LA DEUDA EXTERNA Y LOS SOVIETS 


Por Miguel Abramzón 

El gobierno reformista surgido de la revolución de febrero no había clausurado la principal causa de angustia y desolación en Rusia: finiquitar la participación en la Gran Guerra. Las muertes en el frente de batalla, y la hambruna y el frío provocado por la falta de brazos para la producción y distribución de elementos vitales para combatirlos, hacían que el pueblo ruso mayoritariamente pidiese a gritos el fin de la guerra.

El timorato régimen post-zarista se sintió inhibido de solicitarle a alemanes y austríacos el inicio de las negociaciones por la paz. Kerensky cedió a las presiones de dos sectores minoritarios: uno de ellos, consideraban al pedido de paz como un acto de cobarde entrega antinacionalista. Por otro lado, estaban los sectores progresistas, que entendían que sentarse a negociar con los gobiernos reaccionarios de Prusia y Austria-Hungría era consustanciarse con los imperios centrales, que consideraban anticuados y caducos, por sobre las modernas democracias occidentales.

Recién luego de Octubre, en pleno proceso de constitución de la Federación de los Soviets, el gobierno bolchevique inició urgentemente las negociaciones por una paz sin anexiones ni contribuciones. La paz era necesaria para “salvar la patria socialista” (Lenin).

DEUDA EXTERNA Y ENEMIGOS DE CLASE

No solo aquejaba el problema de la guerra, también se necesitaban profundos cambios en las estructuras económicas. “La Revolución es fuerza creadora” (decía Lenin). No había tiempo para la moderación. Respetar los tiempos conocidos por la diplomacia y la política tradicional era imposible para la vorágine proletaria.

Rusia era una de las grandes potencias mundiales, sin embargo la injerencia del capital extranjero hacían de ella un país dependiente. De 1891 a 1910 la industria rusa había crecido exponencialmente. La metalurgia superaba a la de Alemania misma. La cuestión era que las grandes industrias rusas estaban controladas por los bancos privados. Un historiador ruso, N. Vanag, comparó la situación de su país con la de China colonial.

“Quedan anulados, sin excepción y sin condiciones, todos los empréstitos contraídos en el extranjero por los gobiernos de los latifundistas y de la burguesía rusa”. De esta manera, la República Socialista Federativa de los Soviets de Rusia desconocían toda deuda externa que pesase sobre el pueblo ruso. Inmediatamente antes el gobierno revolucionario había estatizado la banca privada.

El 10 de enero de 1918 se dictó el decreto por medio del cual se boqueó el pago de intereses y de las amortizaciones de los bonos y otros papeles, y las transferencias de beneficios de empresas extranjeras de capital privado. El 10 de febrero del mismo año se publicó una lista de los empréstitos externos desconociéndolos sin condiciones. La nueva Federación Rusa optó ni más ni menos por el repudio de su deuda externa. (Alejandro Olmos Gaona, La deuda odiosa, Ed. Continente)

Decreto de 10 de febrero de 1918 por el Soviet Supremo:

  • Todos los préstamos estatales contraídos por los gobiernos los terratenientes y de la burguesía rusa (…) son declarados en este acto nulos a partir de diciembre de 1917. Los cupones de estos préstamos correspondientes a diciembre no serán pagados.
  • Las garantías dadas por dichos gobiernos respecto de préstamos concertados por distintas empresas e instituciones serán igualmente nulas.
  • Todos los empréstitos externos sin excepción son anulados incondicionalmente.

La deuda externa de la Rusia de los zares sometía al alicaído imperio a una condición colonial. La totalidad de la deuda ascendía a 80.000 millones de rublos, que significaba el 60% del Producto Bruto. El servicio de la deuda para enero de 1918 hubiese exigido 4.000 millones de rublos solo de intereses anuales; cifra que igualaba los ingresos totales de Rusia en 1913, el año anterior a la Gran Guerra. Cualquier intento de acuerdo con la banca internacional hubiese significado el fracaso del gobierno revolucionario.

Mientras millones de cadáveres alfombraban los campos de Verdún, los más encarnizados enemigos son capaces de ponerse de acuerdo a la hora de defender los intereses de clase. Embajadores y ministros de Francia y Alemania remiten un mensaje formal a los “Comisarios del Pueblo”, que comenzaba de la siguiente manera:

“…consideran todos los decretos del gobierno obrero y campesino acerca de la anulación de los empréstitos del Estado, las confiscaciones de bienes, etc., como inexistentes en cuanto pueden afectar los intereses de los extranjeros”.

El embajador de Inglaterra, sir George Buchanan, declara que: “Gran Bretaña aguardará a que se constituya en Rusia un gobierno estable, reconocido por el pueblo”. Estados Unidos también mostraba sus reservas.

El conde von Czernin, ministro exterior del imperio Austrohúngaro, respecto de los bolcheviques decía: “Casi todos son judíos de ideas descabelladas”. Por su parte, el príncipe Leopoldo de Baviera declaró: “Alemania será un dique que defenderá la cultura europea contra el bolchevismo oriental”.

Los aliados occidentales promovieron la invasión de Japón a Siberia. Mariscales franceses participaron de la guerra civil en Ucrania. Los diplomáticos occidentales alentaron y pertrecharon levantamientos de ciudades rusas. De modo semejante, los países imperialistas de uno y otro bando acometen contra la República de los Soviets.

En aquel momento muchos creyeron ver caer en poco tiempo a la Rusia sublevada. Los alemanes invadieron Ucrania y los austríacos el sur ruso. Todo ante la mirada cómplice de las potencias occidentales que veían a sus enemigos imperiales distraídos y a sus enemigos de clase a punto de sucumbir. Sin embargo, no pudieron contra las convicciones de una causa. La resistencia obrera y campesina, la guerrilla roja y, según confesó el general Erich Ludendorff, la bolchevización de las propias tropas imperiales.

En 1986 la Unión Soviética acordó con Reino Unido poner fin a la disputa por el repudio de la deuda externa efectuado por los sóviets en 1918. Se canceló la deuda zarista a cambio de que la Rusia soviética renunciara a reclamar indemnizaciones por la intervención británica en la guerra civil rusa entre 1918 y 1921. Además, el convenio estableció que los bienes soviéticos incautados así como los saldos de las cuentas bancarias diplomáticas incautadas por el Reino Unido en represalia por el repudio de las deudas serían descongelados y distribuidos entre los acreedores ingleses y los poseedores de títulos de la deuda imperial, y de los herederos existentes en la Unión Soviética. Los diarios de Londres estimaron en 37.000 las empresas británicas e individuos que podrían tener algún derecho a los fondos remanentes cuyo monto se estimó en 68 millones de dólares. Por su parte EEUU había llegado a un arreglo durante la administración de Roosevelt en 1933.(Zalduendo, E. La deuda Externa, Ed. Depalma, 1988).

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