«Agrotóxicos, glifosato, glufosinato y Monsanto»
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(22/12/2012)
«Transgénicos, silencio y Darwin»
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(08/06/2013)
El tóxico de los campos
El tóxico de los campos
El agrotóxico básico de la industria sojera produce malformaciones neuronales, intestinales y cardíacas, aun en dosis muy inferiores a las utilizadas en agricultura. El estudio, realizado en embriones, es el primero en su tipo y refuta la supuesta inocuidad del herbicida.
Por Darío Aranda (Pagina 12, edición 13 de abril de 2009)
Las comunidades indígenas y los movimientos campesinos denuncian desde hace una década los efectos sanitarios de los agrotóxicos sojeros. Pero siempre chocaron con las desmentidas de tres actores de peso, productores (representados en gran parte por la Mesa de Enlace), las grandes empresas del sector y los ámbitos gubernamentales que impulsan el modelo agropecuario. El argumento recurrente es la ausencia de “estudios serios” que demuestren los efectos negativos del herbicida. A trece años de fiebre sojera, por primera vez una investigación científica de laboratorio confirma que el glifosato (químico fundamental de la industria sojera) es altamente tóxico y provoca efectos devastadores en embriones. Así lo determinó el Laboratorio de Embriología Molecular del Conicet-UBA (Facultad de Medicina) que, con dosis hasta 1500 veces inferiores a las utilizadas en las fumigaciones sojeras, comprobó trastornos intestinales y cardíacos, malformaciones y alteraciones neuronales. “Concentraciones ínfimas de glifosato, respecto de las usadas en agricultura, son capaces de producir efectos negativos en la morfología del embrión, sugiriendo la posibilidad de que se estén interfiriendo mecanismos normales del desarrollo embrionario”, subraya el trabajo, que también hace hincapié en la urgente necesidad de limitar el uso del agrotóxico e investigar sus consecuencias en el largo plazo. El herbicida más utilizado a base de glifosato se comercializa bajo el nombre de Roundup, de la compañía Monsanto, líder mundial de los agronegocios.
El Laboratorio de Embriología Molecular cuenta con veinte años de trabajo en investigaciones académicas. Funciona en el ámbito de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet). Es un espacio referente en el estudio científico, conformado por licenciados en bioquímica, genética y biología. Durante los últimos quince meses estudió el efecto del glifosato en embriones anfibios, desde la fecundación hasta que el organismo adquiere las características morfológicas de la especie.
“Se utilizaron embriones anfibios, un modelo tradicional de estudio, ideal para determinar concentraciones que pueden alterar mecanismos fisiológicos que produzcan perjuicio celular y/o trastornos durante el desarrollo. Y debido a la conservación de los mecanismos que regulan el desarrollo embrionario de los vertebrados, los resultados son totalmente comparables con lo que sucedería con el desarrollo del embrión humano”, explica Andrés Carrasco, profesor de embriología, investigador principal del Conicet y director del Laboratorio de Embriología.
El equipo de investigadores dice que las diluciones recomendadas para la fumigación por la industria agroquímica oscilan entre el uno y el dos por ciento de la solución comercial (cada un litro de agua, se recomienda 10/20 mililitros). Pero en el campo es sabido -incluso reconocido por los medios del sector- que las malezas a eliminar se han vuelto resistentes al agrotóxico, por lo cual los productores sojeros utilizan concentraciones mayores. El estudio afirma que en la práctica cotidiana las diluciones varían entre el diez y el treinta por ciento (100/300 mililitros por litro de agua).
Utilizando como parámetros de comparación los rangos teóricos (los recomendados por las compañías) y los reales (los usados por los sojeros), los resultados de laboratorio son igualmente alarmantes. “Los embriones fueron incubados por inmersión en diluciones con un mililitro de herbicida en 5000 de solución de cultivo embrionario, que representan cantidades de glifosato entre 50 y 1540 veces inferiores a las usadas en los campos con soja. Se produjo disminución de tamaño embrionario, serias alteraciones cefálicas con reducción de ojos y oído, alteraciones en la diferenciación neuronal temprana con pérdida de células neuronales primarias”, afirma el trabajo, que se dividió en dos tipos de experimentación: inmersión en solución salina y por inyección de glifosato en células embrionarias. En ambos casos, y en concentraciones variables, los resultados fueron rotundos.
“Disminución del largo del embrión, alteraciones que sugieren defectos en la formación del eje embrionario. Alteración del tamaño de la cabeza con compromiso en la formación del cerebro y reducción de ojos y de la zona del sistema auditivo, que podrían indicar causas de malformaciones y deficiencias en la etapa adulta”, alerta la investigación, que también avanza sobre efectos neurológicos graves: “(Se comprobaron) Alteraciones en los mecanismos de formación de neuronas tempranas, por una disminución de neuronas primarias comprometiendo el correcto desarrollo del cerebro, compatibles con alteraciones con el cierre normal del tubo neural u otras deficiencias del sistema nervioso”.
Cuando los embriones fueron inyectados con dosis de glifosato muy diluido (hasta 300.000 veces inferiores a las utilizadas en las fumigaciones), los resultados fueron igualmente devastadores. “Malformaciones intestinales y malformaciones cardíacas. Alteraciones en la formación y/o especificación de la cresta neural. Alteraciones en la formación de los cartílagos y huesos de cráneo y cara, compatible con un incremento de la muerte celular programada.” Estos resultados implican, traducido, que el glifosato afecta un conjunto de células que tienen como función la formación de los cartílagos y luego huesos de la cara.
“Cualquier alteración de forma por fallas de división celular o de muerte celular programada conduce a malformaciones faciales serias. En el caso de los embriones, comprobamos la existencia de menor cantidad de células en los cartílagos faciales embrionarios”, detalla Carrasco, que también destaca la existencia de “malformaciones intestinales, principalmente en el aparato digestivo, que muestra alteraciones en su rotación y tamaño”.
La soja sembrada en el país ocupa 17 millones de hectáreas de diez provincias y es comercializada por la empresa Monsanto, que vende las semillas y el agrotóxico Roundup (a base de glifosato), que tiene la propiedad de permanecer extensos períodos en el ambiente y viajar largas distancias arrastrados por el viento y el agua. Se aplica en forma líquida sobre la planta, que absorbe el veneno y muere en pocos días. Lo único que crece en la tierra rociada es soja transgénica, modificada en laboratorio. La publicidad de la empresa clasifica al glifosato como inofensivo para al hombre.
Como todo herbicida, está conformado a partir de un ingrediente “activo” (en este caso el glifosato) y otras sustancias (llamadas coadyuvantes o surfactantes, que por secreto comercial no se especifican en detalle), cuya función es mejorar su manejo y aumentar el poder destructivo del ingrediente activo. “El POEA (sustancia derivada de ácidos sintetizados de grasas animales) es uno de los aditivos más comunes y más tóxicos, se degrada lentamente y se acumula en las células”, acusa la investigación, que describe el POEA como un detergente que facilita la penetración del glifosato en las células vegetales y mejora su eficacia. Investigadores de diversos países han centrado sus estudios en los coadyuvantes (ver aparte) y confirmado sus consecuencias.
En el estudio experimental del Conicet-UBA (según sus autores, el primero en investigar los efectos del herbicida y el glifosato puro en el desarrollo embrionario de vertebrados), se focaliza en el elemento menos estudiado y denunciado del Roundup. “El glifosato puro introducido por inyección en embriones a dosis equivalentes de las usadas en el campo entre 10.000 y 300.000 veces menores, tiene una actividad específica para dañar las células. Es el responsable de anomalías durante el desarrollo del embrión y permite sostener que no sólo los aditivos son tóxicos y, por otro lado, permite afirmar que el glifosato es causante de malformaciones por interferir en mecanismos normales de desarrollo embrionario, interfiriendo los procesos biológicos normales.”
Carrasco rescata las decenas de denuncias -y cuadros clínicos agudos- de campesinos, indígenas y barrios fumigados. “Las anomalías mostradas por nuestra investigación sugieren la necesidad de asumir una relación causal directa con la enorme variedad de observaciones clínicas conocidas, tanto oncológicas como de malformaciones reportadas en la casuística popular o médica”, advierte el profesor de embriología.
La investigación recuerda que el uso de agrotóxicos sojeros obedeció a una decisión política que no fue basada en un estudio científico-sanitario (“es inevitable admitir la imperiosa necesidad de haber estudiado éstos, u otros, efectos antes de permitir su uso”), denuncia el papel complaciente del mundo científico (“la ciencia está urgida por los grandes intereses económicos, y no por la verdad y el bienestar de los pueblos”) y hace un llamado urgente a realizar “estudios responsables que provengan mayores daños colaterales del glifosato”.
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Venenos en alza
La Red de Acción en Plaguicidas de América latina (Rapal) -foro de organizaciones a nivel regional- suscribe a las denuncias que recaen sobre el glifosato, pero advierte que el problema de los agrotóxicos es mucho más amplio, vinculado con las casi 500 formulaciones de plaguicidas que se utilizan en el país. “Insecticidas como el peligroso Endosulfán, el Carbofuran, el bromuro de metilo. Herbicidas como el 2, 4 D y Paraquat. Todos agrotóxicos que poseen una toxicidad específica y una clasificación toxicológica más alta que el glifosato. Todos son extremadamente tóxicos con capacidad de producir daños en la salud tanto de nivel agudo (a corto plazo) como crónico (enfermedades que aparecen luego de años del contacto con el plaguicida)”, explica el referente de Rapal en Argentina e ingeniero agrónomo, Javier Souza Casadinho.
Rapal advierte sobre el geométrico crecimiento de plaguicidas en Argentina. Según la organización, en 1996 se utilizaron en el país 30 millones de litros de agrotóxicos. En 2007 se aplicaron 270 millones de litros. Las razones: la expansión de la frontera agropecuaria (a costa de la deforestación o reemplazo de otras actividades) y la aparición de insectos y malezas cada vez más resistentes. Lo sucedido con el glifosato es un caso testigo. “De una sola aplicación de tres litros por hectárea, llevada a cabo a fines de los años ’90, en la actualidad se realizan más de tres aplicaciones, por más de doce litros por hectárea y por año”, denuncia Souza Casadinho, que también es docente de la Facultad de Agronomía de la UBA.
Rapal sostiene que la legislación argentina relativa al registro, comercialización y aplicación de plaguicidas es “incompleta, permisiva y obsoleta”. Apunta a las escasas restricción en la comercialización (los plaguicidas se venden en ferreterías, forrajerías, semillerías, casa de venta de artículos de limpieza y hasta en hipermercados) y señala como momentos de peligro (además de la aplicación) el almacenaje, la preparación (dilución) y el desecho de envases. “Es necesario redactar leyes efectivas, adaptadas a la realidad. Se requiere sensibilidad, atención y valentía para prohibir los productos más tóxicos, restringir el uso de los que posen menos impacto y controlar todas las etapas, desde la fabricación pasando por la comercialización, el uso hasta el desecho de envases de estos tóxicos”, afirma el investigador.
-Los impulsores del actual modelo agropecuario aseguran que el uso de agroquímicos implica mayor producción. Suelen argumentar que sin plaguicidas y herbicidas, habrá más hambre en el mundo -observó Página/12.
-Con la enorme cantidad de plaguicidas que se utilizan en el mundo, el problema del hambre hoy es una realidad tangible y comprobable. El problema del hambre tiene raíces políticas y no se resuelve sólo con aplicar tecnologías. Un caso testigo es la Argentina, con sus 270 millones de plaguicidas utilizados año tras año y su producción agrícola cercana a las 90 millones de toneladas, posee cerca de un 30 por ciento de su población bajo la línea de pobreza. Esto es porque se producen alimentos para animales y máquinas -los agrocombustibles- y no se producen alimentos para seres humanos.
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Los otros estudios
Los impulsores del actual modelo agropecuario niegan la toxicidad de los agrotóxicos. A pesar de los graves cuadros clínicos de familias campesinas e indígenas -o incluso de barrios afectados por fumigaciones-, empresas y productores de soja reclaman estudios científicos para comenzar a creer en los efectos nocivos de los herbicidas. Desde el mundo académico reconocen que no es sencillo investigar el tema. Se entremezclan la presión ejercida por las empresas para silenciar las críticas, la permeabilidad de los investigadores para no cuestionar y el rol de los organismos estatales que trabajan junto a las compañías del sector. Pero hay excepciones:
– Letal en células: Gilles-Eric Seralini es investigador, docente de biología molecular en la Universidad de Caen (Francia) y se transformó en un dolor de cabeza para Monsanto. En 2005 descubrió que células de la placenta humana son muy sensibles al Roundup, incluso en dosis inferiores a las utilizadas en agricultura. Fue duramente cuestionado por las empresas del sector y acusado de “verde”, entendido como fundamentalismo ecológico. En diciembre pasado volvió a la carga. La revista científica Chemical Research in Toxicology (Investigación Química en Toxicología) publicó su nuevo estudio, en el que constató que el Roundup es letal para las células humanas. Según el trabajo, dosis muy por debajo de las utilizadas en campos de soja provocan la muerte celular en pocas horas.
– Factor de riesgo: Robert Belle es el director de la Estación Biológica del Centro Nacional de Investigación Social de Roscoff (Francia). En 2002 probó el Roundup en células de erizo de mar (un modelo científico clásico para el estudio de división celular). El experimento probó que el agrotóxico deteriora los puntos de control del ciclo celular. En el documental El mundo según Monsanto, el científico explica que, por la acción del Roundup, se altera la etapa de división celular, la vuelve de un grado de inestabilidad que es propia de las primeras etapas del cáncer. “Hemos demostrado que es un factor de riesgo definido, pero no hemos evaluado el número de cánceres potencialmente inducidos, ni el plazo dentro del cual se declararían”, explicó Belle en diciembre de 2004 en la revista Ciencia Toxicológica.
– Relaciones causales: Malformaciones, cáncer y problemas reproductivos tienen vinculación directa con el uso y la exposición a contaminantes ambientales, entre ellos los agrotóxicos utilizados en los agronegocios. “Los hallazgos fueron contundentes en cuanto a los efectos de los pesticidas y solventes”, afirmó Alejandro Oliva, médico y coordinador de una investigación que abarcó seis pueblos de la Pampa Húmeda y que confirmó, en esas localidades, la existencia de diferentes tipos de cáncer -de próstata, testículo, ovario, hígado, páncreas, pulmón y mamas- muy por encima de la media nacional. El estudio también detalló que cuatro de cada diez hombres que consultaron por infertilidad habían sido expuestos a químicos agropecuarios y alertó que el efecto sanitario de los agrotóxicos puede manifestarse en las generaciones futuras.
– Letal: La Universidad de Pittsburg (Estados Unidos) comprobó que el Roundup es altamente tóxico en anfibios. La investigación El impacto de insecticidas y herbicidas en la biodiversidad y productividad de las comunidades acuáticas, coordinada por el profesor en biología Rick Relyea en 2005, reveló que el agrotóxico mató el 70 por ciento de la biodiversidad anfibia de un ecosistema experimental. “Es altamente letal”, afirmó la investigación.
“Las empresas del agro, los medios de comunicación, el mundo científico y la dirigencia política son hipócritas con las consecuencias de los
“Las empresas del agro, los medios de comunicación, el mundo científico y la dirigencia política son hipócritas con las consecuencias de los agrotóxicos”
Por Darío Aranda (2009)
El investigador de la UBA y el Conicet Andrés Carrasco confirmó hace veinte días, mediante ensayos de laboratorio, el efecto devastador del glifosato en embriones, aún en dosis muy por debajo de las utilizadas en los campos de soja. Desde entonces es blanco de una campaña de desprestigio, sufrió amenazas e intimidaciones, y presiones de funcionarios nacionales. Agrotóxicos, la corporación científica, los periodistas, las comunidades fumigadas, el Gobierno y la necesidad de nuevos estudios.
Amenazas anónimas, campaña de desprestigio mediáticas y presiones políticas fueron algunas de las consecuencias de un doble pecado, investigar los efectos sanitarios del modelo agropecuario y, más grave aún, animarse a difundirlos. En el segundo piso de la Facultad de Medicina de la UBA trabaja Andrés Carrasco, profesor de embriología, investigador principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y director del Laboratorio de Embriología Molecular. Con treinta años de trabajo científico y académico, confirmó hace veinte días el efecto letal del glifosato en embriones, cuya marca comercial más famosa es Roundup, de la multinacional Monsanto. Sabía que vendría una réplica del sector, pero no esperaba que fuera de un calibre tan alto. “No descubrí nada nuevo. Sólo confirmé lo que otros científicos descubrieron”, explica, en su oficina pequeña y luminosa. Pasaron dos semanas complejas, con una campaña de desprestigio que aún no termina. Prefirió el silencio y avanzar en nuevas pruebas. Hasta que pusieron en duda la existencia de su investigación. “Creen que pueden ensuciar fácilmente treinta años de carrera. Son hipócritas, cipayos de las corporaciones, pero tienen miedo. Saben que no pueden tapar el sol con la mano. Hay pruebas científicas y, sobre todo, hay centenares de pueblos que son la prueba viva de la emergencia sanitaria”.
Veinte días atrás, cuando se difundió su investigación, ninguna empresa ni medio del sector retomó el tema –es una práctica recurrente ignorar las críticas “para no darle entidad”, como había explicado a este redactor la vocera de Monsanto en 2008–. Pero tres días después se conoció otro hecho, inesperado: la Asociación de Abogados Ambientalistas presentó un amparo ante la Corte Suprema de Justicia, por el cual solicitó la prohibición de uso y venta hasta tanto no se investiguen sus efectos en la salud y el ambiente. Las empresas encendieron luces amarillas y comenzaron con comunicados alarmadas por la posible baja de rentabilidad. Cinco días después, el lunes 20, el Ministerio de Defensa prohibió la siembra de soja en sus campos, haciéndose eco del efecto nocivo del agrotóxico. Fue un hecho político inédito, una cartera nacional alertó sobre los males de los agroquímico. En ese momento, empresas, cámaras del sector, medios de comunicación y operadores políticos declararon la alerta máxima. Nunca antes las multinacionales del agro y sus voceros habían reaccionado tan violentamente. Durante toda la semana montaron una campaña en defensa de los agrotóxicos y, al mismo tiempo, desprestigio hacia las voces críticas. El temor de los sostenedores de los agronegocios es la prohibición de su agrotóxico más famoso, uno de los químicos emblema del modelo agropecuario actual.
Glifosato, toxicidad y reacciones
-¿Esperaba una reacción como la que se dio?
-No. Fue una reacción violenta, desmedida y sucia. Sobre todo porque no descubrí nada nuevo, sólo confirmé algo que a lo que otros habían llegado por otros caminos. Por eso no entiendo por qué tanto revuelo de las empresas. Hoy decíamos con unos colegas: no descubrí la pólvora, sólo dije que la pólvora existe. Insisto: no descubrí nada nuevo. Hay que recordar que el origen del trabajo se remonta a contactos con comunidades víctimas del uso de agroquímicos, ellas son la prueba más irrefutable de lo que yo investigué con un sistema y modelo experimental con el trabajo hace 30 años, y con el cual confirmé que el glifosato es devastador en embriones anfibios, aún en dosis muy por debajo de las usadas en agricultura, ocasiona diversas y numerosas deformaciones.
-¿Los resultados son extrapolables a la salud humana?
-Los modelos animales de vertebrados que hoy se usan en la investigación embriológica tienen una mecánica del desarrollo embrionario temprano y una regulación genética común. Los resultados deben ser considerados extrapolables cuando un impacto externo los altera. El mundo científico lo sabe y funcionarios de los ministerios también lo saben. Por eso cuando encontré esas evidencias, surgieron dos cuestiones a resolver, cómo seguir la investigación, para saber cuál es la mecanística de un efecto que altera la forma normal del embrión, lo cual está en marcha. Y la otra decisión era cómo darla a conocer.
-¿Por qué la difusión se transforma en un problema?
-Porque no hay canales institucionales confiables que puedan receptar investigaciones de este tipo, con poderosos intereses en contra. Entonces la decisión personal fue hacerla pública, ya que no existe razón de Estado ni intereses económicos de las corporaciones que justifiquen el silencio cuando se trata de la salud pública. Hay que dejarlo claro, cuando se tiene un dato que sólo le interesa a un círculo pequeño, se lo pueden guardar hasta tener ajustado hasta el más mínimo detalle y lo canaliza por medios para ese pequeño círculo. Pero cuando uno demuestra hechos que pueden tener impacto en la salud pública, es obligación darle una difusión urgente y masiva. Entonces, cuando vi lo que tenía decidí hacerlo público. Es parte de la responsabilidad de la ciencia con la sociedad. El investigador tiene que hacerse cargo de eso, aunque eso traiga amenazas y presiones. Al menos así lo entendemos muchos que creemos en la ciencia para la sociedad, que no es lo mismo que para el mercado y las corporaciones, idea cada vez más instalada en la academia.
-Dar difusión a un avance científico antes de estar publicado en una revista científica ¿es una práctica común o un hecho aislado?
-Es algo totalmente común. En el país hay instituciones que todos los días difunden sus progresos científicos, que hasta poseen agentes de prensa que difunden los avances, nadie los cuestiona y los medios de comunicación los replican sin preguntar. Difunden progresos, sin paper, sin publicaciones y está muy bien. Pero claro, esas difusiones no afectan intereses de grupos poderosos.
-Pero existe una tensión en el ámbito científico sobre cuándo dar a conocer un avance.
-La tensión es si la divulgación debiera esperar a ser “aprobado”, remarco las comillas porque es todo un tema aparte, que lleva años, como me sucedió en 1984 con mi anterior descubrimiento, que fue publicado en 1984 y que fue “aceptado plenamente ” por la comunidad científica recién tres años después. Ahora, si la investigación tiene implicancias más allá de lo académico, afecta a la sociedad, el dilema moral es si me lo guardo hasta que terminé el más mínimo detalle y mi narcisismo esté satisfecho, o prendo la alerta. Yo decidí dar la alerta, e insisto que no es nada nuevo, hay antecedentes claros como Robert Belle y Gilles-Eric Seralini, que han hecho estudios con otros modelos y resultados más importantes que los míos. Ellos publicaron, luego de un tiempo, sus investigaciones, y no se les dio bolilla. Por otro lado, Floreal Ferrara, que es un reconocido sanitarista, insiste en el principio de precaución, que es consustancial con nuestra profesión y compromiso de médico e investigador. Esto implica que cuando una investigación se conecta con un dato de la realidad que está sucediendo, hay que darlo a conocer. Lo que tendrían que hacer las instituciones en vez de atacarme, como está sucediendo desde algunos funcionarios y las empresas, tendrían que informarse y comenzar a trabajar para remediar lo sucedido.
-Sin embargo las empresas, y los medios, de los agronegocios sostienen que no hay estudios serios.
-Hay investigaciones en diversas partes del mundo y son muy serias, como las que acabo de mencionar. Al mismo tiempo lo que hay, de parte de las empresas y sus periodistas empleados, es una hipocresía muy grande. Descalifican una investigación, pero al mismo tiempo no escuchan la catarata de cuadros médicos palpables en las zonas sojeras, las provincias están plagadas de víctimas de agrotóxicos, pero ahí los diarios no quieren llegar, y mucho menos las empresas responsables. No entiendo por qué mi relato tiene más importancia que el de las Madres de Ituzaingó (barrio de las afueras de Córdoba, emblema de la contiminación con agroquímicos). ¿Por qué? Yo no soy más importante, de ninguna manera. Los médicos de las provincias están desde hace años denunciando, los campesinos y las barriadas urbanas también. Hay relatos médicos que confirman, en el norte de Santa Fe, que las estadísticas de bebés con malformaciones están muy por encima de la media mundial. Y queda todo silenciado. Es una evidencia de la realidad y es incontrastable. Yo me inspiré en esa realidad y los resultados son los conocidos. Las empresas del agro, los medios de comunicación, el mundo científico y la dirigencia política son básicamente hipócritas con las consecuencias de los agrotóxicos, protestan y descalifican una simple investigación pero no son capaces de observar las innumerables evidencias médicas y reclamos en Santiago del Estero, Chaco, Entre Ríos, Córdoba y Santa Fe.
-¿Qué otros trabajos existen?
–Existen sólidos antecedentes, tanto nacionales como del exterior. Belle y Seralini en Francia. También hay trabajos de la Universidad Nacional del Litoral y de investigadores como Alejandro Oliva, de Rosario, que contó con la colaboración del INTA y Federación Agraria. Hay relevamientos de los doctores Rodolfo Páramo (Santa Fe) y Darío Gianfelici (Entre Ríos). No son muchos estudios, pero existen, son serios y están disponibles.
-¿Por qué el sector científico no estudia?
-Porque no en todo el mundo hay tan enorme cantidad de hectáreas con soja como se da en la Argentina. Aquí es un experimento único por masividad, concentración de la extensión agrícola y la concentración poblacional incrustada en ese territorio que algunos llaman curiosamente República Sojera. Hay casi 18 millones de hectáreas, algo pocas veces visto. Desde el punto de vista ecotoxicológico, lo que sucede en Argentina es casi un experimento masivo.
-Pero también hay intereses en juego para que la ciencia no estudie.
-Seguramente hay intereses creados, pero yo no puedo pensar que estén todos los científicos comprados. Lo que puedo decir es que estas investigaciones llevan tiempo, como sucedió con el PCB, el agente naranja y las dioxinas, que luego de una larga lucha se comprobó su toxicidad. Con el glifosato pasará lo mismo.
Medios dependientes e intimidaciones
-¿Por qué no dio el estudio a otros medios de comunicación y a las empresas?
-Casi una semana después de la publicación comenzaron a involucrarse actores que estaban ocultos, como las empresas y los medios del sector. Y ahí comenzaron los ataques. El colmo fue cuando se apersonaron en mi laboratorio abogados de las cámaras empresarias (Casafe) a exigir mis informes, realizaron interrogatorios y tuvieron una actitud intimidatoria para con mis colaboradores. Es inadmisible la intimidación a colaboradores de mi laboratorio, no pueden intentar allanar el laboratorio como si fueran la Justicia. Yo no discuto mis investigaciones con abogados ni empresas privadas, máxime si son parte del problema. Yo discuto mis resultados con mis pares con idoneidad para juzgar los productos de mi disciplina, en congresos, reuniones, seminarios y todos los días en mi laboratorio. Y eventualmente someto un cuerpo de ideas con sus hipótesis a consideración de un comité editorial que juzgara si le interesa, si es adecuado a su línea editorial, y si tiene meritos para ser publicado. Por otro lado, recibí llamadas intimidatorias, ya denunciado oportunamente. Por todo esto, tomé precauciones sobre a quién doy mi trabajo. Es claro que Clarín y La Nación, por decir algunos, tienen intereses creados, son voceros de las empresas. Cuando finalice el trabajo y lo vean mis pares, ahí se los daré. Como investigador no voy a dejarme tomar examen por empresas, por medios de comunicación o funcionarios de turno.
-Señalan que nadie tiene el trabajo. Incluso pusieron en duda su existencia.
-Lo tienen científicos, Senasa, dos diputados y tres senadores, que lo solicitaron e inmediatamente lo tuvieron. También lo tienen miembros del Poder Ejecutivo, organizaciones ambientalistas y colegas del exterior. Incluso algunos han pedido datos muy precisos para compararlos con los de ellos, y desde ya que se los voy a dar. Esa en la manera que yo tengo de compartir mis resultados, que los discuto con mis pares. Si otros exigen el trabajo por razones de internas políticas o intereses comerciales, lo siento, tendrán que esperar. Insisto, los resultados científicos no pueden ni deben ser evaluados por la política, ni los intereses económicos.
-También se acusa a su trabajo de dar un mal uso al glifosato, y que por eso los resultados son devastadores. Héctor Huergo, de Clarín Rural, mencionó algo como: “Si ponemos gasoil en el vaso de leche, claro que ocasionará intoxicaciones, y no por eso se prohibirá el combustible”.
-Ese tipo de afirmación tienen varias facetas. Por un lado, muestra desconocimiento biológico, lo cual es entendible para quien no se dedica a esta rama de la ciencia. Pero, en boca de los voceros de las corporaciones, también muestra una intencionalidad lejana a la inocencia, con intenciones de desprestigiar una estrategia de análisis mundialmente aceptada. Entonces sí me parece una comparación poco seria, maliciosa e hipócrita. Es sabido, tanto en la comunidad científica como en el sector agropecuario, que la aspersión del herbicida afecta ecosistemas, operando directa o indirectamente sobre insectos y otras especies animales cuando se ponen en contacto con el herbicida. O sea que además de células vegetales, también afectan organismos compuestos por células animales. Nuestros experimentos alertan que tanto cóctel comercial como la droga pura en células animales generan alteraciones del desarrollo embrionario. Por lo tanto, el glifosato dentro de la célula embrionaria altera el funcionamiento celular, tal como sucede en las células vegetales de las malezas. Por otra parte, ya está probado que los herbicidas se trasladan por la acción del viento. Es una prueba de la realidad, incontrastable, el padecimiento de familias de campos linderos y de barrios cercanos a las fumigaciones. Por lo tanto el glifosato puede atravesar barreras respiratorias y/o placentarias y entrar a las células embrionarias, incluso existen avances científicos en esa dirección, como también existen registros de glifosato y de sus posibles metabolitos presentes en mujeres embarazadas. Esto podría correlacionarse con potenciales efectos malformativos. Por lo tanto, desentrañar si el glifosato puro inyectado tiene efectos sobre el comportamiento de células embrionarias animales durante el desarrollo era ineludible en una estrategia experimental correcta, e insisto que utilicé una estrategia de análisis clásica de la investigación científica.
Gobierno, presiones y necesidad de estudios
-Dado su trabajo en el Ministerio de Defensa, vincularon su investigación a una operación del Gobierno contra las entidades patronales del campo.
-Ninguna persona seria podría pensar esa posibilidad. Por un lado, nadie con 30 años de trabajo académico pondría en riesgo esa trayectoria. Por otro, es un hecho de la realidad, el Gobierno no pidió, no creo que quiera y ni pueda prohibir el glifosato. Algunos medios inventaron esa conspiración, una jugada de mala leche. De hecho he padecido algunas presiones desde el riñón del oficialismo. Así que nadie puede decirme que es una operación del Gobierno. Es necesario reflexionar sobre el significado de esta reacción que cubre una gama de actores: cámaras empresariales, corporaciones con largas historias de experiencia en ponerse sus propias regulaciones sin pudor y apelar a los métodos que sean necesarios para mantener el silencio en cuestiones de su renta, pero también la intemperancia de funcionarios, más que nada asustados, por las consecuencias.
-¿Qué funcionarios?
-Prefiero, por ahora, no dar sus nombres ni ingresar en el juego de las internas.
-Además de los funcionarios que impulsaron, y sostienen los agronegocios -sobre todo en la Secretaría Agricultura-, existen altos funcionarios ligados al sector de las biotecnológicas, y que impulsan los agrocombustibles, una segunda sojización.
-No voy a dar nombres. Pero en vez de la confrontación o la presión habría que profundizar los resultados, conformar equipos interdisciplinarios. La reacción más razonable, la más científica, la más humana hubiera sido esa, sobre todo si hay una señal de alerta sobre una cuestión relacionada con la salud humana. Después de todo, una denuncia de Córdoba impulsó la creación de una comisión para el estudio del problema. Con ese antecedente, la reacción lógica hubiera sido profundizar las investigaciones, estudiar la diferencia entre biodegradabilidad y descomposición, las diferentes vías de penetración, revisar la normativa de uso y controlar los efectos sobre la salud humana de manera sistemática. Pero si se privilegian los negocios, no avanzarán con nuevos estudios.
Las corporaciones y la ciencia
-Se intentó deslegitimar su investigación diciendo que la UBA y el Conicet no sabían de su trabajo.
-La UBA y el Conicet son organismos de gestión, no tienen por qué conocer todo lo que hago yo o lo que hacen todos sus investigadores. Está dentro de nuestras facultades definir las líneas de trabajo, investigar y dar a conocer resultados. Es la lógica de la investigación. Por eso yo no tengo que pedir autorización para iniciar una idea o un tema nuevo y ellos no tienen por qué conocerlo por que la ciencia no funciona con organismos fiscalizadores de los temas que elegimos. Los reportamos en los informes periódicos que presentamos al organismo de gestión correspondiente en el momento correspondiente. Además estos estudios son compatibles y de la misma naturaleza de los que regularmente realizamos en el laboratorio. Forma parte de la libertad académica, nos movemos por hipótesis, preguntas y desarrollamos investigaciones. También se dijo que el Conicet, como institución, no suscribió a mi investigación. Y es verdad, porque no se lo pedí y no tiene por qué suscribir en el marco de una idea nueva dentro de la amplitud de un proyecto. Es lo que sucede en centenares de investigaciones que se realizan. Que quede claro, el Conicet no tiene responsabilidad sobre mis decisiones. Es una decisión personal, como corresponde, no institucional. Y está dentro de mis facultades. Tampoco se requiere autorización institucional para desarrollar investigaciones, aunque sabemos que algunas son más resistidas que otras.
-Son públicos los convenios entre Conicet y la minera Barrick Gold, y también con Monsanto, por el cual hasta contaban con un premio de investigación conjunto (“Animarse a Emprender”). ¿Las investigaciones que pudieran ser críticas con esos sectores son menos bienvenidas que otras?
-(Sonríe) Prefiero no responder.
-¿Usted podría investigar para Monsanto?
-Desde ya. El Conicet y la UBA lo permiten. Es más, muchos científicos trabajan desde hace años para empresas de biotecnología bajo la figura de asesor-consultor, por la cual el Conicet permite hasta doce horas semanales que sus investigadores provean servicios de del sector público o privado. Y eso no alarma a nadie.
-Se acusa a su investigación de no estar validada en una publicación científica.
-Es una chicana barata, de cuarta, que sólo muestra el temor de las empresas. En el mundo científico es sabido que la validación de un trabajo no se da por su publicación en una revista del sector. Es más, los científicos somos testigos de errores e incluso fraudes que se publican en revistas especializadas. Muchas veces se publica algo y luego se demuestra que es erróneo. Ha pasado y muchas veces. También se da que hay conflictos entre autores y las revistas publican las dos posturas en el mismo número. Y, por otro lado, muchas veces hay investigaciones que no se publican no porque sean malas, sino porque a la revista no le interesa, sea por línea editorial o intereses en juego. Un ejemplo personal: en 1984 descubrimos genes muy importantes para el desarrollo embrionario, genes Hox. Publiqué dos papers en Cell, una de las mejores revistas del mundo, y había quienes creían y quienes no. Tuvieron que pasar años para que la comunidad científica lo validara. También es de suponer que las corporaciones tienen capacidad económica para comprar las empresas editoriales y definir qué se publica y qué no, como alguna vez sucedió con una edición de The Ecologist. Por eso algunos sectores progresistas de la ciencia internacional promueven la publicación electrónica para que los resultados sean sometidos a la verificación por otros grupos independizándose de las revistas que cada vez más, están cruzadas por conflictos de interés con la industria privada y cada vez mas concentradas y por lo tanto vulnerables a las presiones.
-La ciencia hoy pareciera ocupar el rol de legitimadora de la verdad, aun sin ser neutral y siendo ámbito de interese encontrados.
-Un gran sector de la corporación científica sostiene ese estatus, pero es algo ficticio. Por ejemplo, es bien conocido que las revistas científicas no son neutrales y que se noten sesgos ideológicos que señalan las tendencias y relatos de cada época. Estos rasgos muestran la absoluta falacia de la ciencia neutral y el carácter reduccionista del relato actual. Hay temas, como es caso de las células madres o de la clonación terapéutica, que se publican en las mejores revistas con dos o tres casos clínicos, como sucedió hace muy poco en Nature, y nadie se desgarra las vestiduras mientras la investigación mejore los subsidios de los investigadores y las corporaciones den su bendición desde los centros de poder. No es secreto que la connivencia de las agencias de promoción, que financian, con los grandes intereses corporativos, que han desplazado a la comunidad científica de la decisión de qué investigar. La ciencia, el saber, debiera ser conflictivo, en debate, incierto y hasta contradictorio. Pero si ese debate se acota porque la ciencia se subordina a los intereses económicos, como está sucediendo ahora, lo primero que se perjudica es la posibilidad de conocer lo más cercano a la verdad, no la verdad, sólo lo más cercano.
-El Laboratorio de Embriología es dependiente del Conicet. ¿Su trabajo tiene que ser validado por Conicet?
-Que por favor quede claro, ni el Conicet ni un comité editorial validan investigaciones, lo que hacen es evaluar la evidencia que uno presenta y juzgan la solidez desde la presentación No tienen forma de verificar los resultados en forma práctica. La única certeza de una validación se da en que otros investigadores puedan repetir de forma sistemática, y hasta perfeccionada, los resultados de la investigación realizada.
-¿Cuándo va a compartir su trabajo para ponerlo a discusión de la comunidad científica?
-En breve. Debo terminar algunos ensayos y estará listo. Lo que más quiero es pasárselo a colegas, investigadores que repliquen el trabajo. De hecho ya lo he compartido con pares del país y del exterior. Y ninguno de ellos se alarmó porque no ha sido publicado aún. También debe quedar claro que no cualquiera puede replicar estos modelos de estudios y técnicas específicas. Desde ya que debieran ser estudios independientes, no los provistos por las corporaciones o espacios del Estado a su servicio, como la Agencia de Protección Ambiental (EPA) de Estados Unidos.
-¿Monsanto podría replicarlos?
-Si contrata investigadores idóneos, sí. Deben ser especialistas en embriología molecular. No tengo dudas que lo hará y todos sabemos a qué resultados llegarán.
-¿Cómo continuará la investigación?
-Ya confirmamos las malformaciones. Ahora estamos avanzando en conocer cuál es el mecanismo de acción, es un paso más. Como es un trabajo científico, continuaré con el grado de libertad académica que dispongo, tratando de ver cuáles son las causas mecanística y moleculares de las observaciones hechas para publicar los resultados. Aparte del anfibio, que nos sirve de modelo, extenderemos los experimentos a otros modelos de desarrollo embriológico, como aves.
-¿Puede suceder que, con estas nuevas pruebas, los resultados difundidos -de malformaciones- no se repitan?
-No hay forma. Porque fueron experimentos controlados, en los que fuimos rigurosos. Y, además, porque ya hay evidencia científica que va en ese sentido. Por eso, insisto, no descubrimos nada nuevo. Yo llegué a un resultado y creo en él. Si la comunidad científica llega a otra conclusión, bienvenido sea. El centro del problema no debiera ser esta investigación. Sería querer tapar el sol con la mano. Yo sólo aporté un punto más a la discusión. Pero hay sectores que quieren cerrarla, ni siquiera por convencimiento ideológico, sólo por conveniencia económica.
-¿Cree que hay que prohibir el glifosato?
-En mi trabajo yo no planteo eso. Y no es de mi competencia proponer una medida de ese tipo. No tengo funciones de homologación, control, certificación. Lo único que afirmo, respaldado en 30 años de estudio en la regulación genética embrionaria, es que este producto genera alteraciones en el desarrollo, estoy seguro de eso.
-Sus resultados no se corresponden con la clasificación del Senasa o las recomendaciones de la Secretaría de Agricultura.
-Es un claro problema de ellos, que lo clasifican como de baja toxicidad. Todo lo contrario a lo que afirman estudios diversos, que confirman la alteración de mecanismos celulares y, sobre todo, lo que padecen familias de una decena de provincias. Es de locos pensar que no pasa nada.
Transgénicos, genética y política
«Transgénicos, genética y política» (10/08/2013)
Bloque 1
Bloque 2
Bloque 3
Genética y política
Por Andrés Carrasco
En Junio cientos de investigadores (Rieltveld et al, 2013) publicaron en Science, como parte del proyecto de epidemiología genética Consorcio Genético de la Asociación de Ciencias Sociales (SSGAC), que el 98% del total de la variación en el nivel de instrucción se explica por factores distintos a la genética de las personas. La primera pregunta que surge es ¿por qué los más de doscientos autores del trabajo decidieron destacar el 2% y enterrar el 98%? Es que la revista Science, publica conclusiones de ese tipo porque el sentido de ciencia de la biología humana está en las garras de las fuerzas políticas ocultas. Estas fuerzas son lo suficientemente potente como para activar (este y otros) tergiversados estudios genéticos burlando el potencial de la revisión por pares de la comunidad.
Pero hay más. ¿cuál es el porque de la financiación del gobierno EE.UU en proyectos excesivamente deterministas genéticos? La respuesta es ideológica y esta en la reflexión de Richard Lewontin: “The notion that the lower classes are biologically inferior to the upper classes……..is meant to legitimate the structures of inequality in our society by putting a biological gloss on them” («La idea de que las clases bajas son biológicamente inferiores a las clases altas …pretende legitimar las estructuras de desigualdad en nuestra sociedad, poniendo un lustre biológico en ellas»)
Y la Banda sigue tocando. En 2013 una publicación de 68 autores en la revista PLoS ONE titulada “The Molecular Genetic Architecture of Self Employment” (La Arquitectura de la Genetica Molecular del empleo por cuenta propia”) (van der Loos et al, 2013] pretende trazar una relación entre la genética y la conducta humana en el plano de lo económico. Mientras que el Instituto Nacional de Investigación del Genoma Humano de EEUU incentiva la investigación de predisposiciones genéticas sobre «comportamiento de cumplimiento” para el asesoramiento de expertos.
La industria del tabaco fue pionera en la genética del comportamiento. La idea de que la adicción al cigarrillo era un fenómeno genético (y no una característica de cigarrillos o tabaco) se originó con la industria del tabaco. El objetivo consistente detrás de la promoción de la genética, según un memorando escrito por Fred R. Panzer, Vicepresidente de Relaciones Públicas del Instituto del Tabaco, fue cambiar el foco de atención «del producto a un tipo de persona». La industria del tabaco puso en accion esta estrategia cuando altos ejecutivos de tabaco se reunieron en 1988 con el genetista y Premio Nobel Sydney Brenner, un mes antes de la creación de la Organización del Genoma Humano (HUGO) (Wallace 2009) que promovió y superviso el Proyecto de Secuenciación del Genoma Humano.
Otra razón para sospechar que el impulso constante a la investigación genética es parte de un programa político y no científico es que el dinero no ha dejado de fluir a pesar de las contradicciones y pruebas en contra de las predicciones optimistas. Así lo muestra la conclusión de que «no se han identificado los principales alelos de susceptibilidad (variantes genéticas) para la mayoría de las enfermedades comunes.» (Hall, Mathews y Morley, 2010).
Un ejemplo muy actual, gracias a la monumental Angelina Jolie, es la base genética del cáncer de mama. Las existencia de mutaciones del gen BRCA1 en el cáncer de mama son de alguna manera una excepción. Pero es una excepción que confirma la regla. Si bien el BRCA1 es conocido porque constituye un ejemplo casi único de una predisposición genética importante a una enfermedad común, está sin embargo, sobreestimado, ya que mas del 90% de todos los casos de cáncer de mama no están relacionados con él (Gage et al, 2012). Otras excepciones como la fibrosis quística y la enfermedad de Huntington también son raros trastornos para los cuales existe una clara evidencia de una causa genética simple.
Pero volvamos al punto central. Para condiciones de salud física y mental comunes como las enfermedades cardíacas, el cáncer, el autismo y la esquizofrenia, entre muchas otras, la situación es muy diferente. La evidencia epidemiológica y genética sugiere que el riesgo genético es a lo sumo un componente contributivo menor. Y si hablamos de rasgos de comportamiento y aspectos socio-económicos los datos genéticos positivos son inconsistentes y manipulados subjetivamente y sobrevendidos por la literatura científica.
Es un error atribuir la responsabilidad exclusivamente de sus conclusiones, a los autores de los artículos como Rietveld et al. Igualmente culpable es el sistema operativo en el que estos investigadores se encuentran. La revista Science y sus editores y revisores, son cómplices de la publicación de conclusiones erróneas o altamente especulativas forzando las conclusiones. Los organismos de financiación son también cómplices en la concesión de fondos públicos para proyectos especulativos de “caza de genes utiles” en detrimento de cuestiones urgentes de salud pública. Podríamos decir que todo esto deja ver un fracaso de todo el sistema de producción de sentido para el conocimiento científico.
Es necesario entender que la mayor parte de la ciencia fue y es, un proyecto de arriba hacia abajo. Un proyecto de poder. Aunque en los científicos persistan la romántica idea de que la ciencia es un proceso libre, una cada vez más desembozada evidencia de complicidad que no quiere ver que la construcción tecnocientífica, es un producto capitalista al servicio del poder. Y que sólo una pequeña proporción de la investigación en biología –y otras disciplinas- se hace por fuera de los cánones impuestos por las instituciones. Los investigadores resignando su pensamiento crítico aceptan someterse y tienden a diseñar proyectos de acuerdo a las prioridades de los programas de financiación, las universidades organizan sus orientaciones por la misma razón, y cada experimento termina siendo cuidadosamente diseñado pensando en el próximo subsidio de investigación. Las consecuencias de esta dinámica es que los científicos resignan su autonomía, se convierten en técnicos del sistema de producción de conocimiento y por el “síndrome de Estocolmo” celebran proveer el instrumento para que las poderosas fuerzas políticas y/empresariales establezcan subrepticiamente la agenda de la ciencia. Este modelo conceptual no es privativo de la genética médica. Se extiende a las intervenciones tecnológicas que pretende el mejoramiento genético de organismos vivos, de las soluciones de la geoingeniería para el cambio climático, de la nanotecnología o estudios neurocognitivos de la conducta, entre otras.
Lo cierto es que la genética forzadamente mendeliana (previsible y determinista), ha sido concebida y por lo tanto utilizada para deformar nuestra comprensión de la naturaleza como punto de partida de una construcción ideológica donde el dinero público no compra ciencia para el «progreso», sino para el dominio intelectual de la investigación por un proyecto totalmente malévolo, concebido fuera de la ciencia. Este proyecto fue diseñado para asegurar la parálisis política y la consolidación del poder económico a través de la consolidación de las agendas científicas.
Así pues, dentro de las disciplinas de medicina, salud pública, ciencias sociales, y ahora la economía, opera un marco de investigación que pretende localizar las causas genéticas de la conducta humana. La aspiración de la sociobiologia y la pretensión eugenésica de Craig Venter siguen su curso. La responsabilidad será de los genes y no las circunstancias de explotación, inclusión o marginalidad. Se trata de generar una versión oficial autorizada y científica de «culpar a la víctima». Se trata, además, de una clara decisión del sistema-mundo capitalista de obturar la reflexión crítica con “evidencias científicas certeras” que lesionan la verdad para poner todo el sistema de producción de conocimiento, dentro de los países centrales y sobre todo en los periféricos, al servicio de la lógica del consumo biologizando la política, la economía, la cultura y la conducta humana. Es la injerencia de una tecnociencia manufacturada para intervenir en el territorio de los cuerpos y de la propia condición humana con una maquinaria decisional que reemplace lo natural y transforme todas las actividades humanas en medibles, predecible, y manipulables. Arrastra la vieja ilusión del más feroz de lo neoliberalismo capitalista.
En la Argentina seguimos al pie de la letra las ideas, tensiones y argumentos que sostienen la “ciencia del poder” político – económico dominante. La confusión, ingenuidad, y no sabemos si la ignorancia y mediocridad son quizás, además de la complicidad factores que solo el tiempo explicar cuando otras generaciones, en una recuperación de la reflexión crítica y el debate, relacionen tecnociencia con neocolonialismo.
En la Argentina
El 31 de mayo en una nota de opinión, que no evade la actual necesidad de corifeos, Florencia Saintout, Decana de la Facultad de Periodismo y Comunicación social de UNLP hablo del “nuevo” sentido de la ciencia en la Argentina definiéndolo como el reencuentro con proyecto y una pasión. Dice la autora…..”y digo pasión porque la ciencia en Occidente surge de la mano de una idea convencida, de una misión: la de oponerse al poder. A una doxa, para construir una verdad que permita el alumbramiento de un mundo mejor, que algunos llamarían progreso; otros desarrollo. Y a la vez la ciencia surge apostando a la construcción de otro poder, el de transformar: decir que no, imaginar lo imposible. También por eso el estatuto de la ciencia moderna apareció ligado a la humanidad”
Consideramos esta descripción sobre el origen y sentido de la ciencia moderna, por lo menos ingenua, y como hay toneladas de papel escrito sobre el tema, me exime de discutir el rol que cumplieron las disciplinas, las hipótesis y los desarrollos de la ciencia en la construcción de la modernidad europea, el colonialismo, el racismo y el desarrollo del capitalismo como sistema de explotación y exclusión global.
Sin embargo, aunque uno creyera en el mito fundante científica moderna la esperanza de un mundo mejor (algunos lo creyeron y fueron funcionales, otros como Mary Shelley Goethe y la literatura del siglo XX lo denunciaron con su consecuente, descalificación), aun así es tentador comparar, la mirada de Saintout con las tendencias y el debate existente en el mundo, y la simplista, pero no ingenua, idea de sentido de la ciencia que en la Argentina se está ofertando al sentido común de la sociedad más cercano al desarrollo de una ciencia del poder y no de oposición al poder.
Ciencia en la Argentina como subproducto dependiente, que no tiene en su lógica la intención de transformar la sociedad a través de la revisión crítica, solo la somete a escaparates mediáticos de divulgación, salvacionistas y falsamente participativos. No está pensada para decir que no, sino para decir que sí; al poder de Monsanto, de la Barrick Gold, de Chevron, del Instituto Max Planck y de toda construcción que le permita creer que está participando del mundo “civilizado” no importa a qué precio. Una ciencia que el único imposible que imagina, es la posibilidad de satisfacer demandas globales “proveyendo el instrumento para que las poderosas fuerzas políticas y/empresariales establezcan subrepticiamente la agenda de la tecnociencia”.
Lamentamos que no se pueda discutir estos asuntos, en la Argentina. Lamentamos lo estrecho y mediocre del discurso público. Lamentamos la ausencia, no inocente de debate en serio, como el que tuvo en su momento Sadosky, Rolando García, Varsavsky y otros, hoy impúdicamente apropiado por aquellos que en realidad piensan todo lo contrario. Esta ciencia está lejos de contribuir a la liberación nacional y de los procesos libertarios emancipadores. Es la tragedia convertida en farsa travestida de una dirigencia equivocada en la percepción del mundo que le toco en suerte transitar. Una dirigencia que tiene miedo a la intemperie de la lucha emancipadora y hace como el tero grita a la izquierda y pone el huevo a la derecha. Una dirigencia anémica que no registra que ciencia es solo tal, si piensa más en la felicidad de la gente que en la Bolsa de Valores.
Perón decía en 1972, En el espejismo de la tecnología: “Lo peor es que, debido a la existencia de poderosos intereses creados o por la falsa creencia generalizada de que los recursos naturales vitales para el hombre son inagotables, este estado de cosas tiende a agravarse, mientras un fantasma – el hombre- recorre el mundo devorando 55 millones de vidas humildes cada 20 meses, afectando hasta países que ayer fueron graneros del mundo y amenazando expandirse de modo fulmíneo en las próximas décadas. En los centros de más alta tecnología se anuncia entre otras maravillas, que pronto la ropa se cortará con rayos láser y que las amas de casa harán compras por televisión y las pagarán mediante sistemas electrónicos. La separación dentro de la humanidad se está agudizando de modo tan visible que perece que estuviera constituida por más de una especie. El ser humano cegado por el espejismo de la tecnología, ha olvidado las verdades que están en la base de su existencia. Y así, mientras llega a la luna gracias a la cibernética, la nueva metalurgia, combustibles poderosos, la electrónica y una serie de conocimientos teóricos fabulosos, mata el oxígeno que respira el agua que bebe, y el suelo que le da de comer y eleva la temperatura permanente del medio ambiente sin medir sus consecuencias biológicas. Ya en el colmo de su insensatez, mata el mal que podía servirle de última base de sustentación”.
Sin embargo, a pesar del diario aluvión de titulares deterministas genéticos y tecnológicos con promesas orwellianas, nuestro destino no está escrito en nuestro ADN ni el desarrollo es subirse a la globalización. Hay suficientes razones de peso para eliminar los subsidios a la comida basura, los pesticidas de los alimentos y el agua, las toxinas del lugar de trabajo, y las injusticias sociales y económicas de la sociedad. La ciencia debería comprometerse y con ello obtener verdadera autonomía para servir a la felicidad y no a perfeccionar los mecanismos de dominación del capitalismo.



