Al Dorso 08.10.2016.
Jack no es un tipo común. Pocos lo conocen en persona, aunque tiene su trascendencia en los medios de comunicación. Su apodo se lo ganó por su meticulosidad en lo que hace. Cada vez que escucha vibrar en los labios sus letras, siente que se lo reconoce. 

 

Jack

Al Dorso (08.10.2016)

Jack no es un tipo común. Pocos lo conocen en persona, aunque tiene su trascendencia en los medios de comunicación. Su apodo se lo ganó por su meticulosidad en lo que hace. Cada vez que escucha vibrar en los labios sus letras, siente que se lo reconoce.

Como todas las noches salió de su casa. Poco sabía el destino final y el objetivo a encontrar. Pero se sentía confiado. Jack presumía de su inteligencia y astucia. Y si con excepcionalidad su ego entraba en conflicto, las publicaciones diarias de reconocimiento  a sus métodos borraban todo vestigio de duda.

En la mano derecha llevaba la caja con los instrumentos necesarios. Aunque poco pesaba, los pasos de Jack eran cansinos. En cada rozamiento de rodillas, una mueca. Pensaba, dibujaba en su mente como superarse.

Caminó hasta una zona poco poblada de la ciudad. Se detuvo unos instantes para mirar en todas las direcciones. Y, al verla, todo su cuerpo se acomodó en su dirección. Los sentidos llevaban su nombre desconocido. Esperó unos instantes y emprendió su búsqueda. Su método era no ser visto, atacar por la espalda y sorpresivamente. Degollar, estrangular y manipular el cuerpo. Fue con resultado perfecto. La acomodó en el suelo. Abrió su caja de herramientas. Se colocó una especie de guantes. Y tomó la tijera. Poco tiempo le insumió dejarla desnuda. Concentrado en los movimientos que hacía con el bisturí, siguiendo con su mirada cada uno de los pasos de un baile entre los órganos, inició un proceso de vaciamiento. Era admirable con que detalle y dedicación era retirado cada uno de los órganos. Los miraba como las 7 maravillas del mundo. Los olía. Los tocaba. Escuchaba hasta el límite de lo posible. Y los abandonaba en una bolsa de su propiedad.

Terminado el trabajo, se retiraba sin dejar rastros.

 

 

 

 

Unas de las tantas noches su disciplina se trastocó. Al mirar el cuerpo semi vacío y las partes en la bolsa; se preguntó en la posibilidad de reconfigurar el cuerpo. Reconstruirlo sin dejar marcas. Se lo propuso, lo pensó unos minutos y emprendió la empresa. Dado que el tiempo de trabajo era extenso, trasladó el objeto para manipularlo en un depósito. En dos días y medio la labor estaba finalizada. Se sentía exhausto. Los ojos le lloraban, las manos le temblaban, la boca estaba empastada de tanta sequedad. Pero estaba feliz.  Nadie había logrado tamaña cirugía.

Su adrenalítica alegría lo motivó a presentarse como voluntario en la morgue. Al tiempo, sus avances en la reconstrucción de los cuerpos y el conocimiento en detalle de las suturas entre los órganos, le permitieron ganar prestigio internacional. Institutos del mundo lo reclamaban.

Claro que su trabajo científico no fue en desmedro, ni alteró sus salidas nocturnas. Es más, potenciaban los estudios formales.

Cinco años fueron suficientes para ser candidato. La prensa lo aplaudía, el negocio lo alentaba, la sociedad lo endiosaba, sus colegas lo respetaban. Cuando la presidente emitió su nombre ni se inmutó. Había ganado el premio de máximo prestigio de la ciencia. Era Nobel de medicina. Pero él se mantuvo inerte. Pensativo. Una sólo inquietud lo invadía,  el premio le arrebataba sus salidas nocturnas.

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