Julio Gambina

Julio Gambina

Economía política y deuda

Contador Público egresado de la Facultad de Ciencias de la Administración de la Universidad Nacional del Litoral. Presidente de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas-FISYP. Integrante del Consejo de Dirección del Instituto de Estudios y Formación de la CTA. Profesor Titular de la Cátedra de Economía Política de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario. Profesor de Economía Política en la maestría sobre Filosofía Política en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Profesor de Instituciones y alcances de la Economía Social en América Latina, en la Maestría sobre Economía Social y Desarrollo Local de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA.

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IMPUESTO AL SALARIO

Esteban Mercatante 08.05.2015.
Ayer se publicó la resolución que reglamenta la devolución de ganancias para los salarios comprendidos entre $ 15.000 y $ 25.000. La norma fija seis mínimos no imponible diferentes. La devolución retroactiva de enero a abril, en 5 cuotas mensuales.

IMPUESTO AL SALARIO

Por Esteban Mercatante (08.05.2015)

En el día de ayer el Boletín Oficial publicó la Resolución General 3770 de la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) que reglamenta la reducción del Impuesto a las Ganancias anunciada el día lunes. Esta nueva normativa reglamenta la reducción de las escalas para la IV categoría del impuesto a las ganancias y establece el nivel de deducciones mensuales que podrán hacer los trabajadores que perciban entre $ 15.000 y $ 25.000, reduciendo así los montos de pago del impuesto.

La resolución establece que los cambios en el tributo se calcularán a partir de “los haberes percibidos desde el 1 de enero de 2015”. Por lo tanto, en los casos que corresponda se aplicará “la devolución del monto correspondiente en cinco cuotas mensuales, iguales y consecutivas, a partir del mes en que se genere el saldo a favor del beneficiario, inclusive”.

Tal como había anunciado Kicillof el lunes, la medida no modifica el mínimo no imponible de la IV categoría del impuesto a las Ganancias, y toma como sueldo de cálculo a aquellos percibidosentre enero y agosto de 2013, ambos inclusive, según lo estableció el decreto 1.242 de 2013. De esta manera, quienes hasta agosto de ese año percibían un ingreso de bolsillo inferior a 15mil pesos, seguirán exentos del tributo, independientemente de cuánto sea su sueldo hoy o de cuánto quede establecido luego de los acuerdos paritarios. Desde los anuncios del día lunes, era un interrogante si continuaría vigente la resolución de agosto de 2013 que estableció el benefició de exención para los sueldos de menos de $ 15.000 en ese momento. La decisión de mantener ese período como base para los cómputos, se explica porque de no haberlo hecho, muchos asalariados habrían visto un fuerte aumento de la suma a pagar por Ganancias en vez de la disminución prometida por el gobierno.

Pero la vigencia de este plazo como base para determinar los alcanzados por el impuesto, crea situaciones bastante peculiares: hay trabajadores que estaban por encima del monto mínimo enel período enero-agosto de 2013, pero hoy ganan menos que otros que por entonces ganaban por debajo de $ 15.000. Mientras el segundo está excluido, el primero debe pagar. Esta es una situación que agrava la inequidad de un impuesto que se ha ido tranformando en cada vez más regresivo.

La nueva normativa establece los valores de deducción según el salario bruto mensual estableciendo para esto seis categorías: 1) de 15.000 a 18.000; 2) de $18001 a $ 23.000; 3) de$ 21.001 a $ 22.000; 4) de $ 22.001 a $ 23.000; 5) de $ 23.001 a $ 24.000 y 6) de $ 24.001 a $ 25.000.

Para cada uno de esos tramos la resolución establece valores diferenciados de deducciones de ganancias no imponibles, por cónyuge, por hijos, por otras cargas y por deducciones especiales. El titular de la AFIP, Ricardo Echegaray, calculó que el beneficio tendrá un costo fiscal para el Estado de “alrededor de seis mil millones de pesos”, pero al decidir que los anuncios serían retroactivos a enero pasado, elevó la cifra en $ 4.000 millones. En base a estos números, Economía sostiene que el sacrificio o costo fiscal de la medida ronda los $ 10.000 millones. Sin embargo, el supuesto “costo fiscal” al que se refieren no es una reducción de la recaudación impositiva. Es una disminución del monto adicional que el gobierno esperaba recaudar este año por ganancias de la cuarta categoría, estimadas en $ 40.000 millones. El gobierno “pierde” de ganar $ 10.000 millones adicionales, “sólo” alcanzaría $ 30.000 millones.

Por otro lado, los beneficios presentados por el ministro de Economía para los asalariados, nos muestran una foto, no la película. Tomando el ejemplo que dio el ministro el día lunes, de un asalariado que gana $ 20.000 y es soltero. Hasta abril estaba pagando $ 2.066 mensuales por ganancias, ahora pasa a pagar $ 1.405. Sin embargo, esta reducción pasa por alto que ese trabajador probablemente recibirá un aumento salarial en los próximos meses. Si suponemos que se impone el techo que impulsa el gobierno de 25 % para los aumentos, y que este ocurre en una cuota, el trabajador de nuestro ejemplo pasaría a ganar $ 25.000. Así, con la “disminución” que prevén la nueva Resolución, este asalariado pasaría a pagar $ 2.727. Es decir, más de lo que venía pagando. Como vemos, el alcance del impuesto aumenta no disminuye si tenemos en cuenta los aumentos salariales. Y esto ocurriría a pesar de que, si se imponen los techos a los que aspira el gobierno, la recomposición de los salarios no permitirá recuperar ni por asomo el poder adquisitivo perdido ante la inflación. Un salario real disminuido, seguirá pagando más impuesto a pesar de los parches anunciados por Kicillof.

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CRÍTICAS DESDE LA BURGUESÍA A LA ECONOMÍA

Esteban Mercatante 21.07.2015.
A punto de concluir el segundo mandato de Cristina Fernández, se puso a funcionar a pleno la producción editorial de balances de estos doce años de gobiernos kirchneristas. Acá, dos miradas contrapuestas –ambas críticas–, la de los nostálgicos de la economía aperturista de 1976-2002, y la de los desencantados del “modelo” que acompañó los años más prósperos del kirchnerismo (…)

 

CRÍTICAS DESDE LA BURGUESÍA A LA ECONOMÍA BAJO EL KIRCHNERISMO

Por Esteban Mercatante (21.07.2015)
Ideas de Izquierda

A punto de concluir el segundo mandato de Cristina Fernández, se puso a funcionar a pleno la producción editorial de balances de estos doce años de gobiernos kirchneristas. Acá, dos miradas contrapuestas –ambas críticas–, la de los nostálgicos de la economía aperturista de 1976-2002, y la de los desencantados del “modelo” que acompañó los años más prósperos del kirchnerismo, nos permiten discutir los rasgos centrales que moldearon la economía política del período.

Ese monstruo llamado estatismo

El libro Los platos rotos, de Diego Cabot y Francisco Olivera, ofrece un balance del kirchnerismo que compendia todos los horrores que cometió el kirchnerismo desde el punto de vista del (neo)liberal promedio. Sin pretensiones conceptuales, el libro reafirma el sentido común de estos sectores ante lo que presentan como un desenfrenado avance del Estado: “Siempre que pudo, el Estado entró, reguló y se enquistó”, evalúan (p. 231). Este crecimiento es acompañado de otro dato que los autores consideran inquietante: desde el 25 de mayo de 2003 hasta diciembre de 2014, empezaron a cobrar un sueldo del Estado casi un millón y medio de personas (p. 108). Si el Estado pudo hacer esto fue porque el kirchnerismo “nació, creció y se reprodujo durante una de las etapas económicas más auspiciosas de la historia nacional”. Considerando los altos precios de los granos que el país exporta y las bajísimas tasas de interés internacionales, “puede concluirse que estuvimos frente al ciclo económico más favorable en al menos cuarenta años” (p. 375). El “modelo” kirchnerista consistiría en un aprovechamiento de estas condiciones de prosperidad, a las que nada habría aportado la política económica. Para que no queden dudas, Cabot y Olivera citan aprobatoriamente un informe de IDESA que sostiene: “Las bonanzas económicas están más asociadas a condiciones externas excepcionalmente favorables que a la orientación ideológica de quien ejerce el poder en cada momento”. En la visión que presenta este libro, al mismo tiempo que no pueden encontrarse méritos particulares en la política oficial, sí hubo en cambio decisiones que afectaron severamente sectores críticos de la economía. Allí donde el Estado intervino generó despilfarro, se apropió de fondos para utilizar discrecionalmente y, a consecuencia de eso, disuadió la producción y la inversión. Esto tendría sus peores efectos en la infraestructura de transporte y energía. En este último terreno, una “concatenación de torpezas que bastaron para despedazar un sistema que, después de la privatización de 1992, llegó a ser considerado uno de los más modernos del mundo y, aunque ahora suena extraño, modelo de gerenciamiento”.

Acá, de más está decirlo, los autores se agarran de lo que es a las claras el más evidente –y persistente– fallo de la gestión kirchnerista. El esquema establecido por el gobierno para el sector energético lo dejó, a nuestro entender, en el peor de los mundos: (des)manejo de la administración privada, sentada sobre las concesiones sin invertir en un negocio que había dejado de ser rentable, acompañada de un creciente involucramiento estatal para solventar la importación de gas y gasoil que sostienen la matriz energética. Una virtual estatización pero que se hizo dejando a los privados en su lugar. Con el agregado de que los combustibles que se importan se podrían haber producido acá, pero no ocurrió porque el precio que el Estado estaba dispuesto a pagar afuera era superior al que aceptaba acá. La desinversión era entonces el resultado más esperable, con la consecuente caída de la producción de gas y petróleo, y de generación de electricidad, que deja como resultado una seguidilla de cortes durante los picos de calor o de frío, como volvimos a vivir en las últimas semanas. Pero la lección que Cabot y Olivera proponen sacar de esto es que el Estado no debería haberse entrometido. El gobierno no debería haber hecho otra cosa que cumplir los contratos, aquellos que obligaban a mantener las tarifas dolarizadas, aceptando que estas subieran sideralmente de la mano de la devaluación y se ajustaran regularmente de la mano de la inflación, y lo mismo para los combustibles.

Como si con eso se hubiera podido evitar la desinversión y la crisis energética. Una mirada al resto de la economía, sugiere más bien lo contrario2. Consideramos que la respuesta no estaba en garantizar los mecanismos de mercado, ni –obviamente– en la pseudoestatización llevada a cabo por el kirchnerismo, que tomó lo peor de la desidia empresaria y del desmanejo de la burocracia estatal. Una estatización de conjunto, dando lugar a la participación activa en la gestión a los trabajadores del sector, era la única alternativa seria al descalabro energético que generó el kirchnerismo y al zarpazo tarifario de la solución empresarial. Ante los desequilibrios que afronta la economía con la desaparición de los superávits gemelos, la inflación, el cepo cambiario y la infraestructura en crisis, Cabot y Olivera se sienten habilitados para narrar una fábula en la que todos los problemas se explican por este avance del Estado: “Se dejó de invertir y en los últimos cinco años se fugaron más de 80.000 millones de dólares, casi tres veces las reservas del Banco Central, en parte porque la sociedad dejó de confiar al ver que se avasallaban instituciones y se cambiaba hasta la carta orgánica de ese ente monetario” (p. 375). El remedio, ante esto, es una y otra vez dar lugar al mercado.

Los rasgos que adquirió la intervención estatal durante la última década no pueden explicarse sin más por una vocación del kirchnerismo. Vino sobre todo dictada por los efectos que dejó el hundimiento de la convertibilidad y todas las políticas estrechamente ligadas a esta. La apertura de la economía, la flexibilización laboral, las privatizaciones, la espiral de endeudamiento y de ajuste para afrontarlo y todo el conjunto de iniciativas favorables al capital, presentadas como necesarias para la modernización, la mentada llegada “al primer mundo”, quedaron indisolublemente asociadas a la hecatombe de 2001. Y aunque no todas estas políticas puedan vincularse de forma directa a las causas de la crisis o a su profundidad, sí fueron parte del hondo cambio en la geografía social del período, ampliando la desigualdad de riqueza e ingreso y ahondando el deterioro de los trabajadores y los sectores de menores recursos, al mismo tiempo que creando un desguace de la infraestructura social en beneficio de los negocios privados. Todas las medidas que se implementaron a sangre y fuego durante una década, y que lograron sostener un consenso apoyado en derrotas pero también en las promesas de bienestar que vendría como saldo de estos ajustes, condujeron por el contrario a la crisis no solo temporalmente más extendida, sino de efectos más devastadores para las clases subalternas. Por eso, la furia social que estalló en 2001 no solo expresaba su impugnación contra las políticas más directamente ligadas a la crisis, como el ajuste fiscal, el endeudamiento público y la banca con sus negociados; se extendía al conjunto de los pilares más visibles del Consenso de Washington.

Esto tuvo efectos de largo alcance. El columnista de La Nación, Carlos Pagni, recogía en agosto de 2014 los resultados de una encuesta de Management & Fit que expresaba en vastos sectores de la opinión pública una honda desconfianza hacia el empresariado y en favor de la idea de que debe haber un Estado presente, regulando y controlando férreamente a las fuerzas del mercado. Fue bajo el impulso de este clima de época que se desplegó el andamiaje de políticas que los autores lamentan. La radiografía que brindan Cabot y Olivera concluye con un diagnóstico catastrófico, que magnifica –como si esto fuera posible– los problemas de gestión de la década kirchnerista en trasporte, energía, obra pública, mostrando un festín de corrupción rapaz. La conclusión no es ninguna sorpresa: el kirchnerismo produjo una hipertrofia del Estado que dilapidó una coyuntura internacional extremandamente favorable en aras de la distribución y en desmedro de la producción. Ahora lo único “razonable” será sanear el Estado, es decir achicarlo. Pagar los platos rotos por el camino que nunca se debió haber tomado.

Estuvimos bien pero vamos mal

Bien distinta es la visión que ofrecen Mario Damill y Roberto Frenkel en ¿Década ganada? Los autores, enrolados en lo que se conoce como neoestructuralismo, defienden la necesidad de un tipo de cambio competitivo. Es decir, un peso nacional depreciado frente al dólar, y por extensión frente a las monedas de otros países. Por eso, al contrario del planteo precedente, no solo el viento de cola explica el ciclo de crecimiento kirchnerista. De hecho, los autores argumentan que la interrupción de la tendencia contractiva que se prolongó entre 1998 y 2002 “y su posterior reversión antecedieron al cambio favorable en las condiciones externas, especialmente de los precios de exportación” (p. 1203). Más aún, “al iniciarse la recuperación, los precios medios de exportación se encontraban en un mínimo local comparable al menor nivel de los años noventa”. Desde esta perspectiva, los autores consideran que el lustro 2002-2007 “redondearía un muy buen desempeño macroeconómico, con un crecimiento promedio del PIB próximo al 9 %” (p. 128). Durante estos cinco años “se mantuvieron los superávits fiscal y externo, los salarios reales y la ocupación subieron marcadamente” (p. 129), estos últimos –agregamos nosotros– desde los niveles extremos de deterioro que alcanzaron en 2002. Remarcan que “el notable desempeño macroeconómico de 2005-2006 habla muy a favor del esquema macroeconómico establecido a la salida de la crisis, con eje en un tipo de cambio real competitivo y relativamente estable” (p. 131).

Pero en el marco de esta performance asomaban “algunos problemas de los que la gestión política debía tomar nota” (p. 132). El “más notorio” era la inflación, que en 2006 llegó a los dos dígitos anuales. Para Damill y Frenkel, “la inflación y la forma en que se la encaró fueron determinantes de que el esquema macroeconómico comenzara a perder coherencia y a cambiar de rumbo progresivamente”, aunque se mantuviera una retórica del “modelo” cuyos “contenidos se iban desdibujando en la práctica”. Para los autores, se podría haber cambiado el desarrollo posterior mediante una “redefinición del esquema de política macroeconómica”. En primer lugar, conteniendo el aumento del gasto público que “había comenzado a crecer más rápidamente que los ingresos del sector estatal” (p. 133). Junto a esto, una “redefinición de las políticas de ingresos”, es decir, el no va más del aumento del salario real cuando el salario medio todavía pugnaba por recuperar el nivel que tenía en 2001, antes de que la devaluación de 2002 generara un deterioro del 30 % en el poder adquisitivo. Aunque en este último punto el gobierno dio una respuesta parcial, impulsando a través de su alianza con Hugo Moyano techos implícitos para la negociación salarial de paritarias, en el resto de los aspectos las medidas gubernamentales se alejaron de las decisiones que para Damill y Frenkel habrían sido necesarias. No solo no hubo plan antiinflacionario, sino que se intervino el Indec, pasando a “‘controlar’ el indicador en lugar de la inflación en sí misma” (p. 134). Sin reformulación consistente, concluyen, “el esquema de políticas empieza a perder coherencia” (p. 135). Y las respuestas que se dan crean nuevos problemas.

Esto es lo que explica todo lo que ocurrió desde entonces. La explosión del déficit fiscal, la pérdida de competitividad cambiaria como resultado de la inflación (como la inflación fue mayor que lo que se ajustó el valor del peso en relación al dólar, los precios en dólares subieron) y, finalmente, la reaparición de la llamada restricción externa. O sea, el atoramiento de las posibilidades de crecimiento por la falta de dólares. La amarga conclusión es que con la disolución del esquema de política macroeconómica vigente durante el quinquenio 2003-2007 se perdió “una oportunidad extraordinaria de colocar la economía del país en un sendero sostenible de crecimiento inclusivo” (p. 152).

No se puede perder lo que no se tuvo

En la mirada de Damill y Frenkel, entonces, el fracaso se explica por la equivocación del camino. Pone el acento sobre los desmadres macroeconómicos, pero haciendo abstracción de las contradicciones de las que estos surgen. En primer lugar, del atraso y la dependencia. Para los autores, este atraso solo existe como dimensión para prescribir un tipo de cambio “competitivo” que compense la baja productividad de la economía –que significa mayores costos locales vis a vis los internacionales4–. Pero este se manifiesta también en la desarticulación industrial, que convierte a las ramas más importantes de la manufactura local en uno de los mayores demandantes de divisas5; en el peso que tienen los compromisos en moneda extranjera, que después de la renegociación de 2005 volvieron a acrecentar su peso en el presupuesto6; y en el peso que adquiere el giro de utilidades de las empresas extranjeras, que junto con la fuga de capitales distraen recursos de la inversión y  golpean sobre la disponibilidad de reservas.

El kirchnerismo pretendió que era posible, gracias a la prosperidad basada en la soja y la elevada rentabilidad capitalista, convivir alegremente con todas estas contradicciones solo porque gracias a estas condiciones favorables se manifestaban de forma atenuada. Fue pagador “serial” de la deuda (como lo dijo la presidenta) y permitió que decenas de miles de millones de dólares gangrenaran todos los años la economía, mientras los dólares de la soja fueron suficientes para pagar la cuenta. Pero el cambio en las condiciones internacionales favorables y el peso de los problemas que desarrolló la economía argentina refutaría  duramente esta pretensión. Por si quedaban dudas de la inexistente vocación de atacar las raíces de la dependencia, en pos de la “soberanía energética” el gobierno se abrazó a Chevron.

En segundo lugar, el lamento de Damill y Frenkel se abstrae de las aspiraciones encontradas que debió administrar el kirchnerismo, soportando para eso el deterioro del equilibrio macroeconómico que los autores tanto valoran. Desde sus comienzos el kirchnerismo buscó alimentar la idea de que mantener la rentabilidad corporativa y la mejora paulatina de los salarios (partiendo del bajo piso de 2002) no era incompatible, mas allá de un plazo corto o mediano. Esta pretensión –dictada por la necesidad de reforzar la legitimidad social después del 2001– ante las primeras muestras de que no era tan sencillo conciliar las aspiraciones contradictorias, empujó a tomar medidas de contención. Para esto el gobierno puso en juego la carta fuerte con la que por entonces contaba: los recursos fiscales holgados. Estos se usaron desde 2007 con el objetivo de atenuar las dificultades a través de subsidios que solventaban una parte de la masa total de ganancias del capital con el fin –no conseguido– de atenuar la presión alcista de los precios. Al mismo tiempo comenzaron, como ya mencionamos, los esfuerzos por imponer techos a los aumentos de salarios. Con los subsidios el gobierno “internalizó” una presión imparable al aumento del gasto público. En vez de contener las contradicciones, estas se derivaron en una sangría de recursos. En 2007 los subsidios fueron de $ 14.600 millones, en 2015 superarán los $ 230.000 millones. Junto con la deuda pública, esto ayuda a entender por qué el superávit fiscal se transformó en déficit creciente. De más está decir que no alcanzó para frenar a los precios, que siguieron su vía alcista, aunque hubieran subido más sin ellos. Se creó un dispositivo de desmonte cada vez más difícil. Es que si bien fracasó como contención general de precios, el sistema de subsidios frenó algunas tarifas que si se remueven podrían dispararse, creando además un efecto cascada en otros sectores. Por eso, una vez iniciada esta orientación –que era la más coherente con la ilusión reformista que el gobierno requería alimentar– se impuso el conjunto de medidas que condujo cada vez más lejos del añorado “modelo” de 2002-2007.

Bajo el clima político y la relación de fuerza entre las clases establecida pos 2001, empujado por la necesidad de mostrar una respuesta a las aspiraciones de los sectores populares a los que buscaba reconciliar con la dominación burguesa, se impuso para el kirchnerismo utilizar los recursos logrados durante los años de mayor prosperidad para favorecer la idea del Estado árbitro, como actor para permitir la distensión de las relaciones entre las clases, conteniendo las aspiraciones populares pero permitiendo algunas concesiones. Las contradicciones desarrolladas por el “modelo”, el peso de los compromisos externos que el gobierno renegoció en 2005, y los lastres del atraso y la dependencia –que ni el kirchnerismo ni los críticos que reseñamos consideran un problema de primer orden– pusieron en evidencia la imposibilidad de este proyecto una vez agotadas las condiciones extraordinarias de la pos convertibilidad. La conciliación de clases se muestra otra vez como un proyecto de alcance limitado. Y con los programas económicos que preparan tanto el oficialismo como la oposición para el próximo mandato se proponen para que una vez más, los platos rotos, los pague el pueblo trabajador.

 

1. En este apartado todas las referencias entre paréntesis corresponden a Los platos rotos. Memoria y balance del Estado kirchnerista, Bs. As., Sudamericana, 2015.

2. Sobre la recuperación limitada de la inversión y una indagación de los motivos de la misma ver Esteban Mercatante, “La Argentina, a 10 años de la salida de la convertibilidad: contradicciones recurrentes para la continuidad de la acumulación capitalista. Una mirada desde la teoría marxista”, en Blog del IPS (www.ips.org.ar), agosto de 2012.

3. En este apartado todas las referencias entre paréntesis corresponden a Carlos Gervasoni y Enrique Peruzzotti (ed.), ¿Década ganada? Evaluando el legado del kirchnerismo, Bs. As., Debate, 2015.

4. Ver al respecto Esteban Mercatante, “Argentina devaluada”, IdZ 7, marzo de 2014.

5. Ver Guadalupe Bravo, Lucía Ortega y Esteban Mercatante, “Automotrices: del auge al frenazo”, IdZ 12, agosto de 2014.

6. Pablo Anino y Esteban Mercatante, “Pagarás y te sacarán los ojos”, IdZ 11, julio de 2014.

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Cambio en ganancias

Esteban Mercatante 04.05.2015.
El gobierno ajusta los pagos de ganancias con miras a contener los aumentos salariales de paritarias. No sube el mínimo a partir del cual se paga el impuesto, sino que reduce lo que pagan quienes ganan hasta $ 25.000 en bruto. Después de haber descartado en numerosas oportunidades que fuera necesario cualquier cambio en el impuesto a las Ganancias que pagan los asalariados (…)

 

Cambio en ganancias: una decisión con miras a las paritarias

Por Esteban Mercatante (04.05.2015)

El gobierno ajusta los pagos de ganancias con miras a contener los aumentos salariales de paritarias. No sube el mínimo a partir del cual se paga el impuesto, sino que reduce lo que pagan quienes ganan hasta $ 25.000 en bruto. Después de haber descartado en numerosas oportunidades que fuera necesario cualquier cambio en el impuesto a las Ganancias que pagan los asalariados, el ministro de Economía Axel Kicillof anunció hoy cambios en dicho impuesto para quienes ganan hasta $ 25.000 en bruto. Con las modificaciones anunciadas, un trabajador soltero que gana entre $ 15.000 y $ 20.000 tiene una reducción de 32 % en el monto que abona, mientras que si es casado con dos hijos la disminución es de 69 %.

  • Es decir que un trabajador que gana $ 20.000, si es soltero pasa de pagar $ 2.066 al mes a abonar $ 1.405, mientras que si es casado pasa de $ 1.280 a $ 397.
  •  Para los que ganan entre $ 20.000 y $ 25.000 la disminución es de 18 % para los solteros, y de 33 % para los casados con dos hijos. Los primeros pasan de afrontar una carga mensual de $ 3.310 a una de $ 2.727, mientras que para los segundos se reduce de  $ 2.193 a $ 1.479.

Con estos cambios, el gobierno da por tierra con cualquier expectativa de que haya en lo inmediato cambios en el mínimo no imponible. Esto era justamente lo que venían reclamando los gremios, junto con un reajuste de las escalas que el gobierno aplica sólo parcialmente con estos cambios. Los anuncios, aunque son presentados como una reducción “progresiva” del impuesto que generaría un “incremento en el salario de bolsillo”, resultan demasiado poco, demasiado tarde. Lo que los gremios bautizaron como impuesto al salario, porque aunque según su título gravaría las ganancias, en el caso de la cuarta categoría dejó de ser un impuesto que alcanza a los altos sueldos gerenciales para incrementar su alcance entre los asalariados de convenio, sigue entonces plenamente vigente con los cambios anunciados. No sorprende que así sea, ya que el gobierno transformó la aplicación de este gravamen en una bandera de progresividad en la estructura impositiva. Planteo curioso, como si aumentar “hacia abajo” los alcanzados por este gravamen, mientras los jueces siguen sin pagar, la renta financiera no está gravada, ni se aplican impuestos a la herencia más que en algunas provincias, bastara para transformar el históricamente muy regresivo sistema impositivo argentino. Sistema que se sostiene en una abrumadora mayoría con impuestos al consumo, que pesan proporcionalmente más sobre el pueblo trabajador que sobre los más ricos.

La motivación del gobierno está exclusivamente en la urgencia de encauzar las negociaciones salariales. El gobierno hace los mínimos cambios que considera necesarios para hacer pasar su plan de paritarias con cepo. El intento de reforzar los techos a los salarios bien por debajo de la inflación acumulada en el último año (que fue de 37 % según mediciones de organismos provinciales independientes del Indec), imponiendo que ninguna puede tener como primer dígito un 3, y buscando más bien que ninguna supere el 25 %, resultaba impensable si al mismo tiempo no se llevaban a cabo algunos cambios en Ganancias. Que el salario negociado en paritaria pierda con la inflación, y se vea encima deteriorado por un crecimiento en el monto a pagar de ganancias, era como añadir el insulto a la injuria. Sin cambios en Ganancias, podía significar que los salarios acumularan desde el año pasado pérdidas en el poder adquisitivo de 10%. Con el cambio anunciado, si los aumentos salariales se mantienen en la pauta que el gobierno busca imponer, van a perder contra la inflación pero van a “compensar” esto con un efecto más limitado de ganancias -en el caso de los que ganan entre $ 15.000 y $ 25.000.

Lejos de la “progresividad” declamada por el gobierno, estos cambios limitados, que dejan en pie el impuesto al salario, sólo apuntan a hacer más viable que las patronales y los sindicatos se sienten a cerrar acuerdos paritarios con incrementos de salarios bien inferiores al aumento del costo de vida. Solo para este objetivo es que el gobierno hace el aporte de sacrificar parte de su recaudación.

Con la inflación acumulada de 37% durante el año pasado (durante el cual los salarios promediaron aumentos de 25,7% en términos efectivos) y un aumento de precios esperado para este año cercano a 30% según las proyecciones privadas más optimistas, se acumularían dos años de pérdida de los salarios ante la inflación.

Esto dejó tecleando a algunos de los gremios que todavía militan en el oficialismo, como la UOM de Caló. Los metalúrgicos habían comenzado la negociación paritaria planteando un aumento del 32 %, resistido por los empresarios del sector, que arrancaron con un 22 %. El acuerdo parecía cercano a cerrarse en 28 %. Pero la posibilidad de cerrar el acuerdo fue frenado por la Presidenta, bajo la indicación de que los acuerdos deben ajustarse a este nuevo techo. Comercio estaba moviéndose en niveles similares, y también quedaría trabada por la directiva de la Rosada.

Para los trabajadores casados con dos hijos que ganan entre 15 mil y 20 mil pesos, la disminución de lo que pagarán por ganancia equivale a una mejora del salario del 6 %. Según estimaciones de CIFRA, Centro de estudios impulsado por la CTA oficialista, el año pasado los salarios registrados perdieron en promedio 5,5 %. Es decir casi lo mismo que “devuelve” el gobierno con el cambio en los impuestos.

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Economía Argentina en su laberinto

Esteban Mercatante 09.05.2015.
La economía argentina conoció desde 2003 uno de los períodos de crecimiento económico a tasas elevadas más duradero de los que haya registro en su historia. Esto tuvo lugar después de haber atravesado desde 1998 una depresión, también sin precedentes, que produjo una devastadora emergencia social y culminó en 2001 con el colapso de la convertibilidad.

 

Economía Argentina en su laberinto


Por Esteban Mercatante (09.05.2015)

La economía argentina conoció desde 2003 uno de los períodos de crecimiento económico a tasas elevadas más duradero de los que haya registro en su historia. Esto tuvo lugar después de haber atravesado desde 1998 una depresión, también sin precedentes, que produjo una devastadora emergencia social y culminó en 2001 con el colapso de la convertibilidad. El crecimiento se prolongaría hasta 2011, interrumpido durante 2008 y 2009 por el impacto de la crisis internacional que desató el hundimiento de la burbuja inmobiliaria norteamericana.

Desde entonces la economía oscila entre el débil crecimiento y el estancamiento. El inicio de la recuperación económica posconvertibilidad coincide en el tiempo con la asunción de Néstor Kirchner como nuevo presidente, después del mandato provisional de el estallido económico, político y social de diciembre de 2001 es un punto de referencia ineludible para comprender el período de gobiernos kirchneristas, y no solamente porque la magnitud del hundimiento previo y la reestructuración salvaje que produjo la salida de la convertibilidad fueron determinantes para el crecimiento posterior. El rechazo a las políticas antiobreras y antipopulares con las que la clase capitalista quería descargar la crisis sobre las espaldas del pueblo trabajador–que se venía manifestando de forma creciente en las acciones de protesta de trabajadores ocupados y desocupados, y en las puebladas que recorrieron todo el país– culminó con la caída de De la Rúa como resultado de movilizaciones de masas.Este hecho signó la economía y la política del período posterior. De forma paradojal, la resistencia obrera y popular que actuó como freno para las políticas de ajuste y austeridad en los marcos de la convertibilidad, terminó jugando a favor de que la disputa entre sectores burgueses se saldara con un ajuste devaluatorio.Al mismo tiempo se produjo un cambio en la relación de fuerzas entre las clases. Cuando asumió Néstor Kirchner en mayo de 2003, el régimen político continuaba desprestigiado; reverberaba el “que se vayan todos” que cientos de miles habían voceado en las calles un año y medio antes.

En estas circunstancias, Kirchner apostó desde el primermomento de su mandato a recomponer la hegemonía presentando sus políticas con un signo distinto. Pretendió en sus gestos distanciarse de la orientación privatista, aperturista y liberalizadora que había sido iniciada durante el Proceso de Reorganización Nacional, continuada y profundizada durante los gobiernos de Alfonsín, Menem y De la Rúa. Desde su discurso inaugural, el 25 de mayo de

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1Eduardo Duhalde asumió en enero de 2002 con mandato de la Asamblea Legislativa. Inicialmente su mandato iba a prolongarse hasta diciembre de 2003, cuando concluía el período por el que había sido electo De la Rúa. Sin embargo, después de la masacre de Avellaneda, en la que fueron asesinados por la policía los militantes piqueteros Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, Duhalde se vio forzado a adelantar las elecciones, desistiendo de cualquier intento de candidatearse para continuar en el cargo.

2003, anunció que el suyo no sería un gobierno de las “corporaciones, lo que no impidió que tuvieran formidables negocios durante los años kirchneristas, en muchos casos con ayuda estatal. Otro rasgo distintivo deeste período sería el intento de mostrar una posición soberana, marcando el contraste de esta postura con el entreguismo de los mandatarios que lo precedieron. Tomando distancia de la política celebratoria de lo privado y la riqueza individual,estarían en el centro del discurso oficial la “redistribución” progresiva del ingreso y la acción pública para poner límites al mercado.

Entre lo dicho y lo hecho durante estos doce años media una gran distancia. La política de los gobiernos kirchneristasestuvo lejos delaorientación disruptiva que se le otorga desde la intelectualidad afín al oficialismo. El propio objetivo de base fue profundamente conservador, la reconciliación de los vastos sectores obreros y populares con el régimen que cuestionaban en las calles:la restauración que llevó a cabo el kirchnerismo fue ante todo la del poder de la burguesía. Que en algunos momentos haya aplicado medidas puntuales criticadas por importantes exponentes de la clase dominanteno debe velar este contenido que animó la política oficial.

El contrapunto con el pasado neoliberal y sus nostálgicos sería durante los tres mandatos kirchneristas un recurso político central para legitimarse, apuntando contra la oposición política patronal, buscando acomodarla siempre a su derecha. Toda crítica por izquierda también aparecería presentada como funcional a esta oposición de derecha, un recurso que con el tiempo y el agotamiento del ciclo político se fue gastando.

Lo que ocurrió en la Argentina durante los comienzos de milenio estuvo en sintonía con tendencias que recorrían América Latina. Desde la segunda mitad de los años noventa había ido in crescendo la resistencia obrera y popular contra las políticas de sesgo neoliberal.

 

Levantamientos y puebladas habían llegado incluso a ponerles freno momentáneo, y habían empujado la crisis de algunos de los regímenes políticos más comprometidos con las mismas.

La llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela, en 1999, marcaría el inicio de un recambio hacia gobiernos que podríamos definir como “posneoliberales”, que se extendería por Argentina, Brasil, Ecuador, Uruguay, Bolivia y otros países de la región. Este nuevo ciclo políticoiniciado con el cambio desiglo se vería favorecido por dos circunstancias claves, que marcan un agudo contraste con las décadas previas. La primera, el inicio en 2003 de lo que ha sido definido como un superciclo para las commodities –granos, minerales, combustibles– que benefició a buena parte de las economías definidas desde los organismos financieros internacionales como “emergentes”. La segunda, la concentración del imperialismo norteamericano en Medio Oriente después de los atentados del 11-S de 2001, que distrajeron en cierta medida su atención de los asuntos de la región. Los ensayos de distanciamiento del manual neoliberal, bajo el impulso del descontento popular con estas políticas, fueron facilitados por estas circunstancias. Losgobiernos autodefinidos como “progresistas” o “populares” apostaron por ciertas medidas de redistribución y ampliación de derechos, pero siempre en los marcos establecidos por el régimen político existente.En los casos de Venezuela, Bolivia y Ecuador, donde la crisis era más aguda, hubo cambios más profundos en el régimen político, aunque sosteniendo las mismas bases económicas dependientes. En los últimos años, también, un cierto cambio en la situación internacional y la acumulación de dificultades vinculadas a las contradicciones características de estas economías dependientes junto a los ordenamientos económicos que impusieron estos gobiernos, muestra a buena parte de la región compartiendo algunos síntomas de agotamiento, aunque los ritmos son dispares.

La economía posconvertibilidad registró uno de los períodos de alto crecimiento más prolongados de la historia reciente argentina. Sin embargo, desde 2012 viene mostrando un desempeño muy distinto, oscilando entre el estancamiento y la caída. Es de notar que este desenvolvimiento empezó a ocurrir cuando todavía no se observaba el cambio en las condiciones internacionales favorables, que empezó a palparserecién desde fines de 2013, e incluso se producemientras otras economías de la región siguieron mostrando índices de crecimiento no desdeñables.

Desde usinas ideológicas impulsoras de la mayor apertura económica y liberalización, la explicación de este deterioro está en las medidas aplicadas por el gobierno que habrían conducido a otra década perdida desperdiciando inmejorables condiciones internacionales.

Podemos leer estas opiniones con mayor claridad en laseditoriales ycolumnas de opinión de La nación; pensemos sino en Orlando Ferreres o José Luis Espert, economistas rabiosamente neoliberales que escriben habitualmente en el diario de los herederos de Bartolomé Mitre.

Según esta lectura,el kirchnerismo habría establecido un gobierno “populista”, malogrando las mejores condiciones para el capitalismo argentino en muchísimo tiempo, creando un Estado desproporcionado, concentrado en priorizar la distribución en vez de la producción2. El daño a la producción agraria por impuestos que para esta línea de pensamiento llegan a niveles confiscatorios, sería uno de los grandes ejemplos de esta mirada. La inflación crónica, la explosión del déficit fiscal, la vuelta de las dificultades en la disponibilidad de dólares que empujaron al cepo y el estancamiento de la economía en los últimos años, serían algunos de los peores resultados. Pero no solo desde estas posiciones recalcitrantes recibe críticas el kirchnerismo. También las encontramosentrequienes integraron o apoyaron en algún momento de la década al gobierno. Roberto Lavagna, que desde 2002 hasta 2005 condujo el Ministerio de Economía y desde entonces se ubica en la oposición, opinaba tiempo atrás que “en términos de bienestar, hay una década perdida” 3. En un libro de reciente aparición, los economistas Roberto Frenkel y Mario Damill –entusiastas durante los primeros años del “modelo”– sostienen que en la etapa posdevaluación “Argentina perdió una oportunidad extraordinaria de colocar la economía del país en un sendero sostenible de crecimiento No se puede perder lo que no se tuvo. Abrazada tanto por el oficialismo como por la oposición, la idea de que la Argentina estaba ante una oportunidad histórica única fue un espejismo, cuya base fue un ciclo internacional excepcionalmente favorable que se está agotando. Durante los años de prosperidad el kirchnerismo alimentó la idea de que estaba realizando transformaciones estructurales y, a la vez, de que su política era una de mayor autonomía respecto de los dictados de las potencias imperialistas.En realidad, estaba aprovechando los mayores márgenes de maniobra que daba la situación favorable sin impulsar cambios en las condiciones fundamentales de atraso y dependencia. La reemergencia de las dificultades para la economía nacional en un plano crítico como es la disponibilidad de dólares a partir de 2012, remite de forma directa a la continuidad de los rasgos de atraso y dependencia que según el kirchnerismo iban camino a superarse. El regreso de la “restricción externa”, es decir, la traba para el crecimiento que surge de la escasez de dólares, es un tópico muy tratado por investigadores afines al oficialismo. Sin embargo, una coincidencia de estos análisis es escamotear la manera en que el gobierno kirchnerista creó las base para el retorno de la misma. Su rol en perpetuar la condición semicolonial5 es algo que a lo sumo se admite de

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2Estas ideas podemos encontrarlas en el libro Los platos rotos, de Francisco Olivera y Diego Cabot, no por casualidad periodistas ambos de La nación. 

3 RobertoLavagna, exposición en el XV Encuentro Anual de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE), 3/7/2013.

4 Mario Damill y Roberto Frenkel, “La economía bajo los Kirchner: una historia de dos lustros”,en Carlos Gervasoni y Enrique Peruzzotti (editores), ¿Década ganada?, Buenos Aires, Debate, 2015, p. 152.

5 Hablamos de una formación semiconial para caracterizar un país que tiene una economía atrasada y dependiente del capital extranjero y se encuentra sometida políticamente en mayor o menor grado a las

 

forma lacónica. Por ejemplo, Alfredo Zaiatcuando se refiere a la cesión de soberanía jurídica en las emisiones de bonos muestra una gran incomodidad en admitir: “Este costo inmenso, simbólico, político y económico, fue aceptado por distintos gobiernos, hasta en los canjes de deuda 2005 y 2010”6. Otras lecturas desde el oficialismo reconocen que las decisiones del kirchnerismo “no ocurrieron en el marco de un plan de transformación estructural de largo El kirchnerismo presentó como objetivo la conformación de un “capitalismo en serio”, y desde sus primeros tiempos definió como necesario el impulso de una nueva burguesía nacional. En los hechos, esto apenas logró plasmarse en el ascenso de algunos grupos empresarios hasta los primeros puestos de la cúpula económica, apoyados en muchos casos en favores estatales o en negocios vinculados a la obra pública. En estas condiciones, no sorprende que la economía argentina haya vuelto a toparse con los límites que le impone su estructura económica y la expoliación imperialista.Entró en una situación de estancamiento económico ante la cuál se han hecho cada vez más fuertes los reclamos por una reformulación del esquema económico más de fondo;exigencia que viene dando lugar a contrapuntos cada vez más marcados entre el gobierno y sectores empresarios. Si el período que va entre 1976 y 2002 estuvo signado por el impulso de transformaciones estructurales, que tuvieron un alto costo social en términos de empleo, nivel de vida y prestación de servicios sociales por parte del Estado y concluyó con el zarpazo que significó la devaluación de la moneda;desde 2003 en adelante los trabajadores y sectores populares experimentaron una recuperación, partiendo del bajo piso establecido por el feroz ajuste que acompañó la salida de la convertibilidad. Como veremos, esta recomposición responde ante todo al cambio en la dinámica del empleo y los ingresos, resultadode las nuevas condiciones creadas para la acumulación capitalista a partir de 2002. El corte de la tendencia continua a la degradación de las condiciones de vida de la clase obrera, que signaron al período previo y que el gobierno busca atribuir a las políticas implementadas desde 2003, fue algo que sólo pudo lograrse mediante duras luchas, apoyadas sobre el crecimiento del empleo que amplió los márgenes de la fuerza de trabajo para negociar sus condiciones de explotación. Fue la clase

obrera la que logró con duras medidas de fuerza empezar a poner en cuestión la avanzada de

la clase capitalista contra las remuneraciones y condiciones de trabajo. La política del gobierno se acomodó a estas condiciones, y las acompañó con políticas dirigidas a los sectores de menores ingresos; al mismo tiempo buscó compatibilizar las concesiones a la clase trabajadora con las demandas del empresariado. Es esta última la motivación de fondo que encontramos en los cambios que se irán produciendo en la política económica y de ingresos durante los gobiernos kirchneristas. Estas irían desde la regulación de precios y tarifas, con su contraparte de subsidios de diverso tipo a los empresarios, hasta las transferencias estatales tendientes a elevar el nivel de vida de los sectores de menores ingresos.

En el marco de estas relaciones de fuerza entre las clases se puede observar entre 2003 y 2011 una tendencia a la mejoría en la situación de empleo, pobrezay distribución del ingreso, aunque en ningún caso retrotrayendo la situación más allá de la que mostraban estos indicadores a comienzos de los años noventa. A partir de 2012 la tendencia es hacia un nuevo deterioro. Al mismo tiempo que desde el gobierno se dio aire a esta mejoría, se buscó también fijarle un techo, compatible con el mantenimiento de la rentabilidad empresaria en los niveles

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potencias imperialistas.

6Alfredo Zaiat, Amenazados. El miedo en la economía, Buenos Aires, Planeta, 2015, p. 169.

7 Claudio Scaletta, “¿Y dónde están los surfistas?”, Cash, suplemento económico de Página/12, 7/6/2015.

elevados que esta logró a partir de 2002. La consecuencia es que hoy, al cabo de lo que se presenta como una década “ganada”, la mitad de los ocupados perciben a comienzos de 2015 ingresos equivalentes a menos de la mitad de la canasta básica.

 

El panorama, al término de los tres mandatos kirchneristas, es uno de marcados contrastes.

Por un lado, encontramos a los que efectivamente tuvieron su “década ganada”, los empresarios que la “juntaron con pala”, como ha repetido la presidenta Cristina Fernández una y otra vez. Por otro lado, los trabajadores y sectores populares que durante estos años revirtieron la tendencia al deterioro de sus condiciones devida y recuperaron algo de lo perdido; peroque no lograron de conjunto pasar del “infierno” al “paraíso”, por tomar la metáfora de Néstor Kirchner, y ahora se encuentran ante la perspectiva de un nuevo purgatorio con los candidatos de la profundización del ajuste.

El objetivo de este libro es desarrollar una mirada marxista de la economía argentina durante el kirchnerismo. Es decir, una caracterización de las condiciones materiales, relaciones de clase y lineamientos de política económica que caracterizaron al período que siguió a la salida de la

convertibilidad, las contradicciones que ha desarrollado y las perspectivas a futuro. Lo hacemos estableciendo un contrapunto con las principales lecturas que disputan el balance del período kirchnerista: los que defienden a rajatabla los mitos que ha construido el kirchnerismo sobre lo que ha dado en llamar el “modelo de crecimiento con inclusión social”, y las posturas críticas que se hacen desde una reivindicación del libre mercado, de las políticas aperturistas y liberalizadoras amigables con los empresarios. La confrontación entre ambas visiones se remonta casi al comienzo del período kirchnerista, pretendiendo excluir del teatro de conflicto cualquier visión alternativa. Y sin embargo, podemos observar una unidad profunda en aspectos fundamentales. Como veremos a lo largo de este libro, ambas posturas aceptan como incuestionables las condiciones de dependencia y opresión imperialista que caracterizan a la economía semicolonial argentina, con diferencias que son más de forma que de contenido.

Nuestro análisis y nuestra crítica del período kirchnerista poco tienen que ver con estos planteos. La acumulación de desequilibrios de la economía argentina y el malestar creciente en sectores del movimiento obrero son resultado de los límites para la política económica que marcan las restricciones impuestas por numerosos compromisos contraídos a lo largo de las últimas décadas, que fueron puntillosamente respetados durante los gobiernos kirchneristas a despecho de los discursos que pretendieron lo contrario. El intento de manejar los desequilibrios emergentes durante estos años y administrar mediante la intervención estatal la contradicción entre las aspiraciones y exigencias de los trabajadores y los sectores populares, se chocó con estos límites, que mostraron la baja “tolerancia” del capitalismo atrasado y dependiente argentino para responder a las mismas.

El (bajo) techo puesto por el kirchnerismo para la mejora en las condiciones de vida de los trabajadores y sectores populares, sólo podría superarse cortando de raíz la expoliación imperialista, avanzando firmemente sobre la renta parasitaria y la especulación. Pero es justamente esta orientación lo que vino a abortar desde el comienzo el proyecto kirchnerista de un “capitalismo en serio”, impulsando la ilusión de que en su seno podrían conciliarse los intereses contradictorios que desgarran a esta sociedad basada en la explotación. El auge y ocaso del “modelo”, pone en evidencia que solobajo condiciones extraordinariamente favorables y de breve duración, puede sostenerse esta cuadratura del círculo. El final que estos doce años de gobiernos kirchneristas deja es un capitalismo tan seriamente semicolonial y dependiente como antes. Y no podía ser de otra manera, ya que cambiar este orden de cosassoloes posible mediante una ruptura con el imperialismo y con el orden capitalista.

La crítica de la economía política del período kirchnerista que realizamos en este libro es una apuesta a contribuir al desarrollo de esta alternativa, quesolo puede surgir si cobra fuerza material en millones de trabajadores la idea de que es necesario fortalecer una alternativa política independiente para luchar por transformar de raíz este orden social basado en la ganancia, expropiando a los expropiadores capitalistas y reorganizando colectivamente el conjunto de la producción en función de las necesidades sociales.

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Soledad Barruti

Soledad Barruti

Industria y alimentos

Periodista y escritora. “Malcomidos”, un éxito de Editorial Planeta, es su primer libro de no ficción. Ha trabajado sobre temas vinculados a la alimentación y colabora en medios como Radar, el suplemento cultural del diario Página/12, Las 12, y las revistas Bacanal y Traveler, entre otros. Después de recorrer el país durante dos años, Soledad Barruti despliega en “Malcomidos”, de reciente aparición, una investigación rigurosa e inquietante como pocas desde que toca lo más íntimo de nuestras vidas: lo que comemos.

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Stella Maris Biocca

Stella Maris Biocca

Derecho Internacional privado y deuda externa  

 Abogada. Doctora en Derecho por la Universidad de Buenos Aires, fue profesora titular de Derecho Internacional Privado en la Facultad de Derecho de la UBA (1974 -1977/ 1984 -1999) e integrante de la Cámara de Apelaciones Civil y Comercial Primera de Mercedes, Provincia de Buenos Aires (hasta 1976) y de la Cámara de Apelaciones Civil y Comercial de San Martín, Provincia de Buenos Aires (1984 -2001).Es miembro de la Academia Interamericana de Derecho Internacional y Comparado, y Directora del Doctorado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Morón.

 

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Prórroga de jurisdicción y legislación extranjera
La Dra. Stella Marís Biocca análiza  la reforma del Código Civil y Comercial y el impacto en materia de endeudamiento con la incorporación al Código Civil y Comercial de la «prórroga de jurisdicción».

Entrevista radial (04.10.2014)

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Carla Poth

Carla Poth

Agronegocios    

Licenciatura en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Especializada en estudios rurales y el impacto de los agronegocios en la región.  Título de Profesorado de Ciencia Política (UBA). Doctorando en Ciencias Sociales de la UBA. Investigadora del Programa de Estudios Rurales y Globalización en la Universidad Nacional de General San Martin. Investigadora del Proyecto PICT-2008: “Modelo de desarrollo: actores, disputas, y escenarios en la Argentina Contemporánea”. Investigadora becaria del CONICET y del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO)

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Macri y la continuidad del modelo sojero transgénico

A pesar del cambio de Gobierno (con Macri como presidente electo), Carla Poth analiza la continuidad del modelo sojero y transgénico a partir de la permanencia de Lino Barañao en el Ministerio de Ciencia y Tecnología.

Entrevista radial (28.11.2015)


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