Al Dorso 14.05.2016.
No hay capas rojas hasta los tobillos, sólo una espalda a prueba de humillaciones. Una cara a piel raspada de frente al enemigo, con mirada firme y su identidad sobre la mesa.

 

AL INFINITO Y MÁS ALLÁ 

Al Dorso (14.05.2016)

 

No hay capas rojas hasta los tobillos, sólo una espalda a prueba de humillaciones. Una cara a piel raspada de frente al enemigo, con mirada firme y su identidad sobre la mesa.

En el pecho su dignidad pero sin inscripciones que la representen. No es súper Carrasco, ni mucho menos un Andrés luchando por la justicia y la paz mundial.

Será siempre el Dr. Carrasco. Un hombre que quiso que la ciencia no quedara entre paredes tallada por la impunidad. El mal no es una entelequia.

El villano es tan real como el cáncer que aniquila la alegría. El universo y el más allá no están a salvo, cuando el dulce líquido que instala el afán desmesurado se esparce sobre el manjar de los campos.

Telas de araña que no lo ayudaron. Una ciencia reaccionaria y corporativa. Rayos ultravioletas lanzados por burócratas del saber. Golpes bajos en la abundancia de pesticidas.

Sí, claro que luchó. Enfrentó corporaciones corruptas. Asesinos de mil millones. Gritó a ojos saltones, y a venas marcadas. Chirriaron dientes frente a la deliberada falsedad. Empuñó en alto su trabajo en ministerios comprados. Cansaron sus piernas subiendo académicas escaleras eléctricas en descenso continuo. Y en un momento, cansado, levanto la mirada tratando de pedir,  a ese ser sobrenatural que todo lo puede; superenergía para seguir. Pero nada paso: no hubo una tormenta de rayos mientras su cuerpo era atravesado por la gloria. Solo se hincho por el trabajo hecho, por la confianza que logro de sus pares, por el acompañamiento de anónimos y por ser consciente que algo del mundo pudo cambiar.

Pero no fue un héroe. Tampoco fue creado por alteraciones nucleares o cayó de un planeta estallado. Que más. Fue un hombre digno. Un investigador que poco tenía que ver con los televisados caza perejiles.

Nunca estuvo por encima de nadie, nunca tuvo grandes poderes, nunca pudo volar como súperman y suspenderse en telarañas, ni combatir con tecnología de punta inventada por algún Alfred. Tan solo con los pies en la tierra, empuñando una lupa y modesto laboratorio de universidad pública.

Lo decía su expresividad que cambiaba ante el sufrimiento y la inaguantable tristeza. Y el sufrimiento a flor de piel por la desgracia ajena y no tan ajena.

No es, ni será mito. Ni bronce torneado. Ni mural olvidado. Solo un muchacho que por esas vueltas de la vida tenía algo para demostrar; y lo supo hacer. Pero no sin cicatrices. Su cuerpo asimiló  la lucha. Adulteró cada una de sus partes. Y poco a poco erosionó a ese hombre de carne y hueso.

 

 

 

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