destino incierto. El Banco Mundial indicaría que el 44% se fugó del país, el 33% fue utilizado en pagar intereses, y el resto sirvió para comprar armamentos y realizar importaciones no registradas.

También es importante consignar la descomunal fuga de capitales producto de la evasión que permitió transferir una enorme riqueza al exterior. Se calcula que la Argentina, junto a 14 países del Tercer Mundo, fugó al exterior más de 300.000 millones de dólares, equivalente a la mitad de la deuda externa en 1987. Esa fuga continuó durante todos los gobiernos de la democracia, y a pesar de algunas investigaciones parlamentarias que se hicieron –como la llevada a cabo en el año 2002 por la Comisión Investigadora de fuga de capitales de la Cámara de Diputados–, no se realizó ninguna acción legal contra los responsables, a pesar de haberse acreditado que gran parte de los capitales transferidos provenía de rentas no declaradas y, en consecuencia, no imponibles fiscalmente.

La deuda del Siglo XX

Alejandro Olmos Gaona.
Antecedentes históricos de la deuda externa argentina.
Parte II: La deuda del Siglo XX. Roca, Saénz Peña, Yrigoyen, la década infame y Perón. La deuda desde 1904 hasta 1955. 

 

LA DEUDA EXTERNA ARGENTINA. ANTECEDENTES HISTÓRICOS

PARTE II: LA DEUDA DEL SIGLO XX

Los comienzos del siglo no muestran demasiadas variaciones en el endeudamiento externo que se mantiene en valores con cierto equilibrio, porque las deudas se siguen pagando puntualmente y se remesan al exterior las amortizaciones comprometidas. EI gobierno del Dr. Quintana y el posterior de Figueroa Alcorta, si bien no presentan alteraciones significativas, disminuyeron los montos de la deuda debido a las amortizaciones del capital. Quintana la redujo a 737.111.872 y Figueroa Alcorta a 697.397.833.

Durante la gestión de Roque Sáenz Peña (1910-1914) la deuda subió a 710.053.538 y su sucesor Victorino de la Plaza (1914-1916) la redujo a 684.495.263.

Cuando asumió Yrigoyen en 1916, comenzó a acentuarse de manera significativa la baja de los montos de la deuda hasta llegar al fin de su presidencia a la suma de 535.734.657. Durante su mandato se cortaron abruptamente los fines a los que se destinaban los créditos, y si bien no puede hablarse de un cambio económico realmente significativo en este tema, la idea del endeudamiento pasó a ser otra, y el Presidente se propuso pedir dinero para destinarlo a la explotación de las reservas de petróleo de Comodoro Rivadavia, la creación de una marina mercante y la constitución de un Banco Agrícola; es decir, la creación de riqueza mediante inversiones productivas, y no dedicar el dinero a nuevas refinanciaciones destinadas a enriquecer a los capitalistas extranjeros que operaban en el país.

El Senado de la Nación, en manos de los opositores, bloqueó sistemáticamente los proyectos presidenciales y nada se pudo hacer. Aunque los obstáculos con los que debió enfrentarse fueron muchos, se llevó adelante una política distinta, poniendo el acento en fortalecer el capital nacional. El gobierno de Hipólito Yrigoyen fue una excepción a esa vieja forma política del sometimiento, y de esa nueva concepción surgió un verdadero emblema del poder de decisión de la República: Yacimientos Petrolíferos Fiscales, que solo tuvo como aporte del gobierno la suma de 8.000.000 de pesos, financiándose exclusivamente con el petróleo que extraía de sus explotaciones.

La prudente política de endeudamiento externo de Yrigoyen fue alterada por Alvear que en su gobierno aumentó la deuda externa hasta la suma de Pesos 1.111.675.585; aunque existen algunas discrepancias sobre los montos, pues algunos autores señalan que la deuda externa se cuadruplicó con relación a la presidencia anterior.

Vuelto Yrigoyen al poder, y condicionado no sólo por la situación económica sino por las fuerzas políticas que pugnaban a su alrededor, controlando a través de un senado opositor los propósitos del gobierno, no es mucho lo que pudo hacer, pero respecto a la política petrolera, además de continuar con el fortalecimiento de YPF, impulsó un proyecto de ley para nacionalizar la totalidad de las reservas de petróleo, el que –aprobado por la Cámara de Diputados– nunca fue resuelto por el Senado, controlado por la oposición conservadora. Ese gran pecado del presidente de defender la política petrolera autónoma del país sería uno de los factores fundamentales de su derrocamiento. Al irse, la deuda había vuelto a disminuir a 1.034.950.956.

Cayó Yrigoyen en circunstancias que son conocidas y el tema del petróleo volvió a tornar una relevancia inusitada, porque para el capital extranjero resultaba un verdadero despropósito que existiera una empresa que, a comienzos del año 1930, era el décimo productor mundial de ese combustible. Además, y según cálculos efectuados por irreprochables técnicos desde 1926 hasta 1934, YPF le ahorró al país la suma de 1.052.000.000 de pesos que hubiera debido girar al exterior si el petróleo hubiera sido explotado por compañías extranjeras, enfrentándose en una lucha con la Royal Dutch-Shell y la Standart Oil para obtener la preeminencia en la explotación de los hidrocarburos, debiendo esta última abandonar el país.

Resulta importante destacar que las reservas de oro de la Caja de Conversión, que era la encargada de la emisión monetaria, eran de 260.320.952 al asumir el presidente Yrigoyen en 1916, y al dejar el gobierno en 1922 habían subido a 466.476.974, lo que mostraba una política económica que caminaba por distintos rumbos a los trazados hasta ese momento. Durante la gestión de Alvear, las reservas aumentaron hasta 489.657.138, aunque el endeudamiento –como dijéramos– creció.

 

LA DÉCADA INFAME

En 1932 asumió la presidencia de la República el Gral. Agustín P. Justo, con un nuevo proyecto económico distinto al de Yrigoyen, y retornando a la gran tradición conservadora respecto al capital extranjero. En 1933, y debido a las presiones ejercidas por Gran Bretaña, se firmó el Tratado Roca-Runciman, por medio del cual accedimos a todas las pretensiones que se nos impusieron a cambio de que cuando ellos lo considerasen necesario, nos comprarían determinados cupos de las carnes destinadas a la exportación. Como no podía ser de otra manera, por el art. 20 del Tratado, se estableció que la suma de las exportaciones se destinaría “al pago del servicio de la deuda pública externa argentina”, pero además, y según señalara Scalabrini Ortiz, había algunas cláusulas secretas, que nunca se dieron a conocer. Pulverizando las razones de los defensores del Tratado, Lisandro de la Torre diría en el Senado: “En estas condiciones no podría decirse que la Argentina se haya convertido en un dominio británico, porque Inglaterra no se torna la libertad de imponer a sus dominios semejante humillación… Inglaterra tiene por esas comunidades de su imperio más respeto que por el gobierno argentino”.

Nunca pudieron encontrarse las pruebas de las cláusulas secretas señaladas por Scalabrini, pero algunos papeles que aún se conservan inéditos y que pertenecieron al archivo personal del Ministro de Relaciones Exteriores, Carlos Saavedra Lamas, confirmarían que tales acuerdos secretos realmente existieron. Uno de los documentos es una carta confidencial reservada que envió Sir Eugene Millington Drake, Encargado de Negocios de Gran Bretaña en nuestro país, a Carlos Saavedra Lamas, en la que le pedía que apurara de inmediato en el Congreso la Ley de Coordinación de los Transportes, debiendo determinarse que los intereses británicos quedaran bien consolidados en la norma. En otra nota también le pedía –o podría decirse que le exigía– que en las próximas licitaciones se prefieran a las empresas de capital británico.

Desde el comienzo de nuestra vida independiente, cuando se creó la Caja Nacional de Fondos de Sudamérica (que tomaría depósitos y recibiría fondos destinados a la fundación de un Banco Nacional), una serie de instituciones bancarias fueron creadas con el objetivo de emitir moneda, manejar el crédito y encargarse del crédito público.

Todas esas instituciones recibieron en la mayoría de los casos la influencia del capital financiero externo, que impuso a la Argentina una considerable cantidad de empréstitos, que a su vez significaron una gravosa afectación de los bienes públicos a través de una permanente transferencia de recursos, como vimos en las páginas anteriores.

Esos recursos que hubieran sido de vital importancia para nuestro desarrollo, fueron destinados invariablemente a pagar las acreencias a los bancos extranjeros, que invariablemente suministraban préstamos al Estado Nacional para supuestos proyectos de inversión que no se realizaban. En el caso concreto de la aplicación correcta de los fondos, los préstamos fueron concedidos en condiciones extremadamente onerosas y, además de ello, la banca extranjera siempre trató de obtener la mayor cantidad de recursos, teniendo en muchos casos una influencia importante en las decisiones de política económica.

El poder del sistema financiero siempre resultó un factor fundamental de predominio económico y, como consecuencia de ello, se elaboraron políticas y se ejerció una influencia decisiva en distintos gobiernos, que lo beneficiaron en forma directa o indirectamente.

Con la creación del Banco de la Nación, que se constituyó en el agente financiero del Estado Nacional, se trató de ordenar el sistema estatal, pero ello no significó en modo alguno modificar la posibilidad de que los bancos extranjeros que operaban en el país, tuvieran algún tipo de restricción a su manejo financiero. En una enorme cantidad de casos, y a través de las operaciones de redescuento que hacían con el Banco de la Nación, utilizaban el dinero de esta institución para sus préstamos operativos, obteniendo una considerable diferencia o spread, sin afectar sus propios capitales. Además de ello, la masa de créditos más importantes fue dirigida a los grandes terratenientes y a prominentes miembros de la dirigencia política conservadora, que no los pagaban y los refinanciaban constantemente, sin que hubiera control alguno por parte del Estado sobre la modalidad de esas operaciones.

La política bancaria es otro tema que se encuentra pendiente de una exhaustiva investigación, especialmente las operaciones del Banco de la Nación, que según la información oficial siempre contribuyó al desarrollo de todas las regiones del país donde se instaló otorgando préstamos a arrendatarios y pequeños propietarios. Por algunas referencias que hemos podido reunir para una investigación que realizamos, nos parece que la cartera de ese banco estuvo destinada mayormente a privilegiar a un sector minoritario vinculado con los poderes de turno y con una clase privilegiada que usufructuó del ahorro nacional para su propio beneficio.

Buscando documentos para un trabajo relacionado con la neutralidad argentina durante la Guerra del Chaco, dimos con los libros de actas del Directorio del Banco de la Nación y llamó la atención que en los años revisados (1932 a 1935), el 80% de los préstamos que se daban no iban a los pequeños productores, a los agricultores, al desarrollo de los pueblos de las provincias, donde el Banco tenía una enorme red de sucursales, sino a un amplio espectro de otras operaciones que iban desde la construcción de viviendas suntuarias como la de Matías Errazuriz (hoy Museo Nacional de Arte Decorativo), hasta las especulaciones económicas de Alfredo Fortabat, que en 1934 le debía al Banco la suma de Pesos 12.500.000, siendo el mayor deudor de la entidad, pasando por una larga lista de personajes que financiaban sus actividades improductivas con la plata del ahorro argentino. Fortabat nunca devolvió lo que le prestaron, y el Banco debió ejecutarlo, a través de un juicio manejado muy morosamente, donde se liquidaron algunos campos, pero la mayor parte de la deuda quedó impaga. También es posible citar que con fondos del Banco se construyó el ingenio San Martín de Tabacal de Robustiano Patrón Costas, prominente hombre del régimen, y se financiaron las actividades agropecuarios de los Santamarina, Pereyra Iraola, Lynch, Herrera Vegas y otros del mismo grupo social, que hacían de la refinanciación permanente de sus obligaciones una costumbre tolerada por las autoridades bancarias que estaban relacionadas familiarmente con los deudores.

Pero la historia oficial del Banco falseando deliberadamente la verdad, nos muestra otra cosa, y si se consultan sus publicaciones conmemorativas dedicadas a la celebración de sus 50 y 75 años, podrá verse que se expone la política crediticia de la institución como destinada mayormente a favorecer a los sectores productivos de menores recursos, cuando la realidad ha sido distinta. Un historiador muy serio como el Dr. Ricardo Ortiz, en su “Historia de la Economía Argentina”, indica que la mayor parte de los préstamos fueron a la gran industria ganadera, ignorando que ése era sólo un aspecto de las operaciones que se hacían.

Después de analizar esos tres años nos quedamos con dudas razonables, porque costaba aceptar tal discrecionalidad, nos parecía demasiado. Fue entonces cuando indagamos sobre otras fuentes vinculadas a ese tema, que encontramos una obra muy rara, impresa por el Congreso Nacional, titulada “Investigación sobre el Banco de la Nación”. Ese trabajo era el resultado de una investigación efectuada por el Dr. Juan B. Justo en el Senado en 1926, donde hizo una radiografía del Banco desde 1901 hasta 1926, documentando cómo había sido la política crediticia. Aquella investigación –como la actual de la deuda externa– no prosperó y fue archivada. Nadie le llevó el apunte en ese año, ni después. Presentó pruebas, pero en esos documentos estaban involucrados ministros, senadores, diputados. Era investigar al régimen, y por supuesto, las posibilidades de llegar a alguna conclusión eran inexistentes. Hoy nadie se acuerda de esas conclusiones.

En 1935 se dictó la Ley de Bancos y Moneda, y se creó el Instituto Movilizador de Inversiones Bancarias, que fue la primera iniciativa del establecimiento de normativas reguladoras en el sistema bancario. A su vez, y de conformidad con los acuerdos pactados con la firma del Tratado de Londres, se creó el Banco Central sobre la base de un proyecto elaborado por Sir Otto Niemayer, Director del Banco de Inglaterra, el que fue diseñado para que las entidades financieras del exterior tuvieron un control adecuado de las finanzas públicas, manejando la política monetaria aún cuando formalmente no dependía de ellas.

Organizado jurídicamente como una entidad mixta con capitales privados nacionales y extranjeros, y también capitales estatales, podía asegurar el valor de la moneda, controlar los movimientos de capital y fiscalizar a todo el sistema bancario. Tenía la facultad de emitir billetes, que debían estar respaldados con reservas de oro, divisas y cambio no menor al 25% de la emisión efectuada.

El objetivo era regular por primera vez el sistema bancario, concentrar reservas suficientes, mantener el valor de la moneda, regular la cantidad de crédito y de los medios de pago, promover la liquidez y, fundamentalmente, actuar como agente financiero del Estado Nacional, aconsejándolo en todo lo que fuera relativo al sistema financiero.

Con anterioridad, tanto el Banco de la Nación Argentina, como la Caja de Conversión, habían prestado servicios a los diferentes gobiernos, sin enajenar la capacidad de decisión a capitales que no fueran los del país; pero ante la decisiva posición accionaria que tenían los capitales extranjeros y algunos privados en el nuevo Banco Central, esto iba a significar la clara injerencia de otros países en las decisiones financieras, lo que llevó a Arturo Jauretche a indicar que toda esa legislación financiera impuesta durante la presidencia de Agustín P. Justo era “el Estatuto legal del Coloniaje”.

El Banco Central no se organizó como un ente independiente, ni actuó en forma neutral, sino que ante la influencia de los accionistas extranjeros manejó el crédito de acuerdo a los intereses que ellos representaban y en desmedro del real interés de la Nación. Debe recordarse que hasta los cargos importantes que tendría la institución fueron impuestos desde Londres. Se creó en 1935 como un organismo mixto controlado en un 50% nominalmente por el Estado Nacional, y el otro 50% por bancos extranjeros. La idea teórica era que, al no estar el Banco sometido a la órbita del gobierno, sus decisiones no iban a estar sujetas a los vaivenes políticos que pudieran ocurrir, pero esto era solo un pretexto para que los accionistas extranjeros –mayoritariamente ingleses– manejaran la política financiera del Estado. Que las decisiones en ese Banco se tomaban en Gran Bretaña, lo da el hecho que un político argentino, el Dr. Manuel Fresco, que fuera gobernador de la provincia de Buenos Aires, se enteró en Londres a través de Mister Follet Holt, directivo de los ferrocarriles ingleses, quién iba a ser el gerente y quiénes ocuparían los cargos directivos, cuando nada de eso se conocía en Buenos Aires. Es sabido que la nueva institución fue estructurada por Sir Otto Niemayer, director del Banco de Inglaterra, quien viajó a Buenos Aires para entregar el proyecto y discutir su instrumentación. Con excepción de Raúl Prebisch y Edmundo Gagneux, las principales jefaturas del Banco fueron confiadas a personal extranjero. Era tan evidente la asimetría existente entre el poder de decisión del Estado y los bancos del exterior, que el Banco de la Nación –poseedor de 2000 acciones– tenía 1000 votos en el directorio, y aquellos con 1821 acciones poseían 1821 votos.

El Instituto Movilizador de Inversiones bancarias absorbió el quebranto de los bancos privados. Ello impuso, además, que el Estado se hiciera cargo de los bienes inmovilizados de esas entidades, a quienes se les realizó un sustancial adelanto de fondos, perjudicando a los ciudadanos que tuvieron que contribuir a esa especie de salvataje financiero. De esa manera, el Estado debió recuperar los créditos de los bancos y absorber las pérdidas. En 1948, trece años después, el Banco Central seguía cargando con el peso de los bienes transferidos por los bancos privados, que resultaron de realización muy dificultosa.

En 1935, todos los activos del Estado y la deuda que manejaba el Banco de la Nación pasaron al nuevo Banco, que aunque en manos extranjeras, comenzó a operar como nuevo agente financiero de la República. Cuando se efectuó la transferencia, se hizo constar –entre otras operaciones– que en ese año se había pagado al gobierno de Gran Bretaña la suma de Pesos 66.682.902 en concepto de intereses de la deuda con ese país, y la suma de Pesos 28.636.363.63 en concepto de cancelación de un préstamo de la Casa Baring. En esa fecha también habían disminuido las reservas de oro hasta los 246.842.655.

 

La conversión de la deuda de la Provincia de Buenos Aires

Otro hecho relacionado específicamente con nuestro endeudamiento, demuestra la habilidad de los acreedores y el sometimiento de nuestros gobernantes. Tiene que ver con la conversión de la deuda pública externa de la Provincia de Buenos Aires, en la que intervinieron el Dr. Pedro Groppo, como Ministro de Hacienda del Gobernador Díaz, y los banqueros Bemberg. La conversión se hizo sobre cinco empréstitos con vencimiento el último de ellos en el año 1955, donde, a través de un procedimiento de refinanciación de la deuda, el estado provincial tuvo un perjuicio de 503.000.000 de pesos, además de haberse pagado a Bemberg la suma de 12.500.000 dólares en concepto de gastos, sellados y comisiones. Si bien el Banco de la Provincia de Buenos Aires era el natural agente financiero del Estado provincial, se prefirió a una banca extranjera para realizar las operaciones. El hecho fue denunciado por José Luis Torres en su obra “Algunas Maneras de Vender la Patria”, recurriendo a legisladores amigos para que se hiciera una investigación. Nadie se quiso hacer cargo y todo quedó en el olvido. Años después, el Instituto de Finanzas Argentinas de la facultad de Ciencias Económicas de la universidad de Buenos Aires hizo un análisis de la conversión y llegó a las mismas cifras que había denunciado Torres. Curiosamente, esa conversión y el negociado consiguiente no figura en ninguno de los libros de historia económica en los que se trata el periodo, y lo más significativo es que los detalles de la conversión no figuran en los tres tomos de la Memoria del Ministerio de Hacienda de la Provincia.

A través de estos ejemplos, se puede ir articulando hasta qué punto el tema de la Deuda externa y el sometimiento a las decisiones de los centros financieros del poder transnacional no es cosa nueva, sino que viene desde el fondo de nuestra historia. Hay una multiplicidad de antecedentes, donde no sólo intervinieron los banqueros, sino fundamentalmente nuestra dirigencia política que participó en esas operaciones, las usufructuó y colaboró en lo que lisa y llanamente era una estafa habitual a la Nación. Porque cuanto venimos diciendo está ligado inexorablemente a la deuda, ya que el control extranjero del sistema bancario argentino, las constantes refinanciaciones que se hicieron, el manejo del comercio exterior, los convenios internacionales realizados como el Tratado Roca-Runciman, siempre estuvieron destinados a privilegiar el pago de las obligaciones externas antes que a contribuir al desarrollo de la economía argentina.

La deuda externa en la época de Justo siguió creciendo, pasando de la suma de Pesos 942.251.900 en 1932, hasta 1.224.027.685 en 1936, aunque se hicieron pagos rigurosos de intereses y amortizaciones. La deuda interna excedía los 2.853.160.368 a fines de 1937.

Durante este gobierno que señala el comienzo de la llamada “década infame”, empezaron a movilizarse las cuantiosas inversiones de los Estados Unidos y la presión constante de sus diplomáticos, que quieren sumar a la Argentina a su esfera de influencia. Cuando se realiza la Conferencia Panamericana de Montevideo en 1933, la delegación de los Estados Unidos presidida por el Secretario de Estado Cordell Hull, llevó un proyecto para pan-americanizar la legislación y tratar de crear un órgano consultivo liderado por su país, para mediar en los conflictos que puedan plantearse. Como primera medida, se pretendía que la Argentina ratificara cinco pactos internacionales sobre solución de conflictos. Se hicieron algunas negociaciones con el canciller Saavedra Lamas y se llegó a un acuerdo, mediante el cual la Argentina apoyó las pretensiones de Estados Unidos, más allá de cierta retórica verbal, donde se enjuiciaron algunas de sus posiciones.

Precisamente en esa conferencia, y debido al estado de insolvencia financiera de los países americanos, el Delegado de México, Dr. Puig Casauranc, presentó un proyecto de moratoria general de las deudas, que Estados Unidos no quiso aceptar. Fue así que en un acuerdo secreto entre el Secretario de Estado Hull y  el canciller Saavedra Lamas, nuestro país se opuso a la moratoria, sosteniendo la inviabilidad de tal propuesta y la necesidad de honrar las deudas. Aunque el proyecto fracasó, los países americanos dejaron de pagar sus obligaciones, pudiendo crecer durante esos años de mora, con excepción de la Argentina, el único que siguió pagando.

La deuda externa no cedió, y a pesar de los pagos efectuados al exterior, se mantuvo casi a niveles constantes, pasando de Pesos 1.003.696.072 en 1938 a 1.012.735.966 en 1942, siempre de acuerdo con las cifras oficiales que, como hemos visto anteriormente, a veces no reflejan estrictamente la realidad.

Mientras la clase obrera registraban enormes niveles de exclusión social, y la pobreza tenía caracteres cada vez más dramáticos, llevando a un deterioro físico de la población que se encontraba subalimentada, la corrupción política y administrativa, las especulaciones fraudulentas de la clase política, la falta de rumbo definido en cuanto a tener un verdadero proyecto nacional, llevó al Ejército a terminar con ese estado de cosas. Además de querer enfrentar las prácticas corruptas de los dirigentes, tiene en su propio seno la comprobación del estado miserable del pueblo, al ver los problemas físicos que presentan las clases que se incorporan año tras año.

 

PRESIDENCIA DEL GENERAL JUAN D. PERÓN

Producida la revolución del 4 de junio de 1943, con el derrocamiento del Presidente Ramón Castillo –quien pretendía entronizar como su sucesor al Senador Robustiano Patrón Costas, terrateniente salteño fundador del ingenio San Martín de Tabacal con fondos provenientes del Banco de la Nación–, comenzó a emerger la figura del coronel Perón. Oficial destacado del GOU (Grupo de Oficiales Unidos), Perón sobresalió a través de su actuación en la Secretaría de Trabajo y Previsión, donde se ocupó de atender los reclamos de los más carenciados. El gobierno revolucionario enunció una nueva política no atada a las decisiones del exterior y, en 1946, al asumir Perón la Presidencia de la República, trazó un nuevo proyecto económico mediante el cual se impulsaron grandes transformaciones: la nacionalización del Banco Central, los ferrocarriles, las empresas de gas y teléfonos. Son instrumentos de una nueva política que va a poner en manos del país el manejo de los resortes fundamentales de su economía, produciendo preocupación en los Estados Unidos, país que, a la finalización de la Segunda Guerra Mundial, había sustituido a Inglaterra en la influencia continental.

La Argentina no se adhirió al Fondo Monetario Internacional, creado en Bretton Woods en 1944, y se apartó de cualquier organismo multilateral de crédito para observar una política independiente. La desclasificación de importantes documentos de los archivos norteamericanos ha demostrado, sin lugar a dudas, cómo se bloqueó económicamente a la Argentina desde 1945 hasta por lo menos 1952, utilizándose todos los recursos disponibles para tal propósito. Los autores que se ocuparon de analizar las relaciones del país con Estados Unidos, mostraron la existencia de dos sectores contrapuestos: uno de ellos liderado por Braden, quien había sido embajador en Buenos Aires y que encabezara el movimiento opositor a Perón cuando las elecciones de 1946, y otro más proclive a establecer vínculos de cooperación económica.

En 1946 la deuda de Estado Unidos e Inglaterra con la Argentina era de 2.000 y 3.500 millones de dólares respectivamente. Ambos países se negaron a pagar no sólo los créditos sino los intereses respectivos. A través de trabajosas negociaciones, se consiguió que nuestro país pudiera comprar en Estados Unidos insumos y maquinarias que necesitaba, haciendo uso de las libras bloqueadas en Gran Bretaña. Aprovechando tal situación, se produjeron importantes importaciones en esa nueva política de reactivación. Cuando se pretendió hacer uso de las libras, Gran Bretaña decretó la inconvertibilidad de su moneda, y entonces la Argentina se convirtió en deudor de Estado Unidos, al no poder hacer uso del dinero bloqueado. Perón celebró nuevos arreglos, poniendo a disposición del gobierno norteamericano parte de las divisas existentes, y se pudieron cancelar las obligaciones. Pero hay que considerar que los prestamistas eran singularmente hábiles, como en la década del treinta. Eso determinó que los pagos por las importaciones fueran depositados en una cuenta que nuestro país tenía en el Banco de Inglaterra, para cuando nuestro país necesitara hacer uso de las libras que quedaban en Gran Bretaña que eran nominalmente nuestras. Ello dio lugar a la emisión de unos bonos de congelación para evitar la emisión de moneda. Dichos bonos que emitía el gobierno devengaban un interés que la Argentina debía pagar. Debido a ello, Miguel Miranda, Ministro de Hacienda durante la primera presidencia de Perón, dijo en una reunión del Consejo Económico y Social: “Sobre el dinero bloqueado el país no cobraba un solo centavo de interés, pero para disimular su emisión se emitían bonos de congelación y se pagaba interés. Yo he sacado como consecuencia que los ingleses, con gran habilidad, nos cobraban interés por el dinero que nos debían”.

Durante el gobierno peronista, por primera vez en la historia, la deuda externa desapareció de los registros porque fue cancelada en su totalidad. En 1945 las obligaciones con el exterior importaban la suma de 519.910.262 de pesos, en 1946 baja a 114.196.498, en 1950 es de apenas 41.086.681, y en 1952 es totalmente pagada, no existiendo ninguna obligación hasta la caída del régimen en 1955.

Sin lugar a dudas, la investigación sobre la época de Perón todavía está en los umbrales, y lo que se conoce son enfoques muy parcializados, que van desde encendidos ditirambos y apologías carentes de todo rigor crítico, hasta versiones que sólo enfatizan los aspectos negativos del peronismo y no han penetrado en el fenómeno histórico que representó en la segunda mitad del siglo XX. Hubo muchas dificultades, presiones de todo tipo para entorpecer la marcha del gobierno. Importaciones esenciales para el desarrollo industrial fueron cortadas de raíz, no hubo la menor posibilidad de contar con algunos insumos básicos que se necesitaban. Se hicieron algunas concesiones como la de la Chade que todavía no han sido investigadas en profundidad y merecerían un detenido análisis.

La Chade era un consorcio internacional que manejaba la electricidad. Tenía un contrato con fecha determinada de vencimiento, superada la cual todos los bienes de la compañía pasaban a poder del Estado. El Contrato fue prorrogado por 50 años más por el Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires, después de haber coimeado a los concejales radicales y conservadores, quienes sin ningún escrúpulo se complicaron en la maniobra. Cuando se produjo la revolución del 43, se creó una comisión investigadora que presidió el Coronel Matías Rodríguez Conde. A través de esa pesquisa se individualizaron todos los personajes que intervinieron en el negociado, no sólo los representantes políticos, sino los abogados, economistas, contadores y consultores, además de otros funcionarios que se complicaron en el fraude. Se encontraron desde las cuentas corrientes hasta las cajas de seguridad en los bancos, y los bienes que compraron con el dinero espurio. Esa investigación, que se convirtió en una radiografía del régimen, fue archivada por Perón, sin que se tuviera noticias públicas de ella hasta que fue reimpresa por la Editorial Universitaria de Buenos Aires en 1972.

A pesar de esas concesiones coyunturales, el esquema extranjerizante de manejo del sector bancario y financiero cambiaría radicalmente cuando, en 1946, Perón nacionalizó el Banco Central, ordenándose la compra de las acciones existentes en manos privadas. También se procedió a la nacionalización de los depósitos, con lo cual la política financiera cambiaría de rumbo, produciendo considerables ingresos al Estado como consecuencia de la renta proveniente de las operaciones que ahora estaban destinadas a beneficiar a toda la comunidad.

El crecimiento de las utilidades puede verse en el siguiente cuadro

1946  23.975.487

1947  119.763.494

1948  220.735.067

1949  355.090.161

1950  438.500.925

1951  511.648.438

1952  576.466.544

1953  705.118.402

1954  817.057.977

1955  1.024.125.638

Habiéndose obtenido una utilidad neta de Pesos 4.792.482.433.

En las disposiciones que se pusieron en vigencia, se determinó que las medidas adoptadas eran de carácter trascendental y tendrían como inmediatas consecuencias la regulación del sistema bancario, el control monetario, cambiario, y de la economía nacional en su conjunto, debiendo servir a la capacidad productiva de la Nación. Se especificaba que, existiendo grandes masas de dinero en disponibilidad, había que orientarlas al sistema productivo, ya que hasta ese momento solo se dirigían a la especulación financiera.

Sintetizando la forma en que se produjo ese sustancial cambio de rumbo, corresponde destacar:

1.- Se reintegró el capital aportado por los accionistas privados, pasando el Banco Central a ser enteramente estatal.

2.- Se estableció la garantía de la Nación a los depósitos y su transferencia al Banco Central, lo que implicaba en rigor una regulación del crédito.

3.- Hubo una operatoria de coordinación del sistema financiero nacional con un Banco de la Nación que otorgaba créditos a las actividades agrícolo-ganaderas y al comercio; también se encargaba de promover la colonización de tierras para aquellos que querían trabajarla. La Caja Nacional de Ahorro Postal fomentaba el ahorro, posibilitando la protección de aquellos depositantes que con montos no demasiado significativos trataban de obtener un cierto beneficio de esa operatoria. El Banco Hipotecario facilitaba créditos para la vivienda.

4.- Se centralizó el control de cambios.

Era un sistema integralmente estructurado, que funcionaba coordinadamente, siendo la primera vez que el Estado Nacional tenía un banco propio sin injerencia alguna de capitales privados, fueran estos nacionales o extranjeros.

Para que se tenga una idea de los volúmenes que alcanzó la expansión del crédito originado por tales medidas, baste señalar que en 1945 se prestaban 69 pesos por cada 100 depositados, en 1949, 115 por cada 100, y en 1952, 138 por cada 100, produciéndose un notable desarrollo industrial que facilitó aceleradamente la sustitución de importaciones.

La precaria industrialización generada en la década del 30 tuvo un decisivo avance durante la presidencia de Perón, quien se propuso modernizar la economía a través de una serie de planes que profundizaran esa industrialización, dieran una participación sustancial al sector asalariado en la redistribución de la riqueza, estableciendo un nuevo modelo que vendría a cambiar la estructura económica del país. El primer Plan Quinquenal había planteado iniciativas que se tradujeron en 27 proyectos de ley, algunos de los cuales no llegaron a materializarse, pero fueron sustituidos por decretos que las suplieron eficazmente.

A pesar de los distintos conflictos que tuvo Perón con los Estados Unidos al comienzo de su gestión, estaba convencido de la necesidad de la radicación de capitales que, sujetos a normas específicas, pudieran contribuir al desarrollo de la economía.

Hasta la llegada del peronismo, los ingresos de capital tenían un control más aparente que real por parte del Banco Central de la República Argentina. Para terminar con una situación que no resultaba beneficiosa a los intereses nacionales, se dictó el Decreto 3347/48, estableciéndose la fiscalización de las inversiones extranjeras, aunque no se regulaba el ingreso de divisas líquidas, ni la forma de transferir utilidades, ni la eventual repatriación de los mismos por parte de los inversores. A través de ese decreto se creó una “Comisión Nacional de Radicación de Industrias” para proceder a la realización de estudios que permitieran proponer al Consejo Económico y Social la radicación de las industrias que fueran necesarias; realizar gestiones que fueran idóneas para facilitar la obtención de licencias de importación en los países de origen e intervenir como única autoridad en la radicación de industrias de capital extranjero que contribuyeran al desarrollo industrial de la Nación.

Aunque toda una serie de medidas adoptadas por el gobierno de Perón, como la fundamental reforma de la Constitución Nacional de 1949, que preservaba la totalidad de los recursos naturales, estuvo destinada a cambiar la estructura fabril, y siendo que la industria tuvo un desarrollo acorde con la potencialidad que se tenía, la carencia de insumos y de una tecnología que resultaba vital para los planes de expansión que se habían proyectado, impidió su total desarrollo.

Un comienzo importante fue la constitución de la Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina (SOMISA), con el aporte de capitales y tecnología de una conocida empresa norteamericana.

Mediando los primeros años de la década del cincuenta, se tuvo clara conciencia de que era importante contar con el aporte de capitales extranjeros, que contribuyeran a ser útiles para los planes que el gobierno tenía proyectado poner en ejecución, debido a que no había posibilidades de contar con financiación nacional de envergadura; y, si bien el decreto citado era un comienzo, se necesitaba el dictado de una serie de disposiciones de otra naturaleza que mostraran no solo la decisión del gobierno, sino el marco normativo que garantizara a los inversores la seguridad jurídica indispensable para radicar capitales.

Fue así que el 21 de agosto de 1953 se sancionó la Ley 14.222, en cuyo artículo 1º se estableció: “Los capitales procedentes del extranjero que se incorporen al país para invertirse en la industria y en la minería, instalando plantas nuevas o asociándose con las ya existentes, para su expansión y perfeccionamiento técnico, gozarán de los beneficios de la presente Ley”. En los distintos artículos se determinaba la necesidad de aprobación del Poder Ejecutivo para los proyectos de inversión, que los capitales solo podían ingresar bajo la forma de divisas o bienes productivos, el sometimiento a la legislación argentina, la equiparación de los capitales extranjeros a los nacionales, la forma de repatriar utilidades, los plazos y porcentajes, etc. Fue una Ley pionera para promover el ingreso de capitales pero sometidos al control del Estado, y fue tal su significación que más de quince años después una parte importante de sus disposiciones fueron adoptadas en la decisión Nº 24 sobre Régimen Común de Tratamiento de los Capitales Extranjeros en los países del Pacto Andino. La Ley fue debidamente reglamentada por el Decreto 19.111 del 14 de octubre de 1953. Tiempo después, el 17 de enero de 1955, se dictó el Decreto 637 que permitió la incorporación al régimen de la Ley de todos los capitales extranjeros ingresados con anterioridad al mes de agosto de 1953, cuando la misma había sido promulgada.

Aunque los logros de la política social eran incuestionables y se recuperaron sectores vitales para la economía nacional, la actitud del gobierno norteamericano bloqueando la provisión de insumos importantes para la industria tuvo consecuencias muy serias para nuestra economía. A pesar de ello, la voluntad política de los que estaban al frente del gobierno pudo más que las presiones recibidas y, afrontando los obstáculos, se empezó un proceso de industrialización creciente, mientras el Estado tuvo por primera vez en décadas un poder de decisión autónomo y no dependiente de los centros financieros, ni de las decisiones que se elaboraban en los gabinetes de Londres y Washington.

En el año 1952, el bajo crecimiento de la economía, sumado a problemas en el sector agrícola y a cuestiones estructurales que todavía no se habían podido superar, llevó a Perón a tomar una serie de medidas y a vislumbrar la posibilidad de recurrir a los Estados Unidos para que colaborara en la reactivación del país. En esa época, llegó al país Milton Eisenhower, hermano del presidente norteamericano, con el que se realizaron conversaciones para analizar diversos proyectos de inversión.

En esos años se acentuaron las importaciones de petróleo, porque el que extraía YPF no resultaba suficiente para abastecer las necesidades del mercado interno. Además, las compras crecientes de hidrocarburos significaban un constante egreso de divisas que gravitaban negativamente en la economía.

Para buscar un solución, a partir de 1954 se realizaron conversaciones con representantes de la Standart Oil de California para efectuar inversiones en Comodoro Rivadavia. El Ministro de Industrias, Dr. Orlando Santos, firmó una carta de intención con la compañía petrolífera, estableciéndose un área de explotación de poco más de 45.000 kilómetros cuadrados, donde se construirían aeropuertos, caminos, verdaderas ciudades, y toda la infraestructura necesaria para llevar adelante una obra de tal magnitud. El contrato fue arduamente discutido en su momento, porque se sostenía que era volver a la vieja política de sometimiento, y resultó célebre la conferencia que pronunció el Dr. Adolfo Silenzi de Stagni, Profesor titular de Derecho Agrario y Minero en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, donde impugnó las cláusulas del contrato, sosteniendo que era un verdadero escándalo que llevaba a la enajenación de nuestro petróleo. Su clase fue mimeografiada y distribuida clandestinamente, y se formaron ciertos movimientos de opinión respecto al tema, mientras la Argentina vivía momentos extremadamente difíciles por los enfrentamientos políticos entre el gobierno y una oposición que crecía cada día más.

Sería una ingenuidad suponer que Perón iba a tirar por la borda toda una política sostenida hasta ese momento. Efectivamente, el proyecto era algo muy serio, pero lo que no se dice es que fue enviado al Congreso para que se realizara una discusión amplia, y tal debate le diera un arma para modificar algunos términos del contrato. Se precisaba de una inversión importante, y ésta era una gran oportunidad que Perón no quiso desaprovechar, aunque diputados como John W. Cooke se opusieron. No puede desconocerse que el Congreso de la Nación era incondicional a las decisiones y a los proyectos del presidente, y si la decisión era aprobarlo tal cual había sido redactado, hubiera ordenado que se votara sin discusión, y no se hizo así.

Debemos destacar la reforma constitucional de 1949 –uno de cuyos principales impulsores fue el Dr. Arturo Sampay–, mediante la cual se establecía una serie de nuevos derechos para proteger al sector asalariado y, además, preservar las riquezas naturales del país.

 

DEUDA EN MILLONES DE PESOS

1900…………………….900       1927…………………. 1.132

1901…………………….898       1928……………………1.110

1902…………………….901        1929……………………1.071

1903…………………… 855       1930……………………1037

1904…………………… 843       1931……………………. 996

1905…………………… 748       1932……………………. 946

1906…………………….737       1933……………………1.218

1908…………………….716       1934……………………1.237

1909…………………….709      1935…………………….1.162

1910…………………….697       1936…………………….1.224

1911……………………690         1937…………………….. 994

1912……………………676         1938…………………….1.003

1913……………………701         1939……………………..1.141

1914……………………714         1940……………………..1.114

1915……………………714        1941………………………1.063

1916……………………683         1942………………………1.013

1917……………………649         1943……………………… 929

1818……………………611         1944………………………. 567

1919……………………611         1945………………………. 520

1920……………………647         1946………………………. 114

1921……………………761         1947………………………. 102

1922……………………630         1948………………………. 67

1923……………………664         1949………………………. 54

1924……………………849         1950………………………. 41

1925……………………927         1951………………………. 27

1926……………………976         1952………………………. 13

1953/54         0

 

 

LOS EMPRÉSTITOS DEL SIGLO XIX

Alejandro Olmos Gaona.
Antecedentes históricos de la deuda externa argentina.

Parte I: Empréstitos del Siglo XIX. El primer empréstito con la Banca Baring Brothers por un millón de libras esterlinas. 

 

LA DEUDA EXTERNA ARGENTINA. ANTECEDENTES HISTÓRICOS

PARTE I: LOS EMPRÉSTITOS DEL SIGLO XIX

Las primeras tentativas de endeudamiento externo se produjeron en 1818. En ese año se efectuó algún intento a través de hábiles especuladores que ya andaban por Buenos Aires, pero las primeras conversaciones en firme se producen en 1822, cuando empiezan las conversaciones con los banqueros británicos para conseguir un empréstito que permita instalar un puerto, establecer pueblos en la nueva frontera y el tendido de agua corriente. El 1º de julio de 1824, siendo gobernador de Buenos Aires Martín Rodríguez y Ministro de Hacienda Bernardino Rivadavia, se firma en Londres el empréstito con la casa Baring Brothers, por la suma de 1.000.000 de libras esterlinas, equivalente a 5.000.000 millones de pesos fuertes.

La operación se pactó al tipo del 70%, es decir que solo se recibirían 700.000 libras. Pero ocurre que los banqueros descontaron 130.000 en concepto de dos anualidades adelantadas, siendo la suma efectiva a remesar a Buenos Aires de 570.000. Los que intervinieron en la operación fueron Félix Castro, Braulio Costa y John Parish Robertson, que negociaron con Baring. Hay algunas discusiones sobre cómo se efectuó la remesa de los fondos, y si el pacto suponía la entrega en oro metálico. Lo cierto es que solo llegaron al Río de la Plata 96.613 libras en oro, y el resto en letras de cambio contra comerciantes ingleses y otros vernáculos que supuestamente debían pagarlas. Los intermediarios de la operación negociaron los títulos en Londres al 80%, es decir que se quedaron con una ganancia superior a las 100.000 libras esterlinas.

La garantía del empréstito fueron las tierras de la provincia de Buenos Aires, y cuando Rivadavia fue Presidente en 1826, la elevó a la totalidad de la tierra pública de la Nación.

Después de transcurridos los años retenidos en concepto de intereses adelantados, no pudieron abonarse los servicios, y el gobernador Manuel Dorrego debió recurrir a la venta de dos barcos para afrontar el pago de las obligaciones. Rosas recibió una deuda que ya era cuantiosa y trató de demorar los pagos, aún cuando las presiones se hicieron cada vez más intensas.

En 1842, un representante de los banqueros trató de llegar a un acuerdo y entonces Rosas ordenó a su ministro en Londres, Dr. Manuel Moreno, que explorara la posibilidad de entregar las Islas Malvinas a cambio de la cancelación de la deuda, previo reconocimiento de la soberanía argentina sobre las islas. La negociación no prosperó, y a pesar de los dos bloqueos que soportó el gobierno de Buenos Aires, y a las difíciles condiciones de la administración, sólo se les pagaron alrededor de 10.000 libras. Recién el 28 de octubre de 1857, el Dr. Norberto de la Riestra firmó en Londres un acuerdo contrayendo nuevas obligaciones y renegociando la deuda en su totalidad. A esa fecha, los intereses vencidos importaban la suma de 1.641.000 libras, y la deuda en su totalidad era de 2.457.155 libras. Todos los gobiernos posteriores continuaron pagando y refinanciando la deuda, hasta que se la canceló definitivamente en 1903.

A ningún funcionario se le ocurrió nunca establecer si el dinero efectivamente había llegado y de qué manera. La cuestión se aclaró recién en 1881, cuando el Dr. Pedro Agote, Presidente del Crédito Público Nacional, presentó un documentado informe sobre las finanzas públicas, a pedido del Ministro de los Estados Unidos, llegando a la conclusión de que no existía la menor constancia en los archivos del Estado que las letras fueran pagadas alguna vez.

La suma total pagada, según los autores que se ocuparon del tema: Scalabrini Ortiz, Fitte, Rosa, Vedoya, fue de 23.734.766 pesos fuertes, es decir alrededor de 4.800.000 libras. Estimo que se trata de un error de cálculo, porque todos los autores abrevan en el informe del Dr. Agote quien, en 1881, estimó lo que se había pagado y lo que quedaba por pagar, pero como la deuda se canceló recién en 1903, a través de nuevas refinanciaciones, creo personalmente que debe ser materia de investigación el monto real que costó este singular empréstito, piedra angular del endeudamiento argentino.

Si bien estas cifras hoy no resultan demasiado significativas, si se las compara con las que a diario vemos en cuanto a las obligaciones externas, para su época representaron sumas cuantiosas y condicionaron la política de sucesivos gobiernos que se vieron entrampados en una deuda fraudulenta, cuyos verdaderos artífices fueron argentinos que sirvieron los planes de expansión financiera de la banca británica. Naturalmente que ésta no fue una cuestión improvisada o accidental, sino que respondía a una política de Gran Bretaña con los países americanos, ya que hubo en la misma época más de 10 empréstitos, con condiciones similares, y las consecuencias fueron iguales. Un ejemplo paradigmático de esta política financiera fue la deuda del Ecuador contraída en la misma época del empréstito argentino, pero que recién se terminó de pagar en el año 1975.

Después del fracaso de las expediciones militares de 1806 y 1807, se intentó una forma más sutil pero más efectiva de dominación. La Argentina era una presa demasiado codiciada para ser independiente y resultaba necesario arreglar los negocios a los efectos de convertirla en un país tributario. Como decía Canning a Lord Granville en una célebre carta: “Los hechos están ejecutados, la cuña está impelida. Hispanoamérica es libre y si nosotros sentamos rectamente nuestros negocios, ella será inglesa”. Como astuto político que era, incentivó todos los procesos de libertad de las provincias del Virreinato del Río de la Plata, de la Capitanía General de Venezuela (Venezuela y Colombia), para que la independencia de España significara el sometimiento a Gran Bretaña, a su poder económico que se extendía sin detenerse por todo el continente. El mismo Canning le escribía del 8 de noviembre de 1822 al duque de Wellington: “Cada día estoy más convencido que en el presente estado de la península española y en nuestro propio país, las cosas y los asuntos de la América Meridional valen infinitamente más para nosotros que las de Europa, y que si ahora no aprovechamos, corremos el riesgo de perder una ocasión que pudiera no repetirse”. La ayuda prestada a través del dinero y de influencias políticas no tuvo el propósito de ayudar a los procesos independentistas, sino por el contrario manejar toda la economía, monopolizando la totalidad del comercio. Se cambió la violencia de las expediciones militares buscando otras formas de dominación, y a través del sistema de librecambio, empezaron los grandes desequilibrios, de los que nunca pudimos salir.

Los empréstitos fueron la llave maestra del control financiero del país, y por tal motivo la política económica que se llevó adelante estuvo condicionada inevitablemente por un endeudamiento externo que fue creciendo cada día más. Si en muchos casos había reales necesidades de financiamiento, los objetivos fueron –como ocurre en la actualidad– seguir endeudándose para pagar vieja deuda. Es por eso que el empréstito Baring es verdaderamente emblemático de una constante que atravesó desde siempre nuestra vida económica.

Desde ese primer empréstito hasta la terminación de la Presidencia de Roca se contrajeron 13 empréstitos externos:

Fecha                      Valor nominal ($ F) Colocación     Resultado

27/05/1865            12.600.000                 72%   9.072.000

19/02/1869            5.000.000                   88%   4.400.000

27/08/1873            10.000.000                 89%   8.905.000

05/08/1879            30.800.000                 88%   27.104.000

02/10/1880            12.350.000                 82%   10.127.000

05/09/1881            4.000.000                   90%   3.600.000

28/10/1881            4.000.000                   80%   3.200.000

14/01/1882            8.000.000                   85%   6.800.000

12/10/1882            8.500.000                   85%   7.225.000

27/10/1882            20.000.000                 85%   17.000.000

25/10/1883            30.000.000                 81%   24.300.000

21/10/1885            42.000.000                 80%   33.600.000

09/10/1886            20.000.000                 80%   16.000.000

Total                        207.250.000                          171.333.000

                        

Diferencia:             35.917.000

 

Es decir que en 20 años las utilidades de los prestamistas sólo en la suscripción de los empréstitos fueron de 35.917.000 pesos fuertes, lo que resultan no sólo sumas exorbitantes, sino reveladoras del real sentido económico de tales colocaciones. A estas cifras usurarias hay que sumar los intereses, las comisiones, las particularidades de los contratos y demás malabarismos técnicos que siempre operan en perjuicio de los deudores, ya que no se trató de obligaciones con algún grado de equilibrio, sino que todas las estipulaciones siempre favorecieron a los acreedores.

Las necesidades de financiamiento que muchas veces se pretextaron no fueron tales: en realidad lo que se pretendía era hacer negocios que dejaran suculentas ganancias y los diferentes gobiernos se involucraban en las maniobras, con perfecto conocimiento de lo que hacían, debiendo tenerse en cuenta que los participantes de la operación, o eran socios, o resultaban espléndidamente retribuidos por su colaboración. Así como la mayor parte de los documentos que tienen que ver con el empréstito Baring desaparecieron de los archivos, la documentación de las siguientes operaciones financieras no corrió mejor suerte.

Tales préstamos siempre fueron considerados normales, aunque fueran lesivos para la economía nacional, y cuando los pagos se hacían exigibles, y los recursos eran insuficientes, no se vacilaba en realizar cualquier sacrificio, que siempre resultaba en beneficio de los acreedores. No en vano dijo el Presidente Avellaneda: “La República puede estar dividida hondamente en partidos interiores, pero no tiene sino un honor y un crédito como sólo tiene un nombre y una bandera. Hay dos millones de argentinos que economizarían hasta sobre su hambre y su sed para responder a los compromisos de la fe pública ante los mercados extranjeros”.

La guerra del Paraguay, motorizada por el imperio del Brasil, y no por Inglaterra como desaprensivamente se ha asegurado, determinó la necesidad de nuevos empréstitos: uno de ellos antes de comenzar la guerra y otro a su finalización. En esta tragedia que involucró a tres países hermanos y al imperio, la banca inglesa fue la real beneficiaria ya que todos los contendientes recurrieron a sus préstamos, antes y después de su finalización, excepto el Paraguay que solo lo hizo cuando el país quedó devastado y bajo el control de los ejércitos aliados.

La hipoteca de la deuda siguió pesando, y a ello se sumaron las nuevas necesidades de financiamiento para estructurar el crecimiento que llevó a cabo la llamada “generación del ochenta”, aunque las finanzas públicas estuvieran permanentemente dirigidas a tributar intereses y amortizaciones que nunca se terminaban, por las permanentes refinanciaciones.

La llegada del cuñado de Roca, Miguel Juárez Celman, al gobierno, supuso la continuidad de una política que siempre privilegiaba las inversiones extranjeras. Sin embargo, durante su gestión, las aventuras especulativas determinaron un estado de crisis muy grave en la economía, que dio origen a la revolución radical, a la caída del gobierno y a la asunción del Dr. Carlos Pellegrini a la primera magistratura.

Antes de tomar la decisión de afrontar las responsabilidades del poder, Pellegrini consultó a un grupo de banqueros, a quienes les pidió 50 millones de pesos para enfrentar las inminentes quiebras del Banco Nacional, del Banco Hipotecario y del Municipal. Recién cuando se aseguró la provisión de esos fondos, se consideró presidente. Tales capitales no se utilizaron para el destino requerido, sino que fueron girados inmediatamente a Londres para evitar la gran crisis de la banca Baring que estaba semiquebrada, debido a inversiones no sólo en nuestro país sino a negocios realizados en otras partes. El gobierno británico no podía dejar desprotegidos a tan fieles súbditos, y fue así que el Banco de Inglaterra corrió en auxilio de Baring, y junto a los banqueros Rothschild realizó una reconversión de la empresa, que canceló parte de sus obligaciones con el dinero enviado por el Presidente argentino.

Meses después, Pellegrini envió a Londres al Dr. Victorino de la Plaza, quien suscribió un nuevo convenio el 5 de mayo de 1891 con la firma J.S. Morgan por 75.000.000 de pesos moneda nacional, que en realidad constituyó una moratoria financiera con plazos distintos para el pago de la deuda. La nueva deuda se cambiaba por deuda impaga de anteriores empréstitos, afianzándose la garantía con todas las rentas argentinas y los derechos de la Aduana sobre la importación.

Pellegrini también estableció un impuesto a los depósitos existentes en los bancos extranjeros y a los dividendos que ellos repartían, lo que motivó presiones al gobierno británico para obtener una intervención militar y poner un agente de su majestad para controlar las finanzas públicas. Estableció aranceles a las importaciones y retenciones a lo que se exportaba, como una forma de cubrir el déficit generado por las obligaciones externas.

A pesar de esos arreglos, las rentas no alcanzaban para pagar los intereses y las amortizaciones, y en 1893 el gobierno volvió a entrar en mora. Para evitar represalias, el Ministro de Hacienda, Dr. Juan José Romero, dio instrucciones al ministro en Gran Bretaña, Luis Domínguez, para llegar a un arreglo de la deuda, haciéndole saber que no podía volver a contraer deuda como en años anteriores ya que “pagar las deudas con más deudas y más onerosas es caminar en derechura hacia una espantosa bancarrota”. La negociación determinó la remisión a Londres de 7.500.000 de pesos oro por año hasta 1898 y una suspensión del pago de los intereses hasta esa fecha, en la cual se pagarían los adeudados con una quita sustancial previamente acordada, que llegó al 40%. Se refinanciaron 11 empréstitos y cuatro deudas provenientes de otros préstamos.

En 1880 la deuda externa era de 33.041.020 de pesos oro, y en 1901 había trepado a 386.910.095, habiéndose pagado en concepto de intereses y amortizaciones la suma de 278.112.000 de pesos oro durante esos once años, postergándose algunos vencimientos que se tendrían que pagar durante la segunda presidencia del general Roca. Éste, ante la imposibilidad de afrontar las deudas que se iban a reclamar, envió un proyecto de Ley al Congreso para la unificación de las deudas, el que fue defendido por Pellegrini en el Senado, ya que era su principal negociador. El proyecto repetía algunas formas de anteriores refinanciaciones, se unificaban los 36 empréstitos anteriores, aumentándose el valor de la deuda en un 20%, pero se estiraban los plazos en cincuenta años, venciendo las obligaciones en 1951.

Al conocerse la media sanción del Senado, los diarios “La Nación” y “La Prensa” atacaron violentamente el proyecto y algunas personalidades como Terry y Saavedra Lamas lo impugnaron severamente. Se habló de una claudicación de nuestra soberanía, de entregarse a los acreedores, existiendo movilizaciones importantes que llevaron al Roca a pedir el estado de sitio y retirar el proyecto ante la magnitud de las manifestaciones opositoras.

La situación al terminar el siglo no podía ser más comprometida. La deuda externa de la Nación era de casi 900.000.000 de pesos. Los ferrocarriles y los bancos más importantes eran ingleses, la industria la manejaban los ingleses, los empréstitos los otorgaban ellos casi exclusivamente. Además, todos los recursos estaban afectados a las garantías y a los pagos de los cuantiosos empréstitos que se habían celebrado, y sobre los cuales no existía una pormenorizada verificación del empleo de los fondos, ni la forma en que se habían hecho efectivos, sino sólo cifras que se dieron por buenas –brindadas por los banqueros–, y que servirían para que las obligaciones crecieran cada día más. El propio Carlos Pellegrini decía en el Senado de la Nación en 1901: “Hoy la Nación no solo tiene afectada su deuda exterior, el servicio de renta de la Aduana, sino que tiene dadas en prenda sus propiedades; no puede disponer libremente ni de sus ferrocarriles, ni de sus cloacas, ni de sus aguas corrientes, ni de la tierra de su puerto, ni del puerto mismo, porque todo está afectado a los acreedores extranjeros.” Al asumir el Presidente Manuel Quintana, las obligaciones con el exterior eran de 843.356.844 pesos.

 

Algunas cuestiones metodológicas

Alejandro Olmos Gaona.
Antecedentes históricos de la deuda externa argentina.

Prólogo: Algunas cuestiones metodológicas.

 

La deuda externa argentina. Antecedentes Históricos

PRÓLOGO
Algunas cuestiones metodológicas

Antes de entrar específicamente en el tema, es importante puntualizar una serie de aspectos que tienen que ver con cuestiones metodológicas que resultan fundamentales para ahondar en el tema de la deuda externa y exponer los resultados de una investigación. Es sabido que cuando se aborda este problema, hay una diversidad de enfoques y un enorme grado de subjetivismo, donde hay más interpretación que evidencias, especialmente cuando el tratamiento es exclusivamente económico, sin tomar en cuenta otras variables fundamentales que no pueden dejarse de lado.

Estos antecedentes se refieren a la historia de la deuda, ya que es una de nuestras ocupaciones y hemos tratado de mostrar hechos y realidades sobre la base de evidencias objetivas. Todo ello sin perjuicio de exponer una opinión en determinados casos, pero sin ir más allá de lo prudente y dejando que los documentos muestren cómo los distintos gobiernos de nuestro país se manejaron con criterios parecidos frente a los acreedores externos, condicionados por un pensamiento convencional que les impedía buscar otras soluciones.

Existe una especie de modelo de historiador técnico, objetivo y profesionalizado que surge de los ámbitos académicos y que está limitado a los estrechos márgenes de un espacio donde están ausentes el compromiso y la reflexión crítica. La imagen del profesional supuestamente objetivo puede parecer en principio correcta, pero parte del equívoco de suponer que la corporación académica no tiene una predilección muy concreta por ciertos parámetros ideológicos y se mantiene inserta en formas asépticas de hacer la historia. Creo, por el contrario, que existen objetivos muy claros en cuanto a las formas de investigación, reflexión y creación, que parten de criterios políticos muy definidos, donde la verdadera investigación no siempre está presente y solo se muestran hechos y situaciones que coincidan con un esquema básico trazado con anterioridad.

Hay un vínculo histórico que une a lo que hoy algunos teóricos como Carlos Escudé llaman “realismo periférico” con aquellas viejas ideas que, sobre la base de lo inevitable de ciertas relaciones de poder, subordinaban las decisiones soberanas de la Nación a modelos impuestos desde afuera, y donde la independencia política era una simple fachada para ocultar una evidente subordinación económica.

La historiografía tradicional a través de una hermenéutica, con ciertos visos de objetividad, produjo una visión maniquea de hechos y personajes, teorizando en forma insistente sobre determinados valores que estaban representados únicamente por ese grupo escogido de personalidades con la que aquella se sentía identificada. Todo lo que se opusiera a ese esquema de historia dominante, donde solo se hablaba de individualidades y las clases populares siempre estaban ausentes, era mostrado como un subproducto marginal ajeno al enfoque cientificista del que se hacía gala.

No hay que caer en la absurda simplificación de plantear que todo ese esquema se manifestó orgánicamente, sin disidencias visibles; porque existieron muchos cuestionamientos incluso dentro del mismo grupo, pero los grandes temas históricos siguieron una línea medular que la corporación académica consolidó, aun cuando hubiera cierta variedad de matices que, sin embargo, no cuestionaban lo fundamental de los hechos descriptos.

Es importante tener en cuenta, que la historia fue escrita, desde Mitre para acá, por los grupos dominantes que, ejerciendo una suerte de magisterio inapelable –aunque cuestionado a través del tiempo–, tuvieron una notable influencia en los ámbitos académicos y universitarios que no pudieron despegarse de esa autoridad que parecía venir desde el fondo de la historia.

Una de las formas más evidentes de esa manipulación del pasado fue el método de investigación utilizado, con las consecuentes maneras de exponer determinados temas, conformando lo que Collingwood llamaba con exactitud “la historia de tijeras y engrudo”. Mediante ella se le dio determinada categoría a ciertas “autoridades” cuyas explicaciones y argumentos fueron repetidos, reinterpretados y copiados con diversa fortuna, pero con indiscutible eficacia para la construcción que se pretendió hacer. En los grandes temas, y coherente con esa forma de mostrar el pasado, se eligieron cuidadosamente los testimonios a utilizar, para dar una apariencia científica que le sirviera de sostén erudito, y se ocultaron o destruyeron las evidencias que no coincidieran con la construcción que se pretendió hacer. Hubo una selectiva utilización de las diversas fuentes con el propósito abogadil de demostrar la exactitud de una u otra tesis, pero no para recrear con autenticidad un proceso histórico.

A la historia tradicional que conocemos le sucedió una nueva corriente que, con una supuesta apariencia de objetividad o profesionalismo, reconoce la misma falencia que aquella en cuanto a que sus presupuestos básicos resultan idénticos, al pretender demostrar los hechos desde una mera crónica exterior, sin ir a las causas ocultas, a las razones profundas que nunca están a la vista, y necesitan de una indagación creativa, de una reflexión rigurosa que muestre una realidad alejada de la superficialidad y la complacencia con los viejos modelos.

Tampoco se puede hablar de que tales obras sean el resultado de un pensar creativo, sino que son muchas veces subproductos estructurados con una clara intencionalidad política, que permiten una lectura sin demasiadas complicaciones, y donde una simple cronología de hechos expuestos con mayor o menor habilidad son presentados como obras históricas. Además, asistimos en los últimos tiempos a una proliferación de trabajos monográficos, gestados en los ambientes universitarios y en algunas instituciones que se ocupan de este quehacer, que se refieren a hechos carentes de la menor relevancia y son simples ejercicios de erudición estéril, mientras que aspectos fundamentales de nuestro pasado siguen sin aclararse, o se repiten las mismas y venerables versiones oficiales, con alguna que otra modificación circunstancial. Pareciera que resulta preferible investigar durante un año la economía de algún pueblo de provincia en el siglo XIX o XX, o el comportamiento de alguna intendencia del interior del país u otras cuestiones similares, a bucear en los grandes temas de la Nación.

La corriente revisionista hizo mucho para romper con caracterizaciones equivocadas del pasado, pero cayó en muchas simplificaciones expositivas, procediendo muchas veces con los mismos criterios arbitrarios que pretendía combatir.

El pensamiento histórico es siempre reflexión, análisis, ubicación de los hechos en su contexto, tomando en cuentas las circunstancias diferentes de cada época y no un rejunte adocenado de testimonios elegidos cuidadosamente para obtener un resultado preestablecido con anterioridad. Si bien la tarea erudita resulta importante para el examen de los hechos, debe ser utilizada mediante ese pensamiento que nos lleve a esa interrogación de la que hablaba Marc Bloch; porque muchas veces los testimonios por si solos nada nos dicen, es preciso preguntarles, inquirir en ellos para obtener respuestas adecuadas, o explicaciones posibles. Los criterios positivistas, hoy camuflados bajo un aura de imparcialidad y rigurosidad científica, no sirven para comprender el pasado y, mucho menos, para hacer una recreación reflexiva sobre el mismo. Collingwood, describiendo esa modalidad, decía: “Ha sido necesario luchar a brazo partido con lo que podría llamarse concepción positivista, o mejor dicho malentendido positivista de la historia: como el estudio de acontecimientos sucesivos que yacen en un pasado muerto, acontecimientos que habría que comprender de la misma manera como el hombre de ciencia comprende acontecimientos naturales, clasificándolos o estableciendo relaciones entre las clases así definidas. Este error no solo es endémico en el pensamiento moderno filosófico sobre la historia sino que es también un peligro constante para el pensar histórico mismo. Mientras los historiadores cedan a él, descuidarán la tarea que le es propia: penetrar en el pensamiento de los agentes cuyos actos estudian, y se contentarán con determinar lo exterior de esos actos, lo que a esos actos puede estudiarse estadísticamente. La investigación estadística es para el historiador un buen sirviente pero un mal amo. De nada aprovecha hacer generalizaciones estadísticas a menos que con ellas se pueda descubrir el pensamiento que hay tras los hechos acerca de los cuales se generaliza.”

La historia como pensamiento y reflexión, muchas veces fue sustituida en nuestro medio por crónicas o relatos que en algunos casos presentan un abrumador soporte de notas y referencias, pero que sin embargo no se apartan de los viejos modelos, aunque quizás exista una mayor habilidad constructiva, y parezca novedoso, lo que no es sino una manera distinta de plantear lo ya conocido. Eso ocurre fatalmente al olvidar la necesaria interrelación que existe entre los hechos del pasado, aún aquellos muy distantes, con procesos que se desarrollan en nuestros días, y que a la luz de ciertos trabajos históricos parecieran no existir. Pierre Vilar señala que la única forma de aproximarnos a un entendimiento de la historia es a través de un medio simple, que es el de “considerar cualquier fenómeno histórico (o sea cualquier fenómeno social en pleno cambio) de tres maneras sucesivas: considerarlo primero como signo para proceder a las constataciones y los análisis, considerarlo como resultado mirando hacia atrás y, finalmente, considerarlo como causa mirando hacia delante”. De tal manera nos alejamos de las explicaciones unilaterales y asumimos en su real dimensión la complejidad de los fenómenos históricos, alejándonos de las simplificaciones interesadas que estamos acostumbrados a transitar.

Pero no es materia de este trabajo meternos en las honduras de la reflexión filosófica sobre los modos de hacer la historia, sino en plantear algunas cuestiones importantes que deben tenerse en cuenta para conocer cómo se construyen ciertas versiones del pasado, y así poder estar alerta para no aceptar sin cuestionamientos todo aquello que se limite a una descripción superficial e interesada de la realidad.

En el tema de la deuda externa argentina –y en la problemática generada en torno a sus consecuencias– hay una considerable distancia entre lo consignado en los repertorios oficiales, en los que abrevan muchos distinguidos economistas, y las contundentes evidencias que surgen de los testimonios y documentos de una causa penal, que deben ayudar para reflexionar sobre las particularidades con las que debemos manejarnos en el curso de cualquier trabajo de investigación. Sin perder de vista que no siempre los papeles que se guardan en los archivos públicos sirven para comprender situaciones y esclarecer hechos, que por su propia naturaleza sus protagonistas quisieron ocultar. Hay que tener presente que si muchas veces en cuestiones menores se tejieron frondosas redes de presiones e intrigas para encubrir realidades que no convenía mostrar, no deberá extrañarnos que en asuntos de mayor importancia, y donde se manejaron grandes intereses, se echara mano a todo tipo de recursos para ocultar la verdad. Tampoco deberá sorprendernos la escasez de elementos de juicio que nos permitan introducimos en determinados temas, muchos de ellos considerados como verdaderos tabúes por la investigación histórica, debiendo tenerse en cuenta que todavía hay bastantes secretos que nadie ha tenido la intención de revelar, y una resistencia tenaz a mostrar la realidad tal cual fue. A menudo se prefieren nuevas o poco novedosas versiones de una misma cuestión, a profundizar en temas de real significación que todavía hoy se encuentran pendientes de su esclarecimiento.

Hace ya muchos años que, mediante el trabajo en archivos del país y del extranjero, recogimos cierta experiencia sobre cómo se ha manejado la documentación, y sobre la posibilidad de encontrar o no materiales para los temas tabúes que siguen sin investigarse. En los archivos oficiales, los papeles a veces no existen; y si en otros casos pueden encontrarse algunos elementos valiosos, ello debe ser materia de una búsqueda exhaustiva, en la que es preciso recorrer nuevamente los mismos legajos que otros historiadores ya vieron, pero que curiosamente se olvidaron de registrar. Hay hechos que pareciera no pueden tocarse con profundidad, y aún cuando algo se ha avanzado, todavía sobreviven muchas viejas leyendas que, mediante una habilidosa presentación que les da cierto aire de novedad, son acogidas con gran beneplácito por la corporación académica y las grandes editoriales, y donde siempre está ausente el aporte sustancial al conocimiento de las grandes cuestiones del pasado. También hay una total falta de reflexión sobre la participación popular en la construcción de la historia, como si toda ella fuera nada más que el resultado de la acción de un escogido grupo de iluminados, y donde se excluye a los verdaderos protagonistas.

Estos comentarios responden al objeto de este trabajo. ¿Por qué? Pues porque cuando se leen libros de historia económica, generalmente se los encuentra llenos de estadísticas y cifras, que muchas veces no se entiende demasiado qué quieren decir. Además, hay una recurrencia a manejar cifras oficiales, que suelen no responder a la realidad. La forma en que se contrajo la deuda externa actual es un ejemplo de todo ello. Las cifras del Banco Central y del Ministerio de Economía refieren un determinado índice del crecimiento de esta deuda, pero no el trasfondo de la misma, cómo se generó, cuáles fueron las circunstancias que la determinaron.

También es necesario tener en cuenta que muchos documentos desaparecieron de los archivos para evitar que se conozca la verdad de ciertas negociaciones que perjudicaron la economía del país Un caso concreto que puede señalarse a través de los resultados de nuestra propia investigación, es el del Archivo del Banco de la Nación. Allí se destruyó la documentación anterior a 1990, y fueron incineradas las carpetas de los grandes deudores del Banco de la primera mitad del siglo pasado. Por eso sorprende que en muchos trabajos se manejen datos y cifras que surgen de otros datos y otras cifras, pero la documentación que los justifica no está. Afortunadamente, lo que no se pudo destruir por la legislación sobre la materia fueron los libros de Actas del Directorio y los libros auxiliares. Pero aún así, hay libros reservados que se han perdido, sin que pueda saberse la razón de tal extravío, aunque sospechas hay muchas y podríamos mostrar algunos indicios para comenzar una investigación. Otro caso son los papeles del Dr. Carlos Saavedra Lamas, Ministro de Relaciones Exteriores desde 1932 a 1938, cuyo archivo fue rescatado de la destrucción, y que resulta fundamental para estudiar las relaciones exteriores de nuestro país y algunos hechos de política económica, además de una gran variedad de asuntos de toda índole. En el Archivo de la Cancillería, sobre ese periodo no hay documentos comprometedores de cómo se obtuvo el Premio Nobel de la Paz, por ejemplo, y sobre otras materias en las que Saavedra Lamas tuvo destacada participación.

Otro ejemplo tiene que ver con el archivo del ex presidente Agustín P. Justo que fue expurgado antes de que se lo donara al Archivo General de la Nación. Todo documento comprometedor o que arrojara alguna sombra, o no coincidiera con lo que se conocía, fue destruido. Hay documentación convencional que muestra poco y nada. EI Archivo del Dr. Julio A. Roca es patético, con algunas pocas carpetas, en las que no se encuentra nada demasiado significativo. Así podría señalar otros repositorios que tienen las mismas falencias, pero sería extender demasiados los ejemplos. Finalmente, cuando trabajé en el Ecuador me encontré con que miles de documentos fueron destruidos, además de encontrar en un estado lamentable el archivo del Banco Central.

Resulta muy difícil reconstruir con precisión todos los pasos del primer empréstito porque los papeles han desaparecido. Si los pocos que se conservan nos dan una idea de lo que fue ese negociado, podríamos imaginar cómo sería una historia completa si estuviera toda la documentación en los archivos.

Creemos que tiene una indudable actualidad lo que escribiera Raúl Scalabrini Ortiz, hace más de cincuenta años: “Cuatro siglos hacen ya que la sangre europea fue injertada en tierra americana. Tres siglos por lo menos, que hay inteligencias americanas nacidas en América y alimentadas con sentimientos americanos, pero los documentos que narran la intimidad de la vida que esos hombres convivieron, no se encontrará, sino ocasionalmente en ninguna parte. Razas enteras fueron exterminadas, las praderas se poblaron. Las selvas vírgenes se explotaron y muchas se talaron criminalmente para siempre. La llamada civilización entró a sangre y fuego o en lentas tropas de carretas cantoras. El aborigen fue sustituido por inmigrantes. Estos eran hechos enormes, objetivos, claros. La inteligencia americana nada vio, nada oyó, nada supo. Los americanos con facultades escribían tragedias al modo griego o disputaban sobre los exactos términos de las últimas doctrinas europeas. El hecho americano pasaba ignorado para todos. No tenía relatores, menos aún podía tener intérpretes y todavía menos conductores instruidos en los problemas que debían encarar. América no estaba aislada. Fuerzas terriblemente gigantes, astutas y codiciosas nos rodeaban. Sabían amenazar y tentar, intimidar y sobornar simultáneamente. EI imperialismo económico encontró aquí campo franco”. Terminaba: “Lo que nos rodea es falso e irreal. Es falsa la historia que nos enseñaron, falsas las creencias económicas con que nos imbuyeron. Falsas las perspectivas mundiales que nos presentan y las disyuntivas políticas que nos ofrecen. Irreales las libertades que los textos aseguran. Volver a la realidad es el imperativo inexcusable. Para ello es preciso exigirse una virginidad mental a toda costa y una resolución inquebrantable que querer saber exactamente cómo somos”.

Algo de estos es lo que me propongo mostrar.

 

CAMPAÑA DE FINANCIAMIENTO

Al Dorso es un programa de radio sobre economía política, dedicado al análisis y comprensión de las conflictividades estructurales que atraviesa el país en su inserción global de producción. La deuda externa es el punto de partida y disparador de nuestro trabajo en la comunicación social.

Andres Carrasco

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