Columna histórica AL DORSO | Mauricio David Idrimi 05.07.2019. Al año siguiente del estallido revolucionario, a principios de 1918, la revolución suspendió el pago de la deuda externa, decretando el repudio de todas las deudas contraídas por el régimen opresor zarista, así como aquellas que contrajo el gobierno provisional de Aleksander Kerensky para seguir con la guerra contra la Alemania del káiser Guillermo II (…)

 

LA REVOLUCIÓN RUSA Y EL NO PAGO DE LA DEUDA ZARISTA


Por Mauricio David Idrimi (05.07.2019)

Uno de los admirables casos de no pago de una deuda odiosa es el de la Rusia soviética tras la revolución liderada por Lenin y Trotsky en las jornadas de octubre de 1917 (noviembre de 1917 para el calendario gregoriano occidental, ya que los rusos usaban el viejo calendario juliano ortodoxo). Las terribles consecuencias de la Primera Guerra Mundial para el pueblo sometido a lo que era el genocida imperio zarista y todo el historial de opresión sobre las masas fueron condimentos para el estallido de una de las revoluciones más decisivas de la historia de la humanidad. Por primera vez se creaba un estado con la intención de destruir un régimen clasista y el afán internacionalista de combatir al capitalismo, bajo los apremiantes conceptos teóricos y políticos de Karl Marx y Friedrich Engels. Como ha escrito el historiador británico Edward Carr: “La revolución rusa de 1917 constituye un punto decisivo en la historia, y bien puede ser considerada por los futuros historiadores como el mayor acontecimiento del siglo XX. Al igual que la revolución francesa, continuará polarizando las opiniones durante mucho tiempo, siendo exaltada por algunos como un hito en la liberación de la humanidad de la opresión pasada, y denunciada por otros como un crimen y un desastre. Representó el primer desafío abierto al sistema capitalista, que había alcanzado su cenit en Europa a finales del siglo XIX.”

DESCARGAR AUDIO AQUÍ

Más allá de los debates políticos e historiográficos sobre la revolución rusa de 1917 hay que tener en cuenta que ella misma ha logrado una gran estocada contra la lógica usurera del modo capitalista de producción con su propio ejemplo al no pagar la deuda odiosa del régimen zarista derrocado. Al año siguiente del estallido revolucionario, a principios de 1918, la revolución suspendió el pago de la deuda externa, decretando el repudio de todas las deudas contraídas por el régimen opresor zarista, así como aquellas que contrajo el gobierno provisional de Aleksander Kerensky para seguir con la guerra contra la Alemania del káiser Guillermo II. Al mismo tiempo, decidió expropiar todos los haberes de los capitalistas extranjeros en Rusia con el objetivo de restituirlos al patrimonio nacional, además de nacionalizar el sistema bancario. Esta última medida ya había sido anunciada por primera vez en el Tratado de Vyborg en 1905 en ocasión en que se deseaba entorpecer los esfuerzos del gobierno zarista para conseguir nuevos préstamos externos. No obstante, como señala Eduardo A. Zaldueno en su libro La Deuda Externa (1988), desde 1890 los rusos emigrados por extremistas advertían en Europa en cada ocasión que Rusia deseaba emitir bonos que los gobiernos revolucionarios del futuro no serían responsables por esas deudas.

Como era de esperarse, el capital internacional se alarmó y pegó el grito en el cielo. Se preparaba el ataque internacional capitalista para destruir al gobierno revolucionario soviético. No se trataba de un gobierno más que no podía pagar sus compromisos de deuda a una potencia colonial o imperialista, sino que el régimen soviético estaba dispuesto a destruir el sistema capitalista no sólo en Rusia, sino en el mundo entero.

El Soviet Supremo repudió la deuda contraída por los zares con Estados Unidos e Inglaterra que era de 11.300 millones de dólares. El decreto del 10 de febrero de 1918, dispuso que:

  1. Todos los préstamos estatales contraídos por los gobiernos de los terratenientes y de la burguesía rusa (…) son declarados en este acto nulos a partir de diciembre de 1917. Los cupones de estos préstamos correspondientes a diciembre no serán pagados;
  2. Las garantías dadas por dichos gobiernos respecto de préstamos concertados por distintas empresas e instituciones serán igualmente nulas;
  3. Todos los empréstitos externos sin excepción son anulados incondicionalmente.[1]

 

La revolución no sólo aportó la lucha clasista y anticapitalista a nivel internacionalista, sino que se convirtió en una campeona de la lucha para no pagar deudas odiosas. Lenin y sus camaradas de lucha llamaron no sólo a la revolución en el mundo, sino que pidieron a los pueblos de repudiar la deuda como otro capítulo de la batalla comunista contra la burguesía. Los bolcheviques criticaron el carácter usurero de las deudas impuestas por las potencias y el propio Lenin sabía que alimentaba la lógica de acumulación del capital. Sabía también que no alcanzaba con no pagar la deuda, sino que había que poner punto final al capitalismo en todas sus formas en el mundo.

Este categórico llamamiento hizo que las potencias capitalistas se unieran contra la revolución y alimentaran al bando de los “blancos” contrarrevolucionarios para derrocar a la revolución con una guerra civil en 1918-1920. Esta guerra civil fue ganada heroicamente por el pueblo y la revolución derrotó no sólo a sus enemigos internos, sino a los países capitalistas grandes y chicas que participaron. Catorce países participaron con sus tropas en esa agresión. Francia envió 12.000 soldados (al mar Negro y al Norte), Gran Bretaña envió 40.000 (principalmente al Norte), Japón 70.000 (a Siberia), Estados Unidos 13.000 (al Norte junto a franceses y británicos), Polonia 12.000 (a Siberia y a Múrmansk), Grecia 23.000 (al mar Negro) y Canadá 5.300.  Hay que señalar que la intervención japonesa se prolongó hasta octubre de 1922. En total, las tropas extranjeras aliadas anticomunistas alcanzaron los 180.000 efectivos.

De las potencias capitalistas más preocupadas en derrocar al régimen soviético, Francia era la que más quería castigar a la revolución.  La decisión soviética de repudiar la deuda afectaba a Francia más que a ningún otro país, ya que los empréstitos rusos zaristas habían sido emitidos en París y la mayoría de los títulos estaban en posesión de residentes en Francia. Tras la guerra civil, vinieron los embargos comerciales y financieros a la revolución. El gobierno de Lenin se vería debilitado, con crisis social, hambrunas y una economía estatal planificada muy golpeada. La Nueva Economía Política (NEP) que aplicaron los bolcheviques para levantar al país tras crudos años de guerra era una forma de concatenar algo de capitalismo con vigilancia socialista estatal. Pero no fue suficiente. Las potencias capitalistas querían ahogar a la revolución.

El gobierno soviético estaba decidido a pagar en oro la importación de bienes absolutamente necesarios. Pero el capitalismo internacional decidió no venderle ni comprarle nada a la revolución. Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos exigían que el oro ruso debía serles devuelto con el fin de indemnizar a los capitalistas que fueron expropiados y para reembolsar las deudas. El comercio soviético en ese sentido estaba a la deriva y la entrada de divisas a la revolución era imposible.

Pero el pragmatismo bolchevique llegó a 1920 y así lo entendieron las potencias. En ese año una delegación comercial de la Rusia bolchevique fue recibida cortésmente por los británicos en Londres. De hecho, se firmó un tratado anglo-soviético con el objetivo de facilitar el comercio mutuamente provechoso. Desde 1921 el gobierno soviético estuvo dispuesto a reconocer sus obligaciones legales y los reclamos judiciales por el valor de las expropiaciones, pero con la condición de que los países aliados reconocieran también los perjuicios sufridos por la población rusa por las diversas intervenciones durante la guerra civil de 1918 cuando los alemanes ocuparon Ucrania, los franceses, ingleses y americanos desembarcaron en Murmansk y Arcangel y los japoneses ocuparon Vladivostok. El monto de la deuda se estimó entonces en 9,6 millones de rublos y las reparaciones por daños en 39 millones de rublos.[2]

Los soviéticos también firmaron acuerdos con la Alemania de la República de Weimar y hasta delegaciones militares germanas visitaron Moscú para firmar algunos acuerdos en materia bélica vertidos en el Tratado de Rapallo de abril de 1922. Con el tiempo la revolución fue restableciendo contactos con países vecinos como Turquía, Persia, China y Japón. La NEP exigía algo de contacto internacional, sin abandonar la proclama revolucionaria. Y comenzaron a celebrarse convenios negociados individualmente con algunas empresas importantes, especialmente las petroleras, solamente ellas lograron la firma de 16 acuerdos en 1922. Si bien en Europa Occidental costaba apoyar a movimientos obreros rebeldes, en el Oriente asiático lograron apoyar a una revuelta en Mongolia en 1924, fundando allí una república soviética local. Sin embargo, el comunismo occidental no logró vencer en Alemania, Francia, Gran Bretaña o Estados Unidos. Otro golpe más a la revolución y la sombra del stalinismo llegaba a Rusia para crear un engendro estatal que nada tenía que ver con las ideas de Marx y Engels.

La disputa de la Unión Soviética con los otros países continuó durante décadas. El Reino Unido recién llegó a un acuerdo final en julio de 1986 cuando acordó dar por canceladas las deudas de la Rusia zarista repudiadas en 1918 a cambio de que también la Rusia soviética renunciara a reclamar indemnizaciones por daños sufridos durante la intervención británica en la guerra civil rusa de 1918 y 1921.

[1] OLMOS GAONA, Alejandro, La deuda Odiosa. El valor de una doctrina jurídica como instrumento de solución político, Peña Lillo – Ediciones Continente, 2005, página 50.

[2] ZALDUENO, Eduardo A., La deuda externa, Ediciones Depalma, Buenos Aires, 1988.

17