Es promiscuo, dirán los verdaderos científicos de las ciencias y las artes, definir el enorme y desvencijado cordón de la historia. Un hilo gigantesco que une y desune las puntas infinitas en las que los humanos, por capricho o atributos infundados, marcaron el comienzo y, de a ratos, definen el futuro. Un enorme cordón que en su trayecto cuenta con pequeños nudos atiborrados al clamor de una revolución, de una transformación, de algún otro comienzo inesperado.

Hay científicos iluminados que entienden que esa historia es sólo una. Hay otros, creyéndose más iluminados aun, que pretenden imponer tantos cordones como cambios. Dicen, esos científicos, que de una parte a otra, la historia humana cambió rotundamente y por ello es necesario volver a redefinir.

Ruptura, catalogan estos científicos. Alimentan sus palabras y sus movimientos para volver a redefinir. Siempre hay que redefinir, dicen ellos.

Por lo bajo, los menos, los ninguneados, los estigmatizados, comprenden que ambos grupos de científicos sólo se atan a un par de historias. Creen que los científicos no piensan siquiera en propone una relectura de las voces que han escrito esas historias. Quizás no preguntan cuáles han sido las manos que redactaron esas historias, los gritos que relataron esas historias, los cuerpos que proveyeron esas historias. Por lo bajo, entonces, los nadies, que buscan la historia allá… en las infinidades subterráneas. Miran, leen y miran. Descubren, porque miran. Se llenan los ojos de historia.

Y a decir verdad, las historias de los científicos, se hacen agua. Se hacen agua y aunque nos parezca extraño, se derrite. Litros y litros de historia que se derriten, como si acaso pudiese recrearse esa imagen. Y entre esos desprendimientos de agua derritiéndose, surge una verdad por aquí, otra verdad por allí. Tantas verdades que marean. Que disuelven. Que retrasan la marcha de los hechos actuales. Porque ellas quieren imponerse, y no siempre la más oportuna es la que se impone. Las verdades, por medio de la fuerza o el dinero se quedan un rato, coquetean con el tiempo y el espacio y aguantan…

hasta que vengan otras y aplasten a las anteriores. Y los nadies, que como se ha dicho, buscan las verdades y las historias desde lo subterráneo, han descubierto, ya hace mucho tiempo, infinitos pasadizos debajo de la tierra.

Sucede que anda un topo, vestido de gala, raspando y construyendo un laberinto gigante, debajo de nuestro suelo. Un topo que se lo ha visto en la superficie y que por las noches cava sus caminos enormes. Un topo, que aunque parezca extraño, lleva en su frente la marca de la deuda. El topo hace deuda a cada paso. Se lleva de aquí y lo deja allí. Mastica, deglute y tensa eternos caminos. El topo hace deuda, dicen los ninguneados. Hace deuda y mata lo que encuentra a su paso. No porque sea su fin, sino por que es su razón. La muerte es la razón de la deuda, y el topo, atado a esa razón, hace deuda, debajo de nuestro suelo, vestido de gala. Un topo que mata cuando camina. Una deuda que mata cuando camina.

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