Al Dorso 09.07.2016.
No pudo ser. La argentina quedó relegada de la ola independentista iniciada por el pueblo haitiano. 1816 son signos de la derrota; de la humillación y del desprecio a los valores de nuestra tierra.
No pudo ser
Al Dorso (09.07.2016)
No pudo ser. La argentina quedó relegada de la ola independentista iniciada por el pueblo haitiano. 1816 son signos de la derrota; de la humillación y del desprecio a los valores de nuestra tierra. No alcanzó la lucha sudorosa de nuestros militares. La historia nos dejó un lugar de retardo en la geografía mundial.
Las utopías libertarias de José Artigas, Juana Azurduy, Simón Bolívar, Juan José Castelli, Martín Miguel de Güemes, entre otros, quedaron truncas. Ni los intentos de la oligarquía rioplatense pudo arrebatarle el control de nuestras inmensas riquezas a los españoles. La desesperada idea Mitre de contratar un sicario durante la visita de Fernando VII fue contraproducente. Logró la fisura entre Rivadavia y Santander. Fue de tal magnitud la pelea que los “Acuerdos de Laguna” se rompieron a las pocas horas de haberse firmado. El suicidio de la dueña de casa marcó el fin de una época. Francisca Bazán de Laguna[ se sentía orgullosa de haber cedido su casa y que debajo de ese techo surja un entendimiento entre las partes. Pero nada de ello ocurrió. Los sueños de libertad se desmoronaron y se llevaron la vida de Doña Francisca.
De ahí en más todo esfuerzo fue en vano. Los negocios siguieron (y siguen) en manos de nuestros colonizadores, y en nuestra tarjeta de presentación figura el nombre impuesto por ellos: “Estado Realistas de las Américas”.
Nuestra génesis como nación fue producto de una España altanera y arrogante. Con mirada por sobre nuestros hombros y aliento triunfador. Somos historia de un acatamiento constante hacia nuestra fosa. Nos marcaron a fuego nuestra soberbia de hombres ignorantes en momentos de estar cayendo al vacío.
Cátedra libre de cómo pisar cabezas fue nuestra principal lección. Y aprehendimos. Nada de lo que puede ser comercializado quedará en manos de indignos. Si la tierra es muestro principal tesoro, seremos los mejores piratas. Y así fue, conquistamos el desierto y lo hicimos propio. Supimos ver botas rojas de vidas diezmadas sin inquietarnos. Dejamos pasar represiones por ser un mal menor y alentamos castigos para ordenar nuestras cabezas.
Sufrimos los dictadores más sangrientos heredados de la doctrina franquista. Nos enorgullecimos con ser considerados graneros del mundo. Amamos nuestros líderes carismáticos con aire mussolinescos. Nos endeudamos a más no poder. Alabamos primeros ministros con patilla, tortugas entregadoras, pingüinos viscos, monos con navaja, mujeres gritonas, o empresarios democráticos. Nos convencieron de planes primaveras, convertibles, abrimos las puertas para que ellos jueguen, mientras nosotros… nosotros mirábamos. Y lo seguimos haciendo, claro.
La cultura europeizante nos abstrajo de nuestros vecinos. Y así aprendimos a despreciar a nuestros vecinos. A encasillarlos como invasores y potenciales competidores laborales. Heredamos el racismo y la xenofobia de nuestros conquistadores.
Cómo saber qué nos hubiera pasado como pueblo si nos hubieron independizado. Es vano hacer una lectura contrafáctica. Como pueblo sería más alentador y creador de futuro, tomar los principios de aquellos que utópicamente creyeron que con la independencia se iniciaba una etapa de revolución. Lograr una sociedad igualitaria no era un slogan de campaña. Era el motor de la revuelta. Y cuando se hablaba de libertad, era una popular y en serio.

