Una canoa, en el medio del océano. Una mujer, sobre una canoa en el medio del océano con sus manos atadas a dos baldes. Un brazo, un balde. Otro brazo, otro balde. Una mujer, balde a balde, intenta evacuar una canoa que se hunde productos de infinitas filtraciones.

Los remos de una canoa que no puede más que hundirse, gravitan, sobre la superficie plana del océano, casi como si no estuviesen, casi como si su existencia pétrea, delatara la estupidez de su presencia.

El horizonte en el que se plasma una canoa que no puede más que hundirse, es eterno. Un horizonte áspero y silencioso. Un horizonte al que se puede ir, tocar, rozar con la punta de los dedos. Un horizonte de mármol o marfil, da igual.

Un eterno horizonte brilloso que comulga identidades palpables entre la parte de arriba y la parte de abajo. Una línea que de a ratos no se percibe, pero que efectivamente se proyecta y disgrega, se proyecta y divide, se proyecta y selecciona. De un lado o del otro, parece decir este horizonte eterno que la mujer logra observar desde su canoa. Una canoa que de no ser por los baldes, por la fuerza de sus brazo, ya estaría hundida.

Y así va esta mujer. Sin demasiadas preguntas puesto que no parece haber nadie a su alrededor. Sin demasiadas preguntas porque la empresa es compleja y si por un instante se detiene, la canoa se hunde. Balde a balde la canoa flota. Sólo balde a balde. Los brazos sistemáticos de la mujer indican cansancio, hastío y salvación. Salvarse no es liberarse; es simplemente no hundirse, parece pensar la mujer.

Ya no recuerda la primera vez en que una pequeña grieta se abría paso en la base de la canoa. Tampoco recuerda desde dónde venía y hacía dónde viajaba. Esta mujer, balde a balde, ha olvidado la dirección. Ya el sol no sale por donde debiera y las luces del cielo son indistintas; de espaldas al cielo, en cuclillas, sólo evacua su canoa. Una mujer, tratando de no morir, ha olvidado su nombre y ya no recuerda el color de sus ojos.

Una mujer naufraga sobre una canoa que de no ser por los baldes, por dos baldes atados a sus dos brazos, ya se habría hundido.

Una mujer, presa en un naufragio inhóspito y taciturno. Una mujer, sola. Se morirá de cansancio o en las profundidades de un océano que no tendrá más que deglutirla.

Sistema perfecto que la obliga a no pensar, a no observar, a no decidir. Sistema perfecto que la mantiene en movimiento. Sistema que la ningunea, la hace torpe, la deja sola.

Estamos sobre una canoa que se hunde y no puede más que hundirse. La deuda externa ingresa por los orificios de una canoa desvencijada que no puede más que hundirse. El océano, el horizonte y los baldes, pertenecen a ellos. Los brazos, son de una mujer, que no puede más que hundirse.

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