Columna histórica AL DORSO | Mauricio David Idrimi 26.07.2019. Uno de los imperios más polémicos de la historia moderna fue sin duda el imperio turco otomano de Estambul que abarcó tres continentes (…)

 

LA DEUDA QUE HIZO SUCUMBIR AL IMPERIO TURCO OTOMANO

Columna histórica AL DORSO | Mauricio David Idrimi 26.07.2019.

Uno de los imperios más polémicos de la historia moderna fue sin duda el imperio turco otomano de Estambul que abarcó tres continentes. Su crueldad hacia ciertos pueblos que se rebelaban de su opresión lo hicieron célebre, mientras la intelectualidad occidental de los siglos XVIII y XIX creó la imagen del “despotismo oriental” frente a la supuesta “libertad democrática” que pregonaba Europa.

Los otomanos tenían bajo su poder a los Balcanes y Grecia hasta la primera mitad del siglo XIX. Luego, en la segunda mitad del siglo XIX, el imperio empezó a desmembrarse por muchos motivos: rebeliones en los Balcanes, en Grecia, en África del Norte, en partes de la Península Arábiga; intervenciones de potencias imperiales enemigas (como los casos de Francia, Gran Bretaña, Rusia zarista); y despilfarro económico de la elite otomana. Pero el imperio otomano tuvo su sentencia de muerte con la imposición de la deuda. Los imperios occidentales de Francia y Gran Bretaña a mediados del siglo XIX querían el final de este viejo imperio musulmán del Medio Oriente asiático, al cual llamaban el “enfermo de Europa”. Los zares de Rusia buscaban también el final del imperio del Sultán, más que nada para extender su influencia política y cultural sobre los pueblos balcánicos cristianos ortodoxos y para apoderarse de las tierras de Georgia, Armenia y Azerbayán en la zona de los Caucasos, que estaban bajo dominio otomano hace tiempo.

El imperio turco otomano era el más viejo de todos en el ámbito europeo. Sus origenes se remontan a la gran oleada de pueblos de habla túrquica de las estepas euroasiáticas que llegaron al Medio Oriente asiático y a las puertas de Europa Oriental y al sur de Rusia desde el 1000 hasta el 1200 d.C. Muchos grupos fueron contratados como mercenarios en estados musulmanes, como fue el caso de los turcos selyukíes, los turcos gazvaníes, los turcos guríes y los turcos pecheneques. Muchos de ellos fundaron sus propias dinastías en el Medio Oriente asiático y Asia Central. Los selyukíes, por ejemplo, fueron protagonistas en las guerras de las Cruzadas de los años 1096-1291 y buscaron apoderarse del imperio bizantino en Asia Menor y los Balcanes, codiciando capturar Constantinopla. Entre el 1250 y 1300 los turcos selyukíes y otros grupos se vieron impactados por las oleadas belicosas de sus primos mongoles, que se apoderaron de Medio Oriente, Asia Central y hasta de Rusia e India. En el medio de este caos surgió el clan de los otomanos, que lograron asentarse en Turquía, fundando hacia el 1290 su propia dinastía.

Los otomanos, como el resto de los turcos, se islamizaron y se convirtieron en mercenarios pero esta vez de los turcos selyukíes. De la rama sunní, los otomanos guerrearon contra las invasiones mongolas para defender al debilitado estado turco selyukí. Finalmente, los selyukíes cedieron Turquía Oriental a los otomanos. El nombre otomano deriva del soberano Osmán I (Uthman en turco), quien se decide a fundar un imperio hacia el siglo XIV. En 1331 empiezan a conquistar los Balcanes y en 1453 se apoderan de Constantinopla, poniendo fin al imperio bizantino. Antes de que los, españoles, portugueses, ingleses, franceses y rusos se convirtieran en los grandes imperios europeos expansionistas, este grupo de turcos fundó un imperio gigante que abarcaría Medio Oriente, los Caucasos, África del Norte, Grecia, Europa Balcánica y la zona de Crimea. También, en los siglos XVI y XVII, amenazó al Sacro Imperio Romano Germánico, al cual le quería arrebatar la ciudad de Viena, capital de Austria, donde residía la poderosa familia católica de los Habsburgo.

El imperio otomano fue un estado multiétnico y en el que el Islam sunní dominaba la escena cultural. El máximo jefe era el Sultán, considerado líder y guía espiritual de todos los fieles del Islam sunni. Su poder era realmente despótico, con su guardia pretoriana de jenízaros (soldados esclavos), una casta de funcionarios religiosos y seculares, y el famoso harem, donde se explotaba a miles y miles de mujeres. Los otomanos toleraban a los judíos, cristianos y zoroastrianos, pero les obligaban a pagar tributos extras que los fieles musulmanes no tributaban. También pactaban con el clero cristiano ortodoxo de Grecia y los Balcanes para controlar a la población campesina que no quería saber nada con la colonización de poblaciones musulmanas turcas y árabes en sus terruños. Las guerras contra los rusos y los persas safawidas en el siglo XVIII empezaron a debilitar al imperio del Sultán y en el siglo XIX el viejo estado expansionista otomano se topó con los nuevos imperialismos occidentales.

El imperio otomano empezó a decaer en el siglo XIX. El Sultán se vio obligado a contraer mucha deuda en los mercados internacionales de la era capitalista del siglo XIX con el fin de recuperar la maltrecha economía y el poder del imperio. La deuda contraída llevaría a aceptar la intervención foránea de los grandes imperios europeos. Las rebeliones en Grecia de 1821-1826 hicieron gastar mucho al imperio. Pidieron ayuda al bey de Egipto, Mohammed Alí, que era una especie de vasallo del Sultán. Los egipcios derrotaron y masacraron a los rebeldes griegos. Esto generó repudio en el mundo occidental y en Rusia. Los británicos en este caso se adelantaron y apoyaron a los insurgentes helenos para empezar a jaquear a los otomanos. Los otomanos fueron derrotados por los británicos y los griegos en 1827, perdiendo su flota del Mediterráneo Oriental en la Batalla de Navarino. Tras la derrota en el Mediterráneo Oriental, el bey de Egipto quiso buscar su recompensa en las propias tierras del Sultán y sus ejércitos atacaron Palestina y Siria en 1831-1841.

Las jugarretas de la historia de los imperios obligaron al Sultán a replegarse en los Balcanes, donde surgirán rebeliones en Bulgaria, Rumanía, Serbia, Croacia y Kosovo. Casi los otomanos se quedaron sin ejército, mientras británicos y rusos apoyaban a los rebeldes nacionalistas balcánicos. Por su parte, los otomanos se vieron en aprietos con los rusos en la Guerra de Crimea (1853-1856). Forzó a los otomanos a emitir deuda por primera vez en su historia. Los intereses impuestos sobre el crédito foráneo pronto se multiplicaron, hasta que en 1875 la deuda alcanzó el valor nominal de los 200 millones de libras, con un pago de amortizaciones por valor de 12 millones. Por aquel entonces, el imperio otomano se vio obligado a destinar un 55 % de sus ingresos anuales al pago de los intereses. La situación empeoró de forma incontrolable en la Guerra Ruso-Turca  de 1877-1878, en la que los ejércitos zaristas apoyaron a los rebeldes nacionalistas búlgaros antiotomanos.

Tantas guerras desgastaron al imperio del Sultán. Egipto se separaba definitivamente de los turcos otomanos y con ayuda de los británicos quería ser un “reino independiente”. Ante tanta crisis, increíblemente, los otomanos pidieron ayuda… a sus antiguos enemigos: los británicos y rusos. Esta ayuda bélica tenía un precio: el Sultán tenía que aceptar un sistema de libre mercado, retirando lols aranceles sobre productos importados británicos y rusos. Desde entonces la economía otomana empezó a ser monitoreada por asesores de Gran Bretaña entre 1880 y 1900. Los rusos se quedaron con Georgia, Armenia y Azerbayán.  En 1881 los británicos crearon en el imperio otomano el Departamento de la Administración de la Deuda Pública tras una renegociación de la deuda soberana. Este departamento estaba dirigido por oficiales del imperio británico y llegó a tener 9000 empleados foráneos. Estos invasores del capitalismo imperialista británico tenían que garantizar el pago de la deuda mediante la confiscación y la recolección de ciertos impuestos. El Sultán se reservó el monopolio de la sal y el tabaco, el impuesto sobre el paple estampado, y sobre el alcohol y el diezmo sobre la seda. Esto supuso contracción de los ingresos nacionales del imperio otomano, forzando al Sultán a adquirir deuda con el fin de pagar los intereses, sumiéndolo en un ciclo interminable que estalló en diferentes momentos a fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Revueltas antibritánicas se hicieron eco en Turquía y obligaron al régimen otomano a romper con los británicos. El imperio otomano se unió a la Alemania imperial del káiser Guillermo II de Hohenzollern y a la Austria-Hungría de la dinastía de los Habsburgo contra los británicos, los franceses y los rusos zaristas. Pero la deuda contraída ya dio el tiro del final para acabar con el viejo imperio otomano. Para salvarse de esa pesada herencia de la deuda el imperio otomano creyó en la guerra y se involucró en grandes conflictos.

Los otomanos participaron de la Guerra de los Balcanes de 1912-1913 y en la Primera Guerra Mundial de 1914-1918. En 1919-1924 el imperio otomano lo perdió todo y se quedó solo con Constantinopla (Estambul) y Turquía. Gran Bretaña se quedó con Irak, Palestina, Jordania, Kuwait, Omán, Yemen, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Catar, Egipto y Sudán. Francia se quedó con Líbano y Siria. Y los británicos apoyaron la creación de la monarquía saudita en Arabia. Como los otomanos fueron perdedores de la Primera Guerra Mundial, los vencedores les impusieron grandes sanciones. Esto generó una rebelión de militares nacionalistas de cierta tendencia derechista, que fue liderada por Mustafá Kemal Ataturk, fundador de la actual República Turca en 1924. Fue el final del imperio turco otomano. Sin embargo, el nacionalista anticomunista y occidentalizado Atraturk renegociaría la deuda con los antiguos enemigos del Sultán. La deuda odiosa se llevó puesto a un viejo imperio y en el siglo XX amenazaría a la República Turca.

 

 

 

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