Al Dorso 18.06.2016.
Dos monjitas tapadas con arrugas, se sentaban en la puerta del monasterio. Una miraba perdida hacia el oeste los cientos de metros hasta el final del parque. La otra, seguía a los pájaros que acariciaban el césped segundos antes de tomar vuelo.
Las monjitas de López
Al Dorso (18.06.2016)
Dos monjitas tapadas con arrugas, se sentaban en la puerta del monasterio. Una miraba perdida hacia el oeste los cientos de metros hasta el final del parque. La otra, seguía a los pájaros que acariciaban el césped segundos antes de tomar vuelo. Metros cuadrados a la gracia de dios envolvían a las dos ancianas. Convivían con ellas en la inmensidad de la propiedad. Decenas de edificios distribuidos en ese tablero de ajedrez perfectamente diseñado para la contemplación. Cada uno de ellos habitados solo por telarañas, polvo, insectos y un silencio mortuorio. Pisos y techos que serían una delicia para muchos. Una obra de dios al alcance de muchos regenteado por Satanás. Un campo que tenía a las abuelas las únicas amas y señoras de la creación de Jesús sobre la tierra. El paraíso terrenal.
No pasaron un par de minutos, que las dos cruzaron sus miradas. El portón principal anunciaba la llegada de un visitante. Las dos permanecieron sentadas. La situación estaba controlada. Desde aquella noche los sentidos estaban alertas. Nada, ni nadie les quitaría la calma de los cielos. Después de atravesar el inmenso follaje, el hombre llegó al casco principal. Un inmenso edificio construido no hacía más de 40 años.
Después de mirar en silencio un tiempo más prolongado de lo que se acostumbraba, el visitante se relajo. Ni los montículos de tierra en todo el terreno desnudo, ni el montaje de seguridad, ni las cámaras de vigilancia, ni la estructura de alambre de púa en todo el perímetro, ni las armas prolijamente acomodadas sobre el sillón, lo conmovió. Es más, le parecía justo después de lo que había pasado esa noche.
La conversación se interrumpió e ingresaron a la casona. El sujeto abrió el inmenso bolso que lo acompañaba y dejó ver los fajos de billetes. Las señoras de gris los miraban sin pestañar. Una de ellas se adelantó y propuso la apertura de una cuenta en el exterior con garantía de gerentes del ex banco Ambrosiano. El hombre se negó al ofrecimiento y prefirió mantener el dinero en el monasterio. ”Claro, prefiere la seguridad divina”, bromeó una de las monjitas. El inversionista, se justificó diciendo que la causa estaba cerrada y sería imposible que se solicite un allanamiento. Las damas asintieron. Es más, comentaron que esa lógica fue utilizada por muchos de los visitantes que concurrieron luego de esa noche.
El servicio ofrecido era el de “un paraíso down shore”. Infinidad de cilindros blindados habitaban entre lombrices, bichos bolita y desechos de un pasado remoto. Cada uno de los recipientes sellados se encontraban a dos metros de la superficie. Además, cada hueco que alojaba cual vientre a los cofres, estaba recubierto en sus paredes por una fina capa de perlita y vermiculita. Ni el fuego, ni el agua, ni la humedad alteraban los secretos enterrados. Para la vista de forasteros o canes vigilantes, el mecanismo estaba cubierto por un hermoso césped verde.
Todo este engranaje se le había ocurrido a la monjita más vieja. Muchas veces, entre charlas y wiskys, entre obispos y empresarios, entre asesinos y mafiosos; surgen buenas ideas.
Caminado por ese imperfecto campo cual si fuera un cementerio con sus tumbas; bordeando cada uno de los tesoros escondidos; a una de las viejas le agarró un irresistible ataque de curiosidad. Fue tal la necesidad que vomitó una pregunta indebida, mal vista, pecaminosa para la actividad. El origen del dinero. El hombre sacó un arma y sin dudarlo la colocó en la sien de la hereje.
– ¡Tirá, tira! una, dos, mil ¡Tirá nomás!– dijo, mientras se acomodaba la dentadura postiza – Odio cuando pasa esto. A pesar de mi edad, soy coqueta. Y aunque todos saben que la uso, me niego a mostrarla.
Un llamado, no atiende, se corta. Dos llamados, atiende seca, fría. Se enfurece. El cargamento no llega.
-¡No, mierda! No puede ser, la gendarmería estaba comprada ¿Funcionario para que cobraste? – Traga saliva.
La otra, agrede a dios, a Jesús, a la iglesia y las insatisfechas de los conventos. Maldicen a destiempo, descoordinadas.
El traficante con su bolso a cuestas, presiente lo peor. Les soltaron las manos, piensa. Ni el obispo, ni el gobernador, ni la dirigencia de la asociación de empresarios las sostuvieron.
Quizás los ojos al vacio, las cejas al cielo, o el silencio a la distancia, hace reaccionar a una de las endiosadas trasvestidas. “Lo mandamos afuera”. Cómo se iban a perder el negocio. “El boludo nos dejo 2 millones, te lo sacamos con eso”. Sí, pero a las cuentas del vaticano o del presidente de la nación”. Y un “No hay problema”, cerró la conversación. “Dios es argentino”, festejo la devota de las finanzas.
Y fue lo último que dijo. Un disparo clausuró su sagrada vida. Otro disparo cruzado impacto en la cruz de la otra conventera. Ni dios la pudo salvar. Cayó con los brazos estirados tal crucificada. El visitante ilustre murió en el acto.
Pasaron segundos, la boca de una monja se abrió, y de ella mostró sus dientes la dentadura. La coquetería fue violada en ese instante.