Puerta giratoria

Las puertas, por lo general, abren y cierran. No se pregunta uno, al ver las puertas, qué es lo que abren y qué es lo que cierran. Uno, se para frente a las puertas, y efectivamente comprende, que abrirán o cerrarán. A menudo, si una puerta abre, es casi seguro que en alguna oportunidad pudo haber estado cerrada o suele estar cerrada. Sería necio mantener una puerta, debajo de su respectivo marco, para que siempre este cerrada o siempre este abierta.
Si se pretende gozar de una puerta permanentemente abierta, los más astutos hombres de ciencia darán por sentado que lo oportuno allí es colocar una abertura. De lo contrario, si se procura poseer una puerta permanentemente cerrada, los mismos científicos dirán que lo correcto allí es levantar un muro. Los albañiles, una vez cometido el dictamen de los eruditos, se rascarán la cabeza y harán de las suyas para erguir el paredón, abrir un hueco o colocar una puerta. Nada más sencillo, dirán los albañiles.
Es así como se ha resulto, taxativamente, la colocación de una puerta en un lugar determinado. Todos los hombres y las mujeres del mundo, suelen abrir o cerrar un promedio de cinco puertas por día. Las puertas, ya se ha visto, son parte ineludible de nuestra vida.

Por otra parte, y dada las condiciones esenciales de los lugares que urgen tener una puerta, es indispensable detallar algunos pormenores. Existen puertas corredizas, que también abren y cierra aunque su fisonomía sea completamente distinta. Existen puertas de dos hojas, que permiten el ingreso de un caudal más numeroso de personas u objetos. Existen puertas de vidrio, de madera, de acero, de chapa, con cerrojo, doble cerradura, que abren para adentro, que abren para afuera. Infinidad de colores y texturas y materiales, que bien dispuestos, dejarán entrever la categoría del lugar al que se ingresará o del cual se egresa. Existen puertas que abren y cierran. No pueden sólo abrir; no pueden sólo cerrar. Ni el poeta más iluminado nos podrá ofrecer jamás una puerta que siempre cierre.

La problemática “puerta” ha sufrido, no hace mucho tiempo, una verdadera crisis epistemológica. Resulta que las tecnologías humanas han resulto crear, mediante sistemas que de no contar no se creerían, una puerta giratoria. Esta puerta, no abre ni cierra. Resulta paradigmático comprender tal asunto. Muchos temerosos aún se niegan a utilizarla con total uso de su raciocinio. Cómo creer en una puerta que no abre ni cierra, dicen lo incrédulos. Y efectivamente, ésta es una puerta que no abre ni cierra. Gira. La puerta giratoria, gira. Su sistema hace que no pare de girar un momento. Si no gira, no funciona. Si no gira, nadie entra y nadie sale. Abrir y cerrar se resolvió de una manera automática: girar, sólo girar.

Los científicos, que para cuestiones como tales son grandes especialistas, han resuelto nombrar al sistema de “puerta giratoria” de una manera sencilla y que a todos convenza. Le han designado el nombre: “puerta giratoria”. Desde algunos rincones del mundo, lentamente, y con grandes complicaciones, ciertos personajes han trastocado su nombre. Dicen, estos personajes, que en realidad, tal sistema ha de llamarse DEUDA EXTERNA. Explican, habidos en sus justificaciones, que la deuda externa gira. No sé sabe con exactitud que es lo que hay de cada lado de esa puerta. No se sabe quien se encuentra de cada lado. No se sabe a qué velocidad gira. No se sabe cuándo dejará de girar. Se sospechan todos esos interrogantes, en algunos casos hay pruebas, pero en líneas generales todo está secretamente archivado y olvidado. Todo esta negado. Todo, para que siga girando.
Pero lo que sí se sabe, es que la única manera de detenerla, es dejando de empujar, dejando de pagar, dejando de prestarle atención. La puerta giratoria estará ahí, pero se hará imposible su funcionamiento, si no hay hombres y mujeres que la empujen. La DEUDA EXTERNA, es una puerta giratoria. Gira y no deja de girar. De un lado, los hombres y mujeres se mueren para hacerla girar. Del otro, festejan el movimiento sincrónico del aparatejo.
La DEUDA EXTERNA gira, para dejar de morir, hay que dejar de empujar.

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Una canoa

Una canoa, en el medio del océano. Una mujer, sobre una canoa en el medio del océano con sus manos atadas a dos baldes. Un brazo, un balde. Otro brazo, otro balde. Una mujer, balde a balde, intenta evacuar una canoa que se hunde productos de infinitas filtraciones.

Los remos de una canoa que no puede más que hundirse, gravitan, sobre la superficie plana del océano, casi como si no estuviesen, casi como si su existencia pétrea, delatara la estupidez de su presencia.

El horizonte en el que se plasma una canoa que no puede más que hundirse, es eterno. Un horizonte áspero y silencioso. Un horizonte al que se puede ir, tocar, rozar con la punta de los dedos. Un horizonte de mármol o marfil, da igual.

Un eterno horizonte brilloso que comulga identidades palpables entre la parte de arriba y la parte de abajo. Una línea que de a ratos no se percibe, pero que efectivamente se proyecta y disgrega, se proyecta y divide, se proyecta y selecciona. De un lado o del otro, parece decir este horizonte eterno que la mujer logra observar desde su canoa. Una canoa que de no ser por los baldes, por la fuerza de sus brazo, ya estaría hundida.

Y así va esta mujer. Sin demasiadas preguntas puesto que no parece haber nadie a su alrededor. Sin demasiadas preguntas porque la empresa es compleja y si por un instante se detiene, la canoa se hunde. Balde a balde la canoa flota. Sólo balde a balde. Los brazos sistemáticos de la mujer indican cansancio, hastío y salvación. Salvarse no es liberarse; es simplemente no hundirse, parece pensar la mujer.

Ya no recuerda la primera vez en que una pequeña grieta se abría paso en la base de la canoa. Tampoco recuerda desde dónde venía y hacía dónde viajaba. Esta mujer, balde a balde, ha olvidado la dirección. Ya el sol no sale por donde debiera y las luces del cielo son indistintas; de espaldas al cielo, en cuclillas, sólo evacua su canoa. Una mujer, tratando de no morir, ha olvidado su nombre y ya no recuerda el color de sus ojos.

Una mujer naufraga sobre una canoa que de no ser por los baldes, por dos baldes atados a sus dos brazos, ya se habría hundido.

Una mujer, presa en un naufragio inhóspito y taciturno. Una mujer, sola. Se morirá de cansancio o en las profundidades de un océano que no tendrá más que deglutirla.

Sistema perfecto que la obliga a no pensar, a no observar, a no decidir. Sistema perfecto que la mantiene en movimiento. Sistema que la ningunea, la hace torpe, la deja sola.

Estamos sobre una canoa que se hunde y no puede más que hundirse. La deuda externa ingresa por los orificios de una canoa desvencijada que no puede más que hundirse. El océano, el horizonte y los baldes, pertenecen a ellos. Los brazos, son de una mujer, que no puede más que hundirse.

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Programa 05/03/2016

Al Dorso encendido

Sábado 03 de marzo de 2016

En épocas de «apagón informativo», AL DORSO comienza su nueva temporada más encendidos que nunca. Fallo de la CSJN contra Minera Alumbrera Limited: Dialogamos  con el Fiscal Gral de Tucumán, Antonio Gustavo Gómez. De buitres y otras estafas con la participación de Héctor Luis Giuliano.

Bloques IBloque IIBloque III
Bloque IV
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ULTIMO PROGRAMA EMITIDO

Último programa: Fin de un ciclo, gracias y hasta siempre!

Viernes 11 de diciembre de 2020

Al Dorso en cuarentena . Último programa del año y despedida radial. Se cierra un ciclo para AL DORSO, la vida nos condiciona a un repliegue comunicacional. Es momento de callarse un poco, de dejarnos tiempos para la reflexión y acomodar nuestras cotidianidades, para volver a reencontrarnos con otras fuerzas y empujes. A veces es necesario concluir una etapa para dar nacimiento a otra que integre al proyecto AL DORSO con nuevas dinámicas, contenidos y formatos. Gracias a tod@s los aldosian@s que nos apoyaron y brindaron sus afectos en estos 15 años. Gracias a nuestras queridas radios amigas por permitirnos potenciar nuestro pequeño trabajo comunicacional, a nuestros columnistas y a tod@s aquellos que de alguna forma fueron parte de este digno proyecto radial. Los queremos y los vamos a extrañar.  Cuídense, manténganse alegres, rebeldes y conscientes.  Buen cierre de año, ¡salud! y mejor vida para los próximos. Con la única certeza de un «adiós» momentáneo.

 

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1.61 K

Un topo

Es promiscuo, dirán los verdaderos científicos de las ciencias y las artes, definir el enorme y desvencijado cordón de la historia. Un hilo gigantesco que une y desune las puntas infinitas en las que los humanos, por capricho o atributos infundados, marcaron el comienzo y, de a ratos, definen el futuro. Un enorme cordón que en su trayecto cuenta con pequeños nudos atiborrados al clamor de una revolución, de una transformación, de algún otro comienzo inesperado.

Hay científicos iluminados que entienden que esa historia es sólo una. Hay otros, creyéndose más iluminados aun, que pretenden imponer tantos cordones como cambios. Dicen, esos científicos, que de una parte a otra, la historia humana cambió rotundamente y por ello es necesario volver a redefinir.

Ruptura, catalogan estos científicos. Alimentan sus palabras y sus movimientos para volver a redefinir. Siempre hay que redefinir, dicen ellos.

Por lo bajo, los menos, los ninguneados, los estigmatizados, comprenden que ambos grupos de científicos sólo se atan a un par de historias. Creen que los científicos no piensan siquiera en propone una relectura de las voces que han escrito esas historias. Quizás no preguntan cuáles han sido las manos que redactaron esas historias, los gritos que relataron esas historias, los cuerpos que proveyeron esas historias. Por lo bajo, entonces, los nadies, que buscan la historia allá… en las infinidades subterráneas. Miran, leen y miran. Descubren, porque miran. Se llenan los ojos de historia.

Y a decir verdad, las historias de los científicos, se hacen agua. Se hacen agua y aunque nos parezca extraño, se derrite. Litros y litros de historia que se derriten, como si acaso pudiese recrearse esa imagen. Y entre esos desprendimientos de agua derritiéndose, surge una verdad por aquí, otra verdad por allí. Tantas verdades que marean. Que disuelven. Que retrasan la marcha de los hechos actuales. Porque ellas quieren imponerse, y no siempre la más oportuna es la que se impone. Las verdades, por medio de la fuerza o el dinero se quedan un rato, coquetean con el tiempo y el espacio y aguantan…

hasta que vengan otras y aplasten a las anteriores. Y los nadies, que como se ha dicho, buscan las verdades y las historias desde lo subterráneo, han descubierto, ya hace mucho tiempo, infinitos pasadizos debajo de la tierra.

Sucede que anda un topo, vestido de gala, raspando y construyendo un laberinto gigante, debajo de nuestro suelo. Un topo que se lo ha visto en la superficie y que por las noches cava sus caminos enormes. Un topo, que aunque parezca extraño, lleva en su frente la marca de la deuda. El topo hace deuda a cada paso. Se lleva de aquí y lo deja allí. Mastica, deglute y tensa eternos caminos. El topo hace deuda, dicen los ninguneados. Hace deuda y mata lo que encuentra a su paso. No porque sea su fin, sino por que es su razón. La muerte es la razón de la deuda, y el topo, atado a esa razón, hace deuda, debajo de nuestro suelo, vestido de gala. Un topo que mata cuando camina. Una deuda que mata cuando camina.

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