Preguntas para el K-progresismo

Rolando Astarita 18.11.2015.
Durante años el progresismo nac & pop, en prácticamente todas sus variantes, insistió en que uno de los rasgos distintivos del kirchnerismo era que había suplantado un modelo que beneficiaba la acumulación financiera, por otro que se centraba en la producción.

 

Preguntas para el K-progresismo

Rolando Astarita (18.11.2015)

Durante años el progresismo nac & pop, en prácticamente todas sus variantes, insistió en que uno de los rasgos distintivos del kirchnerismo era que había suplantado un modelo que beneficiaba la acumulación financiera, por otro que se centraba en la producción. En los primeros años la idea iba acompañada del elogio de los superávits gemelos, esto es, fiscal y de cuenta corriente.

Pues bien, ¿en qué se diferencia lo que está haciendo hoy el Ministerio de Economía con las clásicas políticas de la “derecha funcional a los negocios del capital financiero”? Más precisamente, ¿en qué se diferencia una política de atraso cambiario para frenar la inflación, alto déficit fiscal, déficit en cuenta corriente, altas tasas de interés y masivo endeudamiento del Banco Central (Lebac, ventas de futuros a bajo precio) para gran negocio de los bancos, fondos de inversión y grandes empresas, de las políticas acostumbradas de cualquier gobierno asociado a la “patria financiera”?

Algunos datos para ayudar al K-progresismo a responder: el stock de Lebac del Central es de 324.500 millones de pesos (10/11). El costo medio por intereses de este stock es de aproximadamente 30% (varía entre 29 y 31, según los plazos). Esto significa que el Central está pagando unos 100.000 millones de pesos anuales por intereses. Para tener un punto de comparación, la Asignación Universal por Hijo implica una erogación anual de 36.000 millones de pesos.

Destaquemos que las tasas que pagan las Lebac han sido la referencia y el piso para los títulos que emiten las empresas, ya que es un rendimiento libre de riesgo. Por eso compran Lebac no solo bancos, sino también fondos de inversión, aseguradoras y empresas. Según un testimonio que recoge El Cronista Comercial, la mayoría de los fondos tienen el 40% de su patrimonio en Lebac, que es el máximo permitido. Señalo que la cuestión de la fácil ganancia que se propicia a bancos y demás integrantes del sistema financiero, la he señalado ya hace años (aquí).

Además, el Gobierno emitió títulos en pesos Bonac, que pagan una tasa que depende de la Lebac (casi 30% anual, ¿la inflación no es del 14% anual?) por 47.350 millones de pesos. Recordemos también que Economía no ha dejado de pagar altísimas tasas en dólares para tomar deuda. Un caso ilustrativo fue la colocación del Bonar 2024, realizada en 2014. Con el Bonar consiguió 3550 millones de dólares, pagando el 8,75% anual (el bono se emitió como parte de la indemnización a Repsol por la expropiación de YPF).

Pregunta: ¿qué tiene que ver este nivel de tasas con el keynesianismo? ¿Podrían los economistas K, que tanto hablan de Keynes, explicarnos cómo encajan estas tasas con Keynes? La respuesta, simple, es que no encajan. Tampoco encajan con nada que tenga que ver con la noción de acumulación productiva, central en el pensamiento de los clásicos, o en Marx. Sin embargo, esto se oculta.

Otro ejemplo de bicicleta sucede con el bono dollar linked, Bonad; se emitió por 10.652 millones de pesos. Es un bono cuyo valor nominal es en dólares, pero se paga en pesos al tipo de cambio oficial, con vencimiento a un año y medio; rinde 0,75% anual. El precio de corte de la colocación de agosto fue 106 dólares por cada 100 dólares de valor nominal del bono. O sea, el que paga 106 dólares cobrará, en pesos 101,5 dólares a lo largo de la duración del bono. Lo que justifica esa tasa negativa es que juega con la expectativa de devaluación. El Cronista Comercial informa de la siguiente operación: fondos externos venden bonos en dólares a cambio de pesos para comprar Bonad, ya que reciben $14 por dólar vía contado con liquidación y compran dollar-linked a $9,35 por dólar. ¿Esto no es bicicleta?

También está el negocio con los futuros del dólar. El Central tendría contratos vendidos por un más de 16.000 millones de dólares. Esto significa que los que compraron futuros (bancos, grandes empresas e inversores) se aseguraron un precio del dólar de 10,56 pesos a febrero, o 10,82 a marzo (cuando en Nueva York febrero hoy opera a 15,75 pesos). En otras palabras, un “seguro cambiario” para grandes capitales. Para vincularlo con lo anterior: un inversor coloca pesos a tasas de 30% anual y compra futuros para cubrirse. ¿No es otro negocio redondo de bicicleta financiera? Además, ¿acaso el Estado no es partícipe necesario de la misma?

En definitiva, queda planteada la pregunta para los que quieren armar “un mundo de diferencia” entre los dos candidatos del ballotaje: ¿en qué se diferencia lo que hace hoy Economía, de lo que típicamente hizo la típica “derecha aliada al capital financiero”? Ya he formulado en otras ocasiones la pregunta, pero nadie contesta. Ahora la vuelvo a realizar. ¿O será que no se quiere responder porque se es consciente de que la respuesta lleva al indecible “ajuste” que aplicaría Scioli, tanto como Macri?

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Decreto a la medida de Monsanto

Carla Poth 30.05.2015.
Dialogamos con Carla Poth, licenciada en Ciencias Políticas, sobre el inminente decreto de necesidad y urgencia que el Poder Ejecutivo Nacional dictará para modificar la Ley de Semillas a la medida de Monsanto (…)

 

Decreto a la medida de Monsanto

Al Dorso (30.05.2015)

 

PATENTAMIENTO DE SEMILLAS POR DECRETO
NUEVOS BENEFICIOS DEL GOBIERNO A LAS CORPORACIONES


Entrevistamos a
 Carla Poth, licenciada en Ciencias Políticas e integrante del Programa de Estudios Rurales y Globalización (Peryg) de la Universidad Nacional de San Martín, sobre el Decreto de Necesidad de Urgencia  que anunció el Gobierno para modificar la Ley de Semillas.

“Después de dos años en los cuales el Gobierno Nacional desplegó todas sus estrategias para poder meter de sopetón una reforma de la actual Ley de semillas, y viendo después de dos años las dificultades que tiene para hacerlo desde un debate serio, lo que hizo fue, a través de un decreto de necedad de urgencia (DNU) aprobar la reforma de la Ley actual de semillas que tiene varias implicancias”, señaló.

“Desde hace un año y medio, desde la campaña NO a la nueva ley Monsanto de semillas un poco lo que venimos rechazando junto a otros espacios es quecualquier intento de reformas que propuso el Gobierno Nacional estuvo asociado a poder profundizar los marcos de propiedad intelectual sobre las semillas que hoy producen las grandes trasnacionales“.Carla Poth

“Este decreto va en línea con esta lógica
 y lo que se plantea es justamente que se profundizan y crecen las instancias que pueden ser patentadas, en términos no sólo de semillas sino también de plantas que pueden patentarse.Pero además este decreto de necesidad y urgencia va más allá porque lo que hace es crear un fideicomiso para continuar con el desarrollo de las biotecnologías en Argentina enmarcadas en un modelo de agronegociosdonde claramente las semillas transgénicas están asociadas a los agrotóxicos. Al día de hoy sabemos la relación que hay entre el aumento de los casos de cáncer, abortos espontáneos, alergias y malformaciones con los agrotóxicos que se utilizan en el campo argentino”.

Por otro lado, explicó que el Gobierno utiliza la “excusa de poder combatir labolsa blanca, una especie de mercado paralelo que generan los productores a los contratos que firman con las grandes empresas trasnacionales, que implica una compra-venta de semillas que estas empresas no pueden controlar”. Así,  el DNU busca supuestamente “crear y regular el mercado, y en realidad genera todo un marco punitivo para los productores”.

“Lo cierto es que este Decreto es un bochorno. Es el corolario de dos años de intentar imponer una ley con una lógica de debate que los movimientos sociales y diferentes intelectuales vienen rechazando. Como el debate no les resultó fructífero, y este gobierno tiene que hacerle la venia a Monsanto, lo que no pudo hacer por ley lo hace con un DNU”.

“Basándose aparentemente en la idea de que este decreto viene a regular un mercado que hasta ahora se venia consolidando desde una lógica donde las empresas trasnacionales imponían a los productores firmar contratos que son vampirescos, donde los productores se ven obligados a respirar por estas grandes empresas que les venden las semillas, el agrotóxico y les dicen qué contratistas deben utilizar para la siembra y cosecha; entonces lo que viene a decir el Gobierno Nacional es que está evitando esta avanzada de las grades empresas ya que ellos viene a regular el mercado”.

 “Ahora, lo cierto es que el mercado que están creando es un mercado que a las grandes empresas les conviene que se regule. Porque en realidad la profundización de los marcos de propiedad intelectual lo que está negando es que las semillas que estas grandes empresas se están apropiando son semillas que en realidad les pertenecen a los agricultores”.

“Lo que ocultan, muy perversamente, es que detrás de estas semillas hay mucho conocimiento de las comunidades indígenas y campesinas, que detrás de la regulación de este mercado los primeros que se van a ver perjudicados son los que han compartido históricamente las semillas como una práctica ancestral. Son muchos productores los que se mantienen compartiendo semillas. Lo que requiere este Gobierno Nacional es que los productores estén obligados a ir a los talleres de las multinacionales donde les presentan las últimas semillas y donde les venden el glifosato”.

 “Una vez más se avanza sobre aquellos agricultores que vienen planteando otras dinámicas de producción, que vienen discutiendo contras las lógicas del rendimiento económico y que vienen pensando en el derecho y la necesidad que tenemos todos de poder decidir como producir y qué comer, el sustento básico de la soberanía alimentaria”.

“Al día de hoy, como todavía no había una ley aprobada, las empresas exigían el pago de regalías a través de los contratos. Este DNU lo que va a instalar, no es sólo la lógica de la apropiación ya como una elemento legal sino que va a obligar a este pago de regalías de modo legal. Cada vez que el productor desea utilizar la semilla, mas allá de que sea de su propia cosecha, no va poder”.

“Otra cosa que plantea es que se va a abrir un registro de uso propio. Esto es una práctica que hasta ahora estaba sumamente instalada, que era la de que todo productor tenía derecho a utilizar, no para fines comerciales pero sí para el uso propio, semillas obtenidas de la cosecha. Esto no va a poder hacerse nunca más salvo que uno acredite, como quien dice un carnet de pobreza. Se registra en un registro de productores en los cuales se evalúa si esa familia no puede comprar nuevamente las semillas para uso propio. Esto que hasta ahora era un derecho, dejó de ser un derecho y es un privilegio. Y se le da a aquellos productores que ya vienen seriamente castigados”.

“Lo cierto es que siempre el hilo se corta por lo más fino y estos productores se van a ver obligados a ir al Estado, acreditar carnet de pobreza, todo para que les dejen usar su propia semilla.”

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La reforma del Código privatiza la justicia

Stella Maris Biocca 25.08.2012.
Así lo afirmó la Dra. Stella Maris Biocca, especialista en Derecho Internacional en Al Dorso. Analiza la política neoliberal que el contrato de arbitraje consagra en la Reforma del Código Civil y Comercial.

 

La reforma del Código privatiza la justicia

Al Dorso (25.08.2012) 

 

Observaciones al Anteproyecto del Código Civil y Comercial de la Nación

Libro Sexto Título IV
Libro Tercero Título IV Capítulo 29

por Stella Maris Biocca

Cabría preguntarse cuáles son los principios que fundamentan las normas que se vinculan con el régimen económico. En la actualidad hay dos grandes corrientes: las que son el soporte legal del neoliberalismo y las que otorgan al Estado un rol regulador y de intervención en las distorsiones del mercado, sean estas últimas las corrientes desarrollistas o las neokeynesianas. El anteproyecto de Código Civil y Comercial que se presentó al Senado de la Nación para ser evaluado previamente por una Comisión Bicameral es una reforma imprescindible, en tanto amplía los derechos de las personas humanas, eliminando toda suerte de discriminaciones y acordando mayores posibilidades con respecto a la identidad y a la familia.

En cambio, en ciertas normas generales cuanto en las específicas de derecho internacional privado, introduce los instrumentos más caros y eficaces del neoliberalismo, reduciendo claramente la actuación del Estado aun en las relaciones jurídicas en el que el Estado es parte. Estos instrumentos son la privatización de las reglas. Es decir, pensar todas las relaciones jurídicas internacionales sometidas al derecho privado. Y por tanto excluirlas de la jurisdicción y de la ley aplicable dictadas por el Estado para las relaciones que tengan alguna vinculación con su territorio. En suma, cualquiera sea el lugar donde se desarrolle la relación jurídica, las partes pueden elegir la ley que se aplique aunque nada tenga que ver la relación jurídica con la ley que puede pertenecer a otro Estado. De igual manera, las partes pueden elegir otro Tribunal privado o no, interno o internacional distinto al de los Estados en los que surge el conflicto y se desarrolla la relación jurídica. Paradigma de este criterio del neoliberalismo son los Tratados de Protección de Inversiones y la sujeción de los conflictos al CIADI.

Los países industrializados –dice Francois Rigaux-, para obtener la máxima protección de sus intereses, exigen a los países de recepción una total privatización de las reglas, las que así les
resultan apropiadas y ventajosas convirtiendo al derecho internacional en un artilugio que permite universalizar la privatización del poder económico, que se complementa con las restricciones a la inmunidad jurisdiccional y la privatización de la justicia a fin de afianzar la concepción meramente privatista de las relaciones económicas. Estos principios sólo se aplican a los Estados débiles, a los periféricos y a los que, como Argentina, tienen una escuela internacionalista dominante en este sentido desde fines del siglo XX. La privatización es funcional a la globalización hegemónica pues le resta poder decisorio en lo político, lo jurídico y lo económico al Estado.

Los ejes centrales de esta privatización se encuentran en la preponderancia dada a la autonomía de la voluntad para elegir la ley aplicable y la jurisdicción competente. Y en la privatización de la justicia desplazada por el arbitraje. VER PONENCIA COMPLETA

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Coyuntura: ¿por qué “giro a la derecha”?

Rolando Astarita 24.10.2015.
“El país gira electoralmente a la derecha”. Esta caracterización, que tomo del sitio web del Movimiento Al Socialismo, a la vista de los resultados electorales, está muy extendida en la izquierda. Pero… ¿por qué se caracteriza a Macri como la derecha de Scioli? ¿Qué hay distintivamente “de izquierda” en el kirchnerismo y Scioli con respecto a Cambiemos, cuando se considera el programa político global?

 

Coyuntura: ¿por qué “giro a la derecha”?

Rolando Astarita (24.10.2016) 

“El país gira electoralmente a la derecha”. Esta caracterización, que tomo del sitio web del Movimiento Al Socialismo, a la vista de los resultados electorales, está muy extendida en la izquierda. Pero… ¿por qué se caracteriza a Macri como la derecha de Scioli? ¿Qué hay distintivamente “de izquierda” en el kirchnerismo y Scioli con respecto a Cambiemos, cuando se considera el programa político global?

Por empezar, y a la luz de las experiencias pasadas, ¿no es necesario tener algo más de prudencia a la hora de caracterizar como “de izquierda” o “derecha” a candidatos, gestiones y programas? Por caso, en 1983 muchos de los que hoy argumentan acaloradamente que votar en blanco es “facilitar el camino de la derecha”, sostenían, con la misma vehemencia, que Luder (sí, el que pedía amnistía para los milicos del Proceso) y Herminio Iglesias encarnaban la “liberación nacional”, contra el candidato Alfonsín. Y en 1989 decían que el voto “contra la derecha” era Menem. Aunque en 1999 era a la Alianza (¿recuerdan las bondades que le atribuían a la “tercera vía”?) contra Menem. Y en 2003 lo “progresista” era Kirchner, que subía apoyado por Duhalde. Aunque en 2011 la derecha era Duhalde, frente a Cristina Kirchner. Con un agregado “de yapa”: el mismo “analista social” que recorrió todo este espinel de caracterizaciones, en 1973 me trataba de convencer de que el voto a Perón era de izquierda (después de que Lastiri y López Rega hubieran desplazado a Cámpora); y que en 1976 había un ala militar “progresista” frente al ala “ultra y fascista” de la dictadura. Pero sin llegar a los extremos de las piruetas mentales de la militancia, o ex militancia, PC, el enfoque está instalado: en cada coyuntura aparecen los más que sutiles análisis de las sutiles diferencias para establecer las improbables “líneas divisorias” entre las también sutiles “izquierda y derecha”.  Y para abrir la puerta a los oportunismos de ocasión.

¿No es hora entonces de poner un poco de orden en estos vaivenes, asentando los análisis en las relaciones sociales subyacentes, y en la caracterización del régimen político? Por supuesto, un análisis materialista dará un “trazo grueso” en el que no habrá espacio para el verso progre-K del tipo “la construcción retórica de una nueva subjetividad por parte del kirchnerismo se pone en juego en el próximo ballotage en la confrontación de los estilos discursivos”. ¿La nueva “subjetividad” es la que se expresó en el voto del domingo pasado? ¿O es que con este palabrerío “de alto vuelo intelectual” se busca disimular la falta de alternativa real de los teóricos de “la construcción discursiva de lo real” frente a los crecientes problemas que enfrenta la economía argentina? Para “bajarlo a tierra” (aunque sea una tarea sin horizonte cuando se trata de algunos ensayistas, evadidos del rigor de las relaciones sociales reales): ¿qué diferencia de fondo hay entre las condiciones a los inversores que propone dar Scioli y las que propone Macri? La respuesta: ninguna diferencia sustancial, como hemos explicado en otras notas.

Sin embargo, lo más importante es que en estas caracterizaciones, tan superficiales como acomodaticias, subyace un error elemental: considerar que un gobierno capitalista pasa a ser “de derecha” cuando la economía enfrenta dificultades y aplica las medidas que, aproximadamente, aplican todos los gobiernos capitalistas en circunstancias parecidas. El caso de Dilma Rousseff es ilustrativo: “progresista” cuando se estaba en la fase ascendente del  ciclo, “derechista” cuando vino la crisis y aplica las recetas “de toda la vida”. ¿Qué dicen ahora los que recomendaban en las últimas elecciones votar a Dilma para “enfrentar el programa de la derecha”? Nada, no dicen palabra. Jamás los vamos a ver hacerse responsables por las irresponsabilidades discursivas a las que nos tienen acostumbrados. Pero es la misma manera de barrer debajo de la alfombra, aquí en Argentina, la historia de los peronistas de izquierda en los últimos 25 años: “derechistas” sosteniendo y participando del gobierno junto a Menem cuando el capital demandaba los “ajustes” (¿o quiénes apoyaron las privatizaciones de YPF, de las cajas de jubilación, del banco de Santa Cruz y similares?); progres “izquierdistas” en la fase de ascenso del ciclo económico y bonanza de los términos de intercambio, para girar al apoyo de un auténtico producto del menemismo en el 2015. Por eso Scioli hoy es la viva corporización de estos vaivenes.

Por supuesto, todo esto se puede disimular agitando el peligro del fascismo, o del golpe de Estado. Pero la realidad es que aquí no está en juego un cambio de régimen político (de democracia burguesa a dictadura militar, o régimen nazi), sino simples variantes al interior del dominio burgués “ad usum” desde 1983. Pero si esto es así, ¿por qué es de “izquierda” pagar hasta el último centavo al Club de París, sin chistar, y es de derecha decir, desde la oposición, que está bien arreglar con el Club de París? ¿Por qué es de izquierda afirmar que en última instancia hay que arreglar con los holdouts (declaración de Kicillof a La Nación), y es de “derecha” prometer que si se llega al gobierno se va a arreglar con los holdouts (declaraciones de Macri, pero también de Scioli)? Más atrás, y para tocar una “conquista histórica” del gobierno K, ¿por qué el pedido de la oposición burguesa de una asignación universal por hijo era una propuesta “de derecha” durante las elecciones de 2009, pero fue una “medida revolucionaria” cuando la instaló el gobierno de Cristina K por decreto? O también, ¿qué tiene “de izquierda” endeudarse con Venezuela al 15% anual en dólares, o colocar deuda hoy al 10%?

Pero incluso desde el punto de vista de los que defienden el estatismo burgués, ¿qué tiene de “izquierdista” haber destrozado el INDEC y por qué es “derechista” criticar la destrucción del INDEC? ¿Por qué es “izquierdista” haber “logrado” que la matrícula en la escuela pública haya descendido en relación a la matrícula en la escuela privada? ¿Qué tiene de “izquierda” haber vaciado YPF con el grupo Eskenazi? ¿Qué tiene de “izquierda” vaciar de reservas al Banco Central? Y así podría seguir.

Vayamos por un momento a la cuestión ambiental, otro punto axial de cualquier política progresista, sin importar aquí el carácter de clase de un gobierno. ¿Qué tiene de “izquierdista” no haber avanzado en la aplicación de la ley de glaciares? ¿Qué tiene de “izquierdista” no cumplir con la ley de bosques, sancionada hace ya 8 años? ¿Por qué es “de derecha” exigir la aplicación de estas leyes elementales de preservación del medio ambiente, y “de izquierda” negarse a hacerlo?

Por otra parte, ¿qué razones hay para decir que los Alperovich, los Berni, los Urtubey, los Beder Herrera, los Curto, los Insfrán, los Granado, son “de izquierda” comparados con los elementos que trae el macrismo + la UCR + Coalición Cívica? ¿Por qué es “de izquierda” estar con Caló o Yasky, y “de derecha” estar con Moyano? ¿Dónde está la diferencia? Más en general, ¿por qué está “a la izquierda” la represión a los qom, o a los manifestantes de Neuquén contra los acuerdos de Chevron, y “a la derecha” la represión de la policía metropolitana en el Borda? ¿Por qué están a la “derecha” las escuchas telefónicas de Macri, y “a la izquierda” el proyecto X y la infiltración de los servicios en las organizaciones sociales y los partidos de izquierda? ¿Qué tiene “de izquierda” defender a Milani? ¿O la ley antiterrorista? ¿Qué tiene de “izquierda” decir que hay que bajar la edad de imputabilidad de los menores, designar ejecutores de políticas de mano dura y seguir amparando las torturas en las cárceles como “solución” a la inseguridad en la provincia de Buenos Aires, por ejemplo? ¿Qué tiene de “izquierda” el ocultamiento por parte de Aníbal Fernández y de Capitanich de las responsabilidades de la policía del Chaco en la muerte de Ángel Verón?

En definitiva, hay un cambio político, pero no porque la sociedad haya “girado de la izquierda a la derecha”, sino porque, dentro del apoyo a las corrientes y gobiernos burgueses, lo que ha cambiado es la coyuntura económica. Tengamos presente el dato fundamental: desde 1983 a la fecha más del 90% de la población ha votado, sistemáticamente, a partidos y candidatos enemigos del socialismo y defensores del régimen capitalista (incluidos los progresistas “a lo Stolbizer”). Es dentro de estos marcos que se desenvuelven las políticas gubernamentales, que cambian ante los cambios del ciclo económico. De conjunto, en América Latina se asiste a este giro, marcado por la falta de perspectivas del capitalismo estatista, en el contexto de la caída del precio de las materias primas y el crecimiento débil de la economía mundial. La historia de Lula y Dilma es el espejo en el que se puede mirar el progresismo K izquierdista argentino. No hay cambio de régimen (ni se viene el fascismo, como exageran algunos). La clase trabajadora no tiene nada para ganar apoyando a alguno de los dos candidatos principales. Mal que les pese a los apologistas de la “construcción discursiva de la realidad”.

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Expansión de la soja transgénica en la Argentina

Miguel Teubal 31.08.2013.
El boom de la soja incluye una serie de consecuencias negativas como la desaparición de la agricultura familiar, la dependencia del productor agropecuario de las transnacionales y la pérdida de soberanía alimentaria. ¿Es posible revertir este proceso? ¿Qué cambios son necesarios?

 

Expansión de la soja transgénica en la Argentina

Al Dorso (31.08.2013)

 

 

Expansión de la soja transgénica en la Argentina

Por Miguel Teubal

El boom de la soja incluye una serie de consecuencias negativas como la desaparición de la agricultura familiar, la dependencia del productor agropecuario de las transnacionales y la pérdida de soberanía alimentaria. ¿Es posible revertir este proceso? ¿Qué cambios son necesarios?

A más de una década del colapso del modelo neoliberal en nuestro país, existe sin embargo un aspecto del mismo que se mantiene intacto en la Argentina: el modelo agrario, de agricultura industrial. Tal modelo se manifiesta, entre otros factores, por el auge fenomenal que ha tenido el cultivo de la soja. Este cultivo, que comenzó a producirse en gran escala en los años setenta, adquiere un cariz muy especial a partir de mediados de los noventa, cuando se libera al mercado la semilla de soja transgénica. Rápidamente esta variedad sustituyó a la convencional, transformando a la soja en uno de los principales productos de exportación. En efecto, a partir de este desarrollo, la Argentina se ha transformado en uno de los principales países en los que se impulsan los cultivos transgénicos. Todo ello de la mano de la siembra directa, la semilla RR resistente al glifosato y las empresas transnacionales, que se han convertido en sus principales beneficiarias. Se trata del boom de la soja transgénica, que coyunturalmente permite la expansión de grandes superávits fiscales y de la balanza comercial, esenciales para el pago de los servicios de la deuda externa. Sin embargo, cabría preguntarse si también significa mayor bienestar para todos los ciudadanos argentinos, ahora y en el largo plazo.

A lo largo de su período de implantación en el país, fueron pocas las voces que señalaban los efectos nocivos de este modelo –sociales, económicos, medioambientales, y relativos a la salud pública, etc.–. En términos generales pocas voces se preguntaban en qué medida era perjudicial una excesiva especialización en este cultivo y la gran vulnerabilidad a una excesiva dependencia de un producto casi exclusivamente de exportación. Asimismo, se hacía caso omiso de la desaparición y expulsión del sector de medianos y pequeños productores, campesinos, comunidades indígenas y trabajadores rurales debido al avance ejercido por grandes productores sojeros sobre el territorio nacional; se negaba la creciente pérdida de la soberanía alimentaria; el deterioro ambiental; el avance de la soja sobre la yunga norteña, así como su incidencia sobre la deforestación masiva que se produce en el país con todas las consecuencias que ello entraña, incluyendo el desplazamiento con violencia de comunidades campesinas e indígenas de sus hábitat habituales. Tampoco se consideraba la pérdida de la biodiversidad; la dependencia respecto de grandes empresas transnacionales; la incidencia sobre la desocupación, el hambre, la pobreza y la regresividad de la distribución del ingreso a nivel nacional.

Es en años recientes que se ha venido tomando más conciencia del impacto de las fumigaciones masivas por aire de glifosato y otros agrotóxicos sobre poblaciones locales del interior del país y sobre las agriculturas de pequeños productores, las cuales se manifiestan en un aumento de los casos de cáncer, malformaciones en niños recién nacidos, y otras enfermedades.

Políticas globales y sectoriales aplicables al agro

Fueron múltiples las políticas que incidieron sobre la constitución del modelo que encarna la expansión sojera en el país. El marco general en el que se desenvolvió tiene que ver con el auge del neoliberalismo, particularmente a partir de mediados de los años setenta, y con medidas vinculadas con las políticas agrarias enmarcadas en ese proceso.

Durante el gobierno militar del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983) comenzó la flexibilización de las leyes de arrendamiento que habían sido reguladas fuertemente a fin de proteger a medianos y pequeños productores agropecuarios durante el primer gobierno peronista (1946-1955). La posibilidad de que se hicieran contratos accidentales por una cosecha les permitió a los grandes propietarios obtener el concurso de contratistas para sembrar soja y otros cereales y oleaginosas y, por consiguiente, lograr determinadas rentas que de otro modo no hubieran podido obtener.

Igual situación afectó a los medianos y pequeños productores que, al no poseer necesariamente los medios suficientes para impulsar una producción en escala, también arrendaron sus campos a contratistas. Asimismo, comenzaron a difundirse en los años setenta y a masificarse durante los noventa los pools de siembra, que acercaban fondos financieros para inversiones en el agro.

La política madre que posibilitó un cambio institucional importante en la política agraria y que fue la base de sustentación de estas transformaciones fue el decreto de desregulación de 1991. A partir de esa medida fueron eliminados de cuajo los organismos que existían desde los años treinta a esta parte: la Junta Nacional de Granos, la Junta Nacional de Carne, la Dirección Nacional del Azúcar, etc., organismos que tenían por finalidad regular la actividad agraria (por ejemplo, manteniendo precios sostén para la producción de cereales en apoyo de los chacareros pampeanos). Desde entonces el sector agrario argentino se transformó en uno de los menos regulados del mundo, sujeto como ningún otro a los vaivenes de la economía mundial.

Estas y otras medidas adoptadas durante los años noventa contribuyeron a la desaparición de numerosas explotaciones agropecuarias, fundamentalmente aquellas que tenían menos de 200 hectáreas. Otro hito importante a favor del modelo de la soja transgénica fue la liberación al mercado de la semilla transgénica Roundup Ready (RR) en 1996. A partir de entonces consolidan en el país los agronegocios de las grandes empresas del sistema agroalimentario.

Fue así como el Estado favoreció al modelo sojero. Este apoyo se extendió al ámbito de la semilla. Si bien tradicionalmente existía un régimen jurídico que permitía a los productores agropecuarios reproducir su propia semilla, han surgido presiones de las grandes empresas semilleras internacionales (fundamentalmente Monsanto) para limitar esta prerrogativa, obligando al productor agropecuario a pagarroyalties por su utilización, y prohibiéndole la posibilidad de reproducirla incluso para uso propio.

El nuevo perfil productivo en la Argentina: de los alimentos a los commodities

Durante el siglo XX la Argentina –junto a países como Australia, Canadá, Nueva Zelanda e, incluso, Estados Unidos– se constituyó en un importante exportador de carne vacuna y cereales (trigo, maíz, girasol, entre otros granos) a la economía mundial. Al mismo tiempo, esos productos eran alimentos básicos de consumo popular en el mercado interno. Se trataba de una producción centrada en la región pampeana, ya que en las regiones extrapampeanas se producían los tradicionales cultivos industriales, orientados en su mayor parte hacia el mercado interno: caña de azúcar en el Noroeste (provincias de Tucumán y Salta); algodón, yerba mate en el Noreste; frutales diversos (manzanas, peras, uvas) en el Valle del Río Negro, y Cuyo, que, hacia mediados y fines del siglo, comenzaron también a exportarse. En la Argentina se producía la casi totalidad de los alimentos que consumía su población, salvo algunos productos tropicales como el café, los palmitos, etcétera.

Este potencial productivo lo concretaban fundamentalmente medianos y pequeños productores, que constituían una parte importante del conjunto de los productores agropecuarios nacionales. Si bien en 1960 las denominadas “propiedades rurales multifamiliares medianas y grandes” (sector que podía ser asemejado al latifundio) controlaban más de la mitad de la superficie y producción agropecuaria, las “propiedades rurales familiares” (productores medianos y pequeños) ocupaban el 45% de la superficie y producían el 47% de la producción nacional.

En la década de los setenta se establecieron nuevas variedades de cereales y oleaginosas en el campo pampeano y se introdujo la doble cosecha. Esto es, en vez de alternar la producción agrícola con la ganadería, se originó una mayor “agriculturización” expresada en la siembra de dos cultivos agrícolas anuales. Esta técnica se difundió rápidamente en la región pampeana, especialmente en la zona maicera típica, provocando una parcial sustitución del maíz y del sorgo, así como de actividades ganaderas que anteriormente participaban con estos cultivos en sistemas de explotación mixta.

El campo argentino comenzó a sustentarse en la soja y en el paquete tecnológico que la acompaña, a costa de la ganadería y la producción de otros cereales tradicionales.

En 1996 comenzó la implantación de la semilla transgénica de la soja, comercialmente llamada “RR”. El paquete tecnológico consiste en combinar esta semilla con el sistema de la “siembra directa”, complementado con el glifosato (para la eliminación de las malezas que quedan). Tanto la semilla RR como el glifosato son producidos por Monsanto, pero la distribución de la semilla luego fue transferida a su licenciataria Asgrow, la que a su vez fue adquirida por Nidera. Con esta base, Monsanto y sus licenciatarias en la Argentina han logrado inducir a los productores agrícolas a incorporar el paquete tecnológico controlado por ellas, lo que determinó la dependencia de los agricultores nacionales respecto de estas grandes empresas transnacionales.

Dada la difusión que tuvieron estas tecnologías en la Argentina, el glifosato llegó convertirse en el principal insumo fitosanitario empleado, con ventas totales que pasaron de 1,3 millones de litros en 1991 a 8,2 millones en 1995, y a más de 30 millones en 1997. Hacia el 2008 se utilizaban ente 160 y 180 millones de litros de glifosato.

La crisis de 2001/02 no modificó en lo sustancial estas tendencias. Sin embargo, la devaluación del tipo de cambio de la moneda nacional, junto a mejoras en los precios internacionales de la soja, significaron un aumento de los ingresos globales del sector. Por lo tanto, el modelo de agricultura industrial, centrado en la soja, siguió expandiéndose, favorecido por diversas políticas públicas.

El boom sojero

Desde los años setenta el cultivo de la soja ha crecido sostenidamente en la Argentina. La producción pasó de 3,7 millones de toneladas en 1980/81 a 10,8 millones en 1990/91 y a 35 millones en 2002/03. En la campaña del 2006 alcanzó 40 millones de toneladas. Esto significó que la soja pasó de representar 10,6% de la producción de cereales y oleaginosas en 1980/81 a 28,4% en 1990/91 y a más del 50% en el período 2002/03. Otro tanto ocurrió con la superficie destinada a la producción sojera, pues en 1980/81 representaba el 9,1% del total del área cultivada con cereales y oleaginosas, en la campaña 1990/91 pasó al 24,8%, y en 2002/03 a más del 46%. En la actualidad la cantidad de hectáreas ocupadas por la producción sojera constituye más de la mitad de la superficie que se destina a la producción de granos en el país. Asimismo, la casi totalidad de la producción de soja es transgénica y se destina a exportación. La mayor parte de estas exportaciones son harinas y otros subproductos de la soja, destinados fundamentalmente al consumo del ganado de los países europeos, ya que después de la crisis de la “vaca loca”, la soja se transformó en uno de los alimentos balanceados más apetecibles para alimentar los pollos, las vacas y los cerdos del antiguo continente.

Estas tendencias se han dado en detrimento de la producción ganadera, de otros cereales tradicionales, de los tambos (productores de ganadería lechera), de las explotaciones que producen frutales y los tradicionales cultivos industriales del interior del país. En efecto, entre las campañas agrícolas de 1997/98 y 2004/05 la producción sojera aumentó casi 20 millones de toneladas, mientras que la de girasol cayó 2 millones, la de arroz 0,5 millones y la de maíz se mantuvo más o menos constante. En la provincia de Córdoba el auge de la soja fue acompañado por la pérdida del 17% de las cabezas de ganado. A nivel nacional, de 1988 a 2003, la cantidad de tambos pasó de 30.141 a aproximadamente 15.000 establecimientos. En los últimos años el auge de la soja también ha desplazado a frutas y hortalizas producidas en los entornos de las grandes ciudades, incidiendo en el alza de los precios de productos básicos de consumo popular, como el tomate y la papa.

Este fenómeno constituye un modelo que tiende a menoscabar la tradicional agricultura familiar. Entre los censos de 1960 y 1988 desaparecieron 51.000 explotaciones agropecuarias, 1.800 por año. Entre los censos de 1988 y 2002 –en plena era neoliberal– desaparecieron 87.000 explotaciones agropecuarias, esto es, 6.263 por año. Y las que desaparecieron fueron fundamentalmente las de menos de 200 hectáreas (75.293 explotaciones). En cambio, aumentaron las de más de 500 hectáreas, particularmente las del estrato de entre 1.000 a 2.500. El agro argentino se fue transformando a paso acelerado en unaagricultura sin agricultores, ya que las explotaciones que desaparecieron fueron principalmente las medianas y las pequeñas.

Efectos ambientales del modelo

El modelo trajo aparejada una serie de consecuencias en la biodiversidad, en los ecosistemas naturales y en las especies vegetales y animales que son parte de ellos, todos esenciales para sustentar la vida humana y su calidad. A ello se debe agregar sus posibles efectos sobre la salud humana, no sólo de los productores agropecuarios que manipulan los agrotóxicos requeridos por este modelo, sino también la del público en general que consume alimentos transgénicos fumigados con glifosato.

Hacia una agricultura sin agricultores

Uno de los argumentos esgrimidos para impulsar los transgénicos en la Argentina es que son necesarios para acabar con el hambre. Sin embargo, el período de implantación de la soja transgénica –de 1996 a 2003, aproximadamente– coincide con la época de mayor aumento de la pobreza e indigencia en el país.

Hasta hace dos décadas las tierras en las que vivían y trabajaban muchos de los pequeños productores agrarios de la Argentina –que producían en gran medida para autoconsumo y/o el mercado interno local– eran consideradas marginales. Sin embargo, con los cambios en el régimen de lluvias que tuvieron lugar en los últimos años, estas tierras de bajo valor productivo se transformaron en tierras aptas para el cultivo de la soja y se revalorizaron.

Asimismo, a partir del decreto de necesidad y urgencia de desregulación de 1991, se cambiaron los arreglos institucionales que habían permitido durante el siglo XX la coexistencia de la pequeña unidad agraria con la gran explotación ganadera y agraria. Tal como fuera señalado más arriba, los campesinos constituían un pequeño núcleo dentro del gran estrato de explotaciones familiares capitalizadas cuyo corte en superficie de tierra se establecía “hasta 200 hectáreas”. Con este corte, el estrato llegaba al 80% de las explotaciones en el período anterior a 1960 y dinamizaba la economía agraria como productor de agroalimentos para el mercado interno y como exportador (y generador de divisas) acompañando a los sectores más capitalistas.

Dentro de este estrato estaba el subsector denominado “minifundista”. Se trataba de unidades que no sobrepasaban las 25 hectáreas, producían para la subsistencia o estaban articuladas a las agroindustrias regionales desarrolladas al calor de la expansión del mercado interno: caña de azúcar, té, yerba mate, algodón, tabaco, algunos productos de la fruticultura, etcétera.

Con la propagación de la semilla transgénica se expandió la frontera agrícola, acentuándose el “arrinconamiento” de los pequeños productores o campesinos.

Los dispositivos utilizados fueron variados. En algunos casos, donde las familias estaban asentadas desde hacía décadas pero sin tener regularizada la tenencia, se presentaban los “nuevos dueños” esgrimiendo los títulos u órdenes judiciales y exigiendo el desalojo de los campos. En otros casos se producía el desmonte de campos para destinarlos a la agricultura, impidiendo la tradicional utilización como zonas de pastoreo de las comunidades indígenas y campesinas.

A comienzos de los años ’90 muchos productores agropecuarios pampeanos se endeudaron para comprar maquinaria y equipo a fin de poder adaptarse al nuevo patrón de “agricultura profesional” propiciado desde sectores oficiales. Pero pronto ese endeudamiento se transformó en una rémora. Se fue multiplicando la deuda ante la imposibilidad de generar los ingresos necesarios para pagarla y, mediante punitivos y demás elementos inherentes al modelo financiero vigente, pronto se transformó en una bola de nieve de imposible abordaje. De este modo, en algún momento 12 millones de hectáreas en la pampa estaban hipotecadas. Fue en este contexto que surgió el Movimiento de Mujeres Agropecuarias en Lucha, una organización dedicada a parar los remates de los campos. También está el caso del Movimiento Campesino de Santiago del Estero (Mocase), conformado por campesinos (muchos de ellos ocupantes de tierras veinteañales) que repentinamente comenzaron a ser desalojados. Asimismo, en la zona del Noroeste, las comunidades indígenas luchan para no ser desalojadas de sus tierras, al igual que en el Sur lo hacen aquellas desplazadas por los grandes compradores de tierras patagónicas.

En años recientes han cobrado relevancia dentro de estos procesos de “arrinconamiento” dos mecanismos cada vez más recurrentes: la violencia rural por parte de “policías” o guardias privados al servicio de particulares, contra los bienes y la seguridad personal de los campesinos y pequeños productores, y los casos de contaminación, en los que el paquete tecnológico utilizado en los grandes emprendimientos agrícolas perjudica directamente la viabilidad de los cultivos y la salud de las familias campesinas. Estos dos mecanismos expresan de forma dramática la expulsión de agricultores de sus tierras y constituyen el escenario más frecuente en el que se desenvuelve la desarticulación de la agricultura familiar.

Neoliberalismo y sistema agroalimentario

Los ajustes estructurales de corte neoliberal aplicados a la economía argentina repercutieron de forma considerable sobre las tendencias y la variabilidad de la actividad agropecuaria, los precios de su producción y de sus insumos, el acceso al crédito, la rentabilidad general de la actividad y las condiciones de vida de los grupos mayoritarios del sector. Se produjeron procesos de concentración y centralización de capital en la agroindustria y la distribución final de los alimentos (por ejemplo, el denominado “supermercadismo”) y en la provisión de semillas y otros insumos a los productores agropecuarios. Estas tendencias se dieron junto a una fuerte extranjerización en estos sectores a partir de fines de los noventa. Creció la agricultura de contrato y otras formas de articulación “agroindustrial” y adquirieron mayor poder las grandes empresas extra-agrarias con relación a los medianos y pequeños productores agropecuarios, quienes comenzaron a perder significativamente su autonomía de decisión.

Los procesos de liberalización, apertura y desregulación les brindaron a las grandes empresas el marco propicio para expandir su control sobre distintas áreas del sistema agroalimentario y obtener así una posición dominante en lo referido al almacenaje, procesamiento, comercialización, producción y provisión de semillas e insumos para la actividad agrícola. Estas innovaciones facilitaron la consolidación de oligopsonios y oligopolios en segmentos clave de diversos complejos agroindustriales. Por ejemplo, en el complejo lácteo siete compañías –entre las que se destacan SanCor y Mastellone (La Serenísima)– controlan el 80% del mercado; el 90% de las ventas de aceite refinado de girasol es manejado por apenas seis empresas lideradas por Molinos Río de la Plata y Aceitera General Deheza. En panificación, Fargo, Bimbo y La Veneciana acumulan el 85% de las ventas. En otros casos, la concentración y centralización del capital facilitó la captura de negocios altamente rentables, como es el caso de la cuota Hilton, donde cinco empresas (Swift Armour, Quickfood, Friar, Gorina y Finexcor) dominan el 55% del mercado.

Al analizar el caso de las empresas multinacionales dedicadas a la exportación de cereales, se observa que siete empresas (Cargill, Bunge, Nidera, Vincentín, Dreyfus, Pecom-Agra y AGD) concentran el 60% del volumen de granos exportados. En consonancia con lo anterior, también se observa que creció la concentración en el mercado de insumos.

En el sector oleaginoso, fundamentalmente sojero, también hubo una creciente concentración del capital. El complejo oleaginoso es el segundo más importante del país después del cerealero, pero se ha transformado en el principal grupo exportador. Sin embargo, el sector del procesamiento industrial de oleaginosas genera muy poco empleo, menos aún que el tabacalero.

En conclusión, los cambios profundos que se han dado en el sistema agroalimentario del país han cercenado la capacidad de decisión del productor agropecuario sobre su producción y han incidido sobre los insumos utilizados y las técnicas productivas desarrolladas. A ello se suma una merma de la capacidad de negociación del precio de venta que tiene el productor frente a la industria o al acopiador y, en el caso de los transgénicos, frente a su proveedor de semilla. Se agrega también la imprevisión que genera la gran variabilidad de los precios agrícolas internacionales, que afectan directamente al productor agropecuario a partir de la desregulación y apertura externa. A partir del decreto de desregulación de 1991, quedó eliminada toda reglamentación que establecía un precio mínimo o sostén para los productores agropecuarios. Ello le permitió al polo integrador de cada complejo agroindustrial incrementar su rentabilidad y reducir los precios agropecuarios percibidos por los medianos y pequeños productores, así como imponer condiciones de calidad, presentación y traslado del producto e incluso de la variedad del cultivo y de los insumos que debe usar el productor.

Impactos sobre la estructura agraria y otras consecuencias

Una parte importante de este vasto sistema que hemos denominado “de agronegocios” se manifiesta en función de la primacía que adquiere la producción sojera y el paquete tecnológico que la acompaña.

Grandes empresas que se conectan con el sector financiero forman los denominados “pools de siembra”, transformando al sector en un negocio financiero. Algunas veces compran tierras, otras operan con “contratistas” que arriendan tierras y proveen la maquinaria, el equipo y los agroquímicos necesarios para impulsar la producción de los commodities requeridos por el mercado (fundamentalmente externo).

El agro se transforma cada vez más en productor de commodities y cada vez menos en medio de vida para la mayoría de los productores agropecuarios, especialmente para los familiares. Asimismo, tal cual ya se destacó, el país va perdiendo su calidad de productor de alimentos básicos. Se van conformando los denominados complejos agroindustriales, con grandes empresas que extienden su poderío “hacia adelante” y “hacia atrás” en la cadena agroindustrial.

En torno a la problemática de la semilla

Históricamente, desde que se “inventó” la agricultura hace diez mil años, los productores agropecuarios reproducen su propia semilla e impulsan su mejoramiento genético mediante los cruces de las diversas variedades de una misma especie. Como consecuencia, surgió un consenso mundial para defender ese potencial del productor agropecuario y, por ende, su existencia como tal.

Durante el siglo XX, el Estado argentino (a través de sus respectivos organismos) impulsó el mejoramiento genético de la semilla y, años más tarde, también algunas empresas privadas comenzaron a hacerlo. La creciente participación privada en la investigación agropecuaria –que surge de la capacidad de apropiación de los bienes creados que antes habían sido de libre disponibilidad– fue acompañada paulatinamente por la implementación de sistemas legales de patentamiento de seres vivos, en varios países.

En 1994 la Argentina accedió a la Unión Internacional de Protección de Obtentores de Variedades (UPOV), como forma de darle cierta seguridad y credibilidad a la industria semillera extranjera. Como lo señala Van Wijk, la existencia de un sistema de Plant Breeders’ Rights influye sobre la forma en que puede proveerse de la semilla el productor, quien tiene tres opciones:

a) Obtener semillas para cada ciclo de cultivo a través de los canales oficiales de institutos públicos, las compañías semilleras o sus licenciatarias; b) intercambiar granos por semilla, a través de canales de intercambio informales o no oficiales, con otros productores, comercializadores o elevadores de granos, y c) ahorrar una porción de su propia cosecha para sembrar en su propio campo. Según Van Wijk, en los países en desarrollo más del 80% de las semillas requeridas por los agricultores es provisto por semilla ahorrada u obtenida por canales no oficiales. Evidentemente, la legislación instituida a favor de los Plant Breeders’ Rights tiende a restringir estas formas de provisión de la semilla e induce a los productores a abastecerse año tras año en las semilleras oficiales privadas.

Con el surgimiento de los transgénicos comenzaron a tener una enorme primacía a escala mundial las grandes empresas semilleras transnacionales, que combinan su producción o difusión de semilla con la de los agroquímicos producidos por ellas.

La cuestión semillera entraña todo un modelo agrario basado en grandes empresas semilleras, agropecuarias y de comercialización y distribución de productos e insumos al sector. Frente a esto, en 2005 Vía Campesina propone una alternativa como parte de la Campaña Mundial de Semillas, al sostener que: “Las semillas son el inicio y fin de los ciclos de producción campesina. La diversidad y existencia de semillas campesinas permite asegurar la abundancia y la diversidad alimentaria en cada localidad, sirviendo de base para una nutrición adecuada y permitiendo el desarrollo de las formas culinarias culturalmente adecuadas y deseadas. Por tanto, las semillas y el conocimiento asociado a ellas son parte fundamental e insustituible de la soberanía alimentaria de los pueblos. Las semillas son obra campesina e indígena, una creación colectiva que refleja la historia de los pueblos y especialmente de sus mujeres, quienes fueron sus creadoras iniciales y se han mantenido a través de la historia como sus principales guardianas y mejoradoras. Entendemos que la semilla es muchísimo más que un recurso productivo. Las semillas son simultáneamente fundamento y producto de culturas y sociedades a través de la historia. En ellas se incorporan valores, afectos, visiones, y formas de vida que las ligan al ámbito de lo sagrado. Sin las semillas, es imposible el sustento y la soberanía de los pueblos. Al desaparecer las semillas, desaparecen las culturas y los pueblos rurales y comunidades; la desaparición de las culturas, a su vez, lleva a la desaparición de las semillas. Por lo anterior, las semillas no son apropiables. Ellas deben mantener en todo momento su carácter de patrimonio colectivo, frente al cual hay deberes ineludibles que cumplir, incluso sobre el derecho a gozar de él. La Campaña Mundial de la Semilla de Vía Campesina, por lo tanto, se opone a la propiedad intelectual y a toda forma de apropiación de la vida”.

Reflexiones finales

La consolidación de este modelo va acompañada por la difusión de los denominados “pools de siembra” no sólo a grandes propietarios, sino también, en gran medida, a campos pertenecientes a medianos y pequeños productores agropecuarios.

El sector se transforma cada vez más en un negocio de unos pocos, perdiendo su capacidad histórica de constituirse en un medio de vida para vastos sectores sociales: rápidamente se transforma en unaagricultura sin agricultores.

Son múltiples las consecuencias de este modelo. Se constata cómo el país va perdiendo su capacidad para producir los alimentos básicos de consumo popular masivo, o sea, va perdiendo su soberanía alimentaria. Por otra parte, están sus efectos medioambientales de largo plazo altamente perjudiciales como el avance de la soja hacia la yunga, su impacto sobre la deforestación, la pérdida de la biodiversidad, etc. Puede incluso señalarse su impacto sobre otros aspectos (por ejemplo, las inundaciones en vastas regiones de Santa Fe y Salta, entre otras provincias). Se señala también que la soja enmarcada en la “siembra directa” genera una capa impermeable sobre el suelo que hace escurrir el agua hacia los ríos en vez de que sea retenida. Simultáneamente la deforestación impulsada por la expansión sojera contribuye a un acrecentamiento de sequías en diversas regiones del país.

Cabría entonces preguntarse acerca de las perspectivas que tiene el modelo para seguir impulsándose en el futuro.

Existen dos factores que señalan elementos “auspiciosos” para el modelo y los intereses involucrados en su expansión continua: a) la nueva “revolución” que se impulsa en América latina en torno a los biocombustibles debido al interés de Estados Unidos y demás potencias mundiales de sustituir su dependencia del petróleo por otras fuentes energéticas, y b) el papel de China en el panorama mundial. A medida que este gran país va adoptando una serie de pautas productivas para ir transformándose en una potencia mundial, su sistema económico y productivo (incluyendo su agro y sistema agroalimentario) también se transforma sustancialmente. No es difícil de percibir que China ya tiene nuevas necesidades y demandas a medida que su economía sigue creciendo a tasas exorbitantes, y que, como consecuencia, va pautando en la economía mundial una creciente demanda de commodities, entre ellos la soja.

No cabe duda de que si se concretan estas tendencias se va a acrecentar la conflictividad manifiesta entre el modelo de los agronegocios, los grandes intereses vinculados a los recursos naturales en general, y los del campesinado, productores agropecuarios y vecinos y ambientalistas. Es importante que se extienda lo más posible el debate en torno a las características esencialmente contradictorias que manifiestan ambos modelos. Se trata de una cuestión que va más allá de lo meramente “sectorial”. Tiene que ver con el futuro de nuestras sociedades y la forma de convivencia que se establezca (si es posible) entre ellas en el futuro.

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Agronegocios, transgénicos y la CONABIA

Carla Poth 11.04.2015.
Nos visitó la Licenciada en Ciencias Poíticas e investigadora Carla Poth, para analizar con perspectiva histórica la institucionalización del agronegocio transgénico en la Argentina, y el papel de la CONABIA (…)

 

Agronegocios, transgénicos y la CONABIA

Al Dorso (11.04.2015)

 

Reconstruyendo la institucionalidad del modelo biotecnológico agrario: un enfoque sobre la Comisión Nacional de Biotecnología Agropecuaria

Durante los últimos 30 años se llevaron adelante una serie de transformaciones que significaron la reconfiguración de las relaciones sociales, económicas y políticas en el globo. La reconfiguración del sistema mundial de acumulación (basado eminentemente en la financiarización del capital, la implementación de nuevas estructuras productivas  y los cambios en el consumo) (Bonnet, 2003; Holloway, 2005), las transformaciones en la estructura y funciones del Estado (a partir de la tercerización, privatización y descentralización de servicios públicos, así como la creación de instituciones internacionales de regulación del comercio -OMC y tratados bilaterales-) (O’Donnell, 1993; Burnham, 1996)  y la preeminencia de una nueva forma de acumulación del capital, basada en la producción del conocimiento y las nuevas tecnologías (la forma denominada “capitalismo cognitivo”) (Vercellone, 2005), se dispusieron como los mecanismos tendientes a desarticular la relación antagónica entre capital y trabajo, recomponiendo las posibilidades de acumulación, que habían entrado en crisis a fines de la década del 60.

Como se analizó en el capítulo inicial de este libro, la biotecnología se constituye en un pilar fundamental de esta lógica, ya que significó la posibilidad de controlar los organismos vivos desde su génesis, imprimiéndoles una lógica mercantil. Con la decodificación del genoma de seres vivos, la biotecnología permitió la manipulación y obtención de semillas y variedades mejoradas (organismos vegetales genéticamente modificados –OVGMs, en adelante-), y permitió la fabricación de especies cultivables resistentes a insectos, inmunes a virus y tolerantes a herbicidas o plaguicidas (Bercovich y Katz, 1990). A través de este mecanismo se complejizaron las dinámicas intrusivas de seguimiento, manipulación y apropiación puesto que la biotecnología ha permitido interpretar y rearticular las relaciones humanas con el ambiente a partir de las necesidades del mercado capitalista. La naturaleza se ve permanentemente amalgamada a los ritmos productivos del capital aun en el momento de la génesis de la vida.

En las regiones agrarias, los OVGMs fueron parte de un paquete biotecnológico que contó con múltiples insumos. En la Argentina, la inserción de este paquete implicó una serie de transformaciones en las dinámicas de producción y distribución agrícola global que ampliaron y complejizaron la cadena agroalimentaria, al tiempo que produjo una serie de rearticulaciones y desplazamientos que reconfiguraron la estructura productiva[1] (Bisang, 2004; Hernández, 2009). Hasta la actualidad, encontramos investigaciones que se han centrado en el proceso de reconfiguración de la cadena agroalimentaria, poniendo énfasis en la constitución de los agronegocios (Giarraca y Teubal, 2006) o en la configuración de redes productivas (Bisang, 2011). Otro grupo de análisis se centra en el surgimiento de nuevos sujetos sociales. Mientras por un lado se visualizan los sujetos que permanecieron en el proceso como productores reconvertidos, nuevos empresarios, o asociados al proceso (nuevos productores agrarios, gerenciadores, rentistas) (Gras y Bidaseca, 2009; Gras, 2009, Hernández, 2009), por el otro aparecen intentos de problematizar sobre aquellos sujetos que, excluidos de la actividad, se han incorporado a espacios colectivos de lucha que reclaman por variadas reivindicaciones en el agro (Isla, 2003; Giarracca, 2003; Manildo, 2009, Barbetta, 2009). Finalmente, una serie de trabajos se centran en las consecuencias de la implementación de este modelo en la Argentina, tanto en términos económicos, sociales como  ecológicos (Pengue, 2005; Lattuada, 1996; Giberti, 2003, Rodríguez, 2010, Gras y Hernández, 2009).

En el marco de este trabajo, entendemos que es fundamental indagar en las formas que fue adoptando el entramado institucional que originó y a la vez sustentó este proceso. Mientras que las diversas regulaciones adoptaron especificidades propias del modelo, al mismo tiempo le imprimieron un camino específico que lo consolidó de la forma en que es visto en la actualidad. La mirada sobre este entramado nos permitirá comprender el rol que las instituciones gubernamentales (y la regulación elaborada) han jugado en la instalación del modelo biotecnológico agrario en la Argentina.

 

  1. Las diversas aristas del modelo biotecnológico agrario: Los antecedentes

La biotecnología se inserta en la Argentina desde el camino de la industria farmacéutica. Si bien en el marco global ya se habían realizado los primeros experimentos en plantas genéticamente modificadas (en 1983 se obtiene la primera de estas plantas, en Washington), en la Argentina la investigación farmacéutica se constituye como vanguardia, consolidando su trabajo desde fines de los ’70. Una serie de instancias internacionales -como las reuniones de las Naciones Unidas, realizadas en 1981, el Tratado de Integración y Cooperación y Desarrollo establecido en el MERCOSUR en 1986, la conformación de la Oficina Panamericana de la Salud (OPS) y el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura- sirvieron de discusión en el contexto regional para la inserción de estas problemáticas en nuestro país. Luego de constituida la primer “Área de Biotecnología”, en la empresa Sidus, se suscitaron una serie de acuerdos y programas de investigación con incentivos por parte del Estado.

En 1982 se llevó adelante el Programa Nacional de Biotecnología, que buscaba desarrollar un centro internacional de ingeniería genética y biotecnología a los fines de promover el intercambio científico y transformarse en usina receptora de los descubrimientos biotecnológicos globales. Si bien este programa no tuvo impacto directo en la expansión de la investigación biotecnológica aplicada, fue importante para dar los primeros pasos en proyectos de investigación básica de estas tecnologías y en la formación de los primeros investigadores en este marco (Aguiar, 2011; Pellegrini, 2011). Cuatro años después, la conformación del Foro Argentino de Biotecnología ayudó al fortalecimiento de estas redes científicas a partir de la articulación de empresas, entidades nacionales e internacionales, facultades y departamentos de universidades nacionales, el INTA, la SECYT y las comisiones de Ciencia y Tecnología de las cámaras de Diputados y Senadores del Congreso Nacional (Vitagliano y Villalpando, 2003). En 1987 se constituyó el Centro Argentino Brasileño de Biotecnología (CABBIO), que si bien tampoco logró sistematizar el trabajo aplicado en investigación biotecnológica brindó la posibilidad de capacitar conjuntamente y configurar redes de socialización científica. En este contexto, comenzaron a aparecer tibias manifestaciones de que la biotecnología se abría camino. Laboratorios de diversas universidades y centros de investigación del país, como el Instituto de Tecnología Biológica del Litoral (1987), el Instituto de Biología Molecular, posterior Instituto de Biotecnología, en el marco del INTA (1988), y el Instituto de Investigaciones en Ingeniería Genética y Biología Molecular (INGEBI) en 1983, fueron los primeros pasos en el desarrollo de espacios públicos de investigación y producción biotecnológica. La formación de recursos humanos especializados en química, biología, biología molecular, medicina, en las universidades y centros de investigación públicos reconocidos del país y el uso de información acumulada en el marco del sistema científico público (CONICET, universidades nacionales, hospitales estatales, centros públicos de investigación) fueron los insumos fundamentales que sentaron los pilares para el desarrollo de estos espacios de investigación.

Más allá de estas múltiples instancias de investigación, son los laboratorios del INTA y el INGEBI los que se abocaron al desarrollo de la biotecnología vegetal. Los grupos de trabajo precedidos por Esteban Hopp (INTA) y Alejandro Mentaberry (INGEBI) se iniciaron en las biotecnologías a través del desarrollo de papas. Hacia 1990, estos grupos de investigación obtenían resultados exitosos cuando, por primera vez, creaban papas genéticamente modificadas resistentes a enfermedades. Si bien autores como Pellegrini (2011) argumentan que, en esta primera etapa, las investigaciones biotecnológicas parecieran haberse desarrollado bajo un clima de relativa autonomía del espacio científico respecto del campo político o económico, la conformación de múltiples centros que permitieron la articulación y constitución de instancias de intercambio entre organismos del Estado, empresas privadas y laboratorios universitarios (así como las diversas experiencias de cooperación entre investigación pública y privada) muestran que el sistema científico, lejos de permanecer aislado, trabajó en permanente consonancia con los espacios políticos y económicos relacionados con la temática. Aun mas, podríamos pensar que la construcción de estos espacios comunes cimentó las bases para la conformación de un andamiaje regulatorio donde  los espacios científicos (Pellegrini, 2011) (asociados exitosamente al proceso de mercantilización del espacio científico nacional argentino iniciado en los ´80[2]) fueron grandes dinamizadoras.

En 1991, se crea en el ámbito del Estado un grupo denominado “experto” que constituirá la Comisión Nacional de Biotecnología Agropecuaria (CoNaBiA), organismo encargado de la conformación del marco regulatorio de OGM (Organismos Genéticamente Modificados).

  1. Los comienzos de la Conabia

Esta institución se constituyó en el año 1991 como organismo de consulta para la definición y el control de liberación de los OGMs. La comisión debía generar los pareceres técnicos, a partir de las evaluaciones de riesgo correspondientes, y sugerir procesos regulatorios pertinentes para el proceso de liberación de los OVGM para comercialización. Las definiciones políticas en estas instancias pertenecían al decretario de Agricultura, que emitía las resoluciones. Su objetivo fundamental fue, desde sus comienzos, llevar adelante “una adecuada integración entre el conocimiento científico, el aparato productivo y el marco normativo vigente”, considerando los materiales genéticos novedosos como “elementos que mejoran la calidad de vida y de los alimentos” (RES. N° 124/91). A continuación, reconstruiremos la historia y el funcionamiento de la CoNaBiA. Para ello nos apoyaremos en el trabajo de campo realizado entre 2009 y 2011, basado en la recopilación y el análisis de las visiones de sus integrantes y fundadores sobre la tarea de construcción del marco institucional que llevaron a cabo. Nuestra indagación retoma asimismo el análisis de un extenso corpus de resoluciones, legislación y debates legislativos.

Una historia de vacas y semillas: Sobre la necesidad de regular los OVGMs.

Durante la década de los ’90 se multiplicaban en el mundo los espacios que definían la necesidad de generar marcos legales para la instalación de la producción con biotecnologías. Estos espacios, como aclaramos con antelación, estaban compuestos por redes institucionales que vinculaban las prácticas científicas, económicas y estatales. Esta heterogeneidad les imprimió una impronta específica a los primeros elementos regulatorios, permitiendo la creación de instancias de certidumbre para la inversión en investigación y producción de estas nuevas tecnologías.

Los siguientes relatos nos remiten a los momentos fundantes de la Comisión Nacional de Biotecnología Agropecuaria (CoNaBiA) que nos permiten reconstruir una historia común:

RELATO 1:

(…) Pero bueno, ahí salió, a nivel de la comunidad científica, que nada de todo lo que se había hecho en Azul era ilegal. No había ninguna regulación, ninguna ley, nada que prohibiera hacer una cosa así. (…)Se contactaron a través de la Secretaría de Agricultura y dijeron ‘bueno, ¿cómo podemos hacer para que esto sea legal? Legal era que no nos pase como le pasó a la vacuna recombinante de rabia, en el sentido de que toda la comunidad científica se levantó en contra de una cosa así. Nosotros no queremos generar este tipo de reacciones. (Entrevista a HE, ex integrante de la CoNaBiA, actual asesor del organismo)

RELATO 2:

En el año 1991, una empresa presenta una solicitud para realizar una siembra de transgénicos acá en Argentina, que era un transgénico donde la modificación genética había sido hecha en Estados Unidos. Empiezo a analizar la temática, y ahí hago el comentario a quien era la presidenta del instituto en ese momento, de que era un tema que le escapaba a lo que era el expertise del INASE (Instituto Nacional de Semillas)  de aquel momento y que, a criterio mío, había que conformar una comisión de expertos para el análisis de eso. (Entrevista a APM, integrante de la CoNaBiA, representante del INASE)

HE era, a principios de los ’90, uno de los pioneros en la investigación en biotecnologías. A fines de los ’80, en su laboratorio del INTA su equipo desarrolló la primera semilla transgénica de la Argentina, correspondiente a una papa resistente a virus. Con fuertes relaciones en el marco de la academia internacional (por su formación en el exterior en la temática de las biotecnologías, a principios de la década), y sus amplios vínculos con otros laboratorios nacionales (como el INGEBI, donde Alejandro Mentaberry desarrollaba otro tipo de papa), HE fue uno de los primeros en ser llamados para formar parte de esta comisión. En el tramo de entrevista que reproducimos, parte de recordar lo sucedido con un experimento realizado en 1986 en la localidad de Azul, provincia de Buenos Aires. El Centro Panamericano de Zoonosis de Argentina (CEPANZO) y el Instituto Wistar de Filadelfia iniciaron un estudio de campo para probar la efectividad contra la rabia de una vacuna generada con un virus genéticamente modificado, llamado vaccinia-rabia. Aun reconociendo la posible toxicidad de este experimento, el mismo se llevó adelante sin ningún pedido de permisos a autoridades nacionales o locales. Luego de la denuncia de un investigador argentino del propio instituto, una comisión integrada por científicos y técnicos del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) y por la Secretaría de Salud Pública definió las potenciales amenazas del experimento, por lo que la Secretaría de Agricultura y Ganadería y el Ministerio de Salud y Acción Social lo suspendieron de inmediato y resolvieron brindar protección sanitaria a las personas involucradas. Este problema tuvo repercusiones internacionales. Bernard Dixon[3] señaló que durante la First International Conference on the Release of Genetically Engineered Microorganisms realizada en Cardiff en 1988, se insistió en la urgente necesidad de que existiera una regulación internacional eficiente ya que el «polémico episodio argentino» de Azul era un claro ejemplo de las «extrañas consecuencias» de la falta de regulaciones o de la asimetría de la legislación entre diferentes estados (Martinez, 2003). Según HE, este hecho que conmocionó a la comunidad científica sentó las bases para que unos años después las empresas que intentaban usar semillas genéticamente modificadas requirieran algún tipo de legalidad y exigieran la creación de un marco regulatorio.

Mientras, si bien el relato de APM no da cuenta del proceso de debate previo a la regulación, se pliega al relato de HE al momento de establecer que la constitución de una comisión de expertos y la necesidad de regular las semillas transgénicas surge a partir de un pedido de las empresas productoras de esas semillas. APM, responsable de un cargo de gestión en la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Católica, docente  y actual integrante del INASE, era parte del organismo que se encargaba en ese momento de la evaluación y el registro de semillas. Cuando tuvo que requerir la liberación de la soja RR (tolerante al herbicida glifosato), Monsanto acudió a este organismo estatal, que se declaró incompetente, y así empezó el proceso de elaboración de los nuevos marcos institucionales que estas empresas y sus productos requerían para la legalización de este mercado.

En ambos casos, la constitución del andamiaje institucional aparece como una respuesta a la necesidad de las empresas de legitimar la experimentación y comercialización de transgénicos. La empresa Monsanto para evitar la posibilidad de generar algún tipo de debate en la sociedad, o en la comunidad científica, se acerca al Estado para brindar a su semilla un marco de legalidad que, al mismo tiempo, legitimaría la construcción de este nuevo mercado. De esta manera “a las empresas que propugnan los transgénicos les parecía que había que hacer las cosas en forma regulada” (HE).

El mercado, en estos relatos, aparece como fuerza motora de las innovaciones tecnológicas, alimentando la idea de que el Estado sería un factor complementario al proceso de producción de conocimiento, quien se encargaría de delimitar los marcos de acción del mercado. A simple vista la noción de un Estado subsidiario pareciera ser el sustento de la acción gubernamental.

No es menor remitirse al proceso histórico en que estos relatos anclan el surgimiento de la comisión. Hablamos de un momento donde las funciones clásicas de intervención de los Estados nacionales implicaron medidas tendientes a modificar el rol que se le asignaba hasta entonces. La reducción drástica del aparato estatal y la reformulación de sus tareas en la sociedad, la liberación de las reglas del mercado y una fuerte impronta administrativa y tecnocrática (que absorbería las lógicas empresariales de eficiencia y competencia y garantizaría la seguridad jurídica del capital privado internacional al que se buscaba captar[4]) desarticularon los últimos vestigios de las formas welfare en materia de investigación científico- tecnológica y fortalecieron la privatización de la producción de conocimiento (consolidando la articulación entre las instancias estatales y privadas y fomentando la concentración de esta producción en grandes empresas) (Lander, 2005; Lopez Monja, Perelmuter y Poth, 2010; Mae- Wan Ho, 2007), al tiempo que instauraba un sistema productivo focalizado en la agroexportación (que implicaba la apertura a la importación de insumos y la reconversión de los mecanismos productivos) (Reca, Lema y Slowd, 2011). La disminución del empleo público, la descentralización de ciertas funciones financieras a las provincias, las privatizaciones, la reducción del gasto público y los cambios específicos en las unidades organizativas del estado (Oszlak, 2003) sentaron los lineamientos para la constitución de una nueva forma de relación entre el estado y el mercado. En líneas generales, y tal como lo plantea Mabel Thwaites Rey,

Mirando el proceso de definición e implementación de la política pública de ajuste estructural como un todo, se advierte el grado de entrelazamiento entre la reestructuración estatal y la dinámica del mercado mundial globalizado. Puede concluirse que la reforma estatal de los 90 tuvo el sentido de tornar funcionales las estructuras estatales para las nuevas formas de acumulación exigidas por la reformulación del capital global[5].

Sin embargo, y aunque la reconfiguración de las formas estatales fue efectiva, una serie de relatos presentes en algunos de los integrantes históricos de la comisión nos exponen ante una mirada donde el Estado, lejos de perder sus capacidades frente a un mercado dinámico, dispone de capacidades efectivas para el desarrollo de políticas concretas.

El Estado, motor biotecnológico

RELATO 1:

Nosotros a principios de los 90 tratamos de definir una estrategia de crecimiento de la agricultura argentina y eso implicaba una estrategia de mejora de productividad y de la competitividad. (…) Tratamos de hacer todas las cosas necesarias para que la Argentina fuera un país biotecnológico […] Entonces, eso implicó en primer lugar definir una política de bioseguridad. Y para eso creamos la CoNaBiA y vimos cuál era el estado del arte en el mundo, qué había que hacer en materia de regulaciones y más o menos tratamos de hacer un organismo que tuviera prestigio internacional para asegurarnos de que lo que se hiciera en la Argentina fuera confiable no sólo para los argentinos sino para el mundo. (…) El segundo componente importante de esa política era el tema de la política de semillas. (…) Yo creo que en términos de propiedad intelectual nosotros en el año 90 dimos un marco para que las empresas vinieran a invertir y se diera todo lo que se dio en la década del 90. El tercer componente fue la política (…) La Argentina, en ese momento tenía relativamente débil todo lo que era la estructura de recursos humanos. Entonces nosotros gestionamos un préstamo internacional del BID y del Banco Mundial para fortalecer el Instituto de Biotecnología del INTA. (…) Para tratar de disponer de una estructura de recursos humanos que pudiera administrar bioseguridad. (Entrevista a  RM, Secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca al momento de creación de la CoNaBiA)

RELATO 2:

La comisión se creó, en realidad, por interés de (…) hubo un grupo de gente, entre ellos, gente del INTA, como Eduardo Palma, y gente de otras instituciones que veían la necesidad (…). Ya se venía hablando mucho a fines de los ’80 y a comienzos de los ’90 del tema de la regulación de los OGM. Había bastante trabajo del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura en todo lo que se refiere al desarrollo de normas para los países de América Latina. (Entrevista a VC, ex integrante de la CoNaBiA).

Los relatos de estos otros históricos integrantes parecieran poner en duda la noción de un Estado que sólo acompaña las iniciativas del mercado, como mostraban nuestros entrevistados anteriores

RM era, en el momento de elaborar las resoluciones de institucionalización de la comisión y aprobación de las primeras regulaciones, el secretario de Agricultura (cargo que ocupó hasta 1996 y luego volvió a ejercer durante unos meses en 2001). En ese entonces, estaba a cargo del Ministerio de Economía de la Nación. Ingeniero agrónomo de formación, con maestría en Economía Agraria, y ex director del INTA, sus relaciones con organizaciones del ámbito de la producción agrícola (que se fortalecieron durante su pasado de técnico consultor en administración rural y comercio) le permitieron acercarse a esos espacios para conformar un equipo de trabajo que lo asesorara en el armado de este organismo regulatorio. En sus palabras, “el entorno más pequeño con el que tomé la mayor parte de las decisiones era un grupo técnico, que a su vez tenía buenas relaciones con el sistema científico” (RM).

Por su parte, VC se constituyó en la mano derecha de RM, participando como coordinadora de la comisión hasta el año 2000. También ingeniera agrónoma, VC fue parte de la conexión de RM con el ámbito científico, dada su participación en la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires como docente de carrera y su lugar de gestión en la Maestría de Economía Agraria de la misma facultad.

En los relatos de estos activos fundadores, el Estado pareciera adoptar un rol protagónico en la promoción del modelo biotecnológico. Aquí, las reconfiguraciones de la estructura de producción agraria aparecen como parte de un proyecto estatal que utiliza algunos de sus instrumentos, las políticas públicas, para llevar adelante sus objetivos. El desarrollo de este andamiaje es lo que impulsa a las empresas del sector a invertir en la investigación y la elaboración de semillas transgénicas para el mercado. Con miras a una “estrategia de mejora de la productividad y de la competitividad” el Estado argentino no tenía dudas de que “la biotecnología es posiblemente la revolución del siglo XXI para alimentar al mundo” (RM).

Estos múltiples relatos nos abren la perspectiva a diversas preguntas: ¿Cuál fue el lugar que el Estado ocupó, efectivamente, en la configuración del modelo biotecnológico agrario? ¿Cómo ocupó ese lugar? ¿Qué significó que las empresas requirieran la ‘legitimidad’ estatal para la instalación de este modelo?¿Cómo se constituyó esta legitimidad? ¿Cómo definió el Estado sus objetivos?

Nos interesa, a partir de estos interrogantes, comenzar a problematizar las formas en que la ciencia, la política y el mercado se articulan, cristalizando las complejidades y lógicas en disputa de diversos sujetos.  Creemos que la institucionalización del modelo biotecnológico agrario (a partir de la construcción del andamiaje regulatorio estatal que revisaremos) resulta central para acercarnos a comprender cómo las nuevas dinámicas de expansión y dominación del capital global se tradujeron localmente en este ámbito.

 

  1. Larga vida de la CoNaBiA: las idas y vueltas en la historia del organismo

Para restituir los escenarios que están en el origen de la regulación es importante visualizar las transformaciones que se fueron dando no sólo en los marcos institucionales sino en el entramado político- social del modelo biotecnológico agrario. Podemos observar, en este sentido, tres etapas que van desde la conformación de la CoNaBiA hasta 2010. A continuación, revisaremos las características de estos momentos históricos, tratando de evaluar las diversas especificidades que los definen.

La primera etapa de la regulación (1991- 1997)

Hacia 1991, la CoNaBiA se constituye en el marco de las reformas enumeradas anteriormente. Para todos los que participaron en esta etapa iniciática fue necesario empezar a invitar “a todos aquellos que pensáramos que podrían llegar a tener algo que decir sobre el tema” (APM).

Así, se llamó a miembros del sector público (fundamentalmente, especialistas en regulación de la Secretaría de Agricultura), científicos o gente que trabajaba en empresas y que tenía idea de lo que era el mejoramiento genético. La propuesta implicaba la posibilidad de no innovar, lo que significaba mirar aquello que estaban realizando otros países en materia de regulación en biotecnologías, y tomar y combinar las diferentes propuestas. De este modo, la regulación argentina surge como el imbricado producto de conglomerar las legislaciones de Estados Unidos, Canadá, Europa y México.[6]

Cuando se conformó la primera comisión participaban el INTA, la Universidad de Buenos Aires, el Foro Argentino de Biotecnología, la Asociación de Semilleros Argentinos (ASA), dos representantes del sector pecuario privado, el CONICET, la Dirección Nacional de Producción y Comercialización Agrícola, el SENASE, el SENASA y, finalmente, la Dirección Nacional de Producción Agropecuaria (Res. N°124/91).

La articulación entre el sector privado, el sector estatal y el ámbito científico (composición extraída de la legislación mexicana) permitiría, según sus propios fundadores, evitar la corrupción y brindar prestigio internacional a la regulación generada en la Argentina. Esta articulación conformaría un comité de expertos, “lo más científico posible” (HE), encargado de definir los análisis de riesgo requeridos (generar el andamiaje regulatorio) para la liberación de organismos genéticamente modificados.

En palabras de quien fuera secretario de Agricultura en 1991 y creador de la CoNaBiA, la comisión se inició, fundamentalmente, con el apoyo del sector científico y el sector técnico. No hubo apoyo de las entidades agropecuarias, que tenían miedo de innovar en términos productivos, ni de los consumidores. Tampoco las grandes empresas de insumos participaron en el proceso[7] y el sector eminentemente científico se abocaba a la investigación básica. Fueron los técnicos, aquellos especialistas capaces de articular la investigación con la producción, es decir, personas con experiencia en la transferencia tecnológica, quienes resultaron centrales para la toma de decisiones. Nombres como Perla Godoy, Carmen Vicien o Moisés Buratchik, e incluso organizaciones como AACREA, dieron el gran envión al proceso. Mientras tanto, “lo que eran las entidades tradicionales con las que se relaciona el sector, como puede ser la Federación Agraria, o la Sociedad Rural o Coninagro o CRA, no le asignaban mucha importancia a la política tecnológica (…) no era un tema que les preocupara mucho y mas bien estaban con dudas” (RM). Por eso la mejor medida era evitar darle a la comisión un carácter “político” que pudiera ser permeable a lobbies corporativos poco afines al proyecto tecnológico de la secretaría: “estos organismos tienen que ser lo más científicos, entendiendo eso como lo menos politizado barato” (RM)

Para 1992, esta comisión había resuelto las normas básicas de liberación para experimentación (Res. N°656). Los principales criterios del análisis de riesgo para evaluar la liberación al medio, desde ese momento, fueron las características del organismo y sus modificaciones, las posibilidades de transferencia a otros organismos, el comportamiento del OVGM en el ambiente, la herencia, la estabilidad fenotípica y genética, las posibles alteraciones en el equilibrio de los agroecosistemas, la capacidad de supervivencia, establecimiento y diseminación, su posible patogenicidad en otros organismos, las características del sitio y el ambiente donde son liberados, el empleo de condiciones experimentales adecuadas, el manejo del OGM en su liberación y el potencial para producir efectos negativos sobre los seres humanos[8].

Las evaluaciones de impacto ambiental comenzaron a aplicarse al producto y no al proceso a través del cual ese producto era obtenido y, además, su presentación se encontraba a cargo de los entes privados que buscan la liberación del producto. Los criterios de evaluación de los OVGM estaban basados en el principio de equivalencia sustancial y de familiaridad, que suponen una igualdad básica entre los organismos modificados genéticamente y sus homólogos convencionales[9]. Finalmente, uno de los elementos que caracterizan a estos informes es el criterio de confidencialidad, que permite resguardar la información sin hacer públicos incluso los debates de la comisión. Las razones que se exponen para esta dinámica de funcionamiento es que en estos formularios existe información sensible a nivel comercial, por lo que las actas de las reuniones son de tipo reservado, no públicas. De hecho, “no vemos para qué hacerlas públicas. Sí se hace público cuando se llega a una resolución final. Cuando se está en plena discusión, no. Porque fíjate que las discusiones se hacen a nivel de expertos.” (APM)

En 1992 se crean el Programa Nacional Prioritario de Biotecnologías (1992-1996) y el Programa de Biotecnología del Plan Nacional Plurinacional de Ciencia y Tecnología que, con financiamiento de la Secretaría de Ciencia y Tecnología, promovieron proyectos de investigación en el sector privado. En 1993 se vuelve a discutir sobre la composición de la comisión. Allí se planteó la participación de organizaciones ecologistas que representaran a la sociedad civil. Greenpeace fue, según quienes estuvieron en las discusiones, uno de los considerados para intervenir en la partida. Pero,

la persona tenía que ser un experto en el tema, en el sentido de que tenía que tener por lo menos un título universitario y ser especialista en alguna de las disciplinas que eran importantes en la CoNaBiA. Y Greenpeace no tenía gente capacitada científicamente como para poder pasar los estándares que se requerían (…) En un principio, se dijo que podía ser una organización ecologista siempre y cuando fuera un nivel científico, no político.(…) Entonces se toma a gente de la Sociedad de Ecología pues ellos sí podían proveer gente que tuviera esos criterios (HE).

La Asociación Argentina de Ecología (AsAE) agrupa a más de 500 investigadores, profesores, becarios, profesionales y estudiantes de las ciencias ambientales, y reúne la experticia con una marcada impronta científica. Junto con esta incorporación, ese mismo año se incluye a la Secretaría de Medio Ambiente en la nómina de espacios en el debate. Sin embargo, la participación de representantes de este organismo no se realizará hasta finalizada la gestión de María Julia Alsogaray (titular por entonces de esa cartera). Esto se debió, no sólo a un enfrentamiento político entre las autoridades de esos organismos (Felipe Solá se encontraba en la Secretaría de Agricultura) sino también había “un enfrentamiento de los cuerpos técnicos, porque no sólo había un desplazamiento de competencias de Agricultura a Ambiente sino que había una visión totalmente diferente. Una visión productivista de A0gricultura y una visión conservacionista y ambientalista en nuestra secretaría, en momentos en que el discurso ambiental no estaba ni mínimamente instalado” (Entrevista a MC, ex integrante de la CoNaBiA)[10]. La incorporación de AsAE a la CoNaBia, fue considerada necesaria para los integrantes de la comisión dado que era fundamental tener a alguien que conociera de malezas y de relaciones entre especies en el marco de los cultivos. Esta medida, junto con la introducción de la Secretaría de Medio Ambiente, permitía dar cuenta de los posibles impactos ambientales de los transgénicos. Sin embargo, y más allá de los fundamentos esgrimidos, estas incorporaciones presentaron ciertas especificidades. En primer lugar, según uno de los representantes de AsAE en la CoNaBiA, esta convocatoria a participar fue sorpresiva puesto que la asociación no tenía los recursos ni los saberes en biotecnologías para formar parte del espacio. Además, la propia dinámica de la ONG, definida por uno de sus representantes como “asociación virtual”[11], ha llevado a su escasa participación en las reuniones de la comisión. Otra especificidad radica en que, como plantea GC (asesor externo de la CoNaBiA)[12], el carácter ecológico al que se vuelca la CoNaBiA no contempla el ambiente porque no visualiza afectaciones a cultivos naturales, sino que se centra en elementos eminentemente agronómicos, asociados a las alteraciones que los OVGMs pudieran generar en otros cultivos comercializables. Un ejemplo de este criterio de evaluación fue implementado en la resolución que negó la liberación de la colza resistente al glifosato. Por tolerar el herbicida y por su capacidad de reproducirse de manera cruzada con algunas malezas de la soja,  la colza podía generar trastornos en el cultivo de la soja resistente al mismo herbicida y dificultar su producción[13]. Dada la importancia de este segundo cultivo para el ingreso de divisas, y la escasa relevancia de la colza, primó la necesidad de resguardar el cultivo de la soja. Finalmente, un tercer elemento a considerar en esta incorporación remite a que la participación del organismo ambiental del Estado resultó efectivamente formal. Sea por su minoridad numérica o porque la comisión rechazaba sus posiciones precautorias, la Secretaría de Medio Ambiente tuvo una participación poco efectiva en el organismo. “Uno sorprendentemente se encontraba en un lugar donde los semilleros eran los que tenían las voz cantante y eran mayoría ahí adentro. Yo, como representante de la posición ambiental, estaba solo” (MC). Todos estos factores denotan que el trabajo de la comisión fue realizado con escasa o nula participación de posturas desde la ecología.

En 1994 la Argentina entra al acuerdo de UPOV 78. Esto, junto la modificación de la ley de semillas en 1991, que permite el uso propio sin comercialización de las semillas, y la modificación de los marcos de propiedad intelectual (como la modificación de las ley de patentes en 1996) construyeron un marco regulatorio de semillas que promovió la inversión necesaria para la expansión del modelo agrario en la década del ‘90. La aprobación de la comercialización y producción de la soja RR fue el corolario de estas modificaciones dado que sentó precedente en el uso de la regulación elaborada para realizar los análisis de riesgo sobre los organismos genéticamente modificados[14].

Una constante durante este período para los integrantes de la CoNaBiA fue la ausencia de debates al interior de la comisión: “en ese momento nadie pensaba que era una cosa complicada. Podía haber diferencias entre la concepción del sector privado y el público, pero eran enfoques sobre el mejoramiento genético En este momento era un tema científico, por lo que no había grandes debates. Se creía que iba a ser un tema tranquilo” (VC). Esto, se aduce, fue producto de que la comisión tenía un carácter eminentemente científico, que no resultaba poroso a los intereses de otros campos de acción ni a los dogmatismos políticos. Ahora bien, ¿por qué la mirada eminentemente científica de la problemática permitía evitar debates relativos al tema? ¿De qué manera era esto posible? ¿A qué se refieren cuando hablan de una mirada ‘científica’ del problema?

Todo depende del circo que queres armar (…) Todos los miembros tienen que hablar el mismo idioma, porque si no no hay sentido. Una jirafa y un hurón, es complicado. Por ahí un tigre y un león, no tanto” (Entrevista a FD, integrante de la CoNaBiA, representante de AsAE).

La ciencia se muestra como el canal que permite la construcción de un consenso, la posibilidad de que los debates “no sean tan fuertes” (HE). Algo que no sería plausible si existieran posturas políticas que dogmaticen la discusión y polaricen la problemática. Así, la ciencia aparece como lo común que aglutina las opiniones, y la política como el elemento que dicotomiza. Pero, ¿de qué hablan cuando hablan de ‘ciencia’? ¿De qué cuando lo hacen de ‘política’?

La ciencia con la que definen el análisis de riesgo no es cualquier ciencia. Es aquella cuyo fin práctico aparece fuertemente ligado a la producción de bienes de valor para el mercado. Es una ciencia cercana a lo que Funtowicz y Strand (2007) denominan “modelo moderno de legitimación” donde, en apariencia, sólo informa a la política produciendo conocimiento considerado como objetivo, válido, fiable y completo. Con estos conocimientos, el político no hace más que ordenar según valores y aplicar. Así es como impera la noción moderna de racionalidad y la división del trabajo que permite la separación de la esfera política, la científica y el mercado. Bajo el “modelo moderno de legitimación”, la incertidumbre puede ser eliminada, al suponer que la ciencia puede prever una descripción acabada de los hechos y visualizar previamente los costos y las soluciones. Es un modelo de ciencia que supone un ‘experto’, que no sólo tiene un conocimiento y una experiencia sobre la cuestión, sino que además cumple con un recorrido histórico que lo hace confluir en una forma específica de construir conocimiento. “Tiene que tener un anclaje institucional, saber de análisis de riesgo, y alguna expertise en algún área. Tienen un conocimiento desde adentro” (VC). Tener un conocimiento ‘desde adentro’ implica, en el caso de quienes han compuesto o componen el organismo, una similar perspectiva epistemológica, un lugar que los acerca a la gestión pública, y cierta capacidad de moverse en el ámbito privado. Finalmente, es una ciencia de carácter “aplicado”, que se encuentra asociada al cambio social y a la necesidad de generar nuevas tecnologías, relegando la “ciencia básica”, la cual es considerada atemporalizada[15]. Es una ciencia que produce conocimiento de manera acumulativa, con reglas universales basadas en un método específico (el análisis empírico- deductivo propio de las ciencias biológicas), que se sostiene sobre la neutralidad valorativa y la objetividad de sus premisas. Una ciencia en la que se abre un abismo entre quienes se vuelven “expertos” y quienes no hacen ciencia y desconocen cómo producir ese conocimiento específico, o quienes, aun haciendo ciencia, no comparten los principios epistemológicos de la neutralidad y la objetividad (en los términos planteados), y hacen “ideología”[16].

Así, en el marco de esta comisión se constituye un ámbito de definición política que deja fuera a todo aquel que no comparta el mismo “lenguaje científico”, entendiendo este lenguaje como una forma común de definir lo que implica un modelo de desarrollo agrario, con trayectorias profesionales e institucionales compartidas. Esto significa no sólo generar acuerdos explícitos sobre el funcionamiento y los lineamientos básicos de trabajo. También implica que la llegada de los integrantes a este espacio se construye con la creación de capacidades específicas, referidas a su formación en espacios de investigación, donde la necesidad de buscar financiamiento para su trabajo siempre fue una constante. Así, se cristalizaba la confluencia con las redes científicas globales, espacios gubernamentales interesados en la producción biotecnológica, o con instancias empresariales dispuestas a promover la innovación biotecnológica. En otros casos, el hecho de haber sido pioneros en estas tecnologías ayudó a estos especialistas a acceder a puestos de gestión en espacios públicos donde su confluencia con el sector privado es permanente. Además, muchos participan en organismos internacionales y foros globales, tanto del ámbito público como del privado. De este modo, el acuerdo político para la liberación de transgénicos se sostiene sobre la base de un método que, de manera aséptica y mecánica (suscripta a la lectura de “datos científicamente elaborados”), brinda un principio de verdad. Los espacios “politizados” como las ONGs ambientalistas (por ejemplo, Greenpeace) no tuvieron cabida en esta institución dado el alejamiento de estos espacios de aquel lenguaje común sostenido por quienes la integran. Asimismo, la imposibilidad de “hablar el mismo idioma” (en palabras de FD) generó que aquellos organismos gubernamentales que tenían una mirada asociada al “desarrollo sostenible” (Secretaría de Medio Ambiente) o aquellos científicos que planteaban una visión más amplia del análisis de riesgo (AsAE) no tuvieran incentivos para la participación en la comisión.

De esta manera, la comisión pareció configurar (y en este sentido la regulación fue definida) un ámbito de carácter cerrado que excluyó, fundamentalmente, a aquellos sectores que no podían encarar esta problemática desde esa perspectiva científica construida.

  • El fin de las aguas calmas (1997- 2003)

El debate, yo te diría que, en buena medida, se dio en el mundo, con un eje muy fuerte de debate Europa- Estados Unidos. A partir de ahí se fue exportando al mundo. Por los motivos que fuera (VC)

Pero el momento pacífico de los transgénicos no duró muchos años. Los días sin debate habían quedado atrás. En el año 1996 comienzan las negociaciones que darían pie a la formación del Protocolo de Cartagena sobre Bioseguridad (PCB), un acuerdo suplementario de la Convención de Diversidad Biológica (CDB). Las reuniones que le dieron forma se extendieron hasta principios de 1999. El 29 de enero de 2000 la Conferencia de las Partes del CDB adoptó el documento definitivo y estableció el Comité Intergubernamental del Protocolo de Cartagena (ICCP – en inglés-) encargado de realizar los preparativos básicos para la primera reunión de las partes del protocolo, que entró en vigencia en 2003, luego de haber sido ratificado por 50 países.

El PCB es el primer tratado que, a nivel global, presenta los elementos fundamentales que componen el concepto de bioseguridad. A través de la construcción de este concepto se introdujo, de manera directa, la presencia del principio científico de precaución, que presupone que ante la existencia de riesgos potenciales de contaminación que pudieran generar los OVGM, aun en el caso de que estos riesgos sean considerados de escasa envergadura o no puedan ser comprobados, hay que detener su producción hasta comprobar que no contaminan. El marco de bioseguridad planteado por el PCB se desarrolló considerando los “riesgos físicos y medioambientales” (IUCN, 2004), analizando los posibles impactos en la producción y la oferta agrícola- alimentaria, el derecho al acceso a los alimentos, la calidad sanitaria y nutricional, la conservación y el control de la base genética del sistema agroalimentario (Rangel Pessanha, 2004).

La Argentina fue uno de los países firmantes. Sin embargo, el Congreso Nacional nunca ratificó el documento por lo que, si bien nuestro país participa activamente en sus reuniones, no lo hace a través del voto, sino como país no parte. En el contexto de estas negociaciones, aunque sólo puede intervenir con el apoyo de delegaciones “amigas” que presenten las posiciones como propias, el Estado argentino ha sostenido las posiciones adoptadas por el “Grupo Miami”, al que pertenece (junto con EEUU, Canadá, Australia y Chile), intentando hacer prevalecer consideraciones comerciales frente a las ambientales y sociales, negociando para excluir los commodities y  los productos derivados de OGMs de las normativas, fomentando el no etiquetado, la restricción de la implementación del documento con estados no partes, y la prevalencia de acuerdos internacionales previos (especialmente tratados comerciales).

Las negociaciones en el PCB y la realización final del documento cristalizaron una serie de debates que venían cobrando envergadura respecto del tema. Comenzaba a acentuarse una diferencia concreta y notoria respecto de lo que se conoció como la “visión norteamericana” y la “visión europea”.La primera visión plasmaba la posición de países introducidos a nivel global como exportadores de commodities, basados en una estructura productiva con un uso intensivo de tecnologías. Las biotecnologías fueron la estrategia (y así lo plantean sus principales promotores) para la reducción de costos y el aumento de rindes en la producción agraria. La visión de la Unión Europea (UE) coincide con la de el mercado importador de productos agrícolas, que privilegia el mercado interno y la diversificación.  El lugar ocupado en términos comerciales definió concretamente los posicionamientos de ambos bloques en el marco del protocolo. Sumado a esto, la problematización del tema por parte de organismos de consumidores en la UE profundizó las diferencias entre estas posturas (Motta, 2008), dado que la UE estableció leyes de etiquetado y fortaleció las regulaciones y los controles para la liberación de transgénicos.

El punto más álgido de este debate se consolidó cuando en 1998 (y durante cuatro años) la (UE) estableció una moratoria de hecho que frenó la liberación de los OVGM. Con esto se prohibió la comercialización a Europa de aquellas semillas genéticamente modificadas que no hubieran sido aprobadas lo que tuvo una fuerte repercusión en la Argentina. Si bien el Congreso Nacional se negó a ratificar el protocolo dado que entendía que el principio de precaución no era más que un intento por establecer barreras paraarancelarias a los productos agrícolas transgénicos, los frenos impuestos por la legislación europea se vieron plasmados en la consolidación de un tercer momento de evaluación en la liberación de transgénicos. Hasta entonces, las evaluaciones constaban de dos etapas: una primera instancia de evaluación del OGM y de las condiciones de su liberación al ambiente, realizada por la CoNaBia y una segunda evaluación de inocuidad alimentaria, realizada por el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria –SENASA- y el Comité Técnico Asesor en el Uso de OGM -res. Nº 511. A partir de allí, se incluiría una tercera evaluación sobre los mercados de exportación, a cargo de la Dirección de Mercados Agrícolas (DNMA- res Nº 328). Con esta medida se consolidó lo que hasta la actualidad se conoce como “política espejo”, medida con la que sólo las semillas genéticamente modificadas aprobadas por los mercados europeos serían liberadas para la comercialización y la producción en el país. Así, esta política puso en la letra lo que había sido una constante en el proceso de liberación, la permanente mirada que los organismos públicos ponían en los mercados globales, y la política agresiva de inserción de la economía argentina como productora de commodities a nivel internacional.

Ahora bien, éstos no fueron los únicos elementos que empezaron a colarse en la legislación. El nivel de conflictividad institucional fue creciendo, en el marco de una coyuntura político- económica nacional que denotaba una gran inestabilidad y del surgimiento de los primeros tibios reclamos en el país relativos a la temática de los transgénicos. Hacia 2001 la crisis económica y política vivida en la Argentina puso en jaque la totalidad de las instituciones estatales. La relación con el sector agropecuario era muy compleja, dada la baja en los precios de los productos agrícolas para la exportación y la inestabilidad de las políticas internas. “El gobierno de De la Rua era un gobierno muy difícil (…) Mi idea era cambiar toda la estructura de la secretaría… estaba planteando una estructura muy distinta a la anterior, con un enfoque funcional distinto, donde íbamos a manejar las políticas por cadenas (…) una serie de oficinas horizontales… una de ellas era la de biotecnología” (RM). En 2001, entonces, se crea la Comisión Nacional Asesora de Políticas en Biotecnología Agropecuaria –CNAPBA- (res N°219), constituida por representantes de la CoNaBiA, INASE, SENASA, INTA, DNMA, y otros asesores externos con la función de definir las líneas de política biotecnológica más amplias. Según MC, “cuando detectan que la CoNaBiA ya no era una garantía de libres manos, para hacer lo que realmente se quería, crean una comisión de política (…) a la que le trasladan prácticamente las decisiones de fondo (…) y allí no invitan a la Secretaría de Ambiente (…) no estaba Medio Ambiente en esas decisiones”.

Esta nueva comisión, antecedente de la Oficina de Biotecnología creada en 2004, tenía en sus manos, al decir de los participantes de la CoNaBiA, las decisiones políticas que esta otra comisión nunca había tomado, por su función eminentemente científica. Ahora bien, MC da cuenta de un movimiento más complejo, que se sitúa en la línea que venimos trabajando. Lejos de brindar el carácter político que la CoNaBiA no tenía, esta nueva comisión trasladaba definiciones políticas de un espacio a otro. Y dado que los debates  respecto de los transgénicos se fortalecían y comenzaban a tomar diversas aristas, tanto a nivel internacional como local, esta nueva comisión adoptaba una mirada más amplia de la problemática que, a su vez, permitía a la CoNaBiA continuar implementando el modelo vigente desde la perspectiva “científica”. Con este movimiento se intentaba dar nuevas respuestas a la complejidad de este nuevo período, manteniendo incólumes los principios científicos que sostenían el funcionamiento de la CoNaBia. Esta nueva comisión estará compuesta por los mismos “técnicos” del Estado que sostuvieron el trabajo de la CoNaBiA (no se incluye a la Secretaría de Medio Ambiente) y quedarán fuera los espacios eminentemente científicos (CONICET, universidades, etc.) y representantes del sector privado. Estos “técnicos” con sus trayectorias específicas en la temática[17] constituyeron una mirada específica de esta comisión, que brindó no sólo continuidad al trabajo que históricamente venía realizando la CoNaBiA, sino también cierta contención para que esta segunda comisión continuara desarrollándose bajo sus principios de funcionamiento sin modificaciones.

A los debates que comenzaban a darse en Europa y que se cristalizaban en las múltiples organizaciones que buscaban presionar en el marco del PCB se suma una creciente conflictividad en Brasil, donde se intentaba liberar la producción de soja transgénica (inserta ilegalmente desde la Argentina) desde el año 1998. Mientras, varias organizaciones sociales y ONGs en la Argentina empiezan a activar debates relativos a las consecuencias que acompañaba la instalación del modelo biotecnológico agrario. A fines de 1999, ya con siete eventos liberados en campo, y con cinco eventos habilitados para su comercialización, se presentó un proyecto de ley que intentaba regular los procesos de manipulación genética y, al mismo tiempo, establecer medidas de etiquetado de productos derivados de OVGM. Greenpeace, por ejemplo, canalizó varias campañas de denuncia a empresas como Knorr, Pringles, Granja del Sol y Norte; y generó la campaña “Transgénicos: exigí saber”, implicó la organización de cursos de formación y publicidad con información sobre el tema. Un año después se presentó otro proyecto que establecía la necesidad de una etiqueta visible y preveía sanciones a las empresas que no cumplieran con este requisito. Ninguno de los dos proyectos prosperó, dado que primó la postura gubernamental (luego plasmada en el Plan Estratégico 2005- 2015, en el año 2004) que planteaba que el etiquetado ponía frenos al libre comercio de alimentos transgénicos que no presentaban diferencias comprobables con respecto a los alimentos convencionales.

Durante este período se llevaron adelante una serie de denuncias contra la Secretaría de Agricultura Ganadería Pesca y Alimentación por la presencia de varios escapes de transgénicos, entre ellos, un maíz ilegal (el NK603) repartido por Monsanto. Si bien la SAGPyA reconoció la veracidad del dato y se comprometió a identificar y eliminar esas producciones, nunca brindó datos concretos sobre el destino de ese evento y un año después se encontró un cargamento argentino en Suiza con maíz de esta composición, prohibida en Europa. También en el 2001 el municipio de San Carlos de Bariloche emitió una ordenanza municipal que obligaba a la identificación de alimentos transgénicos a través de un listado a disposición del consumidor. En paralelo, una serie de municipios como San Marcos Sierra, Villa de Merlo y El Bolsón, se declararon como “zonas libres de transgénicos” (Pellegrini, 2011).

Al calor de estos debates surge el Grupo Biotecnología, compuesto por la Coordinadora de las Industrias de Productos Alimenticios (COPAL), las bolsas de cereales de Buenos Aires y Rosario, la Asociación de Cámaras de Tecnología Agropecuaria (ACTA), el Foro Argentino de Biotecnología (FAB) y otras trece entidades del ámbito de la biotecnología para el sector agropecuario. Este espacio no sólo reclama el desarrollo de una política sistemática para la promoción de las biotecnologías sino que sienta posicionamientos sobre la cuestión del etiquetado. Al mismo tiempo, se lanza el programa “Por qué Biotecnología” precedido por la Asociación de Semilleros Argentina (ASA), uno de los integrantes de la CoNaBiA, que intentaba divulgar y promover la formación en la temática a través de una página de internet, la promoción de seminarios en diversos niveles educativos y la creación de manuales temáticos (Carullo, 2002).

En el marco de esta creciente conflictividad social se presentan dos propuestas legislativas para la regulación de las biotecnologías. La primera, presentada por Pedro Salvatori[18], basada en el principio de precaución, buscaba modificar el órgano de aplicación brindándole mayor injerencia a la participación de la Secretaría de Medio Ambiente. La segunda, presentada por el legislador Alberto Briozzo[19] en conjunto con la Secretaría de Agricultura, proponía transformar en ley el proceso regulatorio y la estructura organizativa vigentes. La primera propuesta fue rápidamente desestimada porque “(…) esto le correspondía a Agricultura, porque los eventos eran eventos agrícolas” (Entrevista a BA, Diputado Nacional, en 2001, por el FPV). La segunda fue sistemáticamente frenada por el activismo de Greenpeace con otras organizaciones como el Grupo de Reflexión Rural y otros intelectuales. Ambos proyectos mostraban dos lógicas diferenciadas, que ya aparecían en instancias anteriores[20] en ambos organismos estatales: una mirada “productivista”, asociada al carácter agronómico de la Secretaría de Agricultura, y una “conservacionista” del ambiente, asociada al principio de precaución, propia de la Secretaría de Medio Ambiente.

Ahora bien, ¿cómo visualizan los integrantes de esta comisión este creciente movimiento en la sociedad? En términos de la conflictividad local, la postura de los entrevistados tiene más o menos los mismos lineamientos:

en Argentina nunca hubo un movimiento demasiado fuerte de las organizaciones de la sociedad civil tratando de ir contra los transgénicos porque hay una opinión masiva de que la Argentina ha ganado hasta hoy y ha tenido muchos beneficios con eso (RM).

Esta invisibilización de opiniones diferentes en el marco local contrasta con la visualización de un conflicto a nivel global en el que lo que se ve atacado es el proyecto productivo del país. Es por esto que las posturas plantean que “lo que hay que ver en los países es en qué medida les interesa el ambiente, pero en qué medida tienen otras cuestiones que tienen que ver con la producción” (VC), ya que “muchos países utilizan el principio de precaución como una forma de prohibición o de barrera para comerciar” (HE). Esta caracterización por parte de los integrantes de la CoNaBiA se plasmó en políticas concretas que definieron el comportamiento de la comisión durante esta etapa. Por un lado, creó el tercer momento de la evaluación de OVGMs relativo al análisis comercial de los mercados internacionales. De esta manera, plasmó en la regulación un proyecto agrario orientado hacia la exportación y sujeto a los vaivenes de este mercado. La política espejo significó en este período en que el principal comprador de commodities frenaba la aprobación de OVGMs, que durante seis años Argentina sólo aprobara dos eventos de los cientos que habían sido presentados para evaluación. En esta operación, la comisión cristalizó en su regulación un tipo de “principio precautorio” que se sustentaba en la necesidad de avanzar en la política comercial. Con estos cambios regulatorios se hace evidente que el principal freno para la liberación de los OVGM era el mercado internacional (la posibilidad de ser exportados) por sobre sus especificidades o consecuencias a nivel local o nacional.

Mientras, la comisión parece, en una primera instancia, abroquelarse ante los conflictos y debates locales emergentes. Como primeras medidas, a nivel local, “cada vez que había una objeción ideológica tratamos de operar inmediatamente en lo que uno puede llamar visibilidad, o una estrategia de llegar a los medios para evitar que ocurriera lo que pasó en Europa y lo que pasó en alguna medida en Brasil” (RM). Operar sobre las objeciones ideológicas significó, en este caso, operar sobre cualquier objeción al tema a través del  acallamiento (como sucedió con la ordenanza para el etiquetado en Bariloche que fue rápidamente frenada a través de una medida judicial). Esto era necesario porque, según los integrantes de esta comisión, sólo por desconocimiento o por ideología se podía estar en contra de las biotecnologías. En este sentido, “tenés los que hacen contra a todo esto que son grupos radicalizados ambientalistas que, por cuestiones ideológicas, a veces ponen un freno a un determinado producto que puede llegar a ser bueno” (Entrevista a PH, integrante de la CoNaBiA, representante de la Universidad Nacional de Rosario)[21] .

En este marco, además, algunos integrantes de la comisión y quienes asesoraron en el proceso legislativo plantean que muchos políticos preferían no tratar los proyectos de ley de bioseguridad[22]: “Muchos políticos prefieren que no se trate, a que haya un debate en el cual pueda ser peor la consecuencia que el beneficio que pueda conllevar tener una ley (…) de repente puede salir una ley que diga ‘Prohibimos los transgénicos’, porque vos viste lo que pasó con el glifosato” (HE). Someter el tema a una discusión política en el Congreso podía implicar abrir el juego a una serie de sujetos sociales que hasta el momento no habían tenido injerencia en la configuración del marco regulatorio, corriendo el riesgo de dificultar el camino ya adoptado y “consensuado” respecto del tema. Sin embargo, este abroquelamiento mostraba en sí mismo la injerencia creciente de un debate que comenzaba a hacerse presente en la sociedad argentina. Con el tratamiento de varios proyectos de ley sobre bioseguridad o sobre etiquetado, se hacía evidente el carácter contradictorio que presentaba la legislación. Porque mientras, por un lado, las leyes buscaban dar forma específica al proceso productivo, brindando seguridad a la política agraria, por el otro implicaba dar cabida a la problematización social del tema, generando incertidumbre sobre los resultados finales. Al mismo tiempo, la constitución de foros de formación/ información en biotecnología (cuyos integrantes estaban íntimamente imbricados a los integrantes de la CoNaBiA) mostraba la necesidad de crear consenso y confrontar (en simultáneo) las posibles voces divergentes al modelo. Por último, la creación de una instancia política por fuera de la comisión (la CNAPBA) significaba los primeros pasos hacia lo que luego sería una mirada política, ya no como una confrontación entre opciones que se dirimen bajo una lógica diferente de la del campo científico, sino más bien como una perspectiva ampliada que implicaba observar la regulación de las semillas transgénicas desde una mirada integral del modelo que incorporara cuestiones hasta el momento no visibilizadas (agroquímicos, tierras).

A pesar de estos esbozos iniciales, durante este período la “política”, para la comisión, continúa apareciendo como un juego de suma cero, en el que se crean dos polos que se repelen, uno a favor y otro en contra de las semillas transgénicas. La permanencia del discurso experto, en los términos previamente analizados, continuó evitando las miradas “politizadas” de aquellos que podían tener alguna opinión asociada al ordenamiento territorial, al cuidado del medio ambiente o a la información al consumidor. Así, el proyecto económico agrario vigente continuaba su curso. Al mismo tiempo, acallar esas miradas requería también quitarles legitimidad. De este modo, si bien se reconoce el derecho de todos a opinar, no todos pueden hablar de todos los temas. “Yo no voy a ser ingeniero aeronáutico antes de subirme a un avión. Lo que me importa es que el experto me diga si esto es seguro o no es seguro” (Entrevista a LD, integrante de la CoNaBiA, representante del INTA). En este contexto, el discurso científico aparece nuevamente en escena dado que continúa operando como un filtro para la delimitación de los debates sobre la problemática de las biotecnologías, aun cuando la perspectiva de otros sujetos empezaba a hacerse presente como elemento importante en la cuestión[23]. En el próximo apartado observaremos las formas en que el marco institucional da cuenta de este proceso de mayor conflictividad, y cómo se cristalizan estos elementos históricos concretos durante la siguiente etapa.

 

La tercera etapa de la CoNaBiA (2003- 2010). “Aprender de la experiencia”

Esta tercera etapa de la CoNaBiA se encuentra fuertemente marcada por los procesos definidos en apartados anteriores. Aprender de la experiencia implicó, para quienes componen este espacio, leer ese momento de conflictividad y establecer nuevas estrategias de trabajo quue vehiculizarán la continuidad del proyecto político agrario instituido. Estas estrategias no sólo tendieron a la reconfiguración en el andamiaje específico de los OVGMs, sino la generaciónde un “proceso de apertura” de la institución y sus políticas. Ahora bien, es necesario definir las especificidades de este “proceso de apertura” para comprender qué significó llevar adelante una renovación y un aprendizaje de los marcos de institucionalidad en lo que a transgénicos respecta.

 

La creación de un proyecto integral

A partir del año 2003 se inicia un proceso de reconstitución de las instituciones estatales. La normalización del proceso eleccionario y una serie de reconfiguraciones políticas llevadas adelante por el presidente entrante, Néstor Kirchner, brindaron los primeros atisbos de recomposición institucional. Con una impronta discursiva de carácter nacional y popular, y con una retórica inclusiva de los sectores populares en el entramado político, el nuevo gobierno parecía hacerse eco de los reclamos y las movilizaciones que habían puesto en jaque la dominación económica y política del capital, durante el 2001 y el 2002, y que habían tenido como resultado decenas de muertos y secuelas institucionales.

Éste es el clima de época que comenzaba a permear a la CoNaBiA. De la misma manera que el nuevo gobierno no desconocía las revueltas populares recientes, la comisión no podía desconocer las necesidades de recomponer las instituciones de un modelo productivo agrario que no estaba ajeno a críticas, desde finales de la década del ’90[24]. Al mismo tiempo, los propios integrantes de la comisión marcan que para ese momento el proyecto biotecnológico tenía que trascender las instancias regulatorias vigentes. Para instalar una estrategia de desarrollo no alcanzaba con liberar semillas genéticamente modificadas. Era necesario configurar una política de investigación, de divulgación y de inversión concreta en el campo. Así es como en el año 2003 “Campos (ex secretario de Agricultura) le hizo dos o tres cambios cosméticos y les puso su nombre” (RM) a las normas de liberación de OVGMs, se redefinió la estructura del INASE y, fundamentalmente, se instauró el proyecto de Instituto de Agrobiotecnología Rosario (NDEAR) primera propuesta coparticipada entre empresas privadas (Bioceres S.A. y Biocidus A.G[25]) y el Estado (CONICET) para la instalación de un laboratorio de investigación biotecnológica. El INDEAR, finalmente abierto en 2010, implicó una experiencia de cooperación en la que los recursos humanos formados en los espacios públicos comenzaron a trabajar con la inversión en capital físico de la empresa Biosidus[26]. Los proyectos de INDEAR “están orientados en forma prioritaria a responder a necesidades concretas de la cadena de valor agroindustrial organizada[27], por lo que este laboratorio, situado en la ciudad de Rosario, resultó un precedente en esta nueva etapa de articulación entre el Estado y las empresas en este tipo de investigaciones y una política más agresiva de participación estatal en la producción de valor en el agro.

Para 2004, lo que aparecía como tibios avances en el tema se sistematizó en lo que fue denominado Plan Estratégico 2005- 2015 para el Desarrollo de la Biotecnología Agropecuaria. Elaborado por la recientemente creada Oficina de Biotecnología, en este programa, además de dar cuenta de la importancia que estas tecnologías tuvieron en los cambios de la producción agropecuaria en la Argentina durante los años ’90, se establecieron puntos estratégicos fundamentales para el desarrollo de políticas:

– a partir de los principios de que la principal preocupación de la población argentina es la alimentación sana y suficiente, de que hay una amplia aceptación de la producción de transgénicos,[28] de que las campañas por el etiquetado podrían “confundir al consumidor” y que de prosperar el etiquetado disminuiría la competitividad de las PyMEs, el programa establecía la necesidad de crear una campaña de información “adecuada”;

– procuraba establecer mecanismos de regulación de la biodiversidad,

– planteaba que “una de las principales amenazas que soporta la industria de alimentos, por causa de la utilización de la biotecnologías, es el etiquetado de los productos”, mientras la bolsa blanca[29] es otro de los problemas a resolver al respecto;

– establecía la necesidad de generar políticas que trascendieran la mera recepción de permisos o licencias para la transferencia de tecnología de corporaciones transnacionales,

– sentaba las bases para profundizar los marcos de patentamiento y propiedad intelectual.

Si bien el programa no cumplimentó las fechas establecidas ni avanzó sistemáticamente  en muchos de los tópicos, cristalizó la necesidad de abordar la problemática de los transgénicos desde el momento mismo de su elaboración y estableció los lineamientos comunes de una política gubernamental de desarrollo biotecnológico. Junto con esto, la creación de la Oficina de Biotecnología significó “la explicitación desde la perspectiva del Estado y de las políticas públicas de que el tema de la biotecnología es más abarcativo que el análisis de riesgo y las regulaciones de bioseguridad, especialmente en un país agroexportador como la Argentina” (Trigo, 2011). En el contexto de esta estrategia se lleva adelante la aprobación de la Ley del Desarrollo y Producción de la Biotecnología Moderna, en 2007, con el fin de establecer toda una serie de mecanismos de exención de impuestos a aquellas empresas que decidieran llevar adelante inversiones en investigación biotecnológica, creando al mismo tiempo un fondo de estímulos al sector. De la misma manera, se elevó a ministerio la Secretaría de Agricultura, se colocó a su cargo a Julián Domínguez, y se estableció la biotecnología como una de las líneas básicas de investigación del nuevo Ministerio de Ciencia y Tecnología, en manos de Lino Barañao. El carácter central que adquirió la creación de ambas carteras mostró la perspectiva adoptada por el gobierno de la entonces flamante presidenta Cristina Fernández, que buscaba plantear una política más directa en lo que respecta a la temática. En este sentido, lo que se percibe en esta etapa no es sólo la apuesta a un modelo de producción agraria que, para esa instancia, significaba la entrada de un número espectacular de divisas a las arcas del Estado, sino también la permanente creación de un discurso que establecía la defensa de éste, embanderándose tras los principios de la creación de empleo, la integración de la cadena productiva (en el marco de un agro ahora industrializado), la incorporación de valor agregado a través de la producción de conocimiento en el sector[30] y el ingreso de recursos para el desarrollo de políticas sociales.

En esta tercera etapa la propuesta es, abiertamente, formar e incorporar capacidad científica al desarrollo de biotecnologías. Si hasta entonces eran las empresas las únicas que conocían la totalidad del proceso de evaluación de OVGMs, la necesidad de aprovechar las capacidades técnicas se hacía acuciante:

Tenemos tantas capacidades en la Argentina, en materia biotecnológica, y hay todo un desarrollo, hay que darle un empujoncito para que eso llegue a destino. Porque si no es una frustración para el investigador. Y, finalmente, es un mal uso de fondos para la institución  estar investigando en algo que jamás se va a plasmar en un producto (LD).

Esto implicó asignar mayor financiamiento, jerarquizar y expandir los programas de investigación respectivos, teniendo “un reconocimiento al sector” (PH). Con esto, desde la política gubernamental se intentó responder concretamente a los reclamos del sector científico que pedía que se fomentara la investigación nacional, generando un corrimiento hacia políticas activas de desarrollo de estas investigaciones e invitando, más explícitamente, a que la ciencia produzca conocimiento aplicado para la industria nacional.

Los límites del proyecto

Sin embargo, este período no presenta imágenes de una panacea biotecnológica. Lejos de resolverse, los conflictos que se perciben ya desde fines de la década del ’90 parecieron profundizarse desde diversas aristas. En términos regionales, la aprobación en Brasil de la Ley de Bioseguridad en 2005 implicó un fuerte batacazo para la regulación argentina (Poth, 2010). En la mitad de tiempo, ese país había autorizado, para producción y comercialización, más semillas transgénicas que Argentina, desplazándola en superficie cultivada con transgénicos a un tercer lugar. Esta competencia feroz fue permanentemente percibida como un problema que sólo podría resolverse con la flexibilización de los tiempos y marcos regulatorios, con la profundización de las relaciones entre el sector privado y el público[31] y con la generación de leyes de semillas más estrictas en términos de patentamiento.

La respuesta fue, entonces, la presión para agilizar la regulación. Y la posibilidad de haber acumulado conocimientos simplificaba la tarea: “hasta este momento cuáles de los riesgos que pensábamos que eran riesgos hace 20 años ahora no lo son” además,  “tenemos que pedir cosas razonables, digamos que no sean imposibles desde el punto de vista económico” (HE). El resultado fue que a partir de 2010 se inició un proceso de negociaciones para la reformulación de las regulaciones que culminó en 2012, con la aprobación de nuevos formularios e instancias de medición del riesgo.

Mientras, la conflictividad local fue en ascenso. La permanente presión de los movimientos sociales por el crecimiento de casos de enfermedades en regiones rururbanas, generadas por el uso del herbicida glifosato asociado a la soja transgénica, comenzó teniendo tibias respuestas institucionales a partir de 2008. Ese año, Andrés Carrasco, investigador del CONICET, hizo públicos los resultados de su investigación en la que asociaba directamente malformaciones y problemas de reproducción al contacto directo con este herbicida. Mientras la investigación fue de gran utilidad para quienes venían luchando en este marco, ya que despertó importantes debates en la comunidad académica, los integrantes de la CoNaBiA -e incluso el ministro de Ciencia y Tecnología- salieron a desmentir y poner en duda el carácter científico de estas investigaciones. En 2009 se creó una comisión nacional de investigación sobre agroquímicos en el ámbito del CONICET, el que emitió un documento denominado “Evaluación de la información científica vinculada al glifosato en su incidencia sobre la salud humana y el ambiente”, que transformaba en discurso oficial los argumentos de la comisión[32]. A partir de estos hechos, el tema cobró nivel público y muchas autoridades locales, en varias provincias, respondieron frenando el empleo de  glifosato, estableciendo distancias de aislamiento de las fumigaciones y revisando las leyes provinciales de agroquímicos.[33] Sin embargo, la respuesta por parte de quienes integraban el proyecto gubernamental (y de los defensores del modelo) tendió a “separar el paquete biotecnológico”, desconociendo la alianza intrínseca entre las semillas transgénicas y los herbicidas o plaguicidas, y definiendo la necesidad de generar “buenas prácticas agrícolas”, lo cual asignaba las responsabilidades a los productores.

Frente a estas cuestiones, el tema que continuaba pendiente para quienes integran la CoNaBiA era la “responsabilidad institucional de llevar tranquilidad” (PH) al público. Finalmente, el enfrentamiento por el aumento de retenciones a las exportaciones de la soja en 2008 mostró otras aristas del conflictivo campo (Astarita, 2011; Giarraca y Teubal, 2010). Por un lado, se percibió la complejidad de sujetos con los que el gobierno debía sentarse a negociar. Así, si hasta entonces las negociaciones en torno al modelo biotecnológico se venían llevando adelante en el marco de lo “científico”, yaa no se podían desconocer los intereses corporativos que, aunque se mostraran unificados en la Mesa de Enlace, tenían sus especificidades. Por el otro, el conflicto agrario mostró nuevamente la multiplicidad de respuestas que requería la problemática. Ya no alcanzaba con la regulación de las semillas transgénicas o con el desarrollo de la investigación biotecnológica, también era necesario dar respuestas a la cuestión del ordenamiento territorial, el trabajo rural, la problemática del arrendamiento o la cuestión de la propiedad intelectual en semillas.

Estos tres hitos, a los que podría sumarse el conflicto en la OMC con Monsanto por las regalías de la soja (Perelmuter, 2012), ponen en evidencia el carácter dinámico de la construcción de institucionalidad del modelo en esta última etapa. En este contexto, la CoNaBiA pareciera perder centralidad, dado que se configura toda una red de leyes y autoridades de aplicación que descentralizan las decisiones sobre el modelo biotecnológico de producción. Desde CONICET y el Ministerio de Ciencia y Tecnología hasta el Ministerio de Salud y otras secretarías del flamante Ministerio de Agricultura empiezan a trabajar de manera descentralizada (y no necesariamente en un sentido armónico) intentando brindar respuestas a las múltiples aristas del modelo que los espacios sociales comenzaron a criticar. Mientras, la imposibilidad de problematizar la cuestión de los transgénicos de manera directa dio vía libre a la comisión para continuar funcionando sin grandes conflictos. Incluso la creación de la Oficina de Biotecnología pareció fortalecer la idea de que la CoNaBiA se centra en la producción de “material científico”, delegando la decisión política en otros espacios.

A diferencia de etapas anteriores, el desarrollo de un “proceso de apertura” se presenta como una singularidad. Sin embargo, se pueden vislumbrar algunas cuestiones comunes que son centrales en  la constitución de la regulación y el funcionamiento de la CoNaBiA. A continuación elaboraremos algunas ideas generales sobre estos elementos comunes que, lejos de cerrarse en conclusiones, disparan ciertos interrogantes sobre la actualidad y el futuro de la institucionalidad de este modelo.

 Reflexiones finales

Aunque a simple vista los propios entrevistados plantean la continuidad de las políticas respecto de la temática, a lo largo de este trabajo hemos podido dar cuenta de diversas etapas en las que el dinámico proceso socioeconómico tuvo correlatos y movimientos en la construcción del andamiaje institucional.

En la primera etapa de nuestro análisis aunque la participación del Estado no fue sistemática, resultó fundamental en el armado de las redes de articulación entre los espacios científicos, las dinámicas de gestión y las corporaciones. Si bien en estas instancias las reglas del juego y las prioridades políticas no estaban determinadas, el Estado fue un importante factor de recursos (primordialmente de investigadores) y estuvo abierto a los espacios de la ciencia internacional para la absorción de las nuevas invenciones biotecnológicas. Éste es, quizás, uno de los elementos que explica la rápida inserción del modelo en nuestro país. Si no percibiéramos la apertura política a estas innovaciones en el ámbito científico y la predisposición a la reconfiguración del mercado, la explicación de por qué se creó tan tempranamente un andamiaje institucional con estas características nos quedaría trunca. Y también nos resultaría extraña la constitución de un organismo tan importante para este modelo como la CoNaBiA. Porque, en este sentido, no parecería fortuito que el espacio se haya compuesto de “expertos” que exigieron fundamentaciones científicas y basaron la construcción de las regulaciones estatales en un discurso que terminaba excluyendo otros elementos políticos. Las redes constituidas en períodos anteriores con el ámbito científico y el mercado fueron el insumo fundamental para darle organicidad a este espacio[34].

Ahora bien, una vez armado el tablero de juego comenzaron a jugar. Establecidos los parámetros y con el modelo en pleno funcionamiento, las diversas dinámicas pusieron en escena a nuevos sujetos y sus intereses. Tanto a nivel global como en el ámbito nacional se sucedieron cimbronazos sociales que empezaron a poner en duda la sustentabilidad del modelo biotecnológico agrario. Movimientos ambientales, movimientos campesinos, movimientos de consumidores, entidades agrarias, científicos. Si bien la envergadura de estos debates fue variada, en todos los casos implicaron una reconfiguración de las formas institucionales, lo que en el lenguaje de nuestros entrevistados significó “aprender de la experiencia”. Lo cierto es que, en esta instancia, las reglas de juego debían responder a la multiplicación de nuevas voces que tenían algo que decir sobre el modelo y sus implicancias sociales, económicas y políticas.

Los primeros intentos de cambio, finalmente frustrados (tal fue el caso de los proyectos de ley de bioseguridad, o de etiquetado), mostraron que la respuesta a estos debates (que presentaban la problemática desde múltiples aristas) debía ser integral. Así, en la tercera etapa, el Estado se dispone a “hacer más política” (PH). Desde el 2003, el nuevo gobierno avanza en un proyecto de profundización del modelo biotecnológico agrario, definiendo una política científica, fomentando el desarrollo de espacios de investigación biotecnológicos para el mercado (en cooperación con el sector privado), buscando nuevos mercados que permitieran abandonar la política espejo, y formulando políticas que significaran un “proceso de apertura”.  Este “proceso de apertura” puede pensarse como la incorporación de la cuestión biotecnológica a un proyecto integral que incluye a otros sujetos sociales y a nuevas problemáticas que requieren de un proceso de intervención estatal. Sin embargo, los nuevos sujetos que se incorporan y las formas en que se interviene tienen ciertas especificidades, es decir, no todos los jugadores ocupan el mismo lugar en este nuevo tablero. Porque, la avanzada de la política estatal en el intento por plantear una política integral para el modelo significó el fortalecimiento de un mercado concentrado que continúa apuntando a la inserción global para la exportación de commodities y sigue alimentando una cadena que tiene como mayores beneficiados a las grandes corporaciones (nacionales y transnacionales). En este corrimiento, el estado fortalece su relación con el mercado en tanto profundiza la apuesta a producir para el mercado vigente generando desarrollo biotecnológico nacional. Así, el desarrollo de biotecnología nacional responde a requerimientos de un “nuevo proyecto político” donde la articulación entre estado, ciencia y mercado se muestra con mayor nitidez.

Ahora bien, resulta peculiar que a pesar de estas idas y venidas, la percepción de quienes han compuesto o participan de este organismo sea la de que “en los últimos 20 años ha seguido prácticamente sin ningún cambio” (RM). ¿Qué es lo que alimenta esta sensación?  Retomando los elementos del proceso analizado, denotamos que entonces el estado fue uno de los factores fundantes en la constitución del modelo biotecnológico agrario. Desde el primer momento articuló redes, cristalizó las reglas de juego requeridas para el funcionamiento del mercado, y buscó espacios de construcción de legitimidad, generando un discurso que apelaba al rico pasado agroexportador, a la presente posibilidad del derrame económico y a la noción de un futuro de abundancia gracias a la “revolución de las biotecnologías”. La ciencia se incorpora en la CoNaBiA configurando estas reglas de juego, legitimando el modelo, produciendo consensos. Y esto se genera dado que no es cualquier forma de hacer ciencia la que se inserta en este espacio. Tal y como planteamos en instancias anteriores, los científicos que producen política poseen trayectorias y sentidos comunes de cuál es el proyecto político biotecnológico a implementar y cómo activarlo. Los principios fundantes de la ciencia positivista (neutralidad científica y objetividad) se constituyen en los baluartes fundamentales para la exclusión de todo aquel que no comparte ese proyecto político, o esas trayectorias. Y esto, fue y es una constante en el armado de esta institucionalidad.

La configuración de un proyecto político donde la ciencia produce para el mercado y la generación de mecanismo regulatorios que protegen la información pública a los fines de promover el patentamiento y la consecuente apropiación del conocimiento, son algunos de los elementos que nos llevan a poner en crítica la perspectiva de la existencia de un campo científico, uno político y uno económico como relativamente autónomos. La propia figura del “técnico” (que mira la producción agraria, que es regulador y tiene una pata en el ámbito científico) nos permite empezar a poner en jaque esa idea de autonomía.

La intención de este artículo fue empezar a problematizar, planteando con más preguntas que respuestas, las especificidades con las que los campos de la política, la ciencia y el mercado se cristalizan en la etapa actual de dominación del capital en el agro. La lupa sobre la CoNaBiA y el modelo biotecnológico agrario nos ha ayudado a mirar desde una perspectiva crítica aquellas ideas que presentan al estado y al mercado como dos lógicas externalizadas (con el consecuente planteo de que una avanzada del mercado en los ’90 implicó el retraimiento del estado; al mismo tiempo de que el mercado sólo puede ser controlado a partir de una avanzada en las funciones estatales). En este sentido, denotamos que el estado siempre se ha hecho presente en la instalación del modelo de producción agrario, aunque de diferentes maneras, resignificando y reconfigurando los conflictos. Al mismo tiempo, la mirada sobre este objeto nos permite ver la forma en que la ciencia hace política. Porque, lejos de creer en los planteos del “modelo moderno de legitimación” de la ciencia (Funtowicz y Strand, 2007), la CoNaBiA muestra a los científicos haciendo política y pensando en el mercado.

[1] Para mayor detalle véanse los capítulos de Gras y Hernández; Rosati; Gras y Sosa y Narroti Córdoba, en este mismo libro.

[2]Para más detalles sobre este proceso, véase Calandra (2009), “El INTA y sus órdenes simbólicos en pugna”, en Gras Carla y Hernandez, Valeria (comp), La Argentina rural. De la agricultura familiar a los agronegocios, Editorial Biblos, Buenos Aires

[3]  Bernard Dixon es científico y médico del Reino Unido, editor de New Scientist Magazine y de Medical Science Research, especialista en alimentos transgénicos e integrante del grupo de tareas sobre la percepción pública de la biotecnología de la Federación Europea.

[4] Ozslak, Oscar (1980), “Políticas públicas y regímenes políticas: Reflexiones a partir de algunas experiencias latinoamericanas”, en Estudio CEDES, Bs. As

[5] Thwaites Rey, Mabel (1998); “Ajuste estructural y reforma del Estado en la Argentina de los ‘90”, en Revista Realidad Económica N°160/161, Bs. As.

[6] A modo de ejemplo, todo lo relativo a la información que se le exige al solicitante respecto de la semilla fue tomado de la legislación en Canadá.

[7] El entrevistado hace referencia a que, incluso, la empresa Monsanto “no influyó nada” en el proceso de conformación. Dado que efectivamente Monsanto se encontraba requiriendo la liberación de su semilla de soja RR, podríamos pensar que el entrevistado no lo reconoce en el proceso dado que su postura es la de acentuar el rol central y autónomo que el Estado adquiere en la implementación de estas tecnologías como proyecto político.

[8] Estos formularios se encuentran en http://64.76.123.202/site/agregado_de_valor/biotechnology/60-APPLICATIONS/index.php.

[9] El principio de “equivalencia sustancial” plantea que “si un alimento procedente de la nueva biotecnología se puede caracterizar como equivalente a su predecesor convencional, se puede suponer que no plantea nuevos riesgos, y por lo tanto, es aceptable para consumo”. Por otro lado, el principio de “familiaridad” implica la comparación con cosas parecidas o que se comportan de modo similar (http://www.minagri.gob.ar)

[10]  El entrevistado fue representante de la Secretaría de Medio Ambiente en la CoNaBiA, entre 1993 y 1997. Actualmente figura en la nómina de integrantes de la comisión aunque ya no participa.

[11] La noción de “asociación virtual” es adoptada por el entrevistado que representa a este espacio en la comisión. Refiere a la presencia esporádica de AsAE en la comisión, casi en un carácter de consultor, supeditado a los escasos recursos y a la debilidad institucional de la asociación. Al mismo tiempo, refiere a que la asociación sólo cobra existencia en la edición de una revista (Ecología Austral, de publicación semestral) y en la conformación de la Reunión Argentina de Ecología, realizada cada dos o cuatro años.

[12]  GC es ingeniero agrónomo, profesor de la cátedra de Ecología en la Facultad de Agronomía. Participó en la CoNaBiA como consultor, y fue encargado de elaborar el Plan Estratégico 2005-2015 y el informe publicado por Conicet “Evaluación de la información científica vinculada al glifosato en su incidencia sobre la salud humana y el ambiente” en 2009.

[13]  A este factor se suma la prohibición taxativa que la Unión Europea hizo de cualquier tipo de colza transgénica.

[14] Recordemos que la falta de patentamiento de la semilla en la Argentina por parte de la empresa Monsanto y los bajos precios del herbicida RounUp Ready que la acompañaba ayudaron a la rápida expansión de la producción de soja RR.

[15] En líneas generales, el planteo de que la ciencia básica coloca a quienes la realizan en una torre de marfil intenta anteponer una lejanía con la realidad social. La ciencia aplicada saltaría esa lejanía y rompería con la separación entre esos espacios, con el fin de volverse útil para la sociedad.

[16] Éste es el planteo realizado por una representante del INTA en la comisión, que grafica un argumento vislumbrado en muchas de las entrevistas: “Todos tienen derecho a opinar sobre todo. Pero yo no sé si todos podemos opinar sobre todo (…) Si  hay tanta gente evaluando a nivel científico, si es seguro o no es seguro para el ambiente, para la alimentación, para la salud, entonces cómo, con qué criterio podría uno opinar si se debe o no sacar al mercado” (Entrevista a LD, integrante de la CoNaBiA, representante del INTA)

[17]  Sobre esta cuestión ya hemos reflexionado antes

[18]  Pedro Salvatori fue senador nacional por el Movimiento Popular Neuquino durante el 2001, año en que realizó la presentación del proyecto de ley marco regulatorio de la biotecnología moderna (N°2024)

[19]  Alberto Briozzo fue diputado del Partido Justicialista y presentó un segundo proyecto de ley que denominó “Régimen de biotecnología y bioseguridad agropecuaria”, el mismo año que Pedro Salvatori.

[20] Ya en el momento de las negociaciones a nivel internacional, mientras la Secretaría de Medio Ambiente adscribía a las negociaciones en el Protocolo de Cartagena sobre Bioseguridad, la Secretaría de Agricultura priorizaba la Organización Mundial de Comercio
[21] PH es investigador de la Universidad de Rosario, Ingeniero agrónomo que representa el área de investigación de la comisión.

[22] Si bien los integrantes de esta comisión fueron cambiando a lo largo del tiempo, queremos resaltar dos tendencias muy marcadas. La primera refiere a que muchos de los históricos integrantes de la comisión continuaron participando en instancias de la misma (sea en la Oficina de Biotecnología, como asesores, en el proceso de discusión de los proyectos de ley o en la reestructuración de la regulación en el tema). La segunda, es que los cambios en sus integrantes, no significaron modificaciones considerables en su línea de trabajo.
[23] El lugar que ocupan la política y la ciencia se hace muy presente también en el conflicto de la moratoria de facto de la UE, en el cual mientras los integrantes de la comisión acusan a la UE de usar el “principio precautorio” como barrera paraarancelaria, el Estado argentino presentó una denuncia a la UE frente a la OMC, esgrimiendo la falta de argumentos científicos para parar la entrada de estas semillas (Motta, 2008).
[24]  Recordemos el surgimiento del Movimiento de Mujeres en Lucha, movimientos campesinos, tractorazo de colonos misioneros, etc.

[25] Posteriormente, Biosidus vende su paquete accionario y Bioceres queda como el principal promotor del proyecto.

[26] Es interesante observar que esta experiencia no tuvo ningún tipo de oposición en términos científicos. Como nombramos en los primeros apartados, la relación entre el Estado, las empresas y los científicos, en lo que respecta a esta temática, ya había configurado un terreno fértil para estas dinámicas de trabajo ya desde mediados de los ’80.

[27] Video institucional de INDEAR en http://www.indear.com/

[28]  Información atendida en base a la realización de la Encuesta Nacional sobre Percepción Pública de la Ciencia en 2004.

[29] Si bien la ley de semillas vigente prohibía la comercialización de éstas, no impedía la reproducción para el uso propio. Por esta razón, muchos productores reproducían las semillas y las vendían más baratas en una especie de mercado negro, denominado ‘bolsa blanca’.

[30] Estos dos elementos parecieran romper con la  división que se establecía entre la histórica defensa del sector agroexportador y el desarrollo industrial, dado que ahora el agro integra una cadena de producción industrial de mayor complejidad, donde la producción de conocimiento (como eslabón fundamental) incorporaría valor a las mercancías.

[31] Los entrevistados toman el caso de EMBRAPA como modelo de esta relación.

[32] En esta instancia, los argumentos para negar la legitimidad de las investigaciones de Carrasco referían a su carácter politizado, poco científico y a que los resultados fueron buscados.

[33] El Poder Judicial fue fundamental en las respuestas institucionales, al punto de que durante 2012 se llevó adelante el primer juicio por el tema en Córdoba, y se declaró culpables a los responsables de fumigar los campos de soja del barrio Ituzaingó Anexo.

[34] Ya planteamos con anterioridad que, además, en esta etapa de valorización del capital, la producción del conocimiento se volvió central en las instancias de valorización. En este sentido, en otros artículos procuraremos desarrollar las formas en que la ciencia y el mercado reconstituyeron su articulación a partir de la constitución del capitalismo cognitivo.

 

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Los negocios de la familia Macri

Alejandro Olmos Gaona 27.05.2016.
Pareciera que los negocios de Lázaro Báez y Cristóbal López son el paradigma de la corrupción, sumada a los negocios de Julio de Vido y otros personajes mayores y menores de la década pasada (…) pero no recordamos algunas actividades que tienen que ver precisamente con los negocios de Presidente y de su familia.

 

LOS NEGOCIOS DE LA FAMILIA MACRI,  LA TRANSPARENCIA  Y LA ETICA DE ALGUNOS FUNCIONARIOS Y EL OLVIDO INTERESADO

 

Por Alejandro Olmos Gaona

 

Pareciera que los negocios de Lázaro Báez y Cristóbal López son el paradigma de la corrupción, sumada a los negocios de Julio de Vido y otros personajes mayores y menores de la década pasada. El PRO y CAMBIEMOS, vinieron a transparentar la gestión pública, y a terminar con la corrupción, pensando que todos los argentinos tenemos mala memoria, y no recordamos algunas actividades que tienen que ver precisamente con los negocios de Presidente y de su familia, que creció a costa de contratos con los gobiernos de turno, y se vio favorecida durante la dictadura cívico- militar.

Los argentinos tenemos mala memoria en general, y pronto olvidamos los estropicios que dañaron al país, votamos personajes mediocres, logreros de diverso pelaje, y una gran cantidad de sujetos que se sirven de la política para sus actividades personales (dinero, prestigio, favores diversos) y no sirven a la política para beneficio de toda la comunidad. Pero hay personas que tenemos memoria de cómo se ha perjudicado al patrimonio público y como se han violado las leyes impunemente, no siendo esto privilegio de la década pasada. Precisamente traigo aquí algunos ejemplos que involucran al Presidente y al grupo económico al que pertenece.

SOBRE EL GRUPO MACRI

Simultáneamente con la Comunicación A31 del Banco Central que comenzó el procedimiento de la estatización de la deuda privada en junio de 1981, se constituyó la offshore Kagemusha, de la cual Mauricio Macri fue Vicepresidente, que está vigente, y sobre la cual no ha dado explicación alguna.

En ese procedimiento de estatización de la deuda privada, que permitió transferir a todo el pueblo argentino las especulaciones de gran cantidad de empresarios, quienes constituyeron deudas probadamente ficticias, la familia Macri se vio favorecida con la transferencia al Estado Nacional de las siguientes sumas:

Sevel 124.142.000 dólares
Sideco Americana 60.751.000 dólares
Fiat: 51.000.000

En el Juzgado Criminal y Correccional Federal N° 2, se encuentran las pruebas de parte de la auditoría hecha entre 1983 y 1985 por auditores del Banco Central que mostraron la fraudulencia de las operaciones del endeudamiento privado. He acompañado al tribunal documentos que encontré en el archivo de mi padre, y ofrecí el testimonio de varios auditores que fueron a declarar y presentaron documentos indubitables del fraude. La justicia no solo no hizo nada, sino que ante una presentación que hiciera un grupo de trabajo designado por el Juzgado e integrado por el Embajador Miguel A. espeche Gil, el Dr. Julio González, la Dra. Graciela González y el Lic. Héctor Giuliano entre otros, lo dejó fuera de la causa.

En el año 2001, las siguientes empresas de la familia Macri y de las cuales Mauricio era directivo y accionista fugaron al exterior las siguientes sumas

Sideco 27.128.866 dólares
Socma 9.316. 000 dólares
Socma Americana 6. 415. 344
Correo Argentino 4.891.000

Todo lo cual fue debidamente documentado por la Comisión Especial Investigadora de la Cámara de Diputados sobre Fuga de Divisas en el año 2001. También cabe recordar, que siendo Mauricio Macri Presidente de Sevel en el año 1994 42.000 vehículos fueron fabricados con fallas en su caja de dirección, provocando en un caso la muerte de unas personas, lo que determinó no solo que SEVEL pagará una indemnización, sino que se viera obligada a revisar todos los automotores fabricados y repararlos en un fallo inédito, dictado por la  Justicia Nacional en lo Comercial. Seguramente se ha olvidado, el procesamiento de Franco Macri y Mauricio Macri, por el delito de contrabando producido a través de 1900 vehículos. La Corte Suprema de la mayoría automática del menemismo, los sobreseyó, no por inexistencia del delito, sino por un artilugio judicial, que fue fulminado en los dictámenes en disidencia de los Ministros de la Corte Carlos Fayt, Augusto C. Belluscio y Enrique Petracchi.

SOBRE OTRAS INVESTIGACIONES

Ha pasado al olvido una megacausa por infracción a la Ley penal cambiaria, con miles de involucrados (no precisamente asalariados) que se inició en el Juzgado en lo Penal Económico Nº 6, en la década del 90 y que fue derivada al Juzgado Criminal y Correccional federal Nº 2 por su relación con el endeudamiento externo, y sobre la cual el entonces Juez Jorge Ballestero, consideró no pronunciarse ni realizar ninguna medida probatoria.

Se perdió una investigación realizada por las pérdidas ocasionadas al Banco Central, por una suma de alrededor de 120.000 millones de dólares, entre los años 1982 y 1992, siendo beneficiados los aventureros de siempre llamados empresarios. Afortunadamente se pudo rescatar un ejemplar, que también duerme en los archivos del Juzgado federal Nº 2

SOBRE LA ETICA PÚBLICA

El Ministro de Energía y Minería Juan José Aranguren, autorizó la compra de Gas a Chile, pagando más del doble de lo que se paga a Bolivia, y con una particularidad. Como Chile no tiene Gas lo importa, y quien se lo manda es nada menos que British Gas, empresa controlada por la petrolera Shell, de la cual el ministro es accionista y fuera presidente de la filial argentina. El Secretario de Energía Eléctrica, Alejandro Sruoga, fue ex funcionario de Edesur, El Secretario de Hidrocarburos, José Luis Sureda fue Vicepresidente de Pan American Energy (controlada por la British Petroleum), empresa que violando la Ley de Hidrocarburos se quedó con Cerro Dragón, el mayor yacimiento de Hidrocarburos; Daniel Redondo, Secretario de Planeamiento ex funcionario de Exxon Mobil y otras multinacionales. Es decir que el Ministerio que debe manejar todo el sistema energético está en manos de personas, que nunca defendieron al sector público y si el interés privado.

Aclaro que junto con el Senador Pino Solanas hemos denunciado penalmente a Aranguren por los negocios con Shell, interviniendo el Juzgado en lo Criminal y Correccional Federal Nº 2.

Habría que agregar a los actuales Mariano Federici, Presidente de la Unidad de Investigación Financiera, ex funcionario del FMI, vinculado a estudio jurídico que litigara contra la UIF y María Eugenia Talerico, Vicepresidenta de la UIF abogada del HSBC, banco investigado por acciones de lavado por la  propia UIF. Pero pareciera que a los que combaten o hablan todo el tiempo de la corrupción, estas cuestiones les parecen instrascedentes.

Son solo algunos datos para ilustrar a algunos amigos, que quizás no se acuerden, de estos descomunales actos de corrupción y de utilización espuria de los fondos públicos. Actos que muestran no solo el modo peculiar que tiene el actual gobierno de considerar la transparencia y la corrupción, sino la forma de hacer negocios y enriquecerse a costa del Estado de ciertos denominados empresarios, a los que habría que llamar de otra manera.

De todo lo consignado, los grandes medios como “La Nación” y “Clarín”, que supuestamente defienden la libertad de expresión, la transparencia, y el correcto uso de los fondos públicos, jamás dijeron una palabra.

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Barrick Gold y el silencio ante el derrame

Juan Pablo Parrilla. 
Según el documento, nunca se va a saber la verdad sobre la dimensión y el impacto ambiental del derrame por la «falta de transparencia» de Barrick Gold y los encargados de controlar. En el aire quedaron doce preguntas que Barrick Gold todavía no respondió.

 

Las 12 preguntas que Barrick Gold todavía no respondió sobre el derrame de cianuro

Por  Juan Pablo Parrilla

El experto Roberto Moran presentó las conclusiones de su pericia: Veladero viola la ley de Glaciares y está degradando las aguas subterráneas. ¿Hubo una maniobra de ocultamiento? Barrick Gold trató de frenarlo. El abogado León Arslanián, que defiende al procesado ex CEO de la minera, Guillermo Caló, presentó un recurso para que el experto Roberto Moran no suba a Veladero, en San Juan, donde entre el 12 y 13 de septiembre pasado se derramaron millones de litros de solución cianurada al río Potrerillos. Pero la estrategia fracasó. Fue la primera vez que un perito independiente pisó la mina. Y el martes presentó sus conclusiones en el expediente que tiene a cargo el juez federal Sebastián Casanello.

Según el documento, nunca se va a saber la verdad sobre la dimensión y el impacto ambiental del derrame por la «falta de transparencia» de Barrick Gold y los encargados de controlar. El especialista también concluyó que Veladero viola la ley de Glaciares y que está contaminando las aguas subterráneas. Pero en el aire quedaron doce preguntas que Barrick Gold todavía no respondió.

¿Por qué oculta los datos sobre metales pesados en el agua?

Barrick Gold había recogido sistemáticamente desde el inicio de sus operaciones información sobre la calidad del agua, pero luego del derrame sólo puso a disposición del público los valores referidos al cianuro libre y total, y al mercurio, omitiendo cientos de sustancias tóxicas. «Tengo muchas preocupaciones acerca de la escasez de datos que se han hecho públicos», confesó Morán.

¿Qué había en la solución derramada?

La solución cianurada, conocida técnicamente como solución PLS, suele tener una mezcla extremadamente tóxica de numerosas formas de cianuro y de cientos de componentes químicos, como aluminio, arsénico, cadmio, plomo, mercurio, níquel, plata, boro y uranio. Sin embargo, Barrick Gold nunca publicó cómo estaba compuesta la solución derramada. La única información que se tiene es una medición que supuestamente realizó la consultora externa AMEC, pero que en realidad se basó en los datos aportados por la propia Barrick Gold. Según Morán, esos análisis sólo informan «el pH y la conductividad, y las concentraciones de 11 componentes químicos», dejando afuera «la mayor parte de los componentes potencialmente tóxicos».

Por otra parte, el perito sostuvo que el hecho de que el informe se basara en una medicación realizada cuatro días después del derrame podría tener como objetivo que no se sepa la composición original de la solución.

¿Dónde están los sedimentos contaminados?

Como ya había advertido una pericia de la Policía Federal, Morán recalcó que cuando llegaron los primeros observadores externos a Veladero después del derrame, los sedimentos contaminados ya habían sido excavados y llevados a algún lugar, pero que no brindó detalles sobre el proceso y se limitó a «informar que fueron eliminados en las pilas de lixiviación».

¿Por qué estaba abierta la compuerta por la que se produjo el derrame?

En teoría, la compuerta del Canal Norte que debería haber estado cerrada estaba abierta el día del derrame porque la pileta de contingencia estaba cerca de sus límites y no podía seguir recibiendo agua. Sin embargo, según Morán, «los niveles de escurrimiento deberían ser relativamente bajos durante el invierno», por lo que esa pileta no tenía porque estar próxima a llenarse. La incertidumbre alimenta la idea de que Veladero podría haber estado siendo sobreexplotada.

¿Cuánta agua consume Veladero?

La zona es extremadamente seca. En la localidad de Jáchal llueve, en promedio, 14 centímetros por año. Sin embargo, Veladero tiene permiso para usar 100 litros por segundo de las aguas superficiales del Río Las Taguas y otros 10 litros por segundo de pozos poco profundos. Durante su declaración judicial, el manager de proceso de Veladero, Emiliano Campanella, afirmó que actualmente utilizan sólo el 70% de los volúmenes de agua permitidos, pero a Morán le llamo la atención que los reguladores y los entes de control «no tienen la autoridad y/o capacidad de verificarlo de forma independiente».

En esa línea, subrayó que a más de 10 años del comienzo de operaciones de la mina, Barrick Gold todavía «no presentó ningún documento público detallado sobre el saldo real de agua». De hecho, aclaró que él lo solicitó y no se lo dieron.

¿El derrame afectó la salud de los empleados de Veladero?

Morán advirtió que una vez liberada la solución cianurada en el Canal Norte, esta «habría empezado a reaccionar químicamente con los sedimentos locales, liberando elementos volátiles en el aire». El problema es que parte del cianuro disuelto se habría convertido en un gas tóxico, cianuro de hidrógeno, que es el agente letal usado a menudo en las cámaras de ejecución de presos y que también fue utilizado en los campos de exterminio nazi. Al respecto, Morán se preguntó si los trabajadores -que en teoría no estaban al tanto del derrame al detectarlo- llevaban ropa protectora y respiradores, y si tuvieron consecuencias negativas en su salud.

¿Dónde están los datos que permitirían evaluar el impacto ambiental?

Los estudios de línea de base son los que se realizan antes del inicio de las actividades mineras para ser comparados con mediciones posteriores y evaluar su impacto ambiental. Pero en el caso de Veladero, para Morán, los datos «son inadecuados» ya que los hizo Barrick Gold y «no son estadísticamente fiables». Además, «sólo contienen mínimos y máximos de las concentraciones, pero no los detalles necesarios para interpretar los datos». Aún así, Morán aventura que Barrick Gold posee los detalles, pero no los hace públicos. Infobae los solicitó infructuosamente en varias ocasiones.

¿Por qué el protocolo que aplica Barrick Gold para manipular cianuro no frenó el derrame?

La minera suele sacar «chapa» de que el personal de Veladero se apega a los procedimientos del Instituto Internacional de Manejo del Cianuro. Lo que no suele aclarar es que el código que creó el organismo fue desarrollado y financiado por la industria minera y los proveedores de cianuro. «Es evidente que no logró impedir el derrame», redundó Morán.

¿Por qué el personal de la consultora externa no participó de las mediciones?

AMEC es una de las consultoras externas con las que trabaja Barrick Gold, que le da un aparente aire de independencia a sus evaluaciones, pero su personal no intervino en los relevamientos de agua y sedimentos posteriores al derrame. Morán fue muy duro con su trabajo. Aseguró que sus hallazgos «se basan en un gran número de supuestos simplificadores», «es incapaz de considerar los riesgos reales» y en algunos casos su tarea «es tan limitada y simplista como ridícula». Conclusión: «AMEC hace varios pronunciamientos en relación con el comportamiento ambiental del cianuro que son engañosos e incorrectos».

¿Qué hace Barrick Gold para proteger el ambiente periglacial y las aguas subterráneas y superficiales?

Morán destacó que las pilas de desmonte están construidas «directamente sobre la parte superior de los sedimentos periglaciares, sin ningún tipo de revestimiento por debajo» lo que se traduce en que «el drenaje cargado de contaminantes ácidos de estas pilas está entrando en las aguas superficiales y subterráneas». Asimismo, Morán indicó que «las pilas de desecho de roca están generando drenaje ácido» y que «estas aguas cargadas de contaminantes han descargado en las aguas superficiales y zonas aledañas desde hace años». Conclusión: «Estos drenajes de roca de desechos contaminados están degradando la calidad de las aguas subterráneas en los sedimentos periglaciares locales que tienen una conexión hidrogeológica con las aguas superficiales».

¿Por qué Barrick Gold se opuso a los controles independientes?

Morán cree que nunca se va a saber la verdad de lo que ocurrió, entre otras cosas, porque Barrick Gold controla el acceso a la mina y la información técnica. Sin embargo, el experto consideró que los informes de la minera y los de sus propios consultores «presentan una impresión errónea e incompleta del derrame y su impacto».

En ese sentido, dejó en claro que «toda la información de los primeros días después del derrame provino» de Barrick Gold.

Incluso advirtió que la metodología que usaron los organismos de la ONU que tomaron muestras apeló a «un enfoque muy extraño» y que la mayoría de los informes tienen tantos errores de forma que jamás podrían haber concluido que no hubo impacto ambiental, sino todo lo contrario, que hubo cambios significativos.

¿Dónde están las fotos?

Moran aclaró que el derrame debe haber sido documentado con fotografías aéreas e imágenes satelitales, pero que no le acercaron ninguna durante su visita a la mina.

 

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