DEUDA Y POLÍTICA FINANCIERA DEL BANCO CENTRAL

Héctor Luis Giuliano 19.04.2019. El híbrido paquete de medidas anunciado por el gobierno Macri para tratar de paliar durante los últimos meses de su mandato los efectos de su fracaso en materia económico-financiera ha dejado en segundo plano ante la opinión pública anuncios mucho más complejos y graves provenientes del Banco Central (…)

 

DEUDA Y POLÍTICA FINANCIERA DEL BANCO CENTRAL

Por Héctor GIULIANO (19.4.2019)

El híbrido paquete de medidas anunciado por el gobierno Macri para tratar de paliar durante los últimos meses de su mandato los efectos de su fracaso en materia económico-financiera ha dejado en segundo plano ante la opinión pública anuncios mucho más complejos y graves provenientes del Banco Central (BCRA).

El 16.4 el titular del BCRA, Guido Sandleris, ofreció una extensa conferencia de prensa – en su presentación del Informe de Política Monetaria (IPOM) de Abril 2019 – que contiene definiciones importantes sobre la actual Política Financiera (Monetaria, Cambiaria y Bancaria).

Los lineamientos básicos más relevantes ratificados y/o ajustados así por parte del BCRA – en función del arreglo Stand-By (SBA) con el Fondo Monetario Internacional (FMI) – son los siguientes:

a) El presidente del BCRA ratifica y enfatiza que el Tipo de Cambio en la Argentina es Libre y Flotante, lo que en la práctica significa institucionalizar la privatización del valor del Dólar y de todas las restantes divisas en la plaza local a manos de los grandes operadores financieros que mueven el Mercado de Cambios (Bancos, Fondos de Inversión, empresas bursátiles, grupos multinacionales que manejan la liquidación de exportaciones de granos y Organismos Internacionales cuyos desembolsos se utilizan para sostener las variaciones cambiarias, con el FMI a la cabeza).

b) En línea con el punto anterior, el titular del BCRA declara que el Banco no intervendrá – es decir, que no podrá comprar ni vender divisas – mientras la cotización del Dólar se encuentre entre 39.75 y 51.45 $/US$, una banda por ello denominada Zona de no Intervención (ZNI) del BCRA; y que estos valores quedan fijos hasta fin de año.[1]

c) Además, dice que hasta el 30.6 el BCRA directamente se auto-impone no intervenir en el Mercado ni siquiera para sostener la cotización del dólar en caso que la misma baje del piso de la banda. Esto es, que no le pone restricción a la apreciación cambiaria del peso.

d) En cambio, mantiene que si la cotización sube por encima del techo de la banda fijada, el BCRA podrá intervenir aunque sólo con hasta 150 MD[2] por día.

e) El Dr. Sandleris garantiza así una política de retraso cambiario relativo porque congela y/o restringe la intervención del BCRA mientras el país tiene una inflación superior al 50 % anual.[3]

f) Corresponde resaltar que las intervenciones con ventas de 60 MD por día que desde esta semana pasada realiza el BCRA no se hacen con recursos propios del Banco sino por cuenta y orden del Gobierno Nacional dado que éste es el que recibe el desembolso de los 10.800 MD del FMI y prevé aplicar 9.600 MD de ese total para sostener el tipo de cambio por vía indirecta.[4]

g) El Comité de Política Monetaria (COPOM) del BCRA – que integran su presidente Guido Sandleris, los vicepresidentes Gustavo Cañonero y Verónica Rappoport, el director Enrique Szewach y el Sub-Gerente de Investigaciones Económicas Mauro Alessandro – estableció además que la Base Monetaria (BM, que hoy está en el orden de 1.35 B$), lo mismo que la ZNI, quedará congelada también hasta el 30.6.[5]

h) El titular del BCRA, por otra parte, sostiene que la Tasa de Interés de Referencia que determina el BCRA (lo mismo que la determinación del Tipo de Cambio) tampoco es pública sino privada ya que – según Sandleris – la Tasa la determina el Mercado a través de las subastas diarias de Letras de Liquidez (Leliq) y Pases Pasivos.

i) De todas maneras, se ratifica que el BCRA subsidia la tasa de interés que le paga a los acreedores financieros garantizándoles un piso del 62.5 % anual para las Leliq (y Pases Pasivos) durante el mes de Abril, con opción a que esta medida sea prorrogada durante el resto del año.

j) Sandleris reconoce que la actual Inflación es demasiado alta y la atribuye a dos factores explicativos: el aumento de Precios/Tarifas de Servicios Públicos (precios regulados que fija el gobierno) y el traslado de la Devaluación a Precios, que incide fácticamente en todos los precios de la Economía y particularmente en los Precios Mayoristas.[6]

k) El Gobierno Macri espera que la próxima afluencia de dólares provenientes de la liquidación de exportaciones de granos, unida a los desembolsos de los Organismos Internacionales de Crédito (FMI, Banco Mundial, BID y CAF), le permita contener el valor de la divisa con tendencia a la baja de su cotización, esto es, a un retraso cambiario relativo durante el presente año electoral. Notablemente, es el mismo procedimiento que el Macrismo censuró al gobierno Kirchner durante el año de las elecciones del 2015.

l) El presidente del BCRA exhorta a los Bancos – y ha tomado algunas medidas al efecto – para que disminuyan el spread o brecha de ganancia que existe entre las tasas de interés que les paga por las Leliq (67 %) y las tasas que esos mismos bancos pagan a los ahorristas por plazos fijos que utilizan para fondear sus compras de las letras al BCRA.[7]

m) El BCRA reitera que su política de Letras de Liquidez (Leliq) para absorción monetaria en gran escala – que pagan altísimas tasas de interés – son las herramientas necesarias para atraer pesos en el Mercado (vía Plazos Fijos) para evitar que tales fondos se vayan al Dólar, con el aumento consiguiente de su cotización. Pero ello se está logrando a costa de transformar la ex Bomba de las Lebac en nueva Bomba de las Leliq y Pases Pasivos.[8]

n) Este costo financiero extraordinario de la deuda cuasi-fiscal del BCRA por Leliq y Pases es más gravoso y riesgoso todavía porque los Bancos pasan a estar autorizados a usar la totalidad de las Leliq para integrar sus encajes indisponibles, lo que implica en la práctica una remuneración – una remuneración muy elevada – que obtienen sobre tales encajes: una suerte de nueva Cuenta de Regulación Monetaria (CRM), como la que regía en la época de Martínez de Hoz.

o) Y todo ello se da en el marco de un desequilibrio estructural de un BCRA que tiene 66.200 MD de Reservas Internacionales que fueron compradas con Deuda, de manera que el stock de pasivos a corto y cortísimo plazo deviene superior a tales reservas.[9]

Hasta aquí las principales observaciones y/o comentarios sobre los contenidos de la conferencia de prensa del presidente del BCRA, Guido Sandleris, del 16.4.2019.

Merece un comentario aparte la referencia de Sandleris acerca de los riesgos de dolarización de carteras privadas en el año electoral, que ya se han venido dando con daño a la posición de por sí sumamente grave del BCRA y del gobierno Macri en general.

El titular del BCRA dice que un riesgo de este tipo hoy en día es muy bajo porque Empresas y Familias ya abrían pasado a dólares el grueso de sus ahorros y/o fondos disponibles y que los No Residentes (léase grandes Fondos internacionales de Inversión) ya no estarían en el país desde el retiro de circulación de las Lebac; pero ello no es tan así:

  1. Que las Familias o Individuos tengan hoy menor capacidad de ahorro es cierto pero la suma de pequeños ahorristas (lo que se llama el chiquitaje) no tiene relevancia en el Mercado Cambiario.
  2. Que las Empresas tampoco tengan hoy alta proporción de ahorros disponible para temer fuertes pases a dólares es cosa muy relativa o al menos discutible dado que los grandes grupos corporativos y multinacionales exportadoras sí pueden contar con la alternativa de pases en gran escala a moneda extranjera. Y
  3. Lo más importante: Que los grandes Fondos de Inversión extranjeros se hayan retirado del mercado local por el fin de las Lebac debido a la conversión de las mismas en Leliq y en mayor proporción de Pases Pasivos no solamente no está demostrado sino que, por el contrario, el propio BCRA ha dictado disposiciones para tratar de restringir un poco la afluencia de estos fondos – verdaderos Hedge Funds o Fondos de Cobertura (en la práctica, Fondos Buitre) – que siguen operando en la plaza prevalentemente a través de bancos extranjeros con filiales en el país.

Por ende, no sólo esta visión optimista carece de fundamentos sólidos y se parece a una expresión de deseos para vender expectativas optimistas a la opinión pública sino que además esconde el peor de los peligros reales: el de abrupta salida de Leliq y Pases por parte de los Bancos Acreedores si se produjera el retiro de los depósitos con que fondean sus compras de títulos del BCRA.

En consecuencia, la expresión jactanciosa de Sandleris acerca de contar el BCRA con Reservas suficientes para sostener una corrida cambiaria no sólo no se corresponden con la realidad argentina sino que, por el contrario, en el hipotético caso que ocurriera, llevaría al país a un descontrol cambiario y a un peligro cierto de hiperinflación.

Más, se repite, todo esto que aquí se comenta va más como un razonamiento en voz alta o ejercicio muy teórico antes que como proyecciones financieras pronosticables ya que un terremoto de Mercado que este tipo de acciones desataría se descuenta que no permitiría controlar tal situación en pleno año electoral.

Dicho con otras palabras: que la administración Macri, en las postrimerías de su gestión, se encuentra completamente encadenada y dependiente – en forma institucional y bajo la supervisión directa del FMI – a una trampa insoluble de arbitraje entre Tipo de Cambio y Tasa de Interés que condiciona en forma total y absoluta el resto de su mandato; y que además se transmitiría como condicionante al futuro gobierno electo, cualquiera sea su signo.

Pocas veces en la Historia Financiera Argentina se ha visto una maniobra tan irresponsable como descarada de un gobierno que habiendo fracasado abiertamente en su gestión económica y financiera por culpa de su política de Gobernar con Deuda, se haya sobre-endeudado adicionalmente para poder llegar al fin de su mandato, abonando para ello altísimas tasas de interés y pasándole el costo y la cuenta de cancelaciones a la administración que lo suceda, como hoy lo está haciendo el presidente Macri.

Con el agravante y el interrogante que, por una combinación propia de ineptitud y corrupción – por equivocarse a propósito en favor de los capitales financieros – la administración macrista está apretando hoy al mismo tiempo el freno y el acelerador sobre el tipo de cambio – tema del que vamos a ocuparnos en una próxima nota – a costa de pagar cada vez más intereses y sin que sepamos todavía el alcance que tiene este riesgo de estrellar su Política Financiera incluso antes de las Elecciones de Octubre.

[1] Hasta ahora esta ZNI se indexaba a razón de un 3 % mensual desde un valor base en Octubre pasado entre 34 y 44 $/US$, que había sido bajado al 1.75 %; pero igualmente el nuevo rango de cotización fijo del Dólar entre unos 40 y 51.5 $/US$ sigue siendo riesgoso y vulnerable desde el punto de vista inflacionario y financiero en general.

[2] Las abreviaturas MD/M$ significan Millones de Dólares/Pesos respectivamente y B$ son Billones de Pesos, y se expresan siempre con redondeo de cifras de modo que pueden darse mínimas diferencias entre totales y sumatoria de términos.

[3] La Política oficial de atraso cambiario, estrictamente hablando, ya está prevista en el Presupuesto 2019 (Ley 27.467) porque en las proyecciones macro-económicas del año se prevé un dólar promedio a 40.10 $ contra una Inflación también promedio del 23 %.

Por otra parte, después de su macro-devaluación inicial de Diciembre de 2015 – que se neutralizó totalmente durante el Verano por su traslado a precios – la administración macrista mantuvo durante el bienio 2016-2017 un mecanismo permanente de retraso del tipo de cambio que – como todo corsé cambiario – le explotó en Abril del año pasado.

[4] Los préstamos Stand-By (SBA) del FMI – con todas sus condicionalidades – se conceden a los países miembros para superar problemas de Balanza de Pagos y no para sostener o regular el Tipo de Cambio, por lo que el Organismo pudiera estar violando sus propios reglamentos (como ya ocurriera en Setiembre de 2001 también con la Argentina).

El argumento que se esgrime ahora es que el Tesoro recibe el tramo del desembolso – los 10.800 MD citados – y que le vende esos dólares al BCRA para convertirlos en pesos que se utilizan para sufragar el Gasto Público Corriente y con ello cubrir la meta del Déficit Primario Cero; pero este comportamiento del gobierno conlleva algunas irregularidades:

  1. La Ley 24.156 de Administración Financiera del Estado dice expresamente en su artículo 56 que se prohíbe realizar operaciones de crédito público para financiar gastos operativos, siendo que los gastos corrientes son gastos operativos.
  2. El Ministerio de Hacienda (MH) dice estar cumpliendo con las metas fiscales en lo que va del año y tener incluso un leve Superávit Fiscal Primario, por lo que técnicamente no necesitaría vender los dólares del FMI para cubrir necesidades operativas.
  3. La toma de Deuda Externa para sufragar Gastos Públicos Corrientes en Pesos constituye una gravosa irracionalidad financiera: al Estado le resultaría más simple, claro y barato emitir esos mismos pesos en forma directa antes que endeudarse – pagando obviamente intereses – para transformarlos en pesos.

Cabe recordar que el Artículo 66 de la Ley de Administración Financiera dice que: Las operaciones de crédito público realizadas en contravención a las normas dispuestas en la presente ley son nulas y sin efecto, sin perjuicio de la responsabilidad personal de quienes las realicen.

[5] La BM – que se integra con el  Dinero Circulante y los Depósitos por Encajes Bancarios – determina el grado de liquidez del Mercado e implica, por lo tanto, la garantía del BCRA sobre la continuidad de su política de contracción monetaria (actualmente en el nivel de 1.35 B$ ≡ 31.200 MD).

Esta política de astringencia monetaria se regula a través de la Tasa de Interés de Referencia que paga el BCRA para absorber dinero de plaza y que se determina según las subastas de Leliq, de modo que – en función de lo dicho en el punto h) – el quantum de la BM, en definitiva, depende de la evolución de las tasas que los capitales financieros le impongan al BCRA para la renovación de sus obligaciones a corto y cortísimo plazo (Leliq a 7 días y Pases Pasivos a sólo un día) y que hoy están en el orden del 67 % anual.

[6] La Inflación Mayorista (IPIM) fue el año pasado (2018) del 73 % contra un 48 % de la Inflación Minorista (IPC) y la brecha entre ambos índices siempre conlleva un desfase en el traslado a precios que amplifica la Inflación futura.

[7] En el 2018 los bancos ganaron en la Argentina 172.100 M$: un 121.5 % más que en el 2017. Y tales ganancias provinieron básicamente del negocio de los intereses que les paga el BCRA por Leliq, ex Lebac y Pases Pasivos, o sea, que el Sector financiero-bancario es el principal sector que vive y lucra de la vulgarmente llamada teta del Estado.

No es casual que en un país donde impera la Inflación, donde en términos reales caen los Salarios, las Jubilaciones y los Planes Sociales, que en un país con aumento de la Pobreza, la sub-Ocupación y el Desempleo Abierto, con caída del Consumo y la Actividad Económica, los Bancos y las Entidades Financieras en general sean las que obtienen récords de ganancias y que, como agravante, las tengan gracias a los subsidios del Estado (que son verdaderos sobre-precios vía Tasas de Interés que son las más altas del Mundo).

[8] Según el Balancete del BCRA al 31.3.2019 el stock de Leliq es a esa fecha de 948.000 M$ (≡ 21.900 MD) y el de Pases Pasivos de 916.800 M$ (≡ 21.100 MD): en total, 1.864.800 M$ (≡ 43.000 MD).

Las Lebac eran letras del BCRA a 30 días de plazo que estuvieron vigentes hasta fines del año pasado  y llegaron a pagar un 50 % de Interés anual mientras que las actuales Leliq y Pases Pasivos son obligaciones a menor plazo (7 y sólo un día respectivamente) y pagan tasas de interés superiores (hoy del orden del 67 % -con un piso garantizado del 62.5 % – pero que llegaron semanas atrás hasta el 73 %), de modo que la Tasa Efectiva Anual (TEA) de las mismas es hoy del 90-100 %.

El BCRA paga así por Intereses unos 3.300 M$ por Día (≡ 77 MD): son casi 100.000 M$ por Mes (≡ 2.300 MD) y 1.21 B$ (≡ 28.000 MD) proyectados a un año.

Si a esto se le suma el monto de los Intereses que paralelamente paga el Tesoro Nacional por su Deuda Pública – que es una cuenta separada de la deuda cuasi-fiscal del BCRA – por 750.000 M$ de intereses presupuestados para el 2019 (≡ 19.000 MD), el Estado Argentino está teniendo un total combinado de Intereses a Pagar por ambas líneas de endeudamiento de unos 2.0 B$ anuales (≡ 47.000 MD): son 5.400 M$ por día (≡ 125 MD).

Tal el costo financiero extraordinario e inmanejable del Estado Argentino, que se ha convertido así en una máquina de pagar intereses sobre una Deuda Pública impagable.

[9] Siempre según datos al 31.3 pasado, los Pasivos del BCRA suman 3.27 B$ (≡ 75.400 MD):

– Según el Balancete o Estado resumido de Activos y Pasivos del BCRA al 31.3 pasado la posición de Reservas Internacionales era de 66.200 MD (≡ 2.9 B$, con TC Dólar 45.3533 $/US$).

– Los principales Pasivos – sin contar aquí la Base Monetaria (BM) de 1.351.500 M$ (≡ 31.200 MD) – suman a esa fecha el equivalente a unos 75.400 MD (3.268.500 M$ ó 3.3 B$) y están constituidos por: 1. Leliq 948.000 M$ (≡ 21.900 MD), 2. Pases Pasivos 916.800 M$ (≡ 21.100 MD), 3. Encajes en Moneda Extranjera 667.400 M$ (≡ 15.400 MD) y 4. Otros Pasivos (Swap con China) 736.300 M$ (≡ 17.000 MD).

– Esto da una equivalencia muy riesgosa entre Reservas y Pasivos que pueden mutar rápidamente de tipo de moneda: las Leliq y los Pases Pasivos, porque son obligaciones a corto y cortísimo plazo (7 y un días respectivamente) y los Encajes en Dólares, porque están expuestos a un abrupto retiro de Depósitos. No así, en cambio, el Swap ampliado con China, que tiene plazo a un año pero es renovable.

– No se cuenta aquí el Neto de Pases Pasivos menos Activos porque estos últimos no serían acreencias concretas del BCRA contra Bancos sino que en la realidad están constituidos en su gran mayoría por garantías dadas por el BCRA a los bancos acreedores de los Pases Pasivos bajo forma de Títulos Públicos (respaldando incluso esas obligaciones con sus propios pasivos, antes Lebac y ahora Leliq).

– Tampoco se considera el efecto financiero compensatorio de los Títulos Públicos en cartera del Activo del BCRA – las Letras Intransferibles de la época Kirchner (que hoy suman 43.000 MD (≡ 1.9 B$) – porque no son realizables.

– Ergo, tenemos que el stock de Reservas por 66.200 MD era al 31.3 menor que el consolidado de Pasivos de Corto Plazo del BCRA (75.400 MD), cifra que ahora ha quedado equiparada por reservas que han subido a 76.900 MD (al 15.4) a raíz del nuevo desembolso del FMI por 10.800 MD.

– Pero esta ecuación extrema sólo tendría validez teórica matemática ya que si se produjera una fortísima corrida cambiaria la Argentina se quedaría literalmente sin Reservas.

– Esta situación de vulnerabilidad extrema viene dada – desde hace años – por la Política de Compra y/o reposición de Reservas con Deuda (ex Lebac, hoy Leliq y Pases Pasivos), ahora exacerbada por la administración Macri a niveles inmanejables.

Hasta aquí lo poco que puede deducirse acerca de la relación (se insiste, teórica) ya que va de suyo que una corrida cambiaria dejaría sin reservas la posibilidad de afrontar las obligaciones de la Cuenta Corriente de la Balanza de Pagos, dejaría descalzados los valores de referencia cambiaria (inyección monetaria masiva contra fuga de divisas) y disparo incontrolable de la cotización del Dólar.

Una situación de este tipo sería inmanejable para el BCRA porque los tiempos de salida de los pasivos de corto y cortísimo plazo (Leliq y Pases Pasivos, más retiro de Depósitos Dolarizados) son más rápidos que la capacidad de controlar el aumento vertiginoso de la Base Monetaria, lo que pudiera derivar en una verdadera explosión híper-inflacionaria.

Tal situación de este tipo podría replantear incluso la alternativa de Dolarización formal de la Economía como forma de intentar frenar el desequilibrio monetario y cambiario que se derivaría de una crisis de esta naturaleza y magnitud, con las gravísimas implicancias del caso.

Pero para contener transitoriamente esta eventualidad se supone que está el stock artificialmente sostenido con Deuda de las Reservas Internacionales, la asistencia del FMI, una posible intervención excepcional de la Tesorería de los Estados Unidos y/o directamente un acuerdo subyacente con determinados grandes Fondos internacionales de Inversión.

Más el autor de este trabajo evita entrar en estos temas conjeturales porque su propósito no es analizar hipótesis sino hechos y/o dichos concretos de las autoridades de gobierno.

 

20

Programa 12/04/2019

Economía y justicia en el infierno del FMI

Viernes 12 de abril de 2019

«No tiene ningún sustento el planteo de que es posible re-negociar con el Fondo otra cosa que no sea cómo profundizar el ajuste. Quienes enuncian esa perspectiva como posible se están preparando para seguir los lineamientos de la política económica definida en Washington», afirmó el economista de izquierda Esteban Mercatante en AL DORSO.  Señaló las falsas promesas que circulan (en la oposición) de salir del ajuste sin romper con el Fondo al mejor estilo Portugal. Por su parte,  el fiscal federal Federico Delgado analiza  el estado anestesiado de la Justicia Argentina y cómo funciona el sistema que explica a los D´Alessios.  Además, «debo debo»,  «personaje de la dignidad rebelde» , «Quini 6» y otras deudas. 

        bloque-4

23

JUSTICIA: DESLEGITIMACIÓN Y PÉRDIDA DEMOCRÁTICA

Federico Delgado 12.04.2019. A partir del caso del falso abogado Marcelo D’Alessio contra el empresario Pedro Etchebest y de las denuncias realizadas por Alejo Ramos Padilla, el fiscal federal de la Nación Federico Delgado analiza el lugar de la justicia y del sistema político en la actualidad (…)

 

JUSTICIA: DESLEGITIMACIÓN Y PÉRDIDA DEMOCRÁTICA

Entrevista AL DORSO al fiscal federal Federico Delgado (12.04.2019)

A partir del caso del falso abogado Marcelo D’Alessio contra el empresario Pedro Etchebest y de las denuncias realizadas por Alejo Ramos Padilla, el fiscal federal de la Nación Federico Delgado analiza el lugar de la justicia y del sistema político en la actualidad.

Partiendo del rol que cumplen actores tales como los servicios de inteligencia, la clase empresaria y los intereses partidarios, Federico Delgado apunta a un maridaje de estos con la justicia que representa un claro sistema de poder que funciona por fuera de la Constitución Nacional. La principal consecuencia se centra en una deslegitimación de la ley y las instituciones como regentes de la vida democrática, la cual se ve reducida a una competencia electoral cada cierto tiempo y se aleja de un horizonte de sentido o una forma de vida colectiva.

Señala como un problema histórico de la justicia e instituciones nacionales el hecho de que coexisten hace mucho tiempo una legalidad formal y una legalidad informal -que se representa en pequeñas o grandes violaciones de la ley- y esa coexistencia está socialmente aceptada. A este fenómeno, hoy se suma un sistema que se basa en crear causas, contaminarlas, implantar pruebas falsas, extorsionar en nombre de la ley a través de jueces y fiscales. Todo esto “con un combustible perverso que es la indiferencia de la dirigencia política y de los ciudadanos” remarca Federico Delgado.

Esto eleva aún más el nivel de crisis de la justicia actual, ya que existe una Constitución que rige pero que no se cumple. Como resultado directo en los márgenes de la vida pública, la justicia y las instituciones quedan relegadas de su funcionalidad principal como mecanismos de solución de problemas.

43

Programa 05/04/2019

De marchas, pobreza y otras deudas

Viernes 05 de abril de 2019

«El 30 de marzo de 1982 se produjeron masivas y determinantes manifestaciones, con epicentros en Mendoza, Córdoba, Rosario, La Plata, Capital federal y otras ciudades, contra la dictadura cívico-militar.  La respuesta del gobierno fue criminal: una feroz represión con más de 2.500 heridos, 4.000 detenidos en todo el país y dos asesinatos. Fue el fin de la dictadura cívico-militar…»    Recordamos  junto a nuestro historiador Miguel Abramzón la marcha obrera del 30 de marzo de 1982 donde el movimiento obrero preludió el fin del golpe. Además, «debo debo»,  «personaje odioso» , «Quini 6» y otras deudas. 

        bloque-4

20

Venezuela: extractivismo y dialéctica de la dependencia

Horacio Machado Aráoz. «La construcción del socialismo es para nosotros razón de vida (…) No se trata sólo hoy ya de un impulso político, moral, ético, ideológico. Se trata, mucho más que eso, de salvar la vida en este planeta. Porque el modelo capitalista, el modelo desarrollista, el modelo consumista que desde el Norte han impuesto al mundo, está acabando con el planeta Tierra”.

 

Debatir Venezuela… Debatir el “ciclo progresista”

Extractivismo y dialéctica de la dependencia

Por Horacio Machado Aráoz

Rebelión

“La construcción del socialismo es para nosotros razón de vida (…) No se trata sólo hoy ya de un impulso político, moral, ético, ideológico. Se trata, mucho más que eso, de salvar la vida en este planeta. Porque el modelo capitalista, el modelo desarrollista, el modelo consumista que desde el Norte han impuesto al mundo, está acabando con el planeta Tierra”. (Comandante Hugo Chávez, cumbre contra el ALCA, Mar del Plata, Noviembre de 2005)

Para nosotros es claro que el proceso bolivariano constituye la enunciación más radical y potente del ciclo de movilizaciones y luchas populares que irrumpieronen nuestra región para fracturar lo que hasta entonces era la monolítica geografía política del neoliberalismo. Si en algunos países esas luchas fueron dinamizadas y sostenidas por movimientos sociales fuertes y arraigados, en Venezuela ese proceso hubiera sido inimaginable sin la descomunal fuerza carismática y el liderazgo disruptivo del comandante Chávez. No perdamos de vista que ese histórico proceso insurgente en Nuestra América/Abya Yala se levantó no sólo para impugnar el ‘orden’ neoliberal, sino para cuestionar y poner en crisis el propio capitalismo, como proyecto civilizatorio colonial-occidentalocéntrico, impuesto como modelo presuntamente único, universal, a seguir y alcanzar. Y -a diferencia de la suerte que estos procesos corrieron en otros países, a diferencia del resto de los gobiernos progresistas y el oficialismo de ‘izquierda’ circundante-, el movimiento bolivariano nunca olvidó ni dejó de tener como horizonte la construcción del “socialismo del siglo XXI”.

A nuestro entender, la gran osadía de Chávez (la del chavismo) fue la de haber encarnado la convicción política de la necesidad histórica de construir un horizonte social radicalmente post-capitalista, como única salida para nuestros pueblos. Volver a hablar de la revolución, en serio, en términos realistas y sin ambages, como proyecto histórico y como programa de gobierno; encima, en pleno apogeo de la era de la resignación posmoderna/neoliberal… Y, decisivamente, haber hecho de la revolución -así concebida radicalmente como un movimiento histórico de superación del capitalismo-, no una entelequia, sino un proyecto político popular, masivo, abrazado y asumido por millones de cuerpos humanos vivientes, dentro y fuera de Venezuela, y más allá de nuestro continente, una fuerza históricamente actuante en pleno siglo XXI, en eso consiste la grandeza de su figura y el carácter perenne y vigente de su legado.

Por eso mismo, el chavismo en particular, el movimiento bolivariano más abarcativamente, no pueden ser reducidos ni asimilados a lo que hoy es y representa el actual gobierno venezolano. Si bien sería inconcebible sin el liderazgo de Chávez y si bien también fue predominantemente gestado desde el Estado (lo cual forma parte de los problemas), nos parece fundamental ver y reconocerlo como un proceso histórico colectivo que ha trascendido a sus gestores y que hoy va más allá de quienes se atribuyen la responsabilidad de “dirigirlo” desde el gobierno estatal. Hablamos de un proceso y un movimiento mucho más denso y complejo que ha hecho de la construcción del socialismo del siglo XXI su horizonte de sentido histórico, su proyecto político y núcleo identitario.

Por eso mismo también, lo que está en debate en torno al “caso venezolano” excede largamente la escala espaciotemporal de los próximos años en ese país, e incluso de las próximas décadas en la región y en el mundo. En función de la increíble condensación y nucleamiento de energías revolucionarias que el proyecto bolivariano ha concitado, lo que resulte de él afectará, para bien o para mal, las posibilidades transformativas de los pueblos a nivel del sistema-mundo.Por eso será vital lo que seamos capaces de rescatar y de sostener de ese proceso.

Ahora bien, ese desafío no tiene nada que ver con “sostener a como dé lugar, el gobierno de Maduro”, sino con la necesidad de re-pensar profundamente esta experiencia yaprender de ella, para recuperar y fortalecer a futuro las capacidades colectivas de transformación radical. Inspirándonos en las potencialidades emancipatorias que ha abierto, hoy más que nunca, necesitamos hacer los aprendizajes históricos de este proceso; ser capaces de ver sus equívocos y sus puntos ciegos, para -a partir de allí- re-encauzar el rumbo de nuestras luchas y redefinir el horizonte de nuestros sueños. Porque lo que está en juego no es apenas una cuestión de “cambios de gobierno”, sino de transformación civilizatoria.

En ese sentido, como venimos insistiendo desde diversos movimientos y colectivos para quienes la aspiración de un cambio revolucionario, de un horizonte civilizatorio postcapitalista, es más que un deseo político, una necesidad histórica de supervivencia de la especie, el punto ciego determinante del proceso bolivariano -la falla insalvable del “ciclo progresista”- ha sido la cuestión del (mal llamado y peor entendido) “extractivismo” [1] .

Siembra de petróleo… Cosecha de tempestades.

“Somos una casa invadida por las termitas. Por fuera, todo se mira bien. Ahora se construye mucho, se hacen grandes carreteras con el dinero del petróleo, se hará mañana una gran ciudad, hasta cambiarán por otra a nuestra Caracas, pero la procesión va por dentro, hijo. El suelo se sostiene sobre el aire. El corazón de la tierra ha sido perforado, y a medida que sacan el petróleo, queda vacío. Se va la soberanía y con el dinero vienen los vicios…”. (Mario Briceño Iragorry, “Los Riberas”, 1957) [2]

A esta altura de los acontecimientos, ante el panorama desolador del descalabro socioeconómico y político que está viviendo la sociedad venezolana, pocas dudas caben que el error histórico del Chavismo (acá enunciado como conjunto de políticas aplicadas desde la gestión gubernamental del Estado) ha sido la continuación y profundización de esa forma extrema de los regímenes extractivistas que constituye el rentismo petrolero.

Pese al carácter históricamente extraordinario de su liderazgo, la siembra de Chávez, fue en gran medida, mal que nos pese, siembra de petróleo [3] . La revolución bolivariana ha sido inicialmente detonada como una gran siembra de petróleo y, a pesar de todas las advertencias en contra, el proceso bolivariano -en su curso fundamental- no ha logrado salirse de la inercia histórica de una sociedad una economía y una estructura de poder asentada sobre esa letal trampa. En el ejercicio del gobierno, el chavismo no ha sido capaz de modificar un ápice la matriz petro-dependiente de la economía venezolana; al contrario, a lo largo de casi dos décadas que lleva en el control del Estado, ha intensificado y profundizado a niveles insólitos la dependencia del funcionamiento general de la sociedad de las exportaciones petroleras [4] .

Por cierto, el proceso bolivariano no puede ser reducido a sólo una apropiación y redistribución estatalista de la renta petrolera. Para bien y para mal, ha sido y ha implicado mucho más que eso. Pero ha sido justamente el nervio principal del proceso, y se trata, por tanto, del problema de fondo. De un lado, la redistribución de la renta petrolera ha sido el mecanismo que en lo inmediato permitió en su momento, una tan necesaria como urgente reparación histórica de una larga cadena de privaciones, humillaciones y ultrajes acumulados en los cuerpos de los sectores populares. Ese acto de reparación dinamizó un vigoroso proceso de movilización y concientización política que, en definitiva, fue la base del poder popular y la energía revolucionaria insurgente que caracterizó al chavismo, sobre todo en su primera etapa.

Del otro lado, sin embargo, lo que debiera haber sido un punto de partida transitorio, se fue constituyendo en un factor cada vez más importante y condicionante, que terminó obnubilando el rumbo del proceso. Si bien permitió “salir de la pobreza a millones de pobres”, la fenomenal redistribución de la renta petrolera realizada por el chavismo -hasta antes de la crisis de la cotización internacional del crudo-, lejos de ir abriendo paso a las transformaciones radicales (económicas, políticas y culturales) que implicaba ir progresivamente dejando atrás una formación social capitalista-dependiente (por caso, la reapropiación colectiva de los procesos y medios de producción, cambios a nivel de las fuerzas productivas y mediaciones tecnológicas, de la orientación, el sentido y los valores sociales que regulan los procesos económicos, en fin, de cambios a nivel de las subjetividades que -como productores y consumidores- agencian la (re)producción material de la sociedad en su conjunto), fue, por el contrario, abriendo las puertas del infierno.

La pretendida “dignificación popular a través de la renta petrolera” derivó, en el seno de la revolución bolivariana, en el “renacimiento del Petro-Estado Desarrollista” (Terán Maontovani, 2014). Se terminó alentando la fantasía de la socialización del consumismo importador como presunta vía de salida de la opresión histórico-estructural. Y esa fantasía duró poco; duró lo que duraron las altas cotizaciones internacionales del crudo. Sus efectos perversos, en cambio, serían profundos y duraderos; cada vez más gravosos, hasta llegar a la actual situación de debacle y crisis terminal generalizada.

La mentada “guerra económica” a la que alude el oficialismo para explicar la actual situación de caos social y económico que se vive, no es producto de planes desestabilizadores de la derecha, ni tampoco de las impericias políticas del actual gobierno. Aunque estos factores están operando y contribuyen a agravar aún más la crisis, no son por sí mismos suficientes para dar cuenta de ella. Más allá de las maniobras conspirativas de la oligarquía interna, de la hartera injerencia norteamericana, y más allá de la corrupción, la ineficiencia que atraviesan al gobierno de Maduro, el desabastecimiento de bienes básicos, la falta de alimentos, de medicamentos y de otros productos elementales para la vida cotidiana, la generalización de la especulación, el contrabando, los mercados paralelos y la proliferación de la economía delictual, etc., son síntomas extremos de cómo en las dos últimas décadas el rentismo petrolero ha erosionado el tejido productivo interno y hasta el suelo mismo de la sociabilidad.

A esta altura de los acontecimientos, es claro que el problema no es (sólo) quién siembre, sino también cómo siembra y, fundamentalmente qué siembra. La “indigestión de divisas” como advirtiera emblemáticamente el “Padre de la OPEP”, terminó una vez más, hundiendo a la sociedad venezolana en “el excremento del diablo” (Pérez Alfonzo, 1976). Y no es sólo que, como ya fuera advertido por una gran cantidad de lúcidos economistas de la región, que la “inundación de divisas” está asociada inexorablemente a una serie de graves alteraciones monetarias y macroeconómicas (depreciación de la moneda nacional, presiones inflacionarias internas, incremento del consumo de bienes finales importados y sustitución de la producción interna vía importaciones, fuga de divisas, endeudamiento externo, incentivos a mecanismos de corrupción en el sector público y privado); lo que Alberto Acosta (2009) caracterizó como “la maldición de la abundancia”. Es, además, que esos problemas no son sólo “económicos”, sino que tienen graves y peores connotaciones o dimensiones políticas y culturales.

En el curso de la “revolución bolivariana” se fue dando una desproporción manifiesta y creciente entre el “desarrollo” (expansión del consumo interno y de la infraestructura pública bajo los patrones de consumo y usos sociales preexistentes) vía políticas redistributivas estadocéntricas y petrodependientes, respecto de las políticas de impulso de economías populares alternativas, medios de producción y emprendimientos productivos bajo el control y al servicio de la ampliación de las capacidades autonómicas de producción y satisfacción de necesidades vitales. La “economía de las grandes Misiones” no sólo le ganó por lejos a la “economía de las Comunas”, sino que terminó asfixiando y aplastando estructuralmente todo lo que de allí podría haber germinado en términos de poder económico y político popular, autogestión solidaria, concientización ecológico-política, consumo responsable, comercio justo, expansión y valorización de la economía del cuidado, igualdad de género en las condiciones de producción, en fin, soberanía alimentaria, hídrica y energética, justicia ambiental. La economía de las Comunas fue resultando un pequeño conjunto de islotes con diferentes grados de vulnerabilidad, sin capacidad real para el abastecimiento interno autonómico, en un mar de consumismo importador moldeado bajo los patrones hegemónicos de “estándares de vida” del mercado mundial.

 

Si económicamente esto gatilló un dispositivo en el que cada nueva cuota de “redistribución del ingreso” paradójicamente iba a la hoguera de las importaciones, quemando así posibilidades y capacidades productivas endógenas y, por tanto, atentando contra una sustentabilidad básica del proceso, políticamente la siembra de petróleo vía las Misiones fue erosionando desde su propia base material, el crecimiento del poder autogestionario, la soberanía económica popular, la democratización y descentralización de los procesos de toma de decisiones (económicas y políticas en general), los mecanismos de autogobierno, democracia directa y participativa. La redistribución de la renta petrolera, lejos de fortalecer el poder popular, fue un poderoso dispositivo de acentuación de la (vieja) matriz burocrática, verticalista y centralizada del Estado. En lugar de avanzar en la socialización/comunalización, la gestión/ producción de la Vida en Común fue concentrándose cada vez más en una élite (vale decir, en una minoría privilegiada; aunque se diga “revolucionaria”). Están ahí puestas las bases para la arbitrariedad, los abusos del poder y la corrupción generalizada.

Esto que fuera tempranamente advertido por diversos estudiosos del “problema venezolano” (Juan Pablo Pérez Alfonzo, Rodolfo Quinteros, Orlando Araujo, Fernando Coronil, Edgardo Lander, entre otros) volvió a resurgir como maleza en el suelo mismo de la revolución bolivariana. Como señala Terán Mantovani: “El tipo de esquema de poder asimétrico y monopolizado que conforma la estructura del Petro-Estado y la economía rentista en general, determina que los procesos políticos de distribución de la renta produzcan y reproduzcan la polarización y estratificación social, en la cual el pueblo aparece como altamente dependiente respecto de las élites políticas y económicas. Por un lado, los nuevos gestores de la ‘siembra del petróleo’ son envueltos por esta marejada de petrodólares. Se produce un ensanchamiento del Estado y de la ilusión de “desarrollo”, motorizada por la renta, lo que a su vez nos ha llevado a la formación de una nueva burguesía corporativa en el seno de la Revolución bolivariana, que mantiene una relación contradictoria con su pueblo aliado” (2014: 15).

Por fin, culturalmente, los efectos perversos de la “siembra de petróleo” sobre las subjetividades y las sociabilidades son tanto o más ruines que los ya mencionados. Como ha sido largamente señalado y a estas alturas es o debiera ser algo obvio, el consumo (bajo las pautas hegemónicas vigentes) funciona como el gran útero de gestación y reproducción de subjetividades capitalistas. Si algo define al capitalismo neoliberal es su mutación como régimen de consumo, más que de producción: estamos ante un sistema cuya dinámica funciona menos como un “modo de producción de objetos-mercancías” que como un “modo de producción de sujetos-mercantilizados/mercantilizables”. La expansión del consumismo de mercado es algo absolutamente contraindicado para impulsar, siquiera sostener, el más mínimo esfuerzo o voluntad social transformadora; es el máximo depredador de las energías revolucionarias. En el caso del proceso bolivariano, esto no fue una excepción. La siembra de petróleo infectó esferas cada vez más amplias de la vida social con la letal toxina de la mercantilización.


Extractivismo progresista, ¿post-neoliberal y anti-imperialista?

 

Para luchar contra el imperialismo es indispensable entender que no se trata de un factor externo a la sociedad nacional latinoamericana, sino por el contrario, forma el terreno en el cual esta sociedad hunde sus raíces y constituye un elemento que la permea en todos sus aspectos”. (Ruy Mauro Marini, Prefacio a la 5° edición de “Subdesarrollo y revolución”, 1974).

Lo que señalamos para el caso bolivariano -la expresión de la voluntad política más audaz y ambiciosa del último ciclo de rebeliones populares en Nuestramérica Abyayalense-, es perfectamente aplicable a todos y a cualquiera de las experiencias de los gobiernos progresistas del reciente ciclo. Las razones de la profunda crisis que hoy se cierne sobre Venezuela son en gran medida las razones del ocaso y del “fin de ciclo progresista”. Por cierto, con matices, pero sin diferencias en lo fundamental, lo dicho y analizado sobre el rentismo petrolero es válido para la soja, la pasta de celulosa, el cobre, el litio, el hierro, la palma aceitera, en fin, para cualquier commodity. El capitalismo, desde sus orígenes hasta la fecha, se ha caracterizado por sembrar en sus periferias países-commodities, economías coloniales que le abastecen los imprescindibles subsidios ecológicos que precisa para alimentar la voracidad insaciable del “molino satánico” (Polanyi, 1949) de la acumulación sin fin/como fin en sí mismo.

Estamos hablando en todos los casos de la configuración de regímenes extractivistas, de los cuales, (tratándose del excremento del diablo), el extractivismo petrolero es el peor y más extremo de los modelos. Así, el gran yerro no sólo de los conductores estatales del proceso bolivariano, sino de las experiencias de los gobiernos progresistas en general, fue haber pretendido pensar y/o construir una sociedad más justa, más igualitaria y más democrática sobre la base de la profundización del extractivismo.

Pretender “salir del neoliberalismo”, luchar contra el “imperialismo”, peor incluso, proyectar “la revolución” o impulsar un “proceso revolucionario” mediante la intensificación del extractivismo es el más absurdo oxímoron político que nos ha legado el fallido ciclo progresista en América Latina. Sencillamente, porque el extractivismo no es una característica pasajera de una economía nacional, sino que da cuenta de una función geometabólica del capital, fundamental e imprescindible para el sostenimiento continuo y sistemático de la acumulación a escala global.

“Extractivismo” no se circunscribe a las economías primario-exportadoras, sino que refiere a esa matriz de relacionamiento histórico estructural que el capitalismo como sistema-mundo ha urdido desde sus orígenes entre las economías imperiales y “sus” colonias; se trata de ese vínculo ecológico-geográfico, orgánico, que “une” asimétricamente las geografías de la pura y mera extracción/expolio, con las geografías donde se concentra la disposición y el destino final de las riquezas naturales. La apropiación desigual del mundo, la concentración del poder de control y disposición de las energías vitales, primarias (Tierra/materia) y sociales (Cuerpos/trabajo), en manos de una minoría, a costa del despojo de vastas mayorías de pueblos, culturas y clases sociales, eso es lo que el extractivismo asegura y hace posible.

En definitiva, este fenómeno da cuenta de la dimensión ecológica del imperialismo, como factor fundamental y condición de posibilidad material del sostenimiento del sistema capitalista global. La economía imperial del capital ha precisado -como condición histórico-material de posibilidad- la constitución de regímenes extractivistas para poder afianzarse y expandirse hegemónicamente como sistema-mundo. Nuestro continente “nació” (fue, en realidad, violentamente incrustado al naciente sistema-mundo) como producto de un zarpazo colonial que nos constituyó, desde fines del siglo XV hasta la fecha, como una economía minera, zona de sacrificio. Desde entonces, nuestras sociedades se con-formaron bajo el formato de regímenes extractivistas, más aún incluso, a partir de las “guerras de independencia” y la constitución de nuestros países como “estados nacionales”.

Así, el extractivismo en América Latina no significa apenas un tipo de “explotación de los recursos naturales”, sino que da cuenta de todo un patrón de poder que estructura, organiza y regula la vida social en su conjunto en torno a la apropiación y explotación oligárquica (por tanto, estructuralmente violenta) de la Naturaleza toda, (incluida, esa forma especialmente compleja y frágil de la Naturaleza que son los cuerpos humanos vivientes). El extractivismo en nuestra región es la perenne marca de origen de nuestra condición colonial, que no se ha borrado sino que se ha afianzado, durante nuestra etapa ‘post-colonial’. El extractivismo ha permeado nuestra cultura, ha moldeado nuestra institucionalidad, nuestra territorialidad e ‘idiosincrasia nacional’; ha dejado su huella indeleble en la estructura de clases, en las desigualdades racistas y sexistas; en fin, en la naturaleza de los regímenes políticos, el tipo de estructura de relaciones de poder y sus modalidades de ejercicio y reproducción. En una palabra, los regímenes extractivistas son, ni más ni menos, que la base estructural de las formaciones geo-sociales (Santos, 1996) propias del capitalismo colonial-periférico-dependiente; expresan la modalidad específica que el capitalismo adquiere en la periferia.

Por eso, en todo caso, la profundización, ampliación o intensificación del extractivismo, es la profundización, ampliación e intensificación de nuestra condición periférico-dependiente, colonial, dentro del capitalismo mundial. El extractivismo funciona como dispositivo clave de reproducción de nuestra integración subordinada al sistema-mundo; está en el meollo mismo de la dialéctica de la dependencia. Esto significa que, en nuestras sociedades, la expansión del crecimiento económico va insoslayablemente aparejado a la profundización de la dependencia y a la intensificación de los mecanismos estructurales de expropiación. La razón progresista ha sido ciega a este elemental (y viejo) problema constitutivo de nuestras formaciones sociales.

Aparentemente, a juzgar por sus políticas y por su retórica, el progresismo creyó posible “salir del neoliberalismo” y “luchar contra el imperialismo” profundizando la matriz extractivista y acelerando al extremo la exportación de materia y energía. Entendiendo el “post-neoliberalismo” como políticas de “inclusión social” (vía programas masivos de asistencia social, incremento de los presupuestos de la infraestructura y prestaciones estatales de servicios básicos, incentivos al mercado interno para dinamizar el crecimiento del consumo interno, del empleo, los salarios y la demanda agregada en general) los gobiernos progresistas materializaron el pasaje del Consenso de Washington al Consenso de Beijing o “consenso de las commodities”(Svampa, 2013). Sus políticas “revolucionarias” fueron -en el fondo- no otra cosa que un momentáneo retorno a políticas neokeynesianas. La renta extractivista que financió las “políticas de inclusión” (al consumo de mercado) operaron en realidad una nueva oleada de apropiación y despojo de tierras, agua y energía, extranjerización y re-primarización del aparato productivo, mayor penetración y concentración del poder (económico, político e institucional) en manos de grandes empresas transnacionales; en suma, expansión de las fronteras materiales y simbólicas del capital hacia cada vez más amplias y profundas esferas de la vida social. La “inclusión social” fue, de hecho, inclusión como consumidores; “tener derechos” pasó a significar -para amplias mayorías- ser beneficiario de ciertos programas sociales y tener acceso a cierta cuota de consumo en el mercado. La “redistribución del ingreso” no afectó las desigualdades sociales básicas ni alteró la estructura de clases; los gobiernos progresistas, en verdad, ni hablaron de “lucha de clases” o superación de una sociedad de clases: su objetivo manifiesto fue la “ampliación de las clases medias”. A la par del consumo social compensatorio para las anchas bases de la pirámide social, se expandió el consumo exclusivo de las élites y el consumismo mimético de las clases medias.

Por supuesto, esto no significó desmercantilizar nada, en ningún sentido, sino, al contrario, abrir paso a una inédita intensificación y ampliación de horizonte de la mercantilización, tanto a nivel de las prácticas sociales objetivadas, como a nivel de las subjetividades y sensibilidades, incluso en el imaginario social de los sectores populares. En definitiva, en este sentido fundamental, los gobiernos progresistas no marcaron una “etapa post-neoliberal”, sino que fueron la prolongación y profundización del neoliberalismo por otros medios. Todo eso, financiado por la exportación creciente de materias primas; por la profundización del extractivismo.

Así, nuestro crecimiento “a tasas chinas” fue funcional a la revitalización de la dinámica de acumulación global. Cada carga de nuestras exportaciones alimentó la locomotora capitalista mundial con gravosos subsidios ecológicos extraídos de nuestros territorios/cuerpos. Cada punto de incremento en la demanda mundial (china) de nuestras materias primas dio mayor impulso a la ola de despojo, devastación de ecosistemas y mercantilización de bienes comunes y cuerpos humanos. Cada nueva obra pública, cada incremento en la “inversión” en carreteras, hidroeléctricas, puertos, hidrovías y cuanta infraestructura pública se hizo para “mejorar la conectividad regional” y la “integración latinoamericana” significó, sí, más empleo, más consumo popular, pero también, mayor apropiación de plusvalía por parte de grandes transnacionales, aumento del poder económico y político de la clase capitalista mundial y de los segmentos de las burguesías internas; en fin, intensificación y profundización de las economías de enclave: fragmentación territorial de los ecosistemas, debilitamiento de los entramados productivos endógenos, pérdida de sustentabilidad y autonomía económica, tecnológica, financiera y, al contrario, profundización de nuestra inserción estructuralmente subordinada y dependiente.

Mientras las pudieron sostener, las políticas expansivas del ciclo progresista mejoraron, sí, a corto plazo, las condiciones inmediatas de vida de los sectores populares; eso está fuera de discusión. El punto es que esas mismas políticas intensificaron nuestra posición y condición de subalternidad en el marco de la geopolítica imperial del capital. Ese crecimiento profundizó la subsunción geometabólica de nuestros territorios/cuerpos a la trituradora del “molino satánico” global. De eso hablamos cuando hablamos del extractivismo como dispositivo clave de la dialéctica de la dependencia. Por eso mismo, el imperialismo es, principal y fundamentalmente, imperialismo ecológico: no se trata de un poder de dominación externo, sino que es intrínseco y constitutivo a nuestras formaciones sociales; está en las bases mismas de la matriz socioterritoral, la estructura de clases y de poder de las sociedades capitalistas periféricas. Los regímenes extractivistas son así, la cara interna del imperialismo (ecológico) del capital.

 

Ecologismo popular y radicalización de la praxis revolucionaria

“El cambio supone una subversión gradual de las necesidades existentes, es decir, un cambio en los mismos individuos, de manera que, en los propios individuos, su interés por la satisfacción compensatoria ceda ante las necesidades emancipatorias. (…) Evidentemente, la satisfacción de estas necesidades emancipatorias es incompatible con las sociedades establecidas de estados capitalistas y estados socialistas”. (Herbert Marcuse,1979).

Desde el punto de vista de una formación económico-social superior, la propiedad privada del planeta en manos de individuos aislados parecerá tan absurda como la propiedad privada de un hombre en manos de otro hombre. Ni siquiera toda una sociedad, una nación o, es más, todas las sociedades contemporáneas reunidas, son propietarias de la tierra. Sólo son sus poseedoras, sus usufructuarias, y deben legarla mejorada, como bonipatres familias, a las generaciones venideras”. (Karl Marx, 1867).

 

Las gravosas e insoslayables consecuencias económicas, políticas y culturales del extractivismo sobre nuestras sociedades, es lo que desde un amplio y diverso conjunto de actores (no sólo intelectuales, investigadores, sino movimientos sociales, pueblos originarios, comunidades campesinas, organizaciones sociales de base comunitaria, colectivos asamblearios nucleados en torno al ecologismo popular) hemos venido tan insistente como infructuosamente planteando al interior de estos procesos políticos en nuestra región. Nuestras luchas contra el extractivismono procuraban “hacerle el juego a la derecha”, ni erosionar la base de sustentabilidad económica y política de los gobiernos progresistas, sino al contrario. En todo caso, buscaron siempre mantener claridad en el sentido y el rumbo de la práctica revolucionaria.

El oficialismo de izquierda, en particular los “intelectuales orgánicos” que se abroquelaron acríticamente detrás de una defensa impermeable de esos gobiernos, hoy en su ocaso, desconsideraron absolutamente esas advertencias. Por negligencia o conveniencia, con soberbia y/o necedad, ignoraron sistemáticamente los planteos provenientes de los movimientos del ecologismo popular; muchas veces con mala fe, los asimilaron a los planteos del ambientalismo nórdico. Desde la oficialidad del poder, se apropiaron del nuevo lenguaje emancipatorio arduamente construido desde las luchas: el Buen Vivir o SumajKawsay, Plurinacionalidad, Derechos de la Naturaleza, Bienes Comunes, Socialismo del Siglo XXI. Lo usaron, sin embargo, como una nueva retórica para solapar el viejo imaginario (colonial y políticamente perimido) del desarrollismo “nacional y popular”, centrado en un “Estado fuerte” que “controla al mercado” y comanda el proceso de “crecimiento con inclusión social y redistribución de la riqueza”. Lo que nació como expresión de un nuevo paradigma civilizatorio radicalmente post-capitalista, descolonial, despatriarcal y ecologista, fue sencillamente banalizado y vaciado de contenido.

Hasta hoy en día, esa izquierda oficialista sigue mostrándose completamente ciega ante el extractivismo y su dialéctica de la dependencia. No sólo no entienden la relevancia, gravedad y urgencia de la problemática ecológica, sino que tampoco entienden, al parecer, que el extractivismo no es sólo un problema regional, sino global; no es sólo “ambiental”, sino civilizatorio. Como muestra dolorosamente la coyuntura crítica de la sociedad venezolana (la de América Latina toda, pero también la dramática situación del planeta en general), el problema del extractivismo no es “sólo” la cuestión de la devastación ecológica de ciertos territorios, sino, en el fondo, la cuestión de raíz de la depredación capitalista del mundo de la vida como tal.

La lección histórica que nos deja este amargo fin de ciclo, es que, de una vez por todas, deberíamos ya definitivamente desafiliarnos de la religión colonial del “progreso”, despejar de nuestro imaginario la ilusión fetichista de que sería posible desacoplar el engranaje de la producción (capitalista de riqueza) del de la devastación (de las fuentes y formas de Vida). Pues, en plena Era del Capitaloceno, en la que nos hallamos, está a la vista que ambos mecanismos forman parte inseparable del mismo “molino satánico”. El aprendizaje histórico que deberíamos ser capaces de hacer de la frustrada experiencia del “ciclo progresista” es que el (neo)desarrollismo de ninguna manera es una alternativa válida para nuestros pueblos; lejos de ser una vía siquiera ‘transitoria’ hacia el “socialismos del Siglo XXI”, fue un atajo que nos hundió aún más en las condiciones estructurales de subalternidad y súper-explotación propias de nuestra posición colonial-periférico-dependiente dentro del capitalismo global.

No se trata de una cuestión de “reforma” o “revolución”. No es que los cambios “iban bien”, pero que faltó “seguir avanzando” en la misma dirección. Se trata de tomar nota de que la política de “crecimiento con inclusión social” no sólo no alcanza como horizonte político de cambio social revolucionario, sino que en realidad es una política completamente errada e históricamente perimida, si a lo que aspiramos es a un verdadero proceso de emancipación social. Un programa político basado en la pretensión de la satisfacción (así sea “para todos y todas”) de las necesidades existentes, es como tal un programa reaccionario, que inhibe de raíz la posibilidad de imaginar y avanzar en la dirección de los cambios que precisamos realizar. El sistema justamente nos constituye como sujetos-sujetados a su reproducción a partir de la estructuración misma de las necesidades (y la colonización de los deseos): las necesidades existentes son, en realidad, las que el sistema necesita para su reproducción; son, por tanto, un aspecto clave de lo que precisamos cambiar.

Los movimientos del ecologismo popular hemos venido señalando ese punto ciego de los gobiernos progresistas. Las políticas de “crecimiento con inclusión social” no sólo son funcionales a la reproducción del sistema, sino que además se basan en la quimérica creencia de que, dentro del capitalismo, sería posible “incluir a todos los excluidos”, o peor, de que “incluyendo a los excluidos” se va transformando el sistema… El programa de la “inclusión social” no sólo es inviable socialmente (pues el capitalismo es por definición un régimen oligárquico de apropiación y usufructo diferencial de las energías vitales, donde “la pobreza de la mayoría, a pesar de lo mucho que trabajan” sólo va a engordar “la riqueza de una minoría, riqueza que no cesa de crecer aunque haga ya muchísimo tiempo que hayan dejado de trabajar”), sino también ecológicamente: hay taxativos límites biológicos y físicos dentro del Sistema Tierra que hacen inviable un horizonte de “crecimiento infinito”.

Si a mediados del siglo XIX podría haber sido todavía comprensible, la ceguera ante la crucial cuestión ecológica de fuerzas sociales que se dicen revolucionarias, anti-capitalistas, resulta, en el siglo XXI, lisa y llanamente inadmisible. La crisis ecológica, las desigualdades e injusticias socioambientales, los impactos tóxicos y destructivos del industrialismo, el urbanocentrismo, el patrón energético moderno, la producción a gran escala y el consumismo (no sólo sobre los ecosistemas, sino sobre la condición humana), no pueden no estar en la agenda de un programa que se proponga seriamente la construcción del socialismo del siglo XXI. Como lo dijera el comandante Chávez, la construcción del socialismo es, en este siglo, “razón de vida”.

El ecologismo, así, (el ecologismo popular, que nada tiene que ver con el conservacionismo, el maltusianismo, la economía verde ni cualesquiera de las distintas expresiones del eco-capitalismo tecnocrático) lejos de constituir un programa social ‘reaccionario’ o ‘funcional a la derecha’, expresa en realidad un nuevo umbral del pensamiento crítico y las energías utópicas. La irrupción de los movimientos del ecologismo popular en la escena política del siglo XXI está dando cuenta de la necesidad de una profunda renovación y radicalización del contenido y el sentido de la práctica revolucionaria; acorde a las necesidades de nuestro tiempo. Porque en nuestro tiempo, está claro que no se trata de “incluir” sino de “transformar”.

Hay que tomar seriamente -en términos políticos y epistémicos- que estamos viviendo los momentos extremos de la Era del Capitaloceno (Altvater, 2014; Moore, 2003), una era signada por las huellas prácticamente irreversibles que la destructividad intrínseca del capitalismo ha impreso sobre la Biósfera, la Madre Tierra. Justamente por ello, el sentido de la acción política y el cambio social que como especie, como comunidad biológica, asumamos, signará decisivamente nuestras posibilidades de sobrevivencia, o no. Ese es el escenario en el que nos hallamos. No se trata de ‘catastrofismo’, sino del más crudo realismo. Como lo advierte Donna Haraway (2016), el Capitaloceno no es una “nueva” era geológica, otro horizonte espacio-temporal de larga duración; al contrario, el Capitaloceno designa un “evento límite”, es decir, un momento de la historia de la Tierra cuyos presupuestos y condiciones ecológicas y políticas lo hacen inviable: o se transforman esos presupuestos, o se extingue.

La cuestión ecológica, tal como es planteada por el ecologismo popular, es así crucial para la sobrevivencia de la especie. Por eso mismo, nos empuja a atrevernos a pensar el fin del capitalismo, a recuperar y renovar formas y modos de vida no-capitalistas. Nos incita a pensar la revolución no apenas como ‘cambio de políticas/políticas redistributivas’, ‘cambio de gobierno’ o ‘toma del Estado’, sino como un radical y profundo cambio civilizatorio. Es decir, el escenario del Capitaloceno, la posibilidad cierta de un colapso terminal de las condiciones ambientales que hacen posible la vida humana en el planeta como consecuencia de la huella ecológica provocada por el capitalismo, nos desafía a pensar el cambio revolucionario completamente en otra escala; una escala espacio-temporal mucho más amplia que la que hasta ahora se ha considerado. Necesitamos pensar la revolución como un cambio de Era Geológica. Si el Capitaloceno es un momento crítico, donde la vida (al menos en su forma humana) está expuesta a la extinción, si designa el tiempo geológico en el que el capitalismo ha trastornado hasta tal punto los flujos elementales del sistema Tierra casi al extremo de volverla in-habitable, hacer la revolución en el presente, significa realizar todas las transformaciones que sean necesarias a fin de restituir las condiciones de habitabilidad del planeta; volver a hacer de la Tierra, nuestro Oikos/Hogar, el lugar apto para la (re)producción de nuestra vida como comunidad biológica.

Si la idea de un socialismo del Siglo XXI es algo más que un mero eslogan político, y lo consideramos, en términos realistas y concretos como un nuevo horizonte político, un nuevo modo histórico de (re)producción social de la vida, y un nuevo régimen de relaciones sociales, esa noción de “socialismo del siglo XXI” nos lleva a pensar la revolución como una profunda migración civilizatoria que nos saque de la era insostenible del Capitaloceno. El ecologismo popular -los sujetos y movimientos sociales que lo encarnan- se toma seriamente este desafío; piensan/pensamos la revolución como cambio sociometabólico, como una radical transición socioecológica hacia un absolutamente nuevo modo de producción social (de la vida), que supone y requiere no apenas “oponernos al neoliberalismo” sino deconstruir de raíz las formas elementales del capital.

En este punto, hallamos la convergencia fundamental entre el chavismo y el ecologismo popular. Si algo precisamos rescatar y recuperar del movimiento bolivariano, si en algo reside su originalidad, su pertinencia histórica y su potencia revolucionaria, es en la centralidad que se le ha querido dar a las comunas como nuevas bases ecobiopolíticas y unidades de producción de la vida social. Eso que ha sido su gran aporte histórico, ha sido también -hoy lo podemos ver con claridad- su límite y su contradicción: construir el socialismo comunal ha quedado sólo como una expresión de deseos. El chavismo en el gobierno siguió el camino de la “siembra del petróleo”, en lugar del sendero alter-civilizatorio de la comunalización. Lejos de favorecer la germinación del poder popular, esa siembra de petróleo lo intoxicó y lo fue asfixiando cada vez más.

En las horas aciagas que corren, sería de gran utilidad volver y juntar fuerzas en torno a ese proyecto político que fue truncado. “Comuna o nada” es un lema que resume el legado perenne del comandante Chávez y es también un principio elemental clave para orientar el cambio revolucionario, la transición socioecológica hacia una nueva era Civilizatoria y Geológica.

Comunalizar es el verbo donde convergen el chavismo y el ecologismo popular como fuerzas sociales revolucionarias; es lo que tenemos en común, como horizonte guía y aspiración transformadora. Comunalizar es, por supuesto, des-mercantilizar, pero también des-estatalizar: el Estado no es lo opuesto del Mercado, sino la contracara jurídico-política del capital. Avanzar hacia un socialismo comunal no implica un “Estado comunal”, sino la deconstrucción radical de la lógica racional-burocrática, centralizada y vertical de ejercicio del poder y gestión de la vida colectiva. Comunalizar es democratizar y descentralizar los procesos de producción de la vida; implica sembrar poder y capacidades autogestionarias, construir autonomía social desde las bases, tanto en las esferas de la vida doméstica, como de la vida pública. Comunalizar es des-privatizar y desmercantilizar las relaciones sociales, los imaginarios, los cuerpos y los territorios. No basta con suprimir la propiedad privada de “los medios de producción”; tenemos que suprimirla de la faz de la tierra; hacer que llegue el día en el que “la propiedad privada del planeta en manos de individuos aislados” sea un absurdo inaceptable.

Así, radicalizar la revolución es comunalizar la Madre Tierra;es diseñar, construir y asumir como forma de vida, un nuevo metabolismo social que la reconozca, la considere y la trate como lo que en realidad es: base imprescindible y fuente de Vida en Común.

Producir un radical giro sociometabólico que parta del respeto y el cuidado radical de la Madre Tierra, supone salirnos de los engranajes del productivismo y el consumismo que hacen girar “el molino satánico” de la acumulación como fin-en-sí-mismo; supone también corrernos del industrialismo, del urbanocentrismo y el fetichismo tecnológico que nos hace creer que el “desarrollo de las fuerzas productivas” es una línea evolutiva universal y que para cualquier problema social y/o ecológico siempre bastará y será posible hallar una solución tecnológica. Ese cambio sociometabólico no implica “aumentar los salarios” sino des-salarizar el trabajo; no “redistribuir el ingreso”, sino redefinir radicalmente el sentido social de la riqueza, esta vez, en función de los valores de uso y de la sustentabilidad de la vida y no de la valorización abstracta y la super-producción de mercancías.

En fin, procurar ese giro sociometabólico involucra, en última instancia, des-mercantilizar las emociones, vale decir, buscar, sentir y vivir la felicidad en las relaciones, y no en las cosas. En lugar de la expansión (incluso ‘igualitaria’) de los ‘bienes de consumo’, el nuevo horizonte utópico que se vislumbra desde esta perspectiva pasa más bien por un escenario donde “el hombre socializado, los productores libremente asociados, regulen racionalmente su intercambio de materias con la naturaleza, lo pongan bajo su control común en vez de dejarse dominar por él como por un poder ciego, y lo lleven a cabo con el menor gasto posible de energías y en las condiciones más adecuadas y más dignas de su naturaleza humana” (Marx, 1981: 1045).

Claro, somos conscientes de que el giro sociometabólico del que hablamos como medio y proceso revolucionario, constituye un desafío ideológico, existencial y emocional no apenas para la derecha, sino también para amplios sectores que se consideran de “izquierda”; claramente es así para la izquierda oficialista. Todavía estos sectores siguen anclados en el socialismo (realmente in-existente) del siglo pasado: concibiendo la revolución como “desarrollo de las fuerzas productivas”, creyendo que el imperativo de la liberación pasa por “industrializarnos”, “crear puestos de trabajo”, “aumentar salarios”, construir más carreteras” y “ampliar las políticas sociales”.

Esos sectores, esa izquierda no percibe aún “los límites de la civilización industrial” (Lander, 1996); no puede ver más allá del muro mental de la colonialidad progresista. Justamente, no pueden ver que más allá de esos muros, hay mucha comunalidad viviente; personas, organizaciones, comunidades enteras que no demandan más asfalto ni quieren “progresar”, que no sueñan con “salir de shopping” ni luchan por el aumento de su “poder adquisitivo”… Sujetos colectivos que, por el contrario, se hallan movilizados por la defensa de sus territorios, congregados por los desafíos de la gestión autonómica de la vida en común, por la producción de la soberanía alimentaria, por la justicia hídrica, la democratización y sostenibilidad energética.

Esos sujetos -tenemos la esperanza y la convicción- son quienes que están conjugando en sus luchas, el verbo de la revolución, del socialismo del siglo XXI… Al comunalizar los bienes, los nutrientes y las energías, los saberes, los sabores y las semillas, estos sujetos están emprendiendo el camino de la gran migración civilizatoria que nos saque del Capitaloceno y nos lleve a la Tierra de un nuevo y auténtico Antropoceno: la Era Geológica del Hombre Nuevo.

 

Bibliografía:

Acosta, Alberto (2009). “La maldición de la abundancia”, CEP, Ed. Abya Yala, Quito.

Altvater, Elmar (2014). “El Capital y el Capitaloceno”. En “Mundo Siglo XXI”, revista del CIECAS-IPN, N° 33, Vol. IX.

Haraway, Donna (2016). “Antropoceno, Capitaloceno, Plantacionoceno, Chthuluceno: generando relaciones de parentesco”. Revista Latinoamericana de Estudios Criticos Animales, Año III, Vol. I.

Lander, Edgardo (1996). “El límite de la civilización industrial. Perspectivas latinoamericanas en torno al posdesarrollo”. FACES, Universidad Central de Venezuela, Caracas.

Marcuse, Herbert [1979] (1993). “La ecología y la crítica de la sociedad moderna”. Revista Ecología Política N° 5. Icaria, Barcelona.

Marini, Ruy Mauro (1974). “Subdesarrollo y revolución”. Ediciones Era, México.

Marx, Karl [1867] (1981). “El Capital”. Siglo XXI, México.

Moore, Jason (2003). “Capitalism as World-Ecology: Braudel and Marx onEnvironmentalHistory”. Organization&Environment 16/4 (December).

Pérez Alfonzo, Juan Pablo [1979] (2009). “Hundiéndonos en el excremento del diablo”. Fund. Editorial El perro y la rana, Caracas.

Polany, Karl [1949] (2003). “La Gran Transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo”. Fondo de Cultura Económica, México.

Santos, Milton (1996). “De la totalidad al lugar”. Tau, Barcelona.

Svmpa, Maristella (2013). “Consenso de los commodities y lenguajes de valoración en América Latina”. Revista Nueva Sociedad N° 244.

Terán Mantovani, Emiliano (2014). “La crisis del capitalismo rentístico y el neoliberalismo mutante”. Documento de Trabajo N° 5, CELARG, Carac

 

Notas:

[1] Decimos “mal llamado y peor entendido” porque generalmente se ha empleado el concepto de extractivismo para referir a un sector, un tipo de actividades y/o una fase de los procesos económicos; a lo sumo, se lo ha usado para caracterizar a economías específicas (locales, nacionales o regionales) basadas en la sobre-explotación exportadora de materias primas. Eso es ver apenas una parte del fenómeno, lo que es lo mismo que no entender el problema como tal, que, a nuestro juicio, tiene que ver con la dinámica geometabólica del capitalismo como economía-mundo.

[2] Cita extraída de Emiliano Terán Mantovani, “La crisis del capitalismo rentístico y el neoliberalismo mutante”. Documento de Trabajo N° 5, CELARG, Caracas: 2014.

[3] Esa expresión remite a una nota publicada por Arturo Uslar Pietri en el periódico “Ahora” en 1936 y que, desde entonces, se ha convertido en una pieza emblemática de una visión nacional-desarrollista basada en la idea de invertir la efímera renta petrolera en la gestación de otros sectores productivos más sostenibles. Un fragmento de dicha nota dice: “Urge aprovechar la riqueza transitoria de la actual economía destructiva para crear las bases sanas y amplias y coordinadas de esa futura economía progresiva que será nuestra verdadera acta de independencia. Es menester sacar la mayor renta de las minas para invertirla totalmente en ayudas, facilidades y estímulos a la agricultura, la cría y las industrias nacionales. Que en lugar de ser el petróleo una maldición que haya de convertirnos en un pueblo parásito e inútil, sea la afortunada coyuntura que permita con su súbita riqueza acelerar y fortificar la evolución productora del pueblo venezolano en condiciones excepcionales.” (Arturo Uslar Pietri, “Sembrar el petróleo”, 14 de julio de 1936). Al día de hoy, el lema de PDVSA y el título del Boletín oficial es “Siembra petrolera…. Cosechando Patria”.

[4] Las exportaciones petroleras venezolanas pasaron del 65 % en 1998 al 96 % en el año 2014.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

25

LA MARCHA DEL 30 DE MARZO DEL 82

Miguel Abramzón. 05.04.2019. El 30 de marzo de 1982 se produjeron masivas manifestaciones contra la dictadura cívico-militar, con epicentros en numerosas ciudades del país: Mendoza, Córdoba, Rosario, La Plata, Capital Federal y otras. Ese 30 de marzo tronaron cánticos desafiantes. Los más escuchados fueron: “se va a acabar, se va a acabar la dictadura militar”; “el pueblo unido, jamás será vencido”; “Luche, luche que se van”; otros como: “que aparezcan los que no están” (…)

 

LA MARCHA DEL 30 DE MARZO DEL 82

El movimiento obrero contra la dictadura 

Por Miguel Abramzón (05.04.2019) 

El 30 de marzo de 1982 se produjeron masivas manifestaciones contra la dictadura cívico-militar, con epicentros en numerosas ciudades del país: Mendoza, Córdoba, Rosario, La Plata, Capital Federal y otras. Ese 30 de marzo tronaron cánticos desafiantes. Los más escuchados fueron: “se va a acabar, se va a acabar la dictadura militar”; “el pueblo unido, jamás será vencido”; “Luche, luche que se van”; otros como: “que aparezcan los que no están”. La respuesta del gobierno fue criminal: una feroz represión con más de 2.500 heridos, 4.000 detenidos en todo el país y dos asesinatos: uno de ellos, José Benedicto Ortiz, trabajador textil de Mendoza.

Pocos días después, el 2 de abril de 1982, luego que se conociera la novedad de la “recuperación de Malvinas”, ocurrió otra masiva convocatoria en Plaza de Mayo. Muy contrastante respecto de la del 30. La plaza de Malvinas fue despolitizada, sin banderas políticas ni gremiales. Sin reclamos al gobierno represor, que había llevado al país a una crisis general. En esa Plaza colmada se oyeron estrofas del siguiente tipo: “y pegue, y pegue, y pegue, Galtieri pegue”. Y otra como: “no cabe duda, no cabe duda, la reina Inglaterra es la reina más boluda”.

Las dos CGTs

Durante los dos primeros años de “plata dulce” de la dictadura, de dólar barato, el movimiento obrero fue el principal objetivo de prohibiciones, persecuciones y muertes, y no pudo dar respuestas inmediatas al gobierno cívico y militar. Recordemos que la mayor cantidad de los desaparecidos fueron trabajadores, en su mayoría delegados, miembros de comisiones internas, activistas y militantes obreros.

De manera que llevó poco más de un año reorganizarse. Hacia fines de 1977, el movimiento obrero comienza a emerger con varias manifestaciones de lucha y oposición al plan desindustrializador de los dictadores. El 1 de marzo del 77 se funda la Comisión de los 25, formada por varios sindicatos “chicos”, en relación a los tradicionales Uom, Smata, Luz y Fuerza, Comercio, etc. Dos años más tarde (en noviembre del 79), los 25 se van a escindir de la CGT oficial (la CGT de los gordos, la llamaríamos hoy) y se agruparán en la que se conoció como CGT Brasil.

Desde 1980, van a coexistir dos CGTs. La mencionada CGT Brasil, dirigida por Saúl Ubaldini, dirigente de los cerveceros, y la CGT Azopardo. Esta última acusada de ser demasiado condescendiente con los militares y compañía (hoy sabemos que no solo fue condescendiente, sino también cómplice).

La CGT Azopardo, desde inicios de 1982, fue comandada por el plástico Jorge Triaca, patrón de haras de caballos SPC (Panamericano) y padre del exministro de Trabajo de Macri. También estaban enrolados burócratas de la talla de José Rodriguez de Smata, quien cobraba comisiones por entregar trabajadores de Ford y Mercedes Benz, y que falleciera en funciones de secretario general en 2009; el metalúrgico Lorenzo Miguel; Oscar Lezcano, titular de Luz y Fuerza hasta que falleció en 2013; Armando Cavalieri, aún vigente Secretario Gral. de Comercio; el bancario Juan José Zanola, vigente en su cargo sindical hasta su caída en desgracia por venta y falsificación de medicamentos; Luis Barrionuevo…

La caída

En 1980 comienzan a evaporarse los efectos de la devaluación inicial. La FED intensifica su política monetaria para atraer dólares, agravando la situación argentina con fuga de capitales. El Banco Central dirigido por Domingo Cavallo benefició a empresarios y algunos advenedizos con la farsa de los “seguros de cambio”, transformando automáticamente las deudas privadas en endeudamiento público. La dictadura que inició su periplo con 6 mil millones de deuda pública, lo terminó con 55 mil millones de dólares.

En marzo de 1981 la dictadura ingresa de lleno en su crisis terminal. Asumió Roberto Viola decidido a cambiar el rumbo liberal de Martínez de Hoz y la SRA. En ese contexto, el ministro de Economía, Lorenzo Sigaut, pronunció la famosa frase: “el que apuesta al dólar pierde”. Meses después la inflación anual había escalado más del 100%.

El 30 de marzo

El 7 de noviembre de 1981, la CGT Brasil convoca a movilizar a la iglesia de San Cayetano en Liniers, por “Paz, pan y trabajo”. Concurren más de 20.000 personas. Días después, Sigaut, Viola y demás cortesanos debieron renunciar. La lucha del movimiento obrero se hacía lugar entre el terror militar.

En 1982, con Leopoldo Galtieri en el poder, la CGT Brasil vuelve a convocar por “Pan, paz y trabajo”. Inicialmente había sido prevista para el 24 de marzo, día que la dictadura celebraría su sexto año de gobierno, pero finalmente decidieron organizar marchar el 30 de marzo.

La movilización fue declarada ilegal por el gobierno. El mismo 30, móviles militares de diverso tipo, carros de infantería se pavonearon por las calles. Helicópteros sobrevolaron los cielos de las ciudades más movilizadas. No obstante, en medio del régimen de terrorismo de Estado, millones de personas se movilizaron heroicamente en todo el país. Violentos enfrentamientos y detenciones marcaron la jornada. Luego, los medios de comunicación censurados no pudieron evitar hablar de la abierta represión y de la simpatía y las muestras de apoyo popular a los manifestantes. Fue el fin de la dictadura cívico-militar…

45

Programa 29/03/2019

«Vamos inexorablemente camino al default»

Viernes 29 de marzo de 2019

Así lo afirmó el historiados Alejandro Olmos Gaona en Al Dorso.  «El feroz endeudamiento público llevado a cabo por el Gobierno Nacional arrastra a la Argentina no sólo a un fenomenal ajuste, sino también a un inminente default«.   El historiador analizó el futuro de la deuda publica nacional, el olvido de las causas judiciales que demuestran los ilícitos en su conformación, y las herramientas jurídicas existentes como instrumento de solución política. La deuda supera los 340.000 millones de dólares, y de  intereses se pagarán en este año más de u$s 40.000 millones (Tesoro y BCRA).  «Todo conduce a un inminente default«, aseguró Olmos Gaona. Además, «debo debo»,  «personaje odioso» , «Quini 6» y otras deudas. 

        bloque-4

21

Aguantar

Claudia  Rafael (Ape) La gente tiene que aguantar. Lo dijo Mauricio Macri, con rostro compungido. Mirando a la cámara y hablándole a “la gente”. La que aguanta. La que viene aguantando desde los inicios mismos de la historia. Y dijo que tenemos que tirar todos juntos de este carro, no hay soluciones mágicas, yo estoy convencido de esto, estoy dejando la vida en esto. Entonces hay que aguantar (…)

 

Aguante la gente

Por Claudia Rafael / Agencia Pelota de Trapo
Audio AL DORSO 

La gente tiene que aguantar.

La gente aguanta.

La gente viene aguantando como un sino fatal prediseñado para sellar los días.

La gente tiene que aguantar. Lo dijo Mauricio Macri, con rostro compungido. Mirando a la cámara y hablándole a “la gente”. La que aguanta. La que viene aguantando desde los inicios mismos de la historia. Y dijo que tenemos que tirar todos juntos de este carro, no hay soluciones mágicas, yo estoy convencido de esto, estoy dejando la vida en esto. Entonces hay que aguantar.

Arremangarse. Y tirar del carro todos juntos. Con Macri, Juliana Awada y Antonia, limpios y perfumados a la cabeza, con la multitud de anónimos que empujan y tiran del carro. Mientras Macri sonríe y sigue repitiendo, como una cantinela desquiciada, que la gente tiene que aguantar. Y va haciendo lugar a la cabecera del carro porque él, coucheado en el baño de un lujoso hotel, quiere convencer de que –como canta Serrat- la gente va muy bien para construir pirámides, para tirar del carro. Y entonces hay que nutrirse de paciencia. Respirar hondo. Y tirar. Tirar desangrados hasta la muerte misma. Tirar como sólo pueden tirar los nadies. Porque después de todo –sigue el catalán- la gente va muy bien como dato estadístico. Anónimos comparsas de este culebrón.

Un culebrón indigno de Migré, que le escribía al amor romántico y no al sufrimiento esclavo. Este es un culebrón del que sólo salen indemnes los señores que nunca tiran ni tirarán del carro. Como indemnes salieron los ex directivos de la Sociedad Rural Eduardo De Zavalía y Juan Alberto Ravagnan por la venta irregular (por unos 30 millones de dólares en 1991 aunque costase 130 millones) del predio por la que fueron condenados pour la galerie Menem y Cavallo, con penas de poco más de tres años.

Por todo eso hay que aguantar. “La gente” tiene que aguantar. La misma gente que de un plumazo se cayó del mundo. Y terminó hace rato o ayer mismo bajo un puente, en una esquina anónima, en la ranchada de Constitución o en la de las Barrancas de Belgrano. Porque “la gente”, la que tiene que tirar del carro, es la que –dixit La Nación- necesita 10.032 pesos más que un año atrás para no ser pobre. Y juntar –para una familia de cuatro- más de 27.000 pesos al mes.

Y entonces tiene que tirar del carro, porque no hay soluciones mágicas.

Tirar del carro.

Aguantar.

Respirar hondo. Tener paciencia. Olvidarse del hambre. Aunque el estómago duela hasta retorcerse. Aunque las puntadas acuchillen el alma. Aunque el olor de la pobreza avance e invada la ropa y la piel. Aguantar. Aunque ni el cuerpo aguante. Aunque los pibes nazcan sin futuro. Aunque sepan que siempre hay que tirar del carro. De algún carro. Del carro de otros que sólo saben de diseñar inequidades.

Porque, después de todo, Macri dice la verdad. No hay soluciones mágicas. Y urge entender, de una vez por todas que la sangre debe bullir hasta decir basta. Para no sucumbir entre los puñales de los que pretenden marionetearnos la vida. Para que la savia sea semilla de otra historia. Integra. Que cante otros versos y escriba una música que se vista de rebeldía. En la que el sol deje de temblar y los pies de los niños desarrapados dejen de tiritar a la intemperie de la ciudad.

4