Alejandro Olmos Gaona.
Antecedentes históricos de la deuda externa argentina.
Prólogo: Algunas cuestiones metodológicas.
La deuda externa argentina. Antecedentes Históricos
PRÓLOGO
Algunas cuestiones metodológicas
Antes de entrar específicamente en el tema, es importante puntualizar una serie de aspectos que tienen que ver con cuestiones metodológicas que resultan fundamentales para ahondar en el tema de la deuda externa y exponer los resultados de una investigación. Es sabido que cuando se aborda este problema, hay una diversidad de enfoques y un enorme grado de subjetivismo, donde hay más interpretación que evidencias, especialmente cuando el tratamiento es exclusivamente económico, sin tomar en cuenta otras variables fundamentales que no pueden dejarse de lado.
Estos antecedentes se refieren a la historia de la deuda, ya que es una de nuestras ocupaciones y hemos tratado de mostrar hechos y realidades sobre la base de evidencias objetivas. Todo ello sin perjuicio de exponer una opinión en determinados casos, pero sin ir más allá de lo prudente y dejando que los documentos muestren cómo los distintos gobiernos de nuestro país se manejaron con criterios parecidos frente a los acreedores externos, condicionados por un pensamiento convencional que les impedía buscar otras soluciones.
Existe una especie de modelo de historiador técnico, objetivo y profesionalizado que surge de los ámbitos académicos y que está limitado a los estrechos márgenes de un espacio donde están ausentes el compromiso y la reflexión crítica. La imagen del profesional supuestamente objetivo puede parecer en principio correcta, pero parte del equívoco de suponer que la corporación académica no tiene una predilección muy concreta por ciertos parámetros ideológicos y se mantiene inserta en formas asépticas de hacer la historia. Creo, por el contrario, que existen objetivos muy claros en cuanto a las formas de investigación, reflexión y creación, que parten de criterios políticos muy definidos, donde la verdadera investigación no siempre está presente y solo se muestran hechos y situaciones que coincidan con un esquema básico trazado con anterioridad.
Hay un vínculo histórico que une a lo que hoy algunos teóricos como Carlos Escudé llaman “realismo periférico” con aquellas viejas ideas que, sobre la base de lo inevitable de ciertas relaciones de poder, subordinaban las decisiones soberanas de la Nación a modelos impuestos desde afuera, y donde la independencia política era una simple fachada para ocultar una evidente subordinación económica.
La historiografía tradicional a través de una hermenéutica, con ciertos visos de objetividad, produjo una visión maniquea de hechos y personajes, teorizando en forma insistente sobre determinados valores que estaban representados únicamente por ese grupo escogido de personalidades con la que aquella se sentía identificada. Todo lo que se opusiera a ese esquema de historia dominante, donde solo se hablaba de individualidades y las clases populares siempre estaban ausentes, era mostrado como un subproducto marginal ajeno al enfoque cientificista del que se hacía gala.
No hay que caer en la absurda simplificación de plantear que todo ese esquema se manifestó orgánicamente, sin disidencias visibles; porque existieron muchos cuestionamientos incluso dentro del mismo grupo, pero los grandes temas históricos siguieron una línea medular que la corporación académica consolidó, aun cuando hubiera cierta variedad de matices que, sin embargo, no cuestionaban lo fundamental de los hechos descriptos.
Es importante tener en cuenta, que la historia fue escrita, desde Mitre para acá, por los grupos dominantes que, ejerciendo una suerte de magisterio inapelable –aunque cuestionado a través del tiempo–, tuvieron una notable influencia en los ámbitos académicos y universitarios que no pudieron despegarse de esa autoridad que parecía venir desde el fondo de la historia.
Una de las formas más evidentes de esa manipulación del pasado fue el método de investigación utilizado, con las consecuentes maneras de exponer determinados temas, conformando lo que Collingwood llamaba con exactitud “la historia de tijeras y engrudo”. Mediante ella se le dio determinada categoría a ciertas “autoridades” cuyas explicaciones y argumentos fueron repetidos, reinterpretados y copiados con diversa fortuna, pero con indiscutible eficacia para la construcción que se pretendió hacer. En los grandes temas, y coherente con esa forma de mostrar el pasado, se eligieron cuidadosamente los testimonios a utilizar, para dar una apariencia científica que le sirviera de sostén erudito, y se ocultaron o destruyeron las evidencias que no coincidieran con la construcción que se pretendió hacer. Hubo una selectiva utilización de las diversas fuentes con el propósito abogadil de demostrar la exactitud de una u otra tesis, pero no para recrear con autenticidad un proceso histórico.
A la historia tradicional que conocemos le sucedió una nueva corriente que, con una supuesta apariencia de objetividad o profesionalismo, reconoce la misma falencia que aquella en cuanto a que sus presupuestos básicos resultan idénticos, al pretender demostrar los hechos desde una mera crónica exterior, sin ir a las causas ocultas, a las razones profundas que nunca están a la vista, y necesitan de una indagación creativa, de una reflexión rigurosa que muestre una realidad alejada de la superficialidad y la complacencia con los viejos modelos.
Tampoco se puede hablar de que tales obras sean el resultado de un pensar creativo, sino que son muchas veces subproductos estructurados con una clara intencionalidad política, que permiten una lectura sin demasiadas complicaciones, y donde una simple cronología de hechos expuestos con mayor o menor habilidad son presentados como obras históricas. Además, asistimos en los últimos tiempos a una proliferación de trabajos monográficos, gestados en los ambientes universitarios y en algunas instituciones que se ocupan de este quehacer, que se refieren a hechos carentes de la menor relevancia y son simples ejercicios de erudición estéril, mientras que aspectos fundamentales de nuestro pasado siguen sin aclararse, o se repiten las mismas y venerables versiones oficiales, con alguna que otra modificación circunstancial. Pareciera que resulta preferible investigar durante un año la economía de algún pueblo de provincia en el siglo XIX o XX, o el comportamiento de alguna intendencia del interior del país u otras cuestiones similares, a bucear en los grandes temas de la Nación.
La corriente revisionista hizo mucho para romper con caracterizaciones equivocadas del pasado, pero cayó en muchas simplificaciones expositivas, procediendo muchas veces con los mismos criterios arbitrarios que pretendía combatir.
El pensamiento histórico es siempre reflexión, análisis, ubicación de los hechos en su contexto, tomando en cuentas las circunstancias diferentes de cada época y no un rejunte adocenado de testimonios elegidos cuidadosamente para obtener un resultado preestablecido con anterioridad. Si bien la tarea erudita resulta importante para el examen de los hechos, debe ser utilizada mediante ese pensamiento que nos lleve a esa interrogación de la que hablaba Marc Bloch; porque muchas veces los testimonios por si solos nada nos dicen, es preciso preguntarles, inquirir en ellos para obtener respuestas adecuadas, o explicaciones posibles. Los criterios positivistas, hoy camuflados bajo un aura de imparcialidad y rigurosidad científica, no sirven para comprender el pasado y, mucho menos, para hacer una recreación reflexiva sobre el mismo. Collingwood, describiendo esa modalidad, decía: “Ha sido necesario luchar a brazo partido con lo que podría llamarse concepción positivista, o mejor dicho malentendido positivista de la historia: como el estudio de acontecimientos sucesivos que yacen en un pasado muerto, acontecimientos que habría que comprender de la misma manera como el hombre de ciencia comprende acontecimientos naturales, clasificándolos o estableciendo relaciones entre las clases así definidas. Este error no solo es endémico en el pensamiento moderno filosófico sobre la historia sino que es también un peligro constante para el pensar histórico mismo. Mientras los historiadores cedan a él, descuidarán la tarea que le es propia: penetrar en el pensamiento de los agentes cuyos actos estudian, y se contentarán con determinar lo exterior de esos actos, lo que a esos actos puede estudiarse estadísticamente. La investigación estadística es para el historiador un buen sirviente pero un mal amo. De nada aprovecha hacer generalizaciones estadísticas a menos que con ellas se pueda descubrir el pensamiento que hay tras los hechos acerca de los cuales se generaliza.”
La historia como pensamiento y reflexión, muchas veces fue sustituida en nuestro medio por crónicas o relatos que en algunos casos presentan un abrumador soporte de notas y referencias, pero que sin embargo no se apartan de los viejos modelos, aunque quizás exista una mayor habilidad constructiva, y parezca novedoso, lo que no es sino una manera distinta de plantear lo ya conocido. Eso ocurre fatalmente al olvidar la necesaria interrelación que existe entre los hechos del pasado, aún aquellos muy distantes, con procesos que se desarrollan en nuestros días, y que a la luz de ciertos trabajos históricos parecieran no existir. Pierre Vilar señala que la única forma de aproximarnos a un entendimiento de la historia es a través de un medio simple, que es el de “considerar cualquier fenómeno histórico (o sea cualquier fenómeno social en pleno cambio) de tres maneras sucesivas: considerarlo primero como signo para proceder a las constataciones y los análisis, considerarlo como resultado mirando hacia atrás y, finalmente, considerarlo como causa mirando hacia delante”. De tal manera nos alejamos de las explicaciones unilaterales y asumimos en su real dimensión la complejidad de los fenómenos históricos, alejándonos de las simplificaciones interesadas que estamos acostumbrados a transitar.
Pero no es materia de este trabajo meternos en las honduras de la reflexión filosófica sobre los modos de hacer la historia, sino en plantear algunas cuestiones importantes que deben tenerse en cuenta para conocer cómo se construyen ciertas versiones del pasado, y así poder estar alerta para no aceptar sin cuestionamientos todo aquello que se limite a una descripción superficial e interesada de la realidad.
En el tema de la deuda externa argentina –y en la problemática generada en torno a sus consecuencias– hay una considerable distancia entre lo consignado en los repertorios oficiales, en los que abrevan muchos distinguidos economistas, y las contundentes evidencias que surgen de los testimonios y documentos de una causa penal, que deben ayudar para reflexionar sobre las particularidades con las que debemos manejarnos en el curso de cualquier trabajo de investigación. Sin perder de vista que no siempre los papeles que se guardan en los archivos públicos sirven para comprender situaciones y esclarecer hechos, que por su propia naturaleza sus protagonistas quisieron ocultar. Hay que tener presente que si muchas veces en cuestiones menores se tejieron frondosas redes de presiones e intrigas para encubrir realidades que no convenía mostrar, no deberá extrañarnos que en asuntos de mayor importancia, y donde se manejaron grandes intereses, se echara mano a todo tipo de recursos para ocultar la verdad. Tampoco deberá sorprendernos la escasez de elementos de juicio que nos permitan introducimos en determinados temas, muchos de ellos considerados como verdaderos tabúes por la investigación histórica, debiendo tenerse en cuenta que todavía hay bastantes secretos que nadie ha tenido la intención de revelar, y una resistencia tenaz a mostrar la realidad tal cual fue. A menudo se prefieren nuevas o poco novedosas versiones de una misma cuestión, a profundizar en temas de real significación que todavía hoy se encuentran pendientes de su esclarecimiento.
Hace ya muchos años que, mediante el trabajo en archivos del país y del extranjero, recogimos cierta experiencia sobre cómo se ha manejado la documentación, y sobre la posibilidad de encontrar o no materiales para los temas tabúes que siguen sin investigarse. En los archivos oficiales, los papeles a veces no existen; y si en otros casos pueden encontrarse algunos elementos valiosos, ello debe ser materia de una búsqueda exhaustiva, en la que es preciso recorrer nuevamente los mismos legajos que otros historiadores ya vieron, pero que curiosamente se olvidaron de registrar. Hay hechos que pareciera no pueden tocarse con profundidad, y aún cuando algo se ha avanzado, todavía sobreviven muchas viejas leyendas que, mediante una habilidosa presentación que les da cierto aire de novedad, son acogidas con gran beneplácito por la corporación académica y las grandes editoriales, y donde siempre está ausente el aporte sustancial al conocimiento de las grandes cuestiones del pasado. También hay una total falta de reflexión sobre la participación popular en la construcción de la historia, como si toda ella fuera nada más que el resultado de la acción de un escogido grupo de iluminados, y donde se excluye a los verdaderos protagonistas.
Estos comentarios responden al objeto de este trabajo. ¿Por qué? Pues porque cuando se leen libros de historia económica, generalmente se los encuentra llenos de estadísticas y cifras, que muchas veces no se entiende demasiado qué quieren decir. Además, hay una recurrencia a manejar cifras oficiales, que suelen no responder a la realidad. La forma en que se contrajo la deuda externa actual es un ejemplo de todo ello. Las cifras del Banco Central y del Ministerio de Economía refieren un determinado índice del crecimiento de esta deuda, pero no el trasfondo de la misma, cómo se generó, cuáles fueron las circunstancias que la determinaron.
También es necesario tener en cuenta que muchos documentos desaparecieron de los archivos para evitar que se conozca la verdad de ciertas negociaciones que perjudicaron la economía del país Un caso concreto que puede señalarse a través de los resultados de nuestra propia investigación, es el del Archivo del Banco de la Nación. Allí se destruyó la documentación anterior a 1990, y fueron incineradas las carpetas de los grandes deudores del Banco de la primera mitad del siglo pasado. Por eso sorprende que en muchos trabajos se manejen datos y cifras que surgen de otros datos y otras cifras, pero la documentación que los justifica no está. Afortunadamente, lo que no se pudo destruir por la legislación sobre la materia fueron los libros de Actas del Directorio y los libros auxiliares. Pero aún así, hay libros reservados que se han perdido, sin que pueda saberse la razón de tal extravío, aunque sospechas hay muchas y podríamos mostrar algunos indicios para comenzar una investigación. Otro caso son los papeles del Dr. Carlos Saavedra Lamas, Ministro de Relaciones Exteriores desde 1932 a 1938, cuyo archivo fue rescatado de la destrucción, y que resulta fundamental para estudiar las relaciones exteriores de nuestro país y algunos hechos de política económica, además de una gran variedad de asuntos de toda índole. En el Archivo de la Cancillería, sobre ese periodo no hay documentos comprometedores de cómo se obtuvo el Premio Nobel de la Paz, por ejemplo, y sobre otras materias en las que Saavedra Lamas tuvo destacada participación.
Otro ejemplo tiene que ver con el archivo del ex presidente Agustín P. Justo que fue expurgado antes de que se lo donara al Archivo General de la Nación. Todo documento comprometedor o que arrojara alguna sombra, o no coincidiera con lo que se conocía, fue destruido. Hay documentación convencional que muestra poco y nada. EI Archivo del Dr. Julio A. Roca es patético, con algunas pocas carpetas, en las que no se encuentra nada demasiado significativo. Así podría señalar otros repositorios que tienen las mismas falencias, pero sería extender demasiados los ejemplos. Finalmente, cuando trabajé en el Ecuador me encontré con que miles de documentos fueron destruidos, además de encontrar en un estado lamentable el archivo del Banco Central.
Resulta muy difícil reconstruir con precisión todos los pasos del primer empréstito porque los papeles han desaparecido. Si los pocos que se conservan nos dan una idea de lo que fue ese negociado, podríamos imaginar cómo sería una historia completa si estuviera toda la documentación en los archivos.
Creemos que tiene una indudable actualidad lo que escribiera Raúl Scalabrini Ortiz, hace más de cincuenta años: “Cuatro siglos hacen ya que la sangre europea fue injertada en tierra americana. Tres siglos por lo menos, que hay inteligencias americanas nacidas en América y alimentadas con sentimientos americanos, pero los documentos que narran la intimidad de la vida que esos hombres convivieron, no se encontrará, sino ocasionalmente en ninguna parte. Razas enteras fueron exterminadas, las praderas se poblaron. Las selvas vírgenes se explotaron y muchas se talaron criminalmente para siempre. La llamada civilización entró a sangre y fuego o en lentas tropas de carretas cantoras. El aborigen fue sustituido por inmigrantes. Estos eran hechos enormes, objetivos, claros. La inteligencia americana nada vio, nada oyó, nada supo. Los americanos con facultades escribían tragedias al modo griego o disputaban sobre los exactos términos de las últimas doctrinas europeas. El hecho americano pasaba ignorado para todos. No tenía relatores, menos aún podía tener intérpretes y todavía menos conductores instruidos en los problemas que debían encarar. América no estaba aislada. Fuerzas terriblemente gigantes, astutas y codiciosas nos rodeaban. Sabían amenazar y tentar, intimidar y sobornar simultáneamente. EI imperialismo económico encontró aquí campo franco”. Terminaba: “Lo que nos rodea es falso e irreal. Es falsa la historia que nos enseñaron, falsas las creencias económicas con que nos imbuyeron. Falsas las perspectivas mundiales que nos presentan y las disyuntivas políticas que nos ofrecen. Irreales las libertades que los textos aseguran. Volver a la realidad es el imperativo inexcusable. Para ello es preciso exigirse una virginidad mental a toda costa y una resolución inquebrantable que querer saber exactamente cómo somos”.
Algo de estos es lo que me propongo mostrar.


