Martín Schorr  (2010)
Una vez transcurrido el crítico año 2002, particularmente su primer semestre, que estuvo signado por bruscas alteraciones en los precios relativos, fue­ron sentándose las bases para el surgimiento de nuevos senderos evolutivos en la economía doméstica y de los distintos sectores de actividad, básica­mente a raíz de la vigencia de un tipo de cambio «alto» y el desplazamiento de la especulación financiera como núcleo aglutinante del modelo de acu­mulación.

 

La industria en la posconvertibilidad: ¿nuevo modelo de acumulación o etapa de recuperación?

(extracto del Libro Hecho en la Argentina, Ed. Siglo XXI, Bs. As., 2010.)

 

AFIANZAMIENTO DE LA ESTRUCTURA PRODUCTIVA

Una vez transcurrido el crítico año 2002, particularmente su primer semestre, que estuvo signado por bruscas alteraciones en los precios relativos, fue­ron sentándose las bases para el surgimiento de nuevos senderos evolutivos en la economía doméstica y de los distintos sectores de actividad, básica­mente a raíz de la vigencia de un tipo de cambio «alto» y el desplazamiento de la especulación financiera como núcleo aglutinante del modelo de acu­mulación. A partir de allí y hasta 2007, la economía en general y la indus­tria en particular revelaron un acelerado y sostenido ritmo de crecimiento que permitió revertir el prolongado proceso de desindustrialización desen­cadenado desde la última dictadura militar. Tal como se desprende de la in­formación proporcionada por el gráfico 15, entre 2001 y 2007 el PBI global se expandió el 36,1%, mientras que el correspondiente a las actividades ma­nufactureras se incrementó el 45,6%;así, el coeficiente de industrializa­ción pasó del 15,4% al 16,5%.

Al respecto, numerosos analistas y cuadros orgánicos del sector empre­sarial, así como altos funcionarios públicos, han señalado reiteradamente que la industria logró ingresar en una etapa de crecimiento ininterrumpido e inédito en la historia argentina gracias a una política sustentada en el «dólar alto».’ Indudablemente, luego de largos años de desindustrialización y reestructuración regresiva del sector, la acelerada recuperación fabril registrada durante el quinquenio 2003-2007 no deja de ser un dato a ser resaltado. No obstante, para dimensionar en su justa medida tales logros, cabe destacar que recién en 2005 lograron superarse los registros del año 1998 -tanto en lo relativo al PBI total como al del sector fabril-, cuando se inició la prolongada fase recesiva que culminó en el estallido de la con­vertibilidad. Por otro lado, a partir de ese mismo año (2005), el crecimiento de la industria se ubicó por debajo del agregado, con la consiguiente re­ducción en el aporte relativo del sector. Por último, si bien el período 2002-2007 emerge como una de las fases de mayor ritmo de crecimiento de la economía y la industria argentinas, a diferencia de la fase 1964-1974 (el lapso más prolongado de expansión ininterrumpida de ambas), el sec­tor manufacturero no parece ser, como entonces, el eje propulsor y dinamizador de la economía en su conjunto, el núcleo central del modelo de acumulación y, menos aún, el vector «ordenador» y articulador de las relaciones económicas y sociopolíticas en el país.

Otra discrepancia no menor, y que reviste suma trascendencia cualitativa, se vincula con las dinámicas estructurales de la industria en las distintas fases de crecimiento sostenido (1964-1974 y 2002-2007). Mientras en la primera la expansión manufacturera se vio sustentada básicamente por la irrupción y el acelerado ritmo de crecimiento de las actividades metalmecánicas (complejo automotor, maquinbaria eléctrica y no eléctrica) y químicas y petroquímicas, con transformaciones estructurales muy relevantes en el perfil productivo sectorial y los liderazgos empresariales, durante la posconvertibilidad no se produjeron alteraciones significativas en la composición de la producción industrial ni en los respectivos liderazgos empresarios. En este sentido, los datos aportados por el cuadro 51 permiten concluir que a partir del punto crítico que supuso el año 2002 la industria reveló upa expansión notable (tasa anual acumulativa del 10,9%) y que esa expansión in­volucró a la totalidad de las actividades fabriles. En términos de ritmo de expansión se destacan las industrias metalmecánicas, que en conjunto crecieron a un promedio anual acumulativo del 20,2% hasta 2007 y dieron cuenta del 32,5% del crecimiento que experimentó el sector en su con­junto.En el desenvolvimiento de esta división sobresale el ejemplo de la producción de equipos y aparatos de radio, televisión y comunicaciones, que se expandió a una tasa media del 51,9% por año sobre la base del en­ clave fueguino y la recuperación de la demanda interna, en especial de los estratos sociales de ingresos medios y altos. Y también el del sector automo­tor, que creció a un ritmo del 20,3% anual y aportó el 9,8% del crecimiento global del PBI fabril, sólo superado por el aporte relativo de la industria alimenticia (18,1%) y el de las sustancias químicas básicas (9,9%).

De todas maneras, no puede soslayarse que el perfil manufacturero afianzado en los últimos años no difiere sustancialmente del que fue consolidándose durante el decenio de los noventa. En otras palabras, el dólar “alto” o “competitivo” como rasgo preponderante de la «polí­tica industrial» contribuyó a profundizar algunos de los rasgos de una estructura de especialización de escaso dinamismo a escala mundial (agroindustrias y commodities fabriles), con acotados efectos locales en términos de empleo y encadenamientos virtuosos hacia crecientes estadios en materia de productividad agregada. Se trata, en su mayoría, de ma­nufacturas que se caracterizan por poseer estructuras de oferta oligopólica y en las que los salarios desempeñan un papel mucho más asociado a su condición de costo empresario que de factor dinamizador de la demanda interna.

La información que brinda el cuadro 52 resulta suficientemente ilus­trativa: apenas cinco sectores de actividad dieron cuenta en 2007 de más de las dos terceras partes de la producción fabril, todos ellos con participaciones crecientes respecto de los niveles promedio de los años noventa. La industrialización de recursos naturales (esencial­mente agropecuarios, aunque también de hidrocarburos), los productos químicos, la siderurgia, la producción de aluminio primario y la armaduría automotriz se consolidaron como los rubros centrales del sector industrial, en la generalidad de los casos a favor de crecientes exportaciones, con muy bajos salarios a escala internacional y en con­diciones externas sumamente propicias hasta entonces.

A la escasa diversificación del tejido industrial se le adiciona su limi­tada capacidad difusora de eslabonamientos productivos virtuosos. En este aspecto también se manifiesta una gran diferencia respecto de la fase final del modelo de sustitución de importaciones, que, entre otros rasgos, se caracterizó por la diversificación del entramado industrial (aunque con complicaciones y limitaciones de diversa índole). Por el contrario, en los últimos años el patrón de especialización sectorial se asentó en unas pocas actividades con limitados efectos propulsores in­ternos, intensivas en recursos naturales y tecnologías maduras y/o de­pendientes en gran medida de las estrategias desplegadas por un grupo acotado de grandes corporaciones transnacionales y un número muy reducido de grupos económicos de capital nacional.

La identificación de los ámbitos fabriles que traccionaron la reactivación en la posconvertibilidad o, en otros términos, de aquellos que realiza­ron una mayor contribución al incremento agregado del PBI industrial ofrece una perspectiva complementaria (cuadro 53). En ese sentido, el primer fenómeno a destacar es que apenas nueve actividades industriales dieron cuenta de prácticamente el 80% del incremento registrado en el PBI para el período 2001-2007, al tiempo que, en el polo opuesto, un número similar de ramas no alcanzó a representar el 3% del crecimiento del PBI manufacturero. Entre estas últimas se encuentran algunas de suma rele­vancia en términos de diversificación y contribución al progreso técnico como la electrónica industrial, maquinaria eléctrica, otros equipos de transporte -excluyendo el automotriz-, máquinas de oficina e informática.

Un segundo tema se asocia a las consideraciones precedentes relaciona­das con el perfil sectorial, que, remontándose a los años noventa -e in­cluso al período iniciado en 1976-, tendió a consolidarse en la re­ciente fase expansiva industrial. Con la salvedad de la fabricación demaquinaria y equipo (donde queda incluida la producción de maquina­ria agrícola y otras destinadas a los propios «núcleos de especialización” local, como la siderurgia), fueron las agroindustrias (incluyendo el cuero y la marroquinería), la automotriz (favorecida por regímenes de privile­gio con considerables costos económicos y sociales) y las productoras de commodities (siderurgia, aluminio primario, química básica, cemento) las que realizaron una mayor contribución al crecimiento industrial verificado entre 2001 y 2007.

Otro de los importantes aspectos que revela la considerable reactiva­ción del sector manufacturero en la posconvertibilidad es el grado de ociosidad de la capacidad instalada en la industria. Al respecto, cabe notar que, durante la fase recesiva, esta variable sobrepasaba holgada­mente los requerimientos de la contraída demanda interna y las posi­bilidades exportadoras (disminuidas por efecto de la apreciación cam­biaria bajo el esquema convertible y la vigencia de un escenario internacional que se encontraba atravesando una fase contractiva). Bastaba, en ese sentido, una mínima recuperación del alicaído con­sumo doméstico y/o un nuevo y mucho más elevado tipo de cambio y/o una expansión del mercado mundial para modificar el contextoen cuanto al grado de utilización de la capacidad productiva instalada. Y eso fue justamente lo que sucedió, a tal punto que una parte importante del crecimiento manufacturero de los últimos años tuvo como base de sustentación un mayor empleo de las propias potencialidades productivas sectoriales.

Así, mientras en el crítico 2002 la capacidad ociosa del parque indus­trial de la Argentina alcanzaba casi el 40% -porcentual que superaba el 50% en los sectores productores de bienes de consumo durable y de ca­pital-, en 2007 el grado de utilización de la capacidad instalada se apro­ximó a las tres cuartas partes y, por ejemplo, en el caso de los bienes inter­medios, resultó aun superior (cuadro 54). En otras palabras, poniendo de manifiesto nuevamente claras asimetrías con la anterior etapa de expansión fabril ininterrumpida, que entre 1964 y 1974 se sustentó en la incorporación de nuevas plantas fabriles y ramas de actividad, la importante y reciente recuperación de las actividades manufactureras guardó relación directa con un mayor grado de utilización de la capacidad instalada. De allí que la posible continuidad de tal expansión esté cada vez más supedi­tada a la dinámica que asuma la formación de capital en el sector y, natural­mente, su orientación, dimensiones que a su vez se ven condicionadas por dos elementos concurrentes: el carácter escasamente «schumpeteriano» del empresariado nacional y los escenarios para nada promisorios en el corto y mediano plazo que se desprenden del complejo contexto económico internacional.

Sobre el particular, cabe mencionar que, a pesar de la vigencia de tasas de interés real predominantemente negativas, de la considerable reactivación de la demanda interna y de un escenario internacional que hasta el desen­cadenamiento de la crisis resultaba por demás favorable para la colocación de los principales rubros de exportación del país, la formación de capital en la industria no respondió con la intensidad que podía preverse y buena parte de los principales proyectos de inversión contaron con subsidios esta­tales por demás redundantes (más adelante se retoma esta cuestión).

En síntesis, en la posconvertibilidad se experimentó un proceso de rein­dustrialización, si bien acotado tanto cuantitativa como cualitativamente. Es indudable que se trata de una constatación que merece ser planteada, en especial si se considera la aguda y sumamente regresiva desindustria­lización verificada entre 1976 y 2001. De todos modos, no es menos cierto que de la mano del «dólar alto» no se produjo un cambio estructural en la industria doméstica, es decir, que no se avanzó en la redefini­ción del perfil de especialización productiva resultante de las políticasdel neoliberalismo. El argumento que postula que se trata de un lapso relativamente corto luego de largos años por demás críticos para que pu­dieran registrarse modificaciones estructurales se ve rebatido en la me­dida en que no se han manifestado tendencias que permitan avizorar tal tipo de transformaciones en el perfil constitutivo del sector fabril.

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